Fervor del mundo andino 

La teja al borde de dos aleros
Danilo Sánchez Lihón

1. La teja que se ubica en la esquina, justo donde el techo da la vuelta

 

¡Qué destino el de las tejas que les ha tocado la ventura o desventura de estar al borde de los aleros!


Son ellas las que pueden mirar hacia arriba los cielos abiertos, o cerrados por los nubarrones. U otear el horizonte lejano por donde se reparten los caminos que van a unos y otros lugares y pueblos, cada cual con sus fiestas y pesares.


O que pueden también esas tejas al borde de los aleros contemplar hacia abajo la calle por donde pasa la vida. Y con ella entretejidos unos con otros los destinos de la gente.


Pero entre las tejas de los dos aleros que se juntan hay una excepcional, cual es la que se ubica en la esquina, justo donde el techo da la vuelta con toda su galanura y su aire patriarcal.


Porque en el ser de los techos hay ese talante, ese buen tono y distinción, sea que se trate de uno humilde o que se trate del techo de una casa señorial.


En todos, seguramente por el hecho indubitable de estar mirando el horizonte hay ese donaire, esa actitud de ser, de sentirse o simplemente parecer un señorón.
 

 

2. Que opone al instante la eternidad

 

Decíamos que entre las dos tejas canales de las esquinas que dejan los aleros que se juntan, hay una singular, que cubre a las dos tejas hembras.


Esa teja tiene una pequeña abertura para mirar hacia abajo, rendija que distancia a una de otra teja que pone hacia arriba su concavidad, hendidura por donde mira hacia abajo la teja que se encumbra.


Pero, aparte de aquel resquicio tiene otras rejillas entre carrizo y carrizo para tener el suficiente campo de visión a fin de mirar la calle y en ella la vida que transcurre.


Así no se pierde nada de lo que sucede sobre el empedrado de la vereda y sobre lo apisonado de la calzada, sea la procesión del Corpus Christi, sea el desfile de las comparsas que ingresan al pueblo por ese sitio, sea el paseo de Ño Carnavalón y sus bandas de músicos, o el desfile de antorchas, o bien, y sobre todo, ver la vida dolorida o ilusa, ingenua o intencionada de  cada persona que pasa.


¡Ah! Pero esa teja también soporta toda la metafísica de vivir expuesta a la contemplación del ámbito sideral.


Es frente a ella que ocurre el deambular de los astros, el revolverse de las nubes en el cielo invernal, el compás lento o vertiginoso de las estrellas, la elipsis de un meteorito o la parábola de un cometa fugaz.


No solo soporta ser testigo del acontecer cotidiano, el mismo que transcurre hacia abajo y a sus pies, sino el de la bóveda celeste que opone al instante la eternidad.
 

 

3. ¡Qué destino supremo el de la teja que junta en una esquina el borde de los dos aleros!

 

Sobre esta teja arrecian todos los vientos, todas las tempestades, todos los soles dulces o inclementes.


Es también la que todos avizoran, contemplan y admiran cuando vuelven los ojos para reparar acerca de un detalle que ocurre en ese vórtice se casas.


Es el alfil, el pararrayos y la atalaya que da la cara a la vida que discurre y desaparece; y al misterio que siempre está aquí y nunca se acaba.


Es esa teja la que empuja a las otras hacia atrás, cuando la casa quiere tirarse de miedo o de pena hacia abajo.


Sea por un malentendido, sea por un resentimiento o una pena, sea el esposo que se  ha ido o la madre que no ha vuelto.


Sea por pugnas entre hermanos, desavenencias de familia, desatinos de uno que otro miembro. 


Sea por alguien que está ahora, sea por alguien que se ha ido, tarda en volver o ya no regresará nunca.


Ella es la que sabe más que todas de lo visible y lo oculto; lo que ella calla es síntesis de haber mirado mucho, alegrías como quebrantos. ¡De haber vivido tanto!


Es el faro que ilumina radiante en el alba, la vigilante que se enfrenta más que ninguna a la noche tenebrosa.


¡Qué destino supremo el de la teja que junta en una esquina el borde de los dos aleros!
Aquel de la izquierda y el otro de la derecha, el mundo creyente y el que de todo descree; de lo que pende hacia abajo y de lo que se eleva hacia lo alto, de lo que es minúsculo y de lo que es imponente, de lo fugaz y de lo eterno coincidiendo en la misma herida.