Instituto del Libro y la Lectura del Perú, INLEC 

Es hermoso lee el niño y lee el oso 

"Nadie", se llama el hijo que adoramos 
Danilo Sánchez Lihón 
www.danilosanchezlihon.blogspot.com

1. ¿Qué va a ser de tu vida?

 

Nadie, el quinto hijo de nuestra familia, que así se llama -o así lo llaman sus hermanos- es el hijo más travieso, presente y vivo de la casa.


– ¿Quién dejó abierta la puerta dejando que se escape la gata?


– ¡Nadie! –es la respuesta de todos.


– ¿Quién rompió el fluorescente de un pelotazo?


– ¡Nadie ha sido, papá!... –es la respuesta al unísono de sus delatores.


El padre va de frente al rincón donde se esconde y le increpa:


– ¡Pero Nadie, Dios Santo! ¡Qué tienes en las manos, o en los pies, o en la cabeza, hijo mío! ¿Quién te hizo alborotado y loco? ¿Qué va a ser de tu vida y de nuestra vida ahora?

 

2. Terminan perdonándolo

 

– Discúlpalo papá, por esta vez!


– ¿Por esta vez? ¡Lo estoy disculpando hace años, desde que ustedes nacieron!


Pero es inútil. Al día siguiente se oye a la mamá que dice:


– ¿Quién desarmó la radio y la dejó despanzurrada aquí en el piso?


– ¡Nadie! –dicen todos. Es la respuesta absoluta, sin ambages y unánime. ¿Ya qué hacer? ¿Cómo vamos a negarnos a creer ante tamaña evidencia, cuando son cuatro los que lo acusan sin piedad?


"¡Nadie!", –es el grito acusador de sus hermanitos, qué hacen un clan, dejando al quinto hermano en la peor de las ignominias.


El padre y la madre se impacientan.


Nadie entonces se acobarda, se esconde, se hace pequeño, del tamaño de una gota de agua en los ojos cristalinos de sus otros cuatro hermanos.


¡Allí es cuando los conmueve tanto! Y terminan perdonándolo.

3. ¿Me prometes cambiar?

 

– Nadie, hijo mío –le ruego yo–. Tú tienes un nombre ilustre, y en honor a ese nombre te invoco a cambiar. Te cuento:


Cuando Ulises llega a la isla de los gigantes que tenían un solo ojo, llamados los cíclopes, ingresa con sus compañeros a una cueva sin saber que pertenecía a Polifemo. Como tenían hambre prueban la comida que allí había justo cuando el gigante llega con su rebaño de ovejas y cabras. Al sorprenderlos coge y devora a varios de ellos. Ulises a fin de salvar su vida y la de sus amigos lo embriaga dándole de beber un tonel de vino. Cuando Polifemo le pregunta su nombre Ulises le dice que se llama Nadie, igual a tu nombre. Estando el gigante ya dormido calientan un madero que allí había y lo clavan en el único ojo que tenía. Polifemo gritaba de dolor diciendo: "¡Nadie me ha herido!" Al oírlo decir eso sus hermanos que estaban en el campo creían que Polifemo se había vuelto loco o que estaba haciendo berrinches. Por eso te digo que Nadie es un nombre glorioso. ¿Me prometes entonces portarte bien y cambiar?

4. ¡Qué formalitos!

 

Pero al rato revienta nuevamente el problema.


Estalla, pero esta vez de manera angustiosa, con llanto profundo. Y es en la voz de la madre, que dice:


– ¿Quién cortó mi blusa para hacer este mamarracho de muñeco?


– ¡Nadie fue, mamá!

 

Otra vez es la voz acusadora, poco solidaria y desvergonzada de sus hermanos mayores.


Estalla el padre. Pierde la paciencia:


– ¡Pero, Nadie! ¿No podrías ser un poquito cuidadoso, delicado con las cosas, tener sentido común y aprender de tus hermanos?


 Mira, ¡Qué formalitos! ¡Ellos no matan ni una mosca con esas caras!

 

5. ¡Qué será de su destino!

 

Pero ¡valgan verdades!


Cuando todos salimos y Nadie es el único que se queda en casa, entonces ¡es lo máximo! ¡Sencillamente se pasa, en todo es formal y disciplinado!


Entonces nunca desordena nada, se porta como una excelente persona.


Cuando se queda solo jamás hace desmanes; es pulcro. Deja los libros cerrados y en su sitio. No tirados por todas partes ¡como cuando está con sus otros hermanos!


Nadie, es el hijo que nos quita el sueño, y que no sabemos en verdad cómo vino, cómo entró a esta casa.
Y, sobre todo, ¡qué será de su destino!

6. Nadie ha sido

 

Pero esta semana ya fue el colmo:


– ¿Quién le ha cortado la cabeza a mi muñeca, que su papá me trajo de Venezuela?


Grita. Y después llora la madre.


– ¡Y todo para hacer este horrible espantapájaros!


Dice así, señalando el esperpento colocado en un rincón de la sala. Entonces el padre tiene que consolarla apoyándola en su hombro.


– Seguramente que Nadie –advierte.


– Si, Nadie ha sido.


Así suena la voz quebrada, miedosa, pero unánime, denunciante e inapelable de sus cuatro hermanos.

7. ¡Qué le vamos a hacer!

 

Papá y mamá miran a Nadie, compungidos. Tiene la cara en verdad arrepentida, como diciéndonos que nunca volverá a portarse de ese modo.


Y después de gritos, lagrimeos, imprecaciones, lo perdonamos sin saber por qué. Y terminamos rogándole así:


– ¡Nadie, hijo mío. ¡Mira a tus otros hermanos!, ¡tan formales, tan educados, tan correctos!


Él, en verdad, lo siente, ¡eso lo sabemos y es lo que apenas nos consuela! ¡Qué le vamos a hacer! Nació mal hecho, con los nervios trocados y tremendamente torpe.


Él ha pagado la factura de sus otros hermanos, ¡tan sanos y compuestos, tan cautos y angelicales!


Aunque, en el fondo de nuestras lágrimas, este hijo salido de nuestras entrañas es el que en verdad más nos gusta. 

8. Y ahoga sus suspiros


– Amor, ¿cómo es que tuvimos a este último hijo?


– ¿A quién te refieres?


– A Nadie, pues.


– No lo sé. Pero te diré es el que más me conmueve.


– Igual me ocurre a mí.


– Pero, a ti ¿por qué, ah?


– Primero: porque nunca acusa, se queda callado, aguanta todo y guarda silencio.


– Se las traga todas, bebe sus lágrimas, retuerce sus quejas y ahoga sus suspiros.


– Y con eso defiende a muerte a sus hermanos.


– No despotrica ni hace peleas, deja pasar las cosas, no entra en discusión, sólo contempla cómo se desenvuelven los hechos.

9. En grandes carcajadas

 

– ¿Y segundo?


– Y segundo: porque horas más tarde repite la escena. No entra en vainas, es incorregible, sale con las suyas, no cree en lo que dicen ni en lo que le suplican y le lloran.


– Al otro día está en las mismas. Actúa, rompe y jala.


– Es el hijo que más amamos, porque hace las travesuras que no hacen los demás:


– Aguanta los rezongos, los regaños, las jaladas de pelos.


– Y lo queremos porque, pasada la cólera, cuando estamos solos y hacemos un recuento de sus atroces ocurrencias y despiadadas travesuras, nos reímos.


– Nos reímos a costa de él, con frecuencia estallando en grandes carcajadas.

10. Somos los polifemos

 

– Pero, de acuerdo a la historia de Ulises en la Odisea que les contaste, ¿no seremos nosotros los cíclopes del cuento que los encerramos en una cueva, los amenazamos con castigarlos y queremos devorarlos?


– ¿Te parece? Puede ser porque Nadie solo aparece cuando nos ven como a gigantes desalmados.


– Gigantes de un solo ojo que los amenaza con azotes y reprimendas.


– Y ellos son los exploradores que quieren ver cuánto les ofrece el mundo para salvarse.


– Y mira, cuando me acerco a ti y te beso tenemos un solo ojo.


– Tú también.

 

– Somos entonces los polifemos del cuento, que se quieren y se adoran.


– Y vivimos en una isla y habitamos en una cueva.


 – Y que ahora han escapado. Y están solos.

Danilo Sánchez Lihón

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