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Otra de salones VIP
Joel Salpak

Como mis fieles y leales lectores ya lo han adivinado, anduve de viaje y desantendí mi blog… Atento a las demandas del público – como diría un cantor demagógico -, retomo la tarea con las debidas disculpas: ¡prometo por unos meses viajar poco y escribir más!

Como casi es costumbre, abusando de mi status diplomático (jubilado) usé nuevamente el Salón VIP más desangelado del mundo, el del aeropuerto de Miami – no me quedaba más remedio, porque fue allí donde pasé estas largas semanas en las que me mantuve incomunicado.

Es un Salón VIP desabrido y subdesarrollado: el que conozco con un frasquito para poner las propinas para el camarero del mostrador de bebidas. Este frasquito no es de por sí una mala idea, pero lo que sucede es que el camarero… brilla por su ausencia: asoma por el mostrador de tanto en tanto, sirve una que otra bebida (parece que prefiere servir las alcohólicas, que como son gratis predisponen al bebedor a la propinita) y se esfuma por largos ratos – no sin antes llevarse las monedas y dejar los billetes como reclame en el frasquito.

De puro aburrido me acerqué al mostrador, a ver si conseguía un café. El camarero, por supuesto, no andaba por ahí, pero si tres o cuatro señores de más que mediana edad que se arremolinaban ante la máquina de café, cambiando opiniones – inútilmente – de cómo hacerla funcionar.

Era una máquina más bien moderna, aerodinámica y estilizada, en la que se distinguía claramente la salida del café y los botones para elegir que tipo de infusión encargarle. En la parte de arriba, tenía una intrascendente rendija achatada de perfil trapezoidal, a la que nadie prestaba atención.

Uno con acento cubano le decía a otro al parecer venezolano que “pise” el botón de espresso, mientras que un caballero algo mayor y con melodía de Arequipa se impacientaba y anunciaba que si seguían jugando iban a romper la cafetera, mientras buscaba el botón de “pasado” sin mayor éxito.

El más joven de los presentes, al que de inmediato supuse por el aspecto y la tonada como ingeniero argentino, pero de Córdoba, insistía que esperaran al “mo’ozo” y “va’ayan haciendo una li’ista mientras ta’anto”, sin que los otros – presumo que por la diferencia de edad – no le hacían el menor caso.

Tampoco se fijaban en una bandejita que había en las inmediaciones, con unas bolsas de plástico, un tanto fofas. Tomé una de ellas, la rompí, saqué la cápsula del café y me acerqué con una tacita en la mano, murmurando “sorry”.

Los cuatro me abrieron paso con miradas de sorna, mientras me acercaba a la máquina misteriosa. Introduje la cápsula en la ranura, presioné “espresso macchiatto” y – tras un momento y con la tacita llena – me retiré con un “thanks” apenas musitado.

Los cuatro pares de ojos me siguieron por un instante, las manos se tendieron hacia la bandejita y empezaron a palpar las fofas bolsitas.
Mientras me iba alejando me pareció oír, con acento cordobés, la frase “estos ya’ankis se las sa’aben to’odas”.

Me tomé en paz mi cafecito, viendo con el rabillo de ojo entrar al camarero tras el mostrador.

Joel Salpak
joelita@netvision.net.il

Gentileza de http://joelsalpak.wordpress.com
Agosto 28, 2010

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