La caza del murciélago
María Helena Sofía

-Hay temperamentos que no resisten el calor. Sería bueno anotarlo como hipótesis, en un principio –murmuró el comisario Sorrenti, con el cigarrillo atrapado en el rictus irónico de la boca.

        

Era una de esas noches. Como si una garra espectral asiera todo lo negro de su profundidad y tironeara hacia abajo, aplastándolo contra el polvo de la calle. El comisario sabía que era una de esas noches idénticas a las de sus sueños abismales. Su cabeza no había logrado reposo desde su llegada a la ciudad enviado por el gobierno para ver cadáveres, perseguir criminales y convertirlos en cadáveres, imaginar cadáveres ocultos y demás trámites burocráticos no menos horrendos. No obstante había encontrado en esa clase de humor agrio y de mal gusto un buen antídoto para el veneno con el que debía respirar. La niebla (o más bien los vapores, o la propia confusión) proponía la ambigüedad del escenario: una calle desierta en las proximidades del puerto y ese vaho a bóveda derrumbada elevándose de las entrañas rancias. Ese olor –nunca a jazmines, su ideal-, impregnando cada fibra, cada latido, cada célula viva o muerta. Sorrenti desechó el cigarrillo a medio quemar y buscó otro enseguida, para no interrumpir los pensamientos, no dejar diluirse el humo completamente a su alrededor.

        

El caso estaba tirado en plena calle –las casas parecían frentes de calaveras estrafalarias en marcial fila-, un caso que había sido un problema y ahora era un problema menos, resuelto. Eliminado. Pero en ello residía precisamente la médula del asunto. La víctima era un joven cuya identidad el comisario supo de inmediato, cuando echó la primer mirada profesional sobre el cuerpo. Lo conocía. Hizo una mueca de fastidio y sacó un pañuelo para secarse el sudor del cuello. Se inclinó un poco flexionando las rodillas, logrando un primer plano de la herida: el proyectil había cumplido atinadamente su misión. De lejos, el pequeño y redondo comisario era una bestia olfateando la presa capturada. Definitivamente, lo conocía. En el barrio del puerto lo llamaban Lazlo El Falto, porque abundaba en carencias el pobre, pero el apelativo se lo debía a su retraso mental más que a su triste figura encorvada, su continuo parloteo ininteligible. Sorrenti sintió el frescor del pañuelo húmedo en el puño y pensó que era hora de olvidar el tonillo mordaz, al menos por esa noche. ¿Quién había asesinado al muchacho, y por qué?

        

Cuando comenzó el hormigueo en la pierna izquierda se incorporó y caminó por la calle adoquinada, casi media cuadra en dirección a la costa. El Falto era ciertamente molesto, como el zumbido de ese mosquito insignificante que siempre logra colarse por algún resquicio para importunar junto al oído cuando uno está por conciliar el sueño. Sin ir muy lejos, a él mismo le causaba gran disgusto: cuando alguna diligencia policíaca lo requería en el puerto –y esto sucedía a menudo-, Sorrenti debía soportar la compañía del idiota, lo que sacaba sus nervios de quicio. Imaginaba cómo interpretaría el cuadro la gente, viéndolos pasar: una bola de grasa seguida por esa especie de jumento escuálido y babeante. Un verdadero espectáculo, y él no tenía vocación circense. Por eso había elegido al cabo Pereyra, de porte similar al suyo, para que lo secundara. El otro aspirante –que merecía el ascenso- debió partir hacia otra comisaría, masticando improperios e ignorando la verdadera causa de su traslado: era alto y cenceño. Sorrenti no deseaba establecer referencias manchegas que provocasen el escarnio. Sería el colmo. En este punto cabe aclarar que él no era un hombre atormentado por sus defectos, como se podría interpretar sólo conociendo tres anécdotas y desestimando una mejor mirada de la situación. Era un hombre cauto, y generalmente la cautela en una persona de su talla había sido leída como debilidad. Tomaba sus recaudos.

        

En el barrio costanero la gente se burlaba de la policía, ese era el ojo del hueso que no soportaba Sorrenti. Se mofaban de su ineficiencia, su apego a bandos y contrabandos y poses autoritarias que nunca alimentaron la indispensable confianza en la ley. Los civiles canalizaban así su descreimiento, su inconformismo. Los agentes, en pose de empleados públicos maltratados, se consideraban peor retribuidos por el peligroso y nunca gratificante oficio que desempeñaban. En el anverso de ambas posturas la mofa y la autocompasión tenían su reino en orden y plena convivencia. “La ironía es el juicio más implacable que un hecho o un hombre pueden recibir”, pensaba el comisario, mientras trataba estoicamente de no aparecer como el enano del circo. Por eso El Falto lo enervaba: de esa manera, siguiéndolo como un perro, tironeándole el puño de la camisa, empujándolo, manoseándolo, se transformaban en el blanco de las burlas, era seguro. Los compañeros de la brigada se lo habían advertido: “Hasta que no lo aporree un poco, no se va a dejar de joder. Aporréelo, comisario”. Ellos también reían.

                  

Cuando desaparecieron los síntomas de acalambramiento giró sobre sí mismo, enfrentando la escena del crimen: el cuerpo guardaba cierta similitud con una sabandija muerta. Desde allí, a unos cuarenta metros, la distancia que había tomado el asesino para levantar el arma y asegurar la precisión, Lazlo El Falto semejaba un animalito tirado, seco. Pero se le veían los pies. Era extraño, distinguir a un ser humano por los pies. “Guárdate la ironía, Sorrenti”, se ordenó, pero no podía dejar de mirarlos. Tenía uno desnudo, esquelético, apuntando a la luna, y el otro calzado en un botín viejo, señalando el cordón de la vereda.: daban las diez y cuarto de la noche.

                   

El chico había llegado al barrio hacía unos meses, la misma época en que ocurrió la invasión de murciélagos.

                  

A lo largo de la calle costera del puerto se alineaban varios caserones abandonados. De ellos, se sospechaba, habrían surgido las nubes de murciélagos que asolaron el vecindario durante los crepúsculos, hasta que Sorrenti fue convocado para exterminarlos y restablecer la calma.

                  

Reunidos en asamblea los ciudadanos damnificados hablaron diversas injurias sobre aquellas construcciones. Que antiguamente habían sido lugares de perversión y deberían dinamitarse, por ejemplo; otros aseguraban que estaban embrujadas y antes de darles cualquier destino se imponía un exorcismo, algunos propusieron convertirlas en museos o casas de comida tradicional. El resto culpó al gobierno de no atender la higiene y conservación de la calle (y esto era olvidar la historia de esa ciudad) donde los fundadores levantaron el puerto, piedra primera de la gran metrópoli. Sorrenti debió soportar la insólita discusión entre dos señoras suscitada por los términos vampiro y murciélago: si se trataba en fin del mismo animal y en ese caso a qué tremendo peligro habían estado expuestas sin saberlo. El esbelto jefe del Cuerpo de Bomberos logró calmar los ánimos explicando las diferencias entre la ficción y la realidad, asegurando que el vampiro es puntualmente un tipo de murciélago, de mayor tamaño, y que sólo muy raras y contadísimas especies se alimentan de sangre -era imposible que fuese la incubada en las ruinas, pues no lo propiciaba el clima de los mares del sur americano. Se trataba de simples insectívoros, no por ello menos asquerosos y repulsivos-, agregando en tono melifluo considerasen a  salvo sus magníficos cuellos de porcelana. Y como juzgase escasa la adulación se le ocurrió expresar el vocablo quiróptero, que acabó sumando el respeto de los hombres a la ya conquistada devoción de las mujeres.

                  

También coincidieron por unanimidad en que, sin duda, uno de esos caserones había proferido la aparición de El Falto. Escuchándolos, el carácter de Sorrenti inauguró su fase mordaz: los murciélagos no venían de ninguna parte, ya estaban allí instalados, ellos eran los engendros de la ciudad, como los pensamientos terribles que se reprimen apenas surgen y se guardan en los laberintos obscuros del alma. A la luz del día uno vive en cierta paz, hace las compras en el mercado, trabaja, va y viene, pasa por la vereda de esos pensamientos. Comenta con algún transeúnte acerca del estado lamentable de los caserones, se asquean al unísono, ignorando que inconscientemente están hablando de aquello otro. Y por las noches brotan aquellos monstruos de las cavernas más íntimas, con ese rumor de alas horribles batiéndose, devorándose entre ellos, como pequeños hombrecillos deformes con membranas entre los dedos, sus sistemas ultrasónicos enfermos, ciegos y hambrientos embistiendo las paredes...

                  

La fumigación surtió pleno efecto: huyeron unos pocos sobrevivientes, según cálculos del jefe, y el resto taponó los desagües que daban al mar. Ya no había nada que temer, sólo aclarar uno o dos delitos menores.

                  

El comisario volvió sobre sus pasos intuyendo que el cabo Pereyra lo reclamaba en busca de órdenes. En efecto, el diminuto subalterno se aproximaba, acezando, con la mirada radiante. Ya había recabado todos los datos para el archivo, pues ¿a quién le importaría la resolución de ese caso? Más allá, en la acera, una pareja de jóvenes husmeaba el cuerpo. Se abrazaban como si al fin estuviesen a salvo de un bicho horrible y peligroso. Un viejo pescador, aún empuñando la caña, espiaba con los ojos desencajados. ¿Habría conseguido ver u oír algo? Nadie consideró intentar con él un interrogatorio de rutina, estimarlo testigo. ¿Y si fuese el asesino? Podría llevar el arma oculta en el balde, entre los pescados. “Ese maldito bufo zumbón me espantaba la pesca”, declararía en un juicio grotesco.

                  

Cuando Sorrenti decidió mirarlo por segunda vez el pescador se había esfumado, dejando sus huellas húmedas en el suelo.

                  

-A alguno se le fue la mano, ¿eh, comisario? ¡Pero por mi madre que era molesto este idiota! –exclamó el cabo Pereyra.

                  

No contestó. Una densa bocanada de humo le sirvió para ocultar la mueca desesperada que crecía en su rostro, le tensaba los músculos, lo deformaba. Pues bien, si se trataba de una pesadilla era momento de despertar, ¿verdad? Porque en las reuniones vecinales mil veces le dieron ganas de arrojar licencia y pistola sobre la mesa, subir a una silla y desde allí sorprender a todos con el insulto más completo que un ser humano haya expresado. Y antes de provocar risitas fisgonas con el pequeño salto necesario, volver al piso y hacer los seis pasos –que a una persona normal le cuestan dos zancadas- para alcanzar la puerta y abrirla, bien amplia cuidándose de no engancharse el puño del saco en el picaporte y sufrir el tirón vergonzoso. Y cuando aún no han cerrado sus bocazas los miembros de la honorable junta, dar el portazo último y definitivo. “Revienten”, gritaría bajando las escaleras, con el alivio derramándose en las axilas, relajándole las piernas. Que se las arreglaran solos con la invasión de murciélagos, contrabandistas y deformes. Solicitaría la reasignación a otra seccional y pronto olvidaría el caso del puerto como se diluyen las brumas de un mal sueño en la mañana brillante.

                  

Arrojó la colilla del cigarrillo y echó el último vistazo al cuerpo que los enfermeros habían embolsado en polietileno. Cinco semanas de trabajo le llevó a la cuadrilla de bomberos limpiar los desagües atestados de murciélagos muertos. Las medidas higiénicas en la potabilización del agua debieron multiplicarse, la buena idea casi provocó una catástrofe mayor. Las compañías expendedoras de bebidas envasadas doblaron sus ventas. ¿Cómo se mata semejante plaga sin generar efectos secundarios riesgosos? ¿A tiro limpio? Resultaría fácil si se tratara de un solo horrible bicho.

                  

A veces Sorrenti le regalaba a Lazlo una lata de gaseosa, para calmarlo, para que no lo siguiera tanto. El idiota recibía el obsequio y se quedaba unos instantes tieso, como hipnotizado. El comisario pensaba entonces que el chico estaba pidiendo algo, que no era eso que él le daba, era lo que pedía con tanta incomprensible insistencia a los turistas. ¿Qué pedía que los demás no tenían para darle?

                  

El comisario se limpió el sudor de la nariz y las sienes. La temperatura no había cedido una línea, ni un mísero airecillo salaba el mar para apaciguar la asfixia.

                  

-Bueno, todo en orden, jefe –dijo el cabo-, cuando usted diga.

                  

-Sí, vamos.

                  

En la última sesión habían tratado el caso del Murciélago en Particular y sus costumbres de embestidor de paredes y personas, de los derechos ajenos. Culpable de violentar la vida apacible del barrio, de importunar a los turistas, de asustar a los niños, de causar asco. Culpable en fin de afear el paisaje y hacer la vida imposible a los habitantes. Se consumó, tal vez, un juicio más implacable que la ironía. Porque todos los juicios acaban en una condena, material o moral, y Lazlo El Falto estaba muerto. Esa, a la vuelta del intrincado asunto que impresionaba al comisario, era la gran cuestión.

Cargar el cuerpo en la ambulancia no representó demasiado esfuerzo. A él le costó más subir a la patrulla, y estaba vivo. Alguien trajo la noticia de un tiroteo entre rufianes, al otro lado de la ciudad. El rictus de la boca se distendió. Cuando el cabo puso en marcha el vehículo y giró en la esquina para alejarse del puerto, Sorrenti iba pensando en una jarra de vino con hielo.

María Helena Sofía

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