Instituto del Libro y la Lectura del Perú, INLEC 

Segunda semana de noviembre
Semana de la vida animal

Canto al amanecer 
Danilo Sánchez Lihón

 Rodrigo por fin consiguió que su abuela le obsequiara los dos periquitos que le pedía, uno rojo y otro azul. La señora los extrajo de su inmensa pajarera donde una maraña de pajarillos de todos los colores y trinos nacen, crecen, se reproducen y mueren sin salir jamás de esa malla de alambres.

 

El niño tuvo que enfermarse para que la abuela se conmoviera y aceptara desprenderse de sus pajarillos. No fue fácil. La última vez la señora puso otra condición cual era que tenía que traer una jaula nueva para llevarlos.

 

– ¡No hagas sufrir más a mi hijo!, –protestó ese día la mamá de Rodrigo e hija de la señora.

 

– Tú no sabes lo que es criar y querer a los animales.

 

– ¡Tienes tantos! Y es tu nieto quien te pide, es tu sangre.


La abuela adoraba a su nieto. Así que tuvo que prestar ella misma una jaula. Y ese día los dos pericos cambiaron de casa.


Al despedirse de las avecillas todavía desde la puerta recomendaba del agua fresca que había que cambiar todos los días, de la clase y calidad de los granos de alpiste, de la hora de abrigarlos, del cuidado que hay que tener del gato y de otros animales que pueden hacerles daño.


Y se despidió de ellos con los ojos cristalinos de lágrimas y el corazón enturbiado por la pena.


La llegada a la nueva casa fue todo un acontecimiento.


Pronto Rodrigo aprendió a darles de comer, a limpiar su jaula y a protegerlos del frío.


Pasaba horas enteras contemplándolos. Le encantaba el movimiento de sus cabezas, los saltos que daban, la forma cómo tomaban el agua. Le extasiaba la policromía de sus alas que abrían al sol y hasta le parecía percibir debajo de sus plumas los latidos de sus corazones.


Pero, un día Virginia salió temprano al jardín y quiso acariciarlos. Abrió la jaula y dejó la puerta entreabierta.


El perico macho ladeó la cara para ver mejor la abertura:


– ¿Qué es esto? –dijo.


De un brinco llegó hasta la puerta, giró la cabeza a uno y otro lado y divisó las altas ramas del árbol en el centro del jardín. Saltó hasta allí. Y llamó a la hembra. En seguida se lanzó al cielo abierto. Detrás de él siguió la perica.


A la vuelta de la escuela Rodrigo fue a saludar a sus pericos en su jaula. Al no encontrarlos soltó un grito herido como el de un cuchillo. Como un relámpago imaginó lo que había sucedido:


– Mamáaaa


La mamá casi se rueda por las escaleras por socorrer a su hijo:


– ¡No están mis pericos!, –gritó desesperado.


La mamá al ver la jaula vacía comprendió toda la realidad: los periquitos habías escapado.


Con los demás hermanos miraron por todos lados. Buscaron rama por rama entre las plantas. Se asomaron con escaleras a mirar los patios de las casas vecinas.


No. ¡No estaban!


– ¿Quién abrió la puerta de la jaula?, –era la pregunta que se hacían.


Nadie contestaba. De pronto Virginia dio un gemido, se encogió contra su pecho y empezó un llanto incontenible, también desesperada.


– ¡Es mi culpa! ¡Es mi culpa! ¡Pero yo solo quería acariciarlos!


Los hermanos lloraron toda la tarde.


La madre andaba silenciosa por la casa. Todos esperaban la llegada del padre.


A Virginia tuvieron que acostarla en su cama porque le dolía el pecho. Y hasta hizo fiebre. Rodrigo andaba dando vueltas, subiendo y bajando la azotea desde donde miraba con rencor y hasta odio a cada gato que pasaba. Ya de noche se escucharon los pasos del padre que llegaba. Y todos corrieron a abrirle la puerta.


– ¡Papá! ¡Los periquitos se han perdido! ¡Virginia dejó abierta la jaula y se han escapado! –le dijeron entre gemidos.


– ¿Y dónde está Virginia?


– En su habitación, se siente mal.


Ya en el cuarto Virginia se abalanzó a los brazos del padre.


– ¡Es mi culpa!, –sollozaba.


El padre la subió a sus rodillas, abrazó a Rodrigo y sentó a los demás al borde de la cama.


– Haber, cuéntenme. ¿Qué ha pasado?


Todos hablaban a la vez, repitiendo lo que unos y otros sabían


– ¡Es culpa de Virginia! –concluyó Emilio, el hermano mayor.


– No es culpa de tu hermana, porque ella no ha querido que se fueran. Al contrario, quiso darle cariño, –empezó diciendo el padre.


– Pobre mi hijita, se siente culpable. Y está destrozada.


Virginia otra vez no pudo contener un llanto desconsolado.


– ¿Han buscado por todos lados? –dijo el padre.


– ¡Por todo el barrio, papá! ¡No están! Hemos subido con escaleras para ver por los techos, hemos entrado a las casas de los vecinos. ¡Han desaparecido!


– Bueno, hijos, –continuó– para nosotros ésta es una pérdida que sentimos mucho, pero para los periquitos es un día feliz, porque están libres y quieren hacer juntos su destino. En su vida esta será una fecha inolvidable que recordará así:

Un día una niña como un ángel se acercó, nos acarició las alas, nos miró con ternura y dejó entreabierta la puerta de la jaula.


Entonces volamos hacia un árbol alto y luego por el cielo azul hasta un valle donde hicimos nuestro nido, tuvimos nuestros hijos y fuimos felices.

Con el rostro congestionado Rodrigo exclamó:


– ¡En qué barriga de gato estarán mis periquitos!


– Ningún gato ha devorado a los pericos –explicó el padre. –Porque, primero, habría plumas en algún lugar. ¿Las han encontrado? Segundo: Si ellos pudieron volar por encima de estas paredes quiere decir que vuelan bien; y, tercero, los animales saben defenderse y superar peligros. Además, son dos, una pareja y entre ellos se ayudan y defienden.


– Gracias, papá. –Dijeron.


De todos modos,  los días siguientes fueron inconsolables para Rodrigo. Sus ojos se nublaban mirando las azoteas lejanas, queriendo verlos aparecer y aletear.


Seguía limpiando la escudilla, cambiando el agua anterior por otra fresca, poniendo temprano la ración de alpiste.


Una madrugada corrió agitado a despertar a sus padres:


– ¡Papá! ¡Mamá! ¡Vengan corriendo! ¡Los periquitos están en el árbol!


En el pálido nácar de la madrugada, y recortados ante el cielo tenuemente rosado, amarillo y celeste, gorjeaban dichosos como nunca dos periquitos: uno rojo y el otro azul.


Padres e hijos se quedaron viendo y escuchando emocionados


¡Era espléndido verlos revolotear, alzándose y dejándose caer en el aire, haciendo picadas y rozando sus alas, hasta venir casi a posarse en las manos de Rodrigo!


– ¡Papá!, –dijo con los ojos llenos de lágrimas– ¿has notado que cantan en dirección a la ventana de Virginia?


Los padres no se habían dado cuenta de eso.


Virginia, a esas horas dormía en su cama sin saber que una pareja de periquitos felices, cantaban para ella en el amanecer de un día hermoso... ¡Y completamente libres!

Danilo Sánchez Lihón

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