Instituto del Libro y la Lectura del Perú y Capulí, Vallejo y su Tierra
En el 37 aniversario de su fallecimiento

Homenaje a: José María Arguedas
Apu tutelar

La música y la danza en el mundo andino
Danilo Sánchez Lihón

"Aquí es preciso morir"
Agustín Gamarra
(Antes de morir en la batalla de Ingavi)

1. Dos cumbres tutelares

En el "¿Último diario?", que integra la obra El zorro de arriba y el zorro de abajo, José María Arguedas nos dice: ... si el balazo se da y acierta. Estoy seguro que es ya la única chispa que puedo encender..., la única luz, fuego, pulso y calor. Confesó también que todos los latidos de su vida eran de amor, devoción y consagración al Perú. Aquel balazo se dio, encendió aquella chispa, para lo cual también se necesita valor, disparándose en su oficina de la Universidad Nacional Agraria dos balazos en la sien, el 28 de noviembre del año 1969, hace 37 años, muriendo 4 días después, el 2 de diciembre, dejándonos incluso en ese acto un mensaje irredento con el telón de fondo de la tragedia y la epopeya que es el Perúa

Pero dejó allí mismo escritas estas palabras:

...Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú... se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fú“...Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú... se cierra el de la calandria consoladora, del azote, del arrieraje, del odio impotente, de los fúnebres “alzamientos”, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y

Es inmensa y conmovedora aquí esta revelación contundente y absoluta con relación a César Vallejo, diciendo en aquel testamento que era el principio y el fin, trazando su arco de alianza. Y es que ellos dos son seres con trasfondo mítico, con raíces milenarias, con ancestro cósmico, seres que han fijado su residencia permanente en la tierra, que están incrustados a la tierra fértil como a los peñascos, al grumo de roca y al cielo azulino, para mejor retar a los abrojos, desde donde miran y nos permiten mirar el infinito y lo entrañable de la condición del hombre sobre la faz de la tierra.

Son Vallejo y Arguedas nuestros apus tutelares, ejes fundamentales de nuestra cultura, dos próceres y mártires; dos hombres de una ética sin dobleces, que jamás claudicaron ni al mercado, ni a la propaganda, ni a la impostura.

2. Gané el mote de "zonzo" que mi propio padre y hermano me lo aplicaban

En carta que le escribe a Emilio Adolfo Westphalen, cuenta y precisa:

"Nadie ha sido más feliz que yo. Nadie, ni tú. ¿Te acuerdas cuando al oír la quena esa y la danza de coro de hombres, quena y wankar, que oímos en tu pieza de la universidad, tuvimos la evidencia de que los creadores de esa música eran algo más grande que todo lo grande que habíamos oídos hasta entonces? Pasé mi niñez siguiendo a bailarines y músicos de esas danzas, siguiéndolos noches de noches, imitándolos, hasta que gané el mote de "zonzo" que mi propio padre y hermano me lo aplicaban con todo convencimiento".

Por eso, el homenaje que hoy le rendimos es poniendo cerca a su oído en la evocación los acordes de una banda de músicos de mi aldea, Santiago de Chuco, pueblo natal de César Vallejo. En vida José María caminó detrás de músicos y danzantes, pero de muerto va adelante de ellos, desde que en su entierro lo acompañaran sus amigos músicos Jaime Guardia, Máximo Damián y Luis Durand, tocando el arpa, el violín, la quena y el charango, como contorsionándose detrás de su ataúd fueron los danzantes de tijeras. Así la muerte era exorcizada por algo que está mucho más allá y más acá de ella, como es la música y la danza: 

Tardará aún la chiririnka que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oí“Tardará aún la chiririnka que viene un poco antes de la muerte.

Ahora él va adelante. De niño él iba detrás. ¿No hay aquí un ritual y una consigna?

3. El mundo andino es una cultura de fiesta

La música en particular y en general el arte son manifestaciones primigenias naturales y espontáneas en el mundo andino, que alcanzó a plasmar una cultura de fiesta, uniéndola al trabajo y a lo sagrado, cara al sol, las nieves, las lagunas y los cerros.

Por eso, no hay pueblo del Perú, por pequeño que él sea, que no tenga su banda de músicos, conformada por iniciativa propia de sus cultores y habitantes, constituyendo grupos excelentemente organizados, imbuidos de principios y hasta de mística y sacrificio, que acompañan con fervor las celebraciones religiosas, cívicas y sociales.

Es un símbolo de la fortaleza del Perú milenario, de su resistencia y proyección al porvenir. Ensayan en medio de los bosques, en la falda de las colinas, en la cumbre de los cerros frente a los abismos; notas, acordes y compases que convocan, integran y curan las heridas del alma; que harán regresar a los hermanos, padres e hijos que se han ido a tierras lejanas, por lo menos en el recuerdo.

De allí que como un homenaje a José María Arguedas, hombre inmenso, humana fortaleza comparable a Sacsayhuamán; apu tutelar nuestro, río profundo más que todos los ríos abismales del planeta, y flor translúcida de pisonay , estas páginas sollozantes.

Las bandas de carrizos de mi pueblo

 1. Sones límpidos y dulces

Desde el patio de nuestras casas oíamos los sones una o dos cuadras antes de las bandas de carrizos que bajaban a integrarse a la procesión del Apóstol Santiago en su fiesta patronal del mes de julio, en Santiago de Chuco.

La presencia y la actuación de estas bandas era una expresión genuina de música popular tradicional en el desfile de bandas y delegaciones, hermandades y comitivas, mojigangas y comparsas de la fiesta jubilar.

En nuestro caso las oíamos venir por el jirón Manco Cápac, voltear por la calle donde está la panadería de don Wilfredo Luján, doblar por la Caja de Depósitos y Consignaciones, para enfilar después por la calle Colón, delante mismo de mi puerta, donde escuchaba sus sones límpidos y dulces que traían el aire de los campos; entonando en su repertorio huaynos, serranitas y marineras.

Eso sí: toda la banda compuesta de músicos que entonaban instrumentos de viento hechos de carrizo o de madera, como quenas, antaras, andaritas y traveseras. 

2. con el candor que dan las espigas

Había algo valiente, marcial e invencible en sus compases. Pero, a la vez, mucho de melancólico y acongojado, mucho de lento y adelgazado, como es en realidad la pena. Quizá, porque todas esas bandas eran de los caseríos de Santiago que con el candor que dan las espigas y las acequias cantarinas bajaban fervorosas y confiadas con los ojos inocentes de sus integrantes uniformados de rústicos pantalones y chaquetas azules en dirección a la plaza donde rendían su adoración al "patrón bendito", el taitito Santiago milagroso.

Yo, que tanto amo las danzas y sones de mi tierra, pese a que me conmovían y emocionaban sobremanera, nunca las seguí a las Bandas de Carrizos por calles y plazas, como sí hice con otros conjuntos, porque encontraba que sus sones suenan más dulces y profundos tras los muros de las huertas o tras las paredes de adobe de nuestras casas extasiadas que se vuelven más amorosas aún ante esos compases inusitados. 

3. Las notas quebradizas y ululantes de sus marchas

Sin embargo, tengo en la mano datos que registran que en el año 1956 se realizó el Primer Concurso de Bandas de Carrizos, promovido por el instructor Premilitar de aquel entonces, en donde participaron cincuenta conjuntos musicales, siendo la premiada la Banda de Carrizos del Caserío de La Cuchilla, en primer lugar;  ocupando el segundo puesto la Banda de Carrizos de Santa Cruz de Chuca.

Varias veces que sus sones han llegado a retazos a mi recuerdo me he quedado imaginando que los ensayos, antes de las Fiestas del Patrón, debieron hacerlo de atardecida y alrededor de algunas parvas de trigo, frente a las cadenas de cerros y montañas estupefactas, teniendo abajo las hondonadas y los abismos, porque eso se sentía en las notas quebradizas y ululantes de sus marchas, que hacían más transparentes y asombrados los ojos de sus conmovidos y candorosos ejecutantes y más hondo, indeleble y translúcido el amor por nuestra tierra.

Danilo Sánchez Lihón

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