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Capulí, Vallejo y su Tierra

Construcción y forja de la utopía andina

1 de enero
Aún será año nuevo
Calendario Vallejo: Enereida
Danilo Sánchez Lihón
www.danilosanchezlihon.blogspot.com 

1. Un sentido esencial de la vida

César Vallejo escribió un poema de exégesis, ponderación, y enaltecimiento del concepto "enero", como sentido y trascendencia ligada a la vida, al amor y a la eternidad.

Natural en él por su anhelo y aspiración siempre de una vida nueva y renovada en función de los más caros ideales humanos. Ese poema es Enereida.

La agenda y el calendario Vallejo tendríamos que empezarlo con ese poema. ¿Qué significa? Épica de enero. Y al ser de todo enero lo es de todo el año, para siempre. 

Porque la vida debe ser épica. Eso nos dice. Enereida es entonces épica de la vida. Es el mundo que él nos encarga construir.

Es la utopía andina. Por eso, Vallejo es siempre un mundo de esperanza.

Pero, ¿a quién se le ocurre darle un ser y una misión a Enero? ¿Es asible? ¿Es lógico? ¡No!

Porque es un mes, el nombre o la evocación de un mes. Sin embargo capaz de suscitar una emoción o acoger un sentido esencial de la vida y el mundo, como en este caso ocurre y sucede.

2. De ahí extrae los diamantes

Ahora bien, solo un genio puede ser capaz de percibirlo. Pero es más: ¡depositar en él una utopía!

Él sí. Y lo logra y alcanza porque trabajaba arduamente.

Porque alguien acaba de decir en un periódico que Vallejo no trabajaba. 

Ese señor seguramente quiere verlo en una oficina, marcando tarjeta y llenando registros; ese será entonces su concepto de trabajo. Y lo corrijo aquí para apreciar el trabajo del artista.

¡Vallejo trabajaba mucho! Para tener la concepción que anotamos su trabajo era arduo, sacrificado, laborioso!

A lo cual hay que consagrar la vida, haciéndola rigurosa, tensa, absoluta, como era la vida de Vallejo. 

Lo dice Georgette, su esposa, con la cual compartió la vida 13 años en París, quien hace esta afirmación categórica: “Vallejo era de un ascetismo que envidiaría un monje.

Su trabajo era más que el de un labriego o artesano. Más que el de un minero, puesto que un poeta desciende a los abismos y de ahí extrae los diamantes que nos muestra.

Porque hay la idea de que un poeta no trabaja, como no trabaja la rosa, la noche estrellada, los colores, o el amanecer. Sí, trabajan.

3. Heroicidad en lo cotidiano

Para denominar dicha emoción a enero le adhirió el sufijo o morfema derivativo, y a la vez desinencia eida, con lo que el vocablo significa: épica de enero.

Y compuso un poema importante en la perspectiva de lo que en Capulí, Vallejo y su Tierra preconizamos como el evangelio Vallejo.

¿Cuál es esa perspectiva? La del amor radiante con el cual atravesar y llegar al centro de la eternidad.

De este modo hizo del mes de enero una celebración, una heroicidad o más simplemente una “heroica” y una proclama. ¿En base a qué contenidos, resaltando qué valores y proyectándose en razón de qué esencias?

Las del amor como contenido y las de la eternidad como continente.

Y queremos resaltar este hecho para compensar en parte y tratar de corregir aquella visión que se ha hecho tópica de un Vallejo triste, melancólico y afligido, no siendo él así.

Aquí encontramos a un Vallejo confiado, afirmativo y erigido en un portaestandarte que convierte lo cotidiano en heroicidad.

4. ¡Oh, padre mío!

Dice así el poema:
                  ENEREIDA

Mi padre, apenas,
en la mañana pajarina, pone
sus setentiocho años, sus setentiocho
ramos de invierno a solear.
El cementerio de Santiago, untado
en alegre año nuevo, está a la vista.
Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él,
y tornaron de algún entierro humilde. 

Hoy hace mucho tiempo que mi padre no sale!
Una broma de niños se desbanda.

Otras veces le hablaba a mi madre
de impresiones urbanas, de política;
y hoy, apoyado en su bastón ilustre
que sonara mejor en los años de la Gobernación,
mi padre está desconocido, frágil,
mi padre es una víspera.
Lleva, trae, abstraído, reliquias, cosas,
recuerdos, sugerencias.
La mañana apacible le acompaña
con sus alas blancas de hermana de la caridad.

Día eterno es éste, día ingenuo, infante,
coral, oracional;
se corona el tiempo de palomas,
y el futuro se puebla
de caravanas de inmortales rosas.
Padre, aún sigue todo despertando;
es enero que canta, es tu amor
que resonando va en la Eternidad.
Aún reirás de tus pequeñuelos,
y habrá bulla triunfal en los Vacíos.

Aún será año nuevo. Habrá empanadas;
y yo tendré hambre, cuando toque a misa
en el beato campanario
el buen ciego mélico con quien
departieron mis sílabas escolares y frescas,
mi inocencia rotunda.

Y cuando la mañana llena de gracia,
desde sus senos de tiempo,
que son dos renuncias, dos avances de amor
que se tienden y ruegan infinito, eterna vida,
cante, y eche a volar Verbos plurales,
jirones de tu ser,
a la borda de sus alas blancas
de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!

5. En triunfo sobre la muerte

El personaje en esta historia, tema o planteamiento es su padre que se va, que es una víspera, que es un anuncio que se muere.

Y es que Vallejo es el hijo de un padre y una madre muy avanzados de edad. Su madre lo concibió cuando tenía 42 años y su padre 52.

Enereida es visión legendaria del tiempo humano que entresaca lo glorioso del abismo de la circunstancia cotidiana, en donde el aporte del hijo que evoca es:

Habrá empanadas y yo tendré hambre.

¿Qué más real dentro de lo ideal? Este poema se escribe en enero del año 1919, estando ya muerta la madre del poeta que falleciera el 8 de agosto de 1918.

De allí que tiene como eje al padre, don Francisco de Paula, de 78 años de edad, superando ambos el recuerdo atormentado de la madre muerta.

Se aferra entonces al padre presente en ensalzamiento de la vida y en triunfo sobre la muerte:

                                                             El cementerio de Santiago, untado
                                                             en alegre año nuevo, está a la vista.

6. La puerta otra vez se abre

El cementerio da pie a la evocación del año nuevo y está a la vista. Se encuentra mirando el sitio donde está enterrada la madre, pero es año nuevo y lo que mira desde la casa más es el camino.

Comprobamos cómo el cementerio que es un lugar representativo de la muerte, esta vez está untado de alegre año nuevo; es decir de vida nueva, superando lo que acaba y fenece, con lo que nace y en el tiempo amanece.

Y está a la vista, significando con ello que no se está idealizando, que se parte de la realidad, de lo concreto y objetivo. Y de la vida, tal cual es.

En enero se inaugura un año y da lugar al tiempo renovado y a la promesa. ¿Quién no ha jurado, en esos momentos y con sus manos alzadas, grandes victorias por alcanzar?

Es enero anunciador de amor. Es enero nítido, de epifanía. Que crea vida intacta.

Es enero que se avisa con campanas, donde el ciego campanero reafirma con sus dobles, repiques y tañidos que hay días de promisión.

Es enero rodeado de niños; coral, oracional.

Es enero cubierto de primavera, cuando estallan mostazas, retamas y geranios en las laderas.

7. Dialéctica de la vida

Es enero en la persona del padre que se alista para un viaje decisivo a sus 78 años. ¿Cuál será? Enfrentar el misterio. Por eso es que está raro. Por eso es que está desconocido y frágil.

Es enero en la creación de vida. Y se inspira en el padre porque él es la puerta que otra vez se abre hacia esa dimensión cercana a la eternidad que es la muerte.

Ahora bien:

Es un poema que se ubica en el centro del tiempo.

En la coyuntura y en el vórtice de los opuestos.

Entre el pasado y futuro.

En el año que fenece y el año que se inicia:

En el gozne de generaciones, viejo y niño.

En el gozne de mundos, lo terreno y lo eterno.

En el gozne de lo instantáneo y duradero.

En el gozne de lo circunstancial y trascendente.

En el gozne de la vida y de la muerte.

Entre lo que se va y lo que se queda.

Entre el invierno y el sol.

8. Esperanza sembrada

No es la madre que ha muerto y a la cual él dedicó poemas conmovedores, como:

                                                             Hoy que hasta
                                                             tus puros huesos estarán harina
                                                             que no habrá en qué amasar
                                                             ¡tierna dulcera de amor!

Es el padre de quien algo nos inquieta. Que se prepara él para una travesía. A cruzar o saltar el torrente. Es el padre que se va:

Es tu amor que resonando va a la Eternidad.

Enero y el padre inauguran una vida nueva, crean vida trascendente. Engendran un nuevo período y una nueva progenie hacia el infinito. Enero y el padre son el inicio de algo.

Y ello, ¿qué es? Es el amor como esperanza. Es el amor que resonando va a la Eternidad.

Y el futuro se puebla
de caravanas de inmortales rosas.

¡Oh, epifanía! Esta vez sin resquicio de duda, pletórico y jubiloso. Esta vez sin quejas ni amarguras. En donde a quien se hace triunfar es a la esperanza, que la vengo resaltando y que la encuentro sembrada en toda la poesía de Vallejo.

9. La epifanía del amor

Esperanza, pero partiendo dialécticamente de los opuestos, sin desconocer que la verdad se desliza entre dos o más orillas.

Con el escudo del amor es que se ingresa a lo Eterno, que es la unión de los contrarios.

Con el escudo o la lanza del amor es que se traspasa barreras. El amor es lo que abre la puerta.

Compuesto de dos renuncias y de dos avances.

Porque, ¿qué es el amor de parejas sino dos renuncias y exactamente dos avances.

Enereida es por eso la aspiración a proyectar el sentido del amor a la eternidad y extrayéndola de ella.

¿Y cómo es ese amor?

El amor que triunfa es el amor bondadoso, es el amor esperanzado.

Es amor inocente ligado a la ternura y al terruño. Porque todo lo que se evoca se lo hace con un sentimiento y una emoción profunda ligada a la tierra que está a la vista:

Cuántas veces sus pasos cortaron hacia él
y tornaron de algún entierro humilde.

10. Por ver y por hacer

Es Santiago de Chuco que inspira, un pueblo donde todo cobra significado, donde todo son líneas que se trazan en una mano extendida, donde el destino escribe extasiado sus mejores mensajes.

Ese amor de Enereida traspasa barreras y llega a la eternidad, que une la vida y la muerte es amor esencialmente inocente; es puro e ingenuo. Es amor rodeado de niños:

Una broma de niños se desbanda.

Es amor que se representa en la imagen:

                                                             ...a la borda de sus alas blancas
                                                             de hermana de la caridad, ¡oh, padre mío!

Este amor es amor bondadoso, que es aquel que está más allá del fuego que arrasa, del agua henchida en turbión o avalancha. O del viento hecho ciclón o vendaval.

El amor con caridad es la sabiduría suprema.

El padre se prepara para viajar y unirse en ese desposorio con la muerte llevando el amor caritativo. Y crea hacia otro ámbito y dimensión un mundo diferente con la comprensión de esa alianza de amor.

Amor que es lo único que puede prevalecer después de toda esta contingencia y catástrofe. Como igual, permanece después de todas las maravillas, milagros y portentos, por ver y por hacer.

11. Aunque hayan muerto

Es el amor convertido en hermana de la caridad.

Amor que hace al ser dulce. Amor de hermandad, de solidaridad que solo un genuino representante del mundo andino lo puede preconizar con autoridad, porque solo en aquel ámbito se plasmó y es vigente, cultura que lo acrisoló y lo hizo práctica social.

Otro don inherente a lo expuesto y que Enereida lo contiene es la ligazón a la infancia y a la ternura:

Ella es ternura pegada a la cuna, a la leña, al humo de la cocina. Y a la piedra tutelar de la puerta o escalera que nos cobija y consuela en la añoranza de la casa nativa.

Es ternura que no sé cómo se da en el mundo andino que Vallejo trasunta. Pero que late en la hilacha de la frazada pobre, en el rebozo y el poncho de madre y padre que aún en el recuerdo nos abrigan y protegen.

Aún reirás de tus pequeñuelos.

Aún será año nuevo. Habrá empanadas
y yo tendré hambre.

¡Aunque ellos hayan muerto hace años y hace mucho tiempo!

12. Donde al final

Ternura que es una especie de renuncia, de tristeza y de digna vergüenza. Don que es un tesoro. Un bien lamentablemente amenazado por un modelo de sociedad que se impone a sangre y fuego.

Hagamos que viva y no muera nunca.

En el poema el padre está desconocido. Está ya en otra dimensión. Es parte ya o pertenece a otro mundo. Se lo siente leve y evanescente:

                                                             Mi padre está desconocido, frágil
                                                             mi padre es una víspera

Víspera es lo que antecede a algo. El padre está en esa ventana o en ese puente desde donde se mira o se cruza hacia otra orilla, en ese anonadamiento que es la muerte.

Y eso es un misterio.

Donde al final se toca un mundo atravesado por los dardos de lo incognoscible e incógnito.

Pero es enero, el año nuevo frente a la vida vieja. Es el nacer de la vida. Es la vida que se renueva. Y donde todo vuelve a florecer.

13. Inherentes a su ser y estar

En Santiago de Chuco enero ya es mes de lluvias. Y después de cada chaparrón los huertos y los campos se desperezan y brota fecundada la simiente. Y hasta los animales en los apriscos balan y cacarean afirmando la vida.

Y es que características paradigmáticas de la vida y obra de César Vallejo, válidas para el Perú y el mundo del presente, y que son representativas de su identidad y pertenencia al mundo andino, son:

a) La emoción de infancia

b) El sentimiento de hogar.

c) El amor a la tierra.

Contenidos todos ellos esenciales que en nuestro poeta fueron inherentes a su ser y estar en el mundo y que permanecen palpitantes y tangibles en su obra poética, narrativa, teatro y otras expresiones como el teatro y el periodismo.

Estas vertientes, sin embargo, resultan extrañas de defender hoy en día, en que predomina y nos seduce tanto el desapego, lo cosmopolita y lo que sabe deletéreo.

Por ser así hagamos de todo ello una militancia y una fe a seguir, ahora y siempre. Defender la emoción de infancia, el sentimiento de hogar y el amor a la tierra.

14. Quien se acuna

A César Vallejo se lo siente y se lo vive verdaderamente como alguien que se aferra a su fogón, a su poyo familiar y a su alero candoroso sobre el azul de su cielo nativo.

Se lo reconoce como a un hombre que se arropa en el poncho campesino y rural de los labriegos y peones de su pueblo, identificándose con sus gozos y sufrimientos.

Se lo adivina como aquel que se acoge y se abriga bajo el rebozo de su madre doña María de los Santos, pero también de su padre piedra, roca o montaña. 

Quien se acuna con su madre tierra, la pacha mama atávica, protectora y que nos consuela acogiéndonos otra vez en su seno.

Conmueve ver cómo él se sumerge y atiene tanto a sus tradiciones. 

Como cuando el 18 de junio del año 1929, estando ya en París desde hacía varios años, militando en el partido comunista, convicto y confeso del materialismo histórico, le encarga por carta a su hermano Víctor para que celebre una misa al Apóstol Santiago, el patrón de su pueblo, a fin de que lo ayude a salir de un problema.

15. Sentimiento de hogar

¿Qué es esto? ¿Contradicción? ¿Deslealtad en un ser tan íntegro? ¡Nada de eso!

¿No es conmovedor cómo este ser implacable, despiadado consigo mismo y crítico de sus actos, cómo este dialéctico feroz, este genio abismal, se descubre de repente tan casto, desasido y natural?

¡Tan niño incorruptible y candoroso! ¡Es eso! La capacidad de no perder inocencia, tan drástico a la vez.

Como fue también quien mantuvo hasta sus últimos instantes su sentimiento y emoción de hogar, de familia, de casa. ¡Y de niñez!

Porque él se quedó atrapado en una casa paterna en la cual vivió pensando hasta el final de sus días, puesto que otra casa no la tuvo: todos saben cómo luego de salir de Santiago de Chuco él solo vivió en hoteles y en cuartos de alquiler. Y no porque no tuviera recursos. Con Georgette vendieron el departamento que ella tenía en el centro de París.

Y fue así porque no podía pensar en otra cosa que no sea su casa familiar de cuando él fue niño, pudiendo ver claramente en esto cómo fue tan herido en esa condición de infancia.

16. Su muro familiar

¡Él mismo nos lo atestigua así!

el poyo en que dejé que se amarille al sol
mi adolorida infancia...

El poyo en que dejé que madure, que se eternice y se haga inacabable mi adolorida infancia.

O en los Poemas humanos, que fueron escritos al final de su trayectoria vital y se publicaron póstumamente, se empieza con el titulado “El buen sentido”, cuyas primeras líneas son las de un hijo que dice:

Hay, madre, un sitio en el mundo que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande. 

Y entre las últimas líneas de poesía que él escribió se encuentran éstas:

Salid niños del mundo, id a buscarla!

refiriéndose a España como signo de madre y a los hombres en su grandeza de niños.

Siempre ha de conmover comprobar que un genio como él, para serlo no tuvo que abjurar de su muro familiar, sino más bien aferrarse a él; asirse muy bien a la teja mayor que sobresale de la cumbrera del techo de su casa natal.

17. Reunidos a una mesa común

Que un genio como él supiera reconocerse en el polvillo del carrizo horadado por el moscardón azul cayendo al trasluz del sol. 

Y encontrarse en el grumo de pan, en su lugar de la mesa o en el aura de la repisa junto al horno de la casa familiar.

Hace que él sea un poeta del amor, de la acción y militancia heroica y, sobre todo, de un mundo por reivindicar. ¡Y de la amistad!

Él fue apasionado, generoso y luchador. Alguien que amó sin medida, porque fue amor el que también recibió a manos llenas en su tierra y fuera de ella.

Aunque, como todo genio, hondo y abismal en sus reflexiones y actitudes fue, a veces, “un bloque de hielo sobre su amapola”.

Con el mundo dentro de sí en pleno conflicto y ebullición.

Pero él murió pensando en su casa, en su poyo, en su horno y en su fogón. 

En el yantar de todos los hombres reunidos a una mesa común, desayunados todos.

18. El amor unánime

César Vallejo escribió su gran poesía no descartando ni su nacionalidad ni su origen sino defendiéndolo y haciendo de ello una bandera:

                                                            ¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo,
                                                            y Perú al pie del orbe; yo me adhiero!

Y acrisolándolo hasta convertirlo en una veta de oro puro, en un diamante como aquellos que cristalizan nuestras abruptas montañas.

Mensaje valioso para nuestras vidas de alguien que fue y volvió de más allá y de más acá, del fondo de lo que otros pudieron haber ido, pero conservando algo prístino.

¿Cuál es? Que nunca dejó de ser niño.

Quizá porque siéndolo siempre y verdaderamente es el modo cómo podemos comprender y ser sabios en la vida.

Estos valores constituyen el magisterio mayor y trascendente de Vallejo para esta hora que vive el Perú y el mundo.

Pero él también nos enseña a mirar y amar la calle que nos hermana y nos une en un destino común y solidario con todos los hombres de la tierra.

Nos enseña a ser capaces de redimir la muerte con el amor unánime de todos.

Epílogo: Bandera que flamea

Ahora que creemos que para alcanzar universalidad hay que sacar pasaporte de extranjero.

Ahora que creemos que moderno es autoproclamarse ciudadano del mundo y despotricar del suelo nativo.

Ahora que creemos que triunfar es no tener sentimientos por el terruño, salvo los de crítica acerba y despiadada.

Ahí está César Vallejo para mostrarnos con toda su inmensidad que se es genio sin negar nuestra gotera, nuestro palo de escoba, ni nuestra piedra de origen.

Es decir, los signos visibles e impalpables de lo que somos de manera intransferible y que es nuestra identidad solo desde la cual podemos compartir, comulgar y ser solidarios con el mundo.

Es César Vallejo quien nos convoca con su dimensión universal, entrañable y telúrica con un mensaje de amor humano absoluto y total hasta el martirio.

De allí que él es estandarte y bandera que flamea desde este universo hacia otros universos, como puede ser la misma eternidad que la horada y taladra y siembra en ella una luz.

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