El
recuerdo más lejano que yo tengo de Santiago de Chuco, es cuando en la
mesa mi madre nos dice:
– Lo más hermoso en el mundo es la aurora.
Tan inquietante y contundente nos parecía esa afirmación que volteábamos
buscando los ojos de papá para corroborarla:
– ¡Sí! Es lo más bello del universo, –concluía él.
– Y, ¿cómo es? –surgía entonces la pregunta inevitable.
No se puede narrar. Un día voy a levantarlos de madrugada y veremos el
amanecer, –concluía mamá.
– ¡Pero cuéntanos!, –rogábamos.
– ¿Para qué si pueden verla?
2.
Todos los días el sol renace
Más
tarde recurríamos al primo mayor que teníamos en casa:
– El sol se despedaza en los cerros, –Esa era su única, simple y
tremenda descripción, que nos dejaba con el alma atónita, porque
imaginábamos al sol como un armatoste que se hace trizas en las rocas y
en el firmamento.
Y para contemplar ese milagro que tanto afiebró mi mente de niño no
era necesario un boleto de viaje por barco, tren o avión sino que el
secreto consistía en el hecho cotidiano de levantarse casi a oscuras y
de madrugada.
– ¿Todos los días hay aurora, mamá?
– Sí. Todos los días el sol renace y vuelve a salir por el
horizonte.
– Y, ¿por qué no nos enseñas?
– Siempre los despierto, pero otra vez se quedan dormidos en la cama.
Eso ocurría. Pero llegó un tiempo en que nosotros ya no pudimos
soportar más postergaciones y nuestros padres tampoco, por el acoso en
que los teníamos. Y todos nos preparamos para ver la aurora como quien
va a conquistar el polo o a cruzar de uno a otro confín el continente.
3. Un aliento que se esfuma
Muy
oscuro susurró mamá en nuestros oídos que nos levantáramos.
Pero era tan de noche y al principio daba tanto sueño que protestamos y
nos arrepentimos de haber pedido semejante barbaridad.
Mientras nos arrancaban de la cama, yo me dejaba caer otra vez en ella y
rogaba que mejor fuera otro día.
Pero ya mi padre me envolvía en un abrigo, me ponía una gorra, una
chalina y, enfardado en una frazada, me dejaba chocando diente con
diente en la escalera, mientras terminaba de arropar a mi hermano.
– Abríguense que afuera está cayendo helada, –oímos decir a mi
madre que ayuda a ponernos doble media de lana y encima otro
pantalón más abrigado.
A esa hora, todavía honda la noche, la voz no es sonido sino apenas un
aliento que se esfuma.
4.
La luz de una luciérnaga
Despacio
subimos por las escaleras hasta la parte elevada de la casa. Hay allí
un altillo, al nivel de los techos más empinados, y detrás una
explanada que llamamos El Mirador, donde nos sentamos tiritando.
El frío con sus mil cuchillos tasajea la piel y los huesos y más allá
del alero, adonde apenas llega la luz de la lámpara, la oscuridad es
ilimitada.
– ¿Por qué tan temprano? –reclamo sollozando.
– Parte de la aurora es la noche, –es el comentario alarmista y
tremebundo de papá.
Es noche tupida y no se distingue absolutamente nada.
Titila, a esa hora, la luz de una luciérnaga.
– ¿Y, por dónde sale el sol?
Y en la oscuridad no veo pero adivino la dirección a la cual apunta el
brazo de mi padre.
5. La vida que late
Nos
vence el sueño, cuando oímos a mi madre que exclama:
– ¡Ahí! ¿Ven ahí, al frente?
Una línea muy fina se esboza como si alguien pintara, con una brocha
hecha de un cabello muy fino, una rayita de luz en el horizonte.
Es sobrecogedor ese trazo mínimo en la inmensidad de las tinieblas, que
divide al mundo en dos: la tierra con el perfil de las cumbres lejanas y
el cielo inconmensurable.
Es un rasgo leve que a ratos se apaga y enciende. Después es un temblor
preciso, como debió ser el primer hálito de la creación.
Bajo nuestros pies aún todo es tenebroso. La tierra yace desvalida,
exangüe. Y si hay en ella algo de intenso y profundo es la vida que
late incipiente.
Arriba, una leve claridad se va expandiendo, remontando la dentadura
afilada de la cordillera y avanzando por la bóveda sideral.
6. Se expanden hacia
las nubes
La
tierra a esa hora se despierta, primero con el abrir lento de una ala de
ave que se estira. O de un suspiro que se desahoga. ¡Una gota que cae
desde un alero hasta un recipiente vacío!
Pero repentinamente el sol dispara su primer rayo fulgurante. Es un
dardo de luz que traspasa los linderos y hiere a las sombras
temblorosas.
¡Y se desencadena la guerra!
El suelo inerte se revuelve y un ¡ay! se exhala desde no sé qué
escondrijo.
De pronto el grito altisonante de un gallo quiebra el espejo de
tinieblas y hace que la serpiente quieta de la noche huya al monte de
las horas infaustas.
En el horizonte se desata una lucha a muerte entre un rojo explosivo y
un verde incandescente.
Mientras los amarillos llameantes se lanzan a los extramuros celestes,
se expanden hacia las nubes tiñéndolas con matices violentos.
7.
El diamante de un nevado
Se
desvanecen y retroceden los grises y lilas y los oros y azules prenden
sus broches resplandecientes en el perfil de la cordillera.
Hay una pugna encarnizada y feroz, un estallido de furia, una
conflagración. Unos colores son desbarrancados en los abismos; otros se
elevan a lo alto.
Unos se imponen con lanzas, estandartes y clarines, otros desaparecen
huyendo o fugan encabezando sus tropeles de guerreros vencidos.
A los techos de las casas que dormitan a nuestros pies los reboza una
tenue penumbra.
Imaginar a los hombres dormidos es sentirlos desasidos, incautos, bajo
el misterio en el cual viven o reposan.
Poco a poco la dentadura de los cerros se hace más nítida y surge
despacio el diamante de un nevado lejano.
8.
El prodigio de la creación
–
¿Y esos nevados, papá? –señalo hacia el fondo del horizonte.
– Este que parece una montura es el Huascarán, que es bifronte, es
decir que tiene dos cabezas y es el picacho más alto del Perú.
– Aquel de más allá es el Huandoy y este otro el Huaylillas.
– Aquella puntita que sobresale como el diente de un niño de pecho es
el Alpamayo, el nevado más hermoso del planeta.
Así conocimos el nacer de la aurora que es un misterio que acontece
cada día, antes que nosotros nos levantemos de la cama y bajo el cual
vivimos.
De este modo quedó grabado en mí y para siempre, que cada día, cada
hora y cada instante habitamos un secreto: el prodigio de vivir algo
maravilloso y sagrado, cual es: ¡la creación!
Y que en dicha creación nada es más glorioso, útil para el trabajo y
saludable para la vida que el sol.
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