Instituto del Libro y la Lectura del Perú, INLEC 

3 de noviembre 
¡Feliz aniversario tierra de Vallejo! 
Santiago de Chuco y su raíz telúrica 
Danilo Sánchez Lihón

I. El humo de las cocinas surgiendo entre las tejas, pintando de azul las pajas y los rastrojos de los techos humildes

 

¡Cómo no evocar el pueblo y la campiña de Santiago de Chuco el lugar donde nació, vivió y desarrolló lo mejor de su trayectoria vital el poeta César Vallejo y, para orgullo y honra mía, la tierra donde nací, me crié y estudié hasta los dieciséis años.


¡Cómo no sentir la fragancia de aquellos caminos bordeados de pencas, mostacillas y alcanfores! ¡Sus lomas cubiertas de cilantros y manzanillas! Y, miradas al frente y hacia abajo, las hondonadas umbrosas de los ríos, entristecidas por los adioses.


¡Cómo no evocar los campos sembrados de maíz que el viento mece suavemente, de trigo dorado por el sol del mediodía, de cebada de vello suave en el paisaje en el confín del paisaje como los pañales de un niño recién nacido!


¡Sus huertos húmedos y profundos cubiertos de hortensias, violetas y claveles, con plantas de limoncillo, alelí y hierbabuena!; sus casas esparcidas por cumbres, lomas y valles; o acurrucadas ¡al abrigo de una quebrada!


Cómo no sentir la tierra florecida, el humo de las cocinas surgiendo entre las tejas, pintando de azul el amarillo viejo de las pajas y los rastrojos de los techos humildes.

 

2. Amores que se han quedado ocultos en esos maderos carcomidos y en el silencio de los recuerdos insepultos

 

¡Cómo no –en la evocación– mirar hacia lo lejos la cordillera lejana, las nieves violetas y albas del horizonte, y perder la mirada en el confín hacia el misterio!; en la adivinación de ¡cuál es!, o ¡cuál ha sido!, o ¡cuál ha de ser! nuestro destino, horadando con nuestras miradas malheridas y asediando con nuestras preguntas incansables a las piedras y a las montañas que son en verdad nuestros oráculos y talismanes pacientes desde tiempos inmemoriales.


O indagando estremecidos ante los huesos de nuestros gentiles que reposan en la Huayrona del templo, que antes era el panteón de la comarca, o en la loma del cementerio o en las cuevas de Shiminiga, inquiriéndoles a ellos por nuestros amores incumplidos, unos deshechos y otros perdidos en las inasequibles pozas del olvido.


¡Cómo no traer a la remembranza las calles empedradas y las paredes vetustas, con balcones y antepechos que han extraviado algún balaustre pero no la memoria inconsolable!; porque yacen más bien inclinados hacia abajo en el éxtasis de mirar hacia la calle no sé qué acontecimientos cuando aparentemente yace vacía y desolada de pasos de gente, pero insisten en inclinarse tanto que no les importa si se desmoronan o se caen. Recordando sin duda los acordes y las voces que se elevan sentidas o acongojadas de alguna serenata, perdidas canciones en el aire de la noche, cuyas notas desgarradas rememoran amores que se han quedado ocultos y pasmados en esos maderos carcomidos y en el silencio de los recuerdos insepultos.

  

3. Muchos lectores insomnes castigan, desvelan y pierden sus ojos tratando de horadar las sombras para adivinar estos senderos y paisajes

 

¡Cómo no evocar los aleros de los techos que dejan sobresalir las tejas, con esa cercha dolorida de carrizo y barro, y que se alargan hacia la calle como el ala del sombrero de nuestro Apóstol Santiago; alero que sin duda ellos mismos pugnaron por tenderse tanto hacia la calle para proteger nuestros pasos de niños indefensos, o de jóvenes impulsivos e incautos o de adultos titubeantes, consolando en algo –¡ya que es tanta y hasta inabarcable!– la pena de la gente sencilla que pasa suspirando una amargura vieja o reciente, o lagrimeando un cariño incomprendido, o alentando y dándose ánimo por alguna ingenua esperanza o una ilusión que el tiempo desangra y desvanece.


No olvidemos que por esos caminos fueron y volvieron los pasos, nada menos que de César Vallejo. ¡Ah, gloria inmensa y orgullo el nuestro de tener, imperecederos e indelebles en el aire de las tardes, los pasos, pensamientos y quereres nada menos que de César Vallejo!

 

Madre, mañana voy a Santiago
a mojarme en tu bendición y en tu llanto

Y por quien, seguramente en este instante –sea el amanecer o la noche intrincada en distintas partes del mundo–, muchos lectores insomnes castigan, desvelan y pierden sus ojos tratando de horadar, con la imaginación, distancias y sombras para adivinar estos senderos y paisajes que muchos de nosotros conocemos porque los hemos recorrido y hemos vivido de niños en ellos.

 

 4. El libérrimo escenario donde cantan los jilgueros y el zorzal

 

Pero, por allí fueron y vinieron también otros grandes poetas que injustamente su obra yace olvidada, como Santiago Pereda Hidalgo:

 

Con qué emoción contemplo, tierra mía,
tus cerros brujos azules y sombríos.
Nubes brumosas, allá, en tu lejanía,
fingen dos pumas sentados y bravíos.
Pena profunda se infiltra esta mañana
por extraños poros de mi austera vida.
Oh amada tierra, de mi entraña
cuánto me diste para ser lirida.
Rincón amado, ¿Por qué me ha puesto triste
la acre nostalgia de tus altas cumbres?...

Julio Pereda Hidalgo:

 

Como tierno príncipe
ha venido aquí,
con sus mil juguetes
el glorioso Abril.
La rosada rosa,
el blanco jazmín;
el lirio que el alma
tiene muy feliz;
el fiel “pensamiento”,
el rojo alhelí;
el dulce y modesto
geranio carmín;
el clavel lozano,
regio como el sol;...

Abraham Arias Larreta:

 

Agüita clara
del aguacero:
yo te recojo
entre mis manos,
de la gotera,
para beberte.
Agüita clara
del aguacero:
te hundes alegre
bajo la tierra
de los sembríos
y del jardín.
Agüita clara
del aguacero:
hecha gotera
viajas creciendo
desde arroyuelo
hasta torrente.
Agüita clara
del aguacero:
fresca a mi boca,
fresca a la tierra,
fresca al sembrío,
fresca a la flor.

Felipe Arias Larreta:

 

Junto al mar
yo he sentido la nostalgia de los andes.
He sentido la añoranza de la sierra,
la añoranza de la cuesta y del maizal.
Frente a frente a la extraña resonancia
de la música extranjera,
yo he sentido la nostalgia soberana
de la arrulladora quena
y de la antara.
Al oír la algarabía callejera,
yo he pensado en los callados y desiertos caminitos,
y he pensado en la paz de las laderas
y en la inmensa soledad de nuestras pampas.
Viendo a tantas avecillas prisioneras,
yo he pensado en mis trigales,
en el cielo de mi sierra
y en las sendas montaraces:
el libérrimo escenario donde cantan
los jilgueros y el zorzal.

¡Y tantos otros poetas más!

 

 5. Con el coraje henchido para poner el corazón y el alma en defender sus ideales

 

Pero, a la vez, Santiago de Chuco es tierra madre de soldados valerosos, que defendieron con heroísmo y consagración la causa sagrada del honor nacional, como los 200 voluntarios del Batallón Libres de Santiago de Chuco que lucharon hasta el sacrificio el 10 de diciembre de 1884 en la Batalla de Huamachuco. O Carlos Miñano Mendocilla, héroe de Zarumilla. Trabajadores mineros, agrícolas, artesanos; científicos y luchadores sociales, como Luis de la Puente Uceda que iba por allí con su coro juvenil de amigos alentando los más altos anhelos e ideales sociales ¡y, sobre todo, con el coraje henchido –como realmente ocurrió– para poner el corazón y el alma en defenderlos!


Pero, por esos caminos han ido y han vuelto también nuestros abuelos con su apuesta tesonera y corajuda por la vida, nuestros padres, tíos y maestros, con sus sueños que sin duda somos nosotros; nuestros hermanos pequeños con la ilusión de que seamos grandes.
Por esos parajes se deslizan y avanzan las aguas de las quebradas, por los senderos abiertos de los cerros o a las orillas del río Patarata que inspiró aquel huayno que Vallejo evocaba tanto en París y que conocemos con el nombre de "Mal pago", que dice:

Un corazón de madera
me voy a mandar hacer
para que no sufra ni sienta
ni sepa lo que es querer.
Al río Patarata
me voy a mandar echar,
para que mi alma no sufra
ni sepa lo que es amar.

Por esos caminos ahora van y vuelven todos los niños que allí han nacido y moran con la expectativa puesta en que no les fallemos, en que no les defraudemos, en que seamos dignos de ellos y de la herencia gloriosa que exorna, pero que también pesa como una gran responsabilidad, sobre nuestros hombros.

Danilo Sánchez Lihón

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