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Entrevista  a  Entrevista a Horacio Armani

por Horacio Semeraro
horacio.semeraro@hotmail.com

 
 

 

Notable poeta, miembro de la Academia Argentina de Letras, Horacio Armani acredita en su larga trayectoria, su desempeño como Jefe de Extensión Cultural de la Biblioteca Nacional, y luego desde 1958 y durante largos años, Jefe de la Sección Bibliográfica del Diario La Nación. Más de una docena de libros de poesía, fieles traducciones de Montale y Pavese, numerosos premios nacionales y extranjeros hablan de un estilo clásico y refinado con patente propia.

El grillo : Aunque es bien conocida su trayectoria, ¿cómo fueron sus comienzos como poeta?

H. A : - Comencé a escribir poesía desde los diez años. A los 17 envié poemas a una revista denominada Laurel, que dirigían dos poetas jóvenes (Rodríguez Itoiz y María Luisa Rubertino) y para mi sorpresa, aparecieron publicados con un comentario de José Sebastián Tallón. Por esa época ya había descubierto a Neruda y César Vallejo. Más tarde leí a Cernuda y, desde luego a Juan Ramón Jiménez, a quien fuimos a esperar al puerto cuando vino a Buenos Aires en 1948. Yo tenía 22 años y, por supuesto, leía a los más importantes poetas argentinos, Borges, Molinari y los que conformaron la generación del 40: Enrique Molina, Wilcock, Vicente Barbieri y tantos otros... Aprendí francés y leí -y a veces traduje- a Rimbaud y a Baudelaire. Más tarde, con una beca del gobierno italiano, pasé un año en Roma, donde me familiaricé con los grandes poetas de esa época: Ungaretti, Montale, Quasi-modo, Pavese... A Montale lo conocí en 1970 en Milán y me entregó las pruebas de un nuevo libro, alguno de cuyos poemas traduje por primera vez al español y publiqué en La Nación. Después Aldo Pellegrini me encargó una antología de poetas, italianos contemporáneos. Todo esto, desde luego, debe haber influido en mi obra insensiblemente, pero sí debo indicar a los creadores más queridos, debo señalar a Neruda a Vallejo a Cernuda y a Montale.

e.g. - La métrica pura, el cuidado de la palabra, burilada hasta su máxima expresión, hacen casi imposible sustituir un solo verso o algunas palabras de sus poemas sin cambiarles el sentido. Debe llevar mucho tiempo trabajar así una obra, ¿no?

H.A.: Esta condición que usted señala es, como ya dije, connatural en mí desde que era niño. Pero para mí lo esencial en la poesía es el ritmo interno: No importa si el verso está mal medido o no. De hecho, poemas como los de  Residencia en la tierra, de Neruda, tienen pocos versos bien medidos. Pero si usted lee cualquiera de ellos sentirá el ritmo interno: «Como cenizas, como mares poblándose», etc. Allí el acento está en el «ni» de cenizas, en el «ma» y en el «blá» de mares poblándose. -Todo eso, esa forma de versificar, configura un ritmo interno que da fuerza y belleza al poema. Y eso no es métrica pura, es el manejo rítmico de las palabras lo que constituye la música del poema.

e.g.: - ¿Cuál fue la historia que usted vivió, los escritores que fue tratando y conociendo?

H.A.: Cuando me inicié en el mundo literario lo hice ganando un premio nacional llamado Iniciación en 1946. Tenía 21 años y se me abrieron las puertas de la vida literaria, Eduardo Mallea me publicó un poema en el suplemento literario de La Nación sin casi conocerme; él era entonces una figura rectora del ambiente. Allí publicó también su primer cuento Julio Cortázar con María Elena Walsh, Javier Fernández, Angel Bonomini, Alberto Greco, Pepe Fernández y otros formamos un grupo joven. Algunos de ellos fuimos a recibir a Juan Ramón Jiménez al puerto cuando vino en 1948. Después, hubo un etapa de amistad cuando nos reuníamos en los cafés cercanos a la Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. Ahí encontré a Murena, a Girri y a muchos otros. Cuando José Edmundo Clemente fue nombrado subdirector de la Biblioteca Nacional me llevó a trabajar con él; allí conocí a muchos escritores que iban a visitar a Borges y a la que años después sería mi mujer: María Esther Vázquez. Pero mi tarea allí duraría poco, porque por intermedio de Nicolás Cócaro ingresé en el diario La Nación. Trabajé primero como corrector, después como redactor y, finalmente, como encargado de bibliografía del Suplemento Literario, lugar que ya no abandoné hasta jubilarme. Así conocí a casi todos los escritores de esa época, que venían a traer sus colaboraciones (aparte de los que ya trabajaban en el diario, como Mujica Láinez): González Lanuza, Bernárdez, Molinari, Guillermo de Torre, Marasso, Victoria Ocampo, Bioy Casares, Ungaretti (con quien fui jurado de un concurso), Enrique Molina y tantos otros que sería fatigoso enumerar.

e.g.: - Se dice que la proliferación desmedida del verso libre sustituyó la calidad por la cantidad. ¿Qué opina usted al respecto?

H.A.: Siempre hubo grandes poetas; poetas buenos y poetas mediocres. La forma que utilice cada uno de ellos no tiene ninguna relación con la calidad de la poesía que puedan expresar. El problema es que hay demasiadas personas en los medios de comunicación que creen saber -y algunos tienen un gusto crítico lamentable- Si no, ¿cómo se explicarían los premios enormes que han logrado ciertos versificadores de bajo vuelo, las críticas elogiosas, las ventas increíbles de libros espantosos? Y hay que saber publicitarse. Quien más se promociona, más aparece en los medios.

e.g.: - Hay un poema suyo que recuerdo siempre y que se llama «El cielo que iba alrededor de ti». ¿Cuál fue su génesis?

H.A.: Una imagen muy lejana, de mi primera juventud, surgió un día en mi memoria. Alguien que pasó y se fue. Algo la despertó en mi recuerdo; algo, también, la desvaneció en imágenes y la fijó en palabras que, para mí, perduran.

e.g.: - En su poema «Veneno lento» nos dice: «Veneno lento es la poesía: / lo que la vida hubo disipó (...) y su victoria es una haz de palabras / que sólo tú comprendes, una historia / destinada a la nada». ¿En él reniega de la poesía por el desdén (ficticio, quizás) del destinatario o acaso forma parte de una rebeldía mucho más amplia, existencial y metafísica?

H.A.: El destinatario soy yo mismo; ese otro yo que cada uno lleva en sí. La poesía es el imaginario veneno que ha guiado toda mi vida. Fue un destino que se me impuso por sí mismo, una vocación que me atormentó desde niño y que no alcanzó la valoración que merecía. Tal vez porque viví en el país equivocado y en una época en la que todo lo que amé ya no significa nada.

e.g.: - ¿Qué le diría a un joven poeta que siente la necesidad de expresarse y que quiere perfeccionarse, tratar de encontrar su estilo?

H.A.: Le diría que lea permanentemente a los demás poetas; llegará un momento en que encontrará su propio estilo. Que escriba y deje pasar el tiempo antes de apurarse a publicar. Y que no confíe demasiado en las opiniones ajenas.

e.g.: - Uno de los mejores poemas de su libro Veneno lento está dedicado a su esposa María Esther Vázquez. Contradice a Claudel, quien expresaba «L’amour fait passer le temps. Le temps fait passer l’amour». Créame que es un buen ejemplo de permanencia y más en estos tiempos...

H.A.: Claudel se refería probablemente al amor pasión, que suele durar poco tiempo. Pero también suele perdurar profundamente, una vez pasado el fuego inicial, en una honda comunión sentimental que dura tanto como la vida misma, y que quizás sea la forma más pura y genuina del amor.

e.g.: - ¿Cómo se definiría a sí mismo?

H.A.: Como alguien que siempre anheló lo mejor y más puro del mundo espiritual que ofrece la existencia. Algo de ello -no todo- me fue concedido. Y eso, ahora, me basta.

 

Horacio Semeraro
horacio.semeraro@hotmail.com
 

 

Publicado, originalmente, en la Revista de Cultura el Grillo Nº 38 2004 - Buenos Aires

 

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