1.
El castigo perduró milenios
Hace
mucho tiempo, Wiracocha, creador de todas las cosas, había castigado a
su pueblo dejando ruinas y desolación donde antes reinaba la dicha,
florecían las plantas y verdecían los bosques, susurraba el agua en
los arroyos y correteaban alegres y jubilosos los animales por el campo.
¿Qué había provocado tanta ira y cólera en el poderoso Wiracocha?
Supaya, el espíritu del mal, había sembrado vicios, mezquindades y
desorden en el corazón de la gente y el padre creador, dolido y desengañado,
quiso enviar ese cruel y ejemplar castigo.
Por eso provocó cataclismos. Hizo temblar inclementemente la tierra. Se
desbordaron las aguas de lagunas y ríos, llegando hasta los más altos
montes de la serranía. Soplaron vientos huracanados.
Cayeron heladas e invadió una implacable sequía por todos los
confines.
Los hombres huían aterrorizados.
Los que pudieron salvarse buscaron refugio en las cuevas; perdiendo toda
su memoria y todas sus virtudes. Perdieron su sentido de familia y de
seres colectivos. Se convirtieron en seres huraños, apartados y
agresivos, viviendo como bestias indómitas. El castigo entristeció a
Wiracocha, y perduró milenios en los cuales sólo reinó la aridez y el
silencio.
2.
Adoctrinar en el bien, el trabajo y la belleza
Pero
un día Inti, el hijo más querido del dios, se aproximó a su padre y
le habló de este modo:
– Padre y señor mío. Creador de todo lo creado y por crearse. Corazón
bienhechor y magnánimo: éste tu hijo, humillado ante ti y acongojado
por lo ocurrido, te suplica que ya se calme tu cólera. No es bueno que
los míseros mortales deambulen en la tierra cual fieras abandonadas.
– Dime hijo, ¿he de crear una nueva progenie?
– No es necesario, padre. Permite, más bien, que dos de mis hijos
–en realidad lo mejor de mi linaje, que es también tuyo– vayan
hasta ellos a educar y enseñar, enderezando aquellos destinos equívocos.
Wiracocha escuchó sereno y dichoso la voz de su hijo y así se expresó:
– Inti, el más amado de mis hijos, desde hoy te llamarás "el
generoso e incomparable". Tus razones conmueven profundamente mi
corazón y mi alma. No en vano eres mi predilecto y el más brillante de
los seres que he creado. Se cumplirán tus deseos. Que enrumben pues tus
hijos a la tierra desolada para adoctrinar a los hombres en el bien, el
trabajo y la belleza.
3. Donde se hunda la barreta de oro fundarán el imperio
Va
entonces el Sol hasta la isla sagrada que flota al centro del lago
Titicaca, donde moran purificados sus dos radiantes hijos. Envuelto el
sol en llamaradas de luz, rayos y arco iris, y tomando suavemente a sus
hijos de los brazos, les dijo:
– Hijos míos: ha llegado la hora que emprendan la misión para la
cual están destinados.
– Dinos padre lo que debemos hacer y estaremos listos a emprenderlo,
–respondieron ambos.
– Irán y reunirán a los hombres que habitan como animales montaraces
por cuevas y malezas. Despertarán su conciencia adormilada y les enseñarán
a vivir en comunidades y a ser útiles y dichosos en el trabajo.
– Padre querido –dijo el varón– ¿Y a ti, dónde podremos
encontrarte?
– Yo saldré cada día a dar una vuelta por el firmamento para ver las
necesidades que en él se ofrecen, a fin de ayudar a solucionarlas.
Quiero que ustedes al verme cada mañana me imiten en este ejemplo,
comportándose como verdaderos y legítimos hijos míos.
Luego les entregó insignias de realeza, un cetro y una barreta de oro,
diciéndoles:
– Donde se hunda esta barreta fundarán una ciudad. Allí construirán
mi templo y gobernarán con leyes justas y actitudes honestas. Así darán
inicio a un largo linaje y muchos pueblos se sujetarán a su mandato.
4.
Pacaritambo, lugar donde se amanece
Y
así como había llegado hasta ellos su padre súbitamente desapareció.
Ellos se encontraron, emergiendo de las aguas bamboleantes del lago, una
balsa de totora recubierta de oro.
Subieron en ella y se dirigieron en la dirección señalada por el Sol.
El varón tenía por nombre Inca Manco Cápac y la mujer Colla Mama
Ocllo.
Salieron del lago y caminaron por la tierra devastada con rumbo
nordeste.
Y por donde quiera que pasaran probaban a hundir la barra de oro.
Después de recorrer una larga distancia encontraron y entraron a un
recinto prodigioso llamado Pacaritambo, que significa lugar donde se
amanece.
Allí existían las semillas de todas las plantas, el germen de todas
las cosas, el espíritu de todos los seres.
Allí descansaron y de allí salieron el último día de su peregrinar
por los caminos.
Llegaron en su recorrido a las faldas del cerro Huanacaure en donde el
Inca probó hincando la barra de oro.
Y, ni bien la puso en tierra, aquella se hundió con facilidad,
desapareciendo de sus manos.
Entonces él dijo a su compañera: Aquí es.
5.
Sus palabras eran atinadas y armoniosas
–
En este valle manda nuestro padre que acampemos y hagamos nuestra morada
para cumplir su voluntad.
Vamos a convocar y atraer a la gente que anda dispersa para
adoctrinarlos y conducirlos al bien que nuestro padre Sol nos manda.
El Inca fue al norte y la Colla al sur.
Y rescatando a los hombres de los montes y la maleza les decían:
– Vengan. Nuestro padre el Sol quiere que vivamos de este modo.
Y les enseñaban principios de conducta, modelos de virtudes y toda
labor necesaria para mejorar y dignificarse en la vida.
Viéndolos relucientes, ataviados con los ornamentos que el Sol les había
dado y escuchando que sus palabras eran atinadas y armoniosas, los
siguieron y obedecieron maravillados.
6.
Flores e hilos de colores en las cabezas
Manco
Cápac dio instrucciones a los hombres acerca de cómo vivir.
Enseñó a cultivar la tierra, a sembrar las plantas, a fabricar arados
y demás instrumentos de labranza.
A hacer acequias para aprovechar el agua de los arroyos y también a
componer calzado; amonestándoles siempre a que fuesen buenos.
Mama Ocllo se dedicó a enseñar a las mujeres los oficios propios de
ellas.
A cómo trasquilar animales y escarmenar, hilar, tejer lana y algodón,
haciendo vestidos para sus hijos y demás miembros de la familia.
Así mismo, a destetar a los niños y a preparar los alimentos.
Ambos orientaron a los muchachos, por un lado, a perder el miedo a los
fenómenos naturales y, por otro, a fortalecer su carácter, a ser
amables y diligentes.
También indicaron cómo debían aumentar los rebaños y pastorearlos en
el campo, cómo adornar con flores e hilos de colores en las cabezas de
llamas, guanacos y alpacas.
Nos enseñaron a cómo debíamos querernos, protegernos y amarnos
estableciendo el ayni que es la reciprocidad; de ser agradecidos,
generosos y afectivos para con nuestros hermanos, la vida y la
naturaleza.
7.
Ama sua, ama quella, ama llulla
Manco
Cápac, alrededor del templo que alzó para honrar a su padre el Sol,
sembró una chacra de maíz, papa, quinua y cañihua cuyas semillas,
sacadas de la cueva de Pacaritambo, repartía entre la gente para que
las cultive.
Fundó la ciudad del Cuzco, dividiéndola en dos partes:
Hanan Cuzco (parte alta), de cuyo cuidado se encargó él, y Hurin Cuzco
(parte baja), cuyo cuidado encargó a Mama Ocllo.
En ella construyeron grandes palacios, acueductos y fuentes. El templo
del Sol estaba guarnecido con gruesas planchas de oro. Una población
laboriosa se sentía feliz de constituir una extensa y rica nación...
Se estableció la alegría, la felicidad y la fiesta universal y
obligatoria en relación al trabajo, los valores y los afectos.
La sabiduría de sus leyes hizo la prosperidad moral y material de sus
habitantes.
La clave de su grandeza fueron estos preceptos morales: ama sua,
no seas ladrón; ama quella, no seas ocioso y ama llulla,
no seas mentiroso.
Ser honestos, ser trabajadores, ser veraces.
Sobre esas bases se forjó el gran Imperio del Tahuantinsuyo.
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