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Instituto del Libro y la Lectura, INLEC del Perú

y Capulí, Vallejo y su Tierra

Enereida 2010 
Invierno en la serranía 
Estampa de invierno con luna 
Danilo Sánchez Lihón
www.danilosanchezlihon.blogspot.com 

1. Entre la pared y el techo

Es invierno en la serranía. En Santiago de Chuco lo primero que hacemos cuando nos despertamos, luego de tender las frazadas multicolores de lana de carnero del lecho donde dormimos y salir al corredor o al patio, es mirar el cielo. 

Y, como en él hay nubes, suponemos en silencio a qué hora ha de llover. Esto según el presentimiento que tengamos de qué humores embarga a los nimbos plateados que ya bogan por el cielo de enero.

En mi casa ¿di? – ¡Tú has entrado!– hay una escalera que da al hueco del terrado y frente a él se sostiene una explanada entre la pared y el techo que se eleva sobre la morada colindante de mi abuela.

Del techo cuelgan pedazos de soguillas con que se amarran los magueyes y los carrizos que se tienden entre madero y madero, y se sujetan a las vigas. Que a su vez sirven para que sobre ese tejido se sostengan las tejas. Y para que yo te mire hacia el corredor hasta donde has entrado con tu falda de niña.

2. Abierto con todos sus secretos

De aquellas soguillas desprendidas o sueltas solemos cogernos para no perder el equilibrio y columbrar los espacios lejanos.

Luego alzar la vista a los copos de nubes que se apelotonan en lo alto y en lo bajo de la bóveda celeste. 

Desde aquí miramos el cielo y sus mudanzas, desde que amanece, los copos de nubes silenciosas subiendo de los valles, navegando en el cielo azulino.

Desde aquí, tú y yo columpiándonos a veces, seguimos su rumbo impredecible, su suerte y su destino de almas errantes. 

Ora se entrelazan apacibles, ora se revuelven misteriosas.

Desde aquí divisamos las hondonadas de los ríos y el cielo infinito, abierto con todos sus secretos, estrellas y planetas, sobre nuestras pobres almas indefensas.

¿De qué lloras?

3. Alfombras de flores que se riegan por el suelo

Es invierno. Arriba, en el cielo azul, los celajes ahora sí son inmensos rebaños blancos. Quizá quieren que tú seas su cándida pastora.

Son rebaños que plañen. Y en sus balidos adoptan todos los fulgores y matices. Tonos y gemidos. Y la honda fragancia de la tierra en el estro del amor.

Los celajes son olores, quejidos y coloraciones ante el asombro y prodigio que se hunde y se eleva en lontananza.

Algunos son vellones de ovejas trasquiladas que buscan sus majadas, vagando dispersas y desorientadas.

Los celajes vagan sin saber que con sus hebras las pastoras de cielo y tierra van tejiendo el arco iris y las alfombras de flores que se riegan por el suelo. 

4. Son a la vez cunas y tumbas estremecidas

Hay vellones que se han vuelo vellocinos, que son fantasmas ululantes que se alejan hacia una luz difusa que apenas se esboza en el horizonte.

Y van recogiendo de algo o de alguien sus latidos y su vida. ¿Tú, lo sientes?

Son en lo que al final se vuelven los espíritus de los cerros.

Los celajes son a ratos calmos y en otros momentos frenéticos.

Son estables, como a veces furtivos. Son a la vez cunas y tumbas estremecidas.

Los celajes son clarines de batallas y responsos fúnebres en el cielo pasmado.

Son el silencio meditativo y el estallido de alguien que a una hora nada piensa y todo lo avasalla.

Porque, ¡te quiero!

5. Según la danza o el estrépito que hacen

Hacia ellos crecen y se dirigen las espigas que crecen en los tejados ingenuos e indefensos.

Hacia ellos se dirige la tristeza y la melancolía cuando se ama, y se busca que dos miradas coincidan; primero en mirarse ellas mismas. Y, después, en mirar hacia el mismo sentido. ¿Por qué llorar ahora?

Hacia ellos se vuelcan los idilios y esperanzas que es cuando las nubes con sus mantos regios los cubren. Y ellas mismas se intimidan de los colores que encienden.

En esta vida doméstica o épica es cuando, en el escenario de las nubes, que bogan en la bóveda celeste, inventamos mil historias subyugantes según la danza o el estrépito que hacen.

6. Luna callada

Y según sea el temperamento de nuestros latidos. O bien sea que se sientan regocijados, o bien sea que los desgarre, como a estas sombras, una pena.

Por eso, ahora que ya es de noche y la luna ha salido, dime: ¿Qué te hace llorar?

Mira, ya los nardos y las azucenas de las acequias se han recogido para prenderse a tus vestidos. Y lo único que haces ahora es mirar el suelo y tus pies.

¡Sí, dime qué te hace llorar! Contesta, pues.

O tú eres la luna, acaso. ¿Yo? ¡Yo creo que sí! Porque, mira:

Tu manera de quedarte callada, de coger las cosas con tus manos blandas, de volver los ojos y quedarte mirando así.

7. No sigas hablando

También, por tu manera de nunca decirme nada, de no contestar lo que te pregunto, de no saber decir quién eres. 

O, sino, ¿de dónde has venido? ¿Por qué estás hasta tarde conmigo sentada en esta escalera?

De no saber si estás contenta o estás apenada. De no saber si llevarte, dejarte o esconderte. ¡Eres la luna sin ninguna duda!

La luna que recorre mundos secretos, que ve lo cierto y ve lo vano. Porque eres silenciosa y triste. 

La luna de invierno que cuando sale vuelve a los campos fantasmales y nos embarga una pena inmensa en el alma. 

Y ahora que ya adiviné quien eres, que ya cesaron las serenatas y que no hay por qué hacer silencio, dime: ¿qué será de mí?

– Ya no sigas hablando, ¿o te encanta hacerme llorar? 

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Danilo Sánchez Lihón

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