Ficción e historia en "Los días del arcoíris" de Skármeta*

ensayo de Grínor Rojo

En una entrevista, que concedió para el diario La Segunda y que se publicó el día viernes 4 de octubre de 2013, Andrés Zaldívar, prohombre del Partido Demócrata Cristiano y uno de los políticos más influyentes que ha habido en nuestro país desde hace más de medio siglo, se refería a los detalles de la "transición" chilena desde la dictadura a la postdictadura (en el lenguaje de Zaldívar, desde la dictadura a la "recuperación de la democracia") y precisaba al respecto cuatro cuestiones que yo voy a retomar para dar comienzo al presente ensayo. La primera tiene que ver con la aceptación, por parte de los opositores a Pinochet, de las reglas que éste había impuesto para un cambio político, a través de las disposiciones transitorias 27 a 29 de la constitución de 1980, vgr.: aceptar el plebiscito en que Pinochet consintió que se votara su continuidad en el poder en 1988, convencido él, y cómo no, de que ese era un plebiscito que iba a ganar sí o sí, prolongándose de ese modo su "mandato" por ocho años más, hasta el 11 de marzo de 1997. Contra la opinión de todos aquellos que pensaban que un plebiscito honesto por parte del dictador era simplemente inconcebible y que por lo mismo se negaban a convertirse en cómplices de semejante maniobra, que lo único que buscaba era legitimar su dominio nacional e internacionalmente, hubo otros, tales como el propio Zaldívar, los futuros presidentes Patricio Aylwin y Ricardo Lagos, el ex contralor Enrique Silva Cimma, o los dirigentes partidarios Sergio Molina y Luis Maira, que habían concluido desde temprano que actuar en el marco de dicha estrategia era inevitable y a lo mejor provechoso:

llegamos a la conclusión alrededor del año 87 de que la manera de derrotar a Pinochet era con sus propias reglas […] había mucha indecisión y muy poca convicción. Se pensaba que bajo las reglas que ponía Pinochet la situación era muy precaria para tener un resultado positivo. Había muy poca mística al comienzo para creer que el camino sería suficiente para derrotarlo. Ya habíamos tenido la experiencia del plebiscito del 80, que había sido brutal, cuando confrontamos a Pinochet, pero a pesar de eso seguimos trabajando[1]

Esta información, que Zaldívar entrega así, tan casualmente, es, por cierto, una clave. Fija no solo el comienzo histórico de la transición chilena, que él retrotrae a ciertas conversaciones entre individuos con nombres y apellidos precisos y las que habrían tenido lugar "alrededor del año 1987", pero que según otras noticias podrían adelantarse un poco más[2], sino que también su carácter. Ésos que conversaban a mediados de la década del ochenta acerca del particular lo hacían poseídos por la certidumbre de que el reclamo por una nueva constitución, y por una constitución a la que debiera llegarse por la vía de una asamblea constituyente, era un reclamo que ya no daba para más y que por lo tanto había sonado la hora de sustituirlo por otro que acatara como válida la legalidad pinochetista. La democracia tenía que y podía ser "recuperada desde adentro", actuando conforme a las leyes impuestas por el adversario.

La segunda cuestión en la que me interesa poner aquí el dedo es la del financiamiento de la campaña opositora. Zaldívar es cándido para referirse a este tema y confiesa que:

salimos en una gira con Lagos y Molina, fuimos a Europa y nos entrevistamos con los principales líderes de allá. Yo tenía muy buena relación con Felipe González en España; con Helmut Kohl, de Alemania. También teníamos buena relación con Italia; Lagos con Bettino Craxi y yo con Andreotti. Los tres se comprometieron a dar recursos y por supuesto las platas las entregaban por la vía negra, porque no podíamos entrar aquí con recursos.

Como se desprende de esta cita, la dictadura pinochetista era a esas alturas un bochorno mundial y su término un asunto que excedía al interés puramente doméstico. Esto explica que la campaña del "No" haya contado con un financiamiento externo que si bien no era abundante ni público, cubría sus necesidades. Frente a la omnipresencia del aparato (y del control) comunicacional de la dictadura, la oposición quedaba así en condiciones de aprovechar de un mejor modo los resquicios que se le estaban otorgando para hacer llegar su mensaje a la población.

En tercer lugar, se refiere Zaldívar al plebiscito mismo, a su realización y a las tentaciones por parte de la dictadura, la noche del 5 de octubre de 1988, cuando ya era evidente que perdían, de desconocer los resultados. Verdadera comedia de vacilaciones y ocultamientos fue la que se desarrolló en La Moneda durante esa noche y que acabó en el momento en que los cortesanos se vieron obligados a comunicarle la buena noticia al país y la mala al dictador y a su mujer. Al respecto, Zaldívar señala que:

estuvimos conscientes de que teníamos mayoría, pero sabíamos que así como había pasado lo del 80, Pinochet y su gente estaban en condiciones de hacer un fraude […] teníamos contabilizados más de un millón de votos y Cardemil [Alberto Cardemil, subsecretario del interior del gobierno de Pinochet y diputado en la postdictadura] estaba dando 10 mil votos y daba casi un triunfo del Sí sobre el No. Entonces le hicimos llegar a Matthei [el general Fernando Matthei, el representante de la Fuerza Aérea en el gobierno dictatorial] el resultado y hay que hacerle un reconocimiento, porque él es la persona que antes de entrar en La Moneda habló.

Finalmente, Zaldívar alude a las consecuencias de mediano y largo plazo de la política negociadora:

esa fue una convicción de todos porque teníamos que hacer la transición con Pinochet sentado en el medio. Eso obligó a tener más consensos quizá de los necesarios.

Traigo esta entrevista a colación, al iniciar mi análisis de Los días del arcoíris, la novela con que Antonio Skármeta ganó el Premio Iberoamericano Planeta-Casa de América de Narrativa 2011[3], porque lo que Zaldívar testimonia en ella es lo mismo que la novela de Skármeta elabora literariamente, o sea, los detalles de una transición que se puso en marcha en cualquiera haya sido el momento en que los políticos opositores que la promovían decidieron dar por buena la legalidad pinochetista y que continuó transicionando, durante las casi tres décadas que han pasado desde el alejamiento del dictador de un ejercicio directo del poder (esto último lo digo así, porque debido a las negociaciones por medio de las cuales se llevó a cabo el proceso, su poder se prolongó indirectamente hasta su muerte), por ese camino.

Una aclaración se hace aquí necesaria, sin embargo. Aun cuando esta sea la materia prima sensu lato de Los días del arcoíris, sería inexacto afirmar que constituye su materia prima sensu stricto, ya que el realismo de Skármeta, engañosamente ingenuo, aunque no descuide por completo los antecedentes y consecuentes de la etapa de su preferencia, su antes y su después (y ya me extenderé más sobre este tema), la verdad es que los pone en el patio de atrás de su relato, casi podría decirse que en el subconsciente del mismo, y cierra el foco sobre todo, para la consumación del trabajo de escritura, en el episodio más eufórico de la trayectoria transicional, el del exitoso esfuerzo de la oposición antipinochetista por ganarle al dictador su plebiscito. En este sentido, el motivo de la competencia, que no solo no es ajeno a la obra toda de Skármeta sino que constituye una de sus adicciones (podría aducirse a propósito un cuento juvenil como "El ciclista de San Cristóbal" o la metáfora del partido de fútbol en los cuentos de Tiro libre o el enfrentamiento a bofetadas entre jóvenes rivales de distinta nacionalidad en "Relaciones públicas" y en No pasó nada, en este último caso uno del tercer y el otro del primer mundo), reaparece aquí con todo su potencial dinamizador. Mayor mérito aún, cuando, como lo señala uno de los dos protagonistas de Los días del arcoíris y además se constituye en el leitmotiv de sus afanes de publicista democrático, la "batalla" que él tiene por delante es la de "David contra Goliat".

Ahora bien, el que el interés principal de Skármeta se haya volcado preferentemente en aquel episodio competitivo y jubiloso, el de la preparación de las condiciones para una victoria en el plebiscito del 88 y en su dénoeument paroxístico, todo lo cual dura entre ocho y diez meses en el tiempo del primer plano de la novela (la secuencia invierno, primavera, verano no es irrelevante desde el punto de vista de la significación de la misma, casi innecesario es decirlo), coincidiendo en su término con la graduación del otro de los protagonistas, y que solo de paso preste atención al antes y al después de los sucesos que lo precedieron durante los diecisiete años de dictadura, y lo sucedieron durante los veinte de postdictadura (hasta el momento en que él escribe), considero que no debe leerse como un gesto evasivo de su parte. Por el contrario, estimo que obedece a una opción suya actual, que es comprobable en sus últimas obras, por una concepción del mundo y una estética diurnas. Paradójico nada más que en apariencia, en los mismos años en que los chilenos estábamos atravesando por el peor período de nuestra historia patria, el vitalismo rupturista de la producción primeriza de este escritor viró hacia una anhelo de armonía, de entendimiento, amor y paz universales.

Con todo, el haber dado prioridad en Los días del arcoíris al episodio más eufórico de la historia de la transición no significa que Skármeta haya querido o incluso que pudiese obviar el trasfondo oscuro que lo determinaba: los crímenes del régimen. Obviar en su novela el tema de las violaciones a los derechos humanos hubiera equivalido, claro está, a ignorar culpablemente los datos de una realidad que por definición no era ignorable (como tampoco son prescriptibles los delitos de lesa humanidad) y no se puede decir que esa haya sido su intención de ningún modo. La suya no es una novela de denuncia, de acuerdo, ni siquiera se puede decir que sea una novela histórica propiamente tal, aunque algo de eso haya y ya explicaré por qué[4], pero tampoco es una novela escapista, que le esté dando la espalda a un prontuario de crímenes.

¿Cómo se las arregló entonces Skármeta para hacer lo que él quería, esto es, para componer y contar su novela con el espíritu diurno de una comedia, pero sin traicionar el otro costado, que también le exigía estar presente en su relato, el nocturno de la tragedia? ¿Cómo responderle así a una crítica que pudiera sentirse tentada de reprocharle, como se lo ha reprochado a la película de Larraín y Peirano, el haber banalizado los datos de un tiempo terrible?[5] En mi opinión, esto se consigue atendiendo a un recurso estructurante que está en la novela pero no está en la película. Me refiero a la composición de Los días del arcoíris a base de dos historias de diferente temple y cuyas narraciones respectivas se alternan y a la larga se fusionan. Una de ellas la de una narrador en tercera persona, extra y heterodiegético y por lo tanto con un capacidad amplia de movimiento y visión, aun cuando no llegue a ser total, y la otra, la de un narrador en primera, intra y homodiegético, sin la amplitud y visión del primero pero capaz en cambio de singularizar e interiorizar el mundo narrado.

Todo eso en cuarenta y cuatro capítulos breves, dialogados profusa y a menudo chispeantemente, lo que como es sabido constituye una de las mayores fortalezas de la prosa skarmetiana y que nos hace pensar en una recurrencia en las páginas de su novela de la obra dramática en que él plasmó por primera vez el asunto[6]. La historia que nos llega en la voz del narrador en tercera persona es la del publicista Adrián Bettini y su familia, su mujer Magdalena y su hija Patricia, y se vincula directamente con la campaña del "No", de la que Bettini llegará a ser el conductor (ésta es, como dije, la historia más glamorosa y que por lo mismo fue la que utilizaron los cineastas para su propio trabajo); la que nos llega en primera persona es la del joven Nico (no Nicolás sino Nicómaco) Santos y ella está asociada a la barbarie homicida del gobierno militar. Al adolescente Nico lo despojan brutalmente de sus dos figuras modélicas. Los agentes de la policía política le secuestran a su padre, el profesor de filosofía Rodrigo Santos, sacándolo de la sala de clases frente a sus ojos, y debe sufrir el asesinato y degüello de su profesor favorito, encarnación en la novela de la resistencia cultural, su profesor de inglés y admirado actor de teatro, Rafael Paredes [7].

Día y noche, luz y sombra, entonces. Por medio de esta doble dispositio de la materia narrada, lo que el autor de Los días del arcoíris espera que su lector capte es el contraste entre la cruda realidad chilena del pasado y del presente, la realidad de lo que ha sido y está siendo todavía, en aquel año de 1988, y la esperanza de sobreponerse a ello con un salto hacia el futuro. Si la historia de Nico singulariza e interioriza el sufrimiento colectivo de los chilenos de antes y de ahora, la de Bettini externaliza la esperanza de su fin.

Porque de eso se trataba en definitiva. Con la campaña del "No" y, en particular, con los quince minutos que la dictadura les ha concedido a los opositores para transmitir su mensaje en los canales de una televisión sofocantemente intervenida, el publicista Bettini construye en Los días del arcoíris lo que la folclorología alemana acostumbra describir como un Märchen. Nada menos que un cuento de hadas porvenirista, que en rigor no encierra un futuro sino una fantasía de futuro, a la que su creador monta por encima de la evidencia de un presente que sin duda es atroz, de una aspereza que él no desconoce ni puede desconocer, pero sin dejar que esa aspereza prevalezca en la campaña cuya conducción ha asumido. Racional y moralmente, todo hace suponer que dicha campaña tendría que poner el acento en la evidencia bruta del dolor, en los muertos, en los encarcelados, en los perseguidos, en los torturados y en los desaparecidos. Eso es lo que esperan los políticos opositores y, más importante todavía, es lo que también esperan las víctimas. La dictadura de Pinochet es, fue eso. Una década y media de gobierno militar estaba dejando a Chile con el saldo de una comunidad nacional avasallada física y/o psicológicamente. Y ahora, cuando la prepotencia del dictador lo ha persuadido a hacer honor a su propia ley, exponiéndose por ello al veredicto de la urnas, cuando los chilenos tienen por fin la oportunidad de dar a conocer el juicio que él y su gobierno les merecen, ese saldo siniestro, es lo que aconseja la buena razón moral, debiera estar en el centro de la campaña para derrotarlo:

–Yo esperaba que ardiera Troya: que atacara a Pinochet con el tema de los detenidos desaparecidos, los derechos humanos, las tortura, el exilio, la cesantía… Y usted nos sale con un chistecito aquí, otro chistecito allá… […] De modo que los comisarios políticos encontraban que su campaña era inofensiva, un simpático comentario a pie de página, una mosquita muerta, un deslavado tecito de anciana (132 y 137).

Pero el Bettini de Skármeta y, sabemos nosotros, los Bettinis históricos de la campaña del "No" (acerca de cuyas personalidades, opiniones y acciones existe información suficiente y que el lector interesado podrá consultar en la red sin dificultades) no es un moralista sino un publicista, de manera que aquello que la buena razón moral le aconseja no es lo que él decide, y no lo decide porque su experiencia profesional lo lleva a convencerse de que la población del país no está habilitada para responder como él quisiera a una campaña de tal naturaleza. Unos, los que apoyan al régimen, porque no creen en o, peor aún, porque justifican sus crímenes; los otros, los que no lo apoyan, o porque han perdido la fe, presuponiendo que nada de lo que ellos hagan por derrotar al dictador surtirá el efecto deseado, como se lo hace ver su propia hija Patricia[8], o porque quince años de amasije sin descanso han acabado por lavarles el cerebro y enfriarles el alma: "los suyos [los receptores ideales de la campaña de Bettini] son los que tienen temor a que los filmen dentro de las urnas, a que los apuñalen sobre sus votos, los indecisos que temen el caos y el desorden si se retiran los militares" (166). Esto último es especialmente destacable si nosotros tenemos en consideración que uno de los objetivos prioritarios del gobierno de Pinochet fue la desmovilización y la docilización del pueblo de Chile, por cualesquiera fuesen los medios, el del terror incluido, lo que en términos políticos significaba la reducción de la conciencia ciudadana a su mínimo histórico. Habiendo aceptado conducir la campaña, Adrián Bettini percibe el estado de ánimo de sus compatriotas. Camina por las calles del centro de Santiago, observa a las víctimas de la embestida desmovilizadora del gobierno y que también son aquellos que deberían contarse entre los receptores de su propio trabajo, y pondera sus opciones:

En el contacto físico que les daba el centro se disolvía ese país tajantemente dividido. No habría otra entretención para todos ellos en la noche que ver televisión. Allí, si el dictador no cambiaba de juicio, en poco tiempo debería aparecer su programa de quince minutos [el de Bettini] convocando a esa masa derrotada, envuelta en abrigos gastados y chalinas hilachudas, para que votaran contra Pinochet. El silencio con que bebían sus cafés express en el Haití y la mirada perdida con que resbalaban por las caderas de las mozas eran un buen indicio de apatía […] más que inescrutables, sus rostros parecían tallados en la anonimia. No era miedo, sino la simple vida cotidiana exhausta de esperanzas. Se tomaban el café en un ritual lento sólo para demorar la vuelta a la oficina, donde enfrentarían las pantallas de los ordenadores con cifras y productos ajenos. Eso. Eran ajenos. Ya no les concernía su propia vida (55-56).

Dado este sentimiento de "derrota", de "apatía", de "anonimia" (anomia, más bien, o, como se la caracteriza al final de la cita, de genuina alienación), con el que se inficionó a la mayor parte de la población chilena durante una década y media de amasije cultural y político, o tratando de sobreponerse a ello, el lema de la campaña que Bettini concibe y que también es el que concibieron los Bettinis históricos, quienes quiera que ellos hayan sido, es, fue "La alegría ya viene". Procuraban reponer de este modo en la conciencia de los habitantes de nuestro país la segunda de las virtudes teologales, aquella por medio de la cual los cristianos dejan atrás el desaliento (la "desesperación") y/o el cinismo (la "incredulidad"[9]) y se preparan para ascender escatológicamente "al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra", en correspondencia con "el anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre". A lo que agrega el catecismo católico: "Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el Cielo como hacia la nueva Tierra Prometida"[10]. En el lema asertivo de la campaña que imagina el publicista de Skármeta, campaña que como he dicho no difiere esencialmente de la que imaginaron sus contrapartes históricas[11], se recogen la "aspiración" y el "anhelo" cristianos de un futuro de "felicidad", y se implican también los medios para lograrlo, en tanto que se reemplaza el más allá de ultratumba, el "Cielo" y la "Tierra Prometida", por la recuperación y goce de la plena democracia en este mundo.

Pero la campaña del "No" poseyó y posee, también en la novela de Skármeta, un símbolo poderoso, que la orientó conceptualmente, que el título de la creación skarmetiana recoge y que nos entrega el principal de sus significado: el "arcoíris". Es un símbolo archiconocido, casi lexicalizado a fuer de conocido, y no tanto por su largo, larguísimo pedigree[12], como porque lo vienen empleando los movimientos sociales alternativos en el mundo entero, de género, étnicos u otros, desde los años sesenta del siglo XX por lo menos.

Básicamente, el arcoíris representa la unión de y en la diferencia. En la realidad histórica y en la novela de Skármeta es un símbolo que representó/representa, así y en principio, una respuesta al desafío que fue para los opositores de Pinochet compatibilizar dentro de un proyecto común las posiciones divergentes de los dieciséis partidos políticos que conformaban la coalición. De hecho, la propaganda de la dictadura había puesto énfasis en su propia unidad ("monolítica", era uno de los adjetivos favoritos de Pinochet) vis-à-vis la heterogeneidad, que para esa propaganda era una prueba de su inhabilidad para gobernar, de sus adversarios. Incluso Patricia Bettini ha comprado el argumento: "bolsa de gatos" es el peyorativo que la hija del publicista y polola de Nico utiliza en la cita que yo incluí en la nota ocho, más arriba. El uso de la imagen del arcoíris revelaba de este modo la voluntad opositora de armonizar posiciones políticas opuestas, poniéndose por encima de cualesquiera pudieran ser las divergencias y, sobre todo, eficientemente. Bettini, que ha dudado que ello sea posible ("el frente que apoya al ‘No’ está compuesto por ¡dieciséis partidos! Es un conglomerado tan amplio que no se puede pensar que tenga identidad", 47), terminará admitiéndolo al dar con el símbolo durante un sueño premonitorio:

desde un cielo impecablemente turquesa, desciende un arcoíris de infinitos colores que lo obliga a arrodillarse en éxtasis para orar a ese Dios instantáneamente creado allí mismo.

Siente que lo abrazan, que lo sacuden.

Abre los ojos, y tras la cortina multicolor de la última escena de su sueño, surge su esposa acompañada de Olwyn, quien lo apunta con un dedo compulsivo:

–¡Bettini! Aquí están conmigo el sastre que va a fabricar las camisetas del "No", el artista que va a confeccionar las banderas del "No", el gráfico que va a imprimir el afiche del "No", y el cineasta que va a filmar la imagen del "No" para nuestro espacio en televisión. ¡Bettini! ¿Me tiene el símbolo de la campaña?

El publicista estira el brazo hasta la tecla negra más aguda del teclado, la aprieta y con el pedal mantiene su vibración en el aire.

–Un arcoíris –susurra.

[…]

–Escuche, senador. El arcoíris reúne las condiciones que queremos. Tiene todos los colores y es una sola cosa. Representa todos los partidos del "No" y ninguno pierde su individualidad. Es algo hermoso que surge tras la tempestad, y con todos esos colores tiene lo que usted quería, señor Olwyn: ¡alegría! (104-105).

Más allá de eso, sin embargo, el arcoíris expresa, ahora en el interior de la novela que comento, contribuyendo de este modo con la imagen idónea para un fondo de significación en el que nosotros podemos reconocer la perspectiva ideológica actual de su autor, una apuesta de más largo alcance y que concierne al funcionamiento armónico, y en su criterio posible de lograrse alguna vez, de un todo social que ya no será el fabuloso del Märchen, el de la campaña del "No", sino el histórico de la vida verdadera, un todo social compuesto por partes que no o no necesariamente lo reproducen y que tampoco se reproducen las unas a las otras. Y no solo como ocurrió en el 88, por un imperativo político, táctico e inmediato, sino por un imperativo ético de mayor calado y duración, porque eso, el principio de la diferencia, es asumido por quien ha escrito Los días del arcoíris como legítimo, bueno y deseable en y por sí mismo. En él se aloja el futuro de su propio deseo político, debido a que para él el respeto por la diferencia no importa un signo de flaqueza, como creyó la dictadura, sino de fuerza. Hay una escena en la novela que lo confirma y que es particularmente solemne, pues tiene lugar durante el funeral del profesor Paredes. En ella, a través de un contraste entre banderas, esta convicción skarmetiana se pone por encima de un revolucionarismo radical:

Un anciano levanta con las dos manos una bandera roja sobre la cabeza. El Che saca otra atada a una vara y la mueve. La profesora de dibujo alza la suya. Cinco o seis adultos desconocidos levantan banderas y las hacen flamear en la brisa. El rector no se da cuenta. El rector hace como que no se da cuenta. El teniente Bruna se excusó de venir "por decencia". Ahora hay otro tipo de silencio. El silencio que permite sentir el golpeteo de las banderas rojas contra el aire.

Sólo una bandera es distinta de todas las otras: la que eleva ahora Patricia Bettini. Una bandera blanca con el dibujo de un arcoíris (164).

No cuesta mucho descubrir cuál de estas banderas es la que prefiere el escritor.

A partir de este paradigma, la novela de Skármeta avanza sobre dos carriles. Por uno de ellos corre el despliegue de la campaña, partiendo con las reunión de Bettini con los líderes opositores ("don Patricio Olwyn", que será presidente, es quien los lidera) y de las dudas de ellos y del propio Bettini acerca de cuáles debieran ser los contenidos que tendrían que inyectársele al diseño propagandístico, hasta la resolución de esas dudas –sobreponiéndose a la desconfianza de muchos, como se ha visto–, al escogerse el mensaje de la alegría que viene y de la que todos van a disfrutar en un futuro en el que se respetará y valorará la diversidad, llegándose por fin a la comprobación de que eso que se decidió en medio de titubeos y temores fue sin embargo acertado, al menos en el plazo que se cierra con el plebiscito mismo. La noche en que se estrena la franja de la que Adrián Bettini ha sido el creador es para él una noche de angustia. No sabe cómo van a recibir su trabajo los televidentes y, así como tuvo la visión onírica del arcoíris, ahora tiene una visión poética que (pre)figura lo apropiado de su decisión. En la plaza Ñuñoa:

A medida que la aparición se acercaba iba tomando más y más la forma de una realidad. Hasta que se hicieron nítidos. Rotundamente verdaderos.

Una pareja de jóvenes giraba incesante haciendo las piruetas de un vals sin música: como bailando el recuerdo de un vals en la noche estrellada. Al desplazarse ocupaban generosos las baldosas de la plaza solitaria y cuando estuvieron tan cerca de él que alcanzaron a rozarlo la mujer danzarina le gritó:

–¡Vamos a ganar, señor! ¡Vamos a ganar! (177).

Es el triunfo, que ya está en el aire y que confirmarán las cifras la noche del miércoles 5 de octubre de 1988: un 55,99% de votos a favor del "No" y un 44,01% a favor del "Sí".

Por el otro carril avanza el sintagma que está integrado por el secuestro del padre de Nico y la actitud de contención que el muchacho se ve obligado a adoptar a pesar suyo, porque es la actitud que su progenitor, quien ha previsto esa circunstancia, le ha exigido:

era raro, porque cuando los dos hombres se llevaron al papá, todos los muchachos de la clase estaban mirándome.

Y seguro que pensaban que yo tenía miedo. O creían que yo tendría que haber saltado sobre los hombres y atacarlos e impedir que se llevaran a mi padre.

Pero con el profesor Santos habíamos previsto esta situación.

Incluso le habíamos puesto el nombre de un silogismo. La llamábamos situación "Baroco": si agarraban preso al papá delante de testigos quería decir que no lo podían hacer desaparecer como con otra gente, que la meten en un saco con piedras y la tiran desde un helicóptero al mar […] Según el plan "Baroco", cuando agarren preso al papá, yo tengo que hacer dos llamadas por teléfono a unos números que me sé de memoria, pero no conozco el nombre de las personas. Después tengo que llevar una vida absolutamente normal, venir a casa, jugar a fútbol, ir al cine con Patricia Bettini, no faltar a clases, y al fin de mes ir a Tesorería a buscar el cheque de sueldo […] papá me ha dicho cien veces que él no le teme a nada, salvo que me pase algo a mí […] si a mi papá lo hubieran hecho desaparecer, entonces estaríamos enfrentando el silogismo "Bárbaro", y yo me hubiera muerto de pena (15-16).

El padre regresa de las mazmorras del régimen al cabo, gracias a los buenos (y malos) oficios de Laura Yáñez, una amiga de Patricia y de Nico, pero entre tanto se perpetra el asesinato y degüello del profesor Paredes, un suceso horroroso en sí mismo, pero a través del cual también se sugiere lo que pudo acontecerle a Rodrigo Santos durante su secuestro y, por extensión, lo que puede ocurrirle a cualquier chileno que se oponga a los designios del poder totalitario.

Conectados desde el comienzo de la novela, a través de la relación amorosa de Nico con Patricia, la hija de Bettini, los dos carriles convergen en los últimos capítulos. Más precisamente, convergen de una manera definitiva cuando entre los capítulos cuarenta y uno y cuarenta y tres se produce el encuentro sexual entre los jóvenes, ninguno de los cuales ha "quebrado el marcador" aún (208). Para esos efectos, la escena, lejos de la ciudad opresora y en las proximidades de un mar libre y de sabor nerudiano ("siempre está ahí y al mismo tiempo ahí está el infinito", 221), se traslada al puerto de Valparaíso. Como en otras de la narraciones de Skármeta (pienso en Ardiente paciencia), la unión sexual iniciática metaforiza una unidad superior.

Y algo más, en cuyos rebordes a mí me interesa hacer un alto antes de moverme hacia una tercera posición narrativa en la propuesta textual que aquí estoy considerando. Me refiero a la correlación especular entre la estética risueña elegida por el publicista Adrián Bettini para producir su campaña del "No" y la estética igualmente risueña elegida por el escritor Antonio Skármeta para producir Los días del arcoíris. Se refractan la una en la otra y a mí me interesa subrayarlo. Por lo pronto, espero que las razones que determinan la decisión de Bettini en el espacio de la ficción (y, en general, la de los publicistas del "No" en el espacio de la historia real y concreta) le haya quedado clara a mi propio lector; que haya quedado claro que esa decisión, que secundarizó la tragedia y favoreció la comedia, se debió a las circunstancias especiales que rodearon a aquel acontecimiento, a la necesidad de reponer la virtud de la esperanza en las conciencias de una masa a la que quince años de dictadura habían tornado anómica y que no hubiese respondido en buena forma a un lenguaje que insistiera en la crueldad y el sufrimiento. En otras palabras, la masa de unos chilenos que fueron despojados por la dictadura de su condición ciudadana y reducidos, en el mejor de los casos, a la condición de un público consumidor de unos bienes publicitariamente inducidos y al que lo que había que hacer, por lo tanto, era "venderle" sus derechos como si se trata de otro más de esos bienes. Pero, ¿por qué incidir en esa misma elección estética veinticuatro años después y en una novela?

Dejo en suspenso la respuesta a esta pregunta y me aboco al rastreo de la ya anunciada tercera posición narrativa, que convive con las de los narradores en tercera y primera persona a quienes ya identifiqué, aunque ello no sea en su mismo nivel. Descubro esa posición salpicando el despliegue de Los días del arcoíris, aquí y allá y recurriendo para tornarse efectiva a la ironía, esto es, a la complicidad entre el autor y el lector implícitos, oponiéndosela a cualquiera sea la perspectiva del personaje del caso como alternativa implícita, o a recursos intertextuales diversos, desde las citas de Anaximandro, Heráclito, Platón, Aristóteles, Plauto, Cervantes, Dante y Shakespeare[13] hasta las de Tato Pavlovsky, Harold Pinter, Albert Camus e incluso alguna del Arcipreste de Hita, pasando por las de numerosos ítems de la cultura popular, de la música pop (Los Prisioneros, Billy Joel, Paul McCartney o Florcita Motuda, el que por lo demás, como se sabe, fue el astuto plagiario de Strauss en el histórico "Vals imperial del No"), del cine, del fútbol, etc. Su indagación debiera permitirme volver más tarde sobre la pregunta que he dejado en suspenso.

No está esta otra posición en el mismo nivel que las dos ya anotadas, sobre todo porque carece de una voz suya, porque subyace a y se cuela subrepticiamente por/en/entre las de Nico y el narrador en tercera persona. Por lo general, recurriendo a las citas y, en el caso que me interesa examinar ahora más de cerca teniendo como objeto de su impugnación al cuento de hadas. Hablo de un discurso que se sale por lo mismo del recorte del espacio-tiempo plebiscitario y que especula o analépticamente sobre las causas de la catástrofe[14] o prolépticamente sobre si la "alegría", la "que va a venir", se prolongará, si se prolongó más allá del triunfo del "No", o sobre si ella llegó únicamente hasta ahí, hasta el "No". O, mejor dicho, sobre si el tramo que en la historia de la transición sucede al eufórico de la campaña del "No" fue en efecto el del cumplimiento de la promesa que entonces se les hiciera a los chilenos, la de vivir en un mundo con plena democracia.

Como digo, en la novela de Skármeta esta es una posición semioculta, la de un hilo argumental que no tiene un personaje que le proporcione una voz diferenciada, pero que se halla presente en el texto de manera indirecta, deslizándose, colándose con disimulo por/en/entre los pliegues de los dos discursos principales. Es así como, ya en el primer capítulo, nos topamos con una discusión juguetona, escolar solo a primera vista, acerca del mito platónico de la caverna y del aspaventoso fraseo heideggeriano de "Qué es la metafísica", el que interroga "Por qué hay Ser y no más bien la Nada" (11). Nos llega esa discusión en la voz de Nico, pero irónicamente, ya que también resulta perceptible que las frases del joven están siendo manipuladas desde algún lugar que se encuentra por detrás de ese lugar de enunciación. Nico declara que la pregunta de Heidegger lo preocupa, porque "si hay Ser, tiene que haber un sentido que haya Ser, porque si no hubiera un sentido daría lo mismo que no hubiera Ser" (Ibíd.). Patricia, su polola, no ve cuál puede ser el problema, ya que, según le ha dicho, "el sentido del Ser es estar siendo no más" (Ibíd.). El profesor Santos es quien corta la discusión:

los hombres son el Ser y simultáneamente piensan el Ser, y por lo tanto con su pensamiento le pueden dar un sentido y una dirección al Ser. En buenas cuentas establecer valores absolutos, aspirar a esos valores. El bien es el bien. La justicia es la justicia, y no puede haber justicia en la medida de lo posible (11-12).

Comenta Nico:

Según el papi lo que importa es la ética: qué hacer con el Ser (12).

Conceptos absolutos, valores absolutos. Si no fuera por esa frase que la ética platónica del profesor Santos reprueba, frase con la que se está asumiendo el compromiso de aplicar la justicia "en la medida de lo posible", que anacrónicamente se pone aquí en su boca y como parte del relato de Nico, y que en la memoria del lector chileno contemporáneo resuena como una campana ensordecedora, si no fuera por esa única frase, a ese lector de Los días del arcoíris la discusión platónico-heideggeriana hubiera podido pasársele desapercibida o acaso percibida como un simple floreo retórico. Porque esa es una frase que no corresponde a la época del plebiscito sino a la que la sigue, a aquella en que Patricio Aylwin (el don Patricio Olwyn de Skármeta), convertido para entonces en presidente de la República, en su alocución del 21 de mayo de 1990 ante el Congreso Nacional, definió la política del nuevo Estado en materia de derechos humanos, y la definió expresamente en tales términos.

Retrotraer ese acontecimiento al escenario de los sucesos de 1988, como hace el profesor Santos, convierte a éste en un inintencionado e improbable profeta. Pero sirve al mismo tiempo para darle a conocer al lector de la novela el revés disimulado de la trama, arrojando un balde de agua fría sobre la euforia del triunfo del "No", produciendo una anticipación que es rijosa en la superficie pero melancólica en el fondo, y que concede que la alegría sí va a "venir", como se ha dicho, pero rebanada (el adjetivo, inmejorable, es de Gabriela Mistral), es decir, con la forma de una democracia sin mucha democracia, producto de las negociaciones que como sabemos se hallaban ya en curso entre el dictador que salía y los políticos opositores que entraban. A eso aludía Andrés Zaldívar en la entrevista con que yo di comienzo a mi ensayo, cuando reconoce que esos políticos opositores aceptaron hacer la transición chilena "con Pinochet sentado en el medio" y que por eso incurrieron en "más consensos quizá de los necesarios". Ni al narrador en tercera persona de la novela de Skármeta, el de la historia de Bettini, ni menos aún al narrador en primera, el de la historia de Nico, se los puede hacer responsables por esta anticipación, por lo que ella significa cuando se efectúa un balance del proceso transicional. El único responsable es alguien que se encuentra estacionado en un tiempo posterior a ese del primer plano narrativo, que desde ese futuro reconsidera el todo de su experiencia personal y colectiva, dictadura, plebiscito y postdictadura, y que por las rendijas del texto emite un juicio al respecto, me refiero al autor implícito hundido en su propia coyuntura de reflujo y desencanto.

Son los momentos en que el espacio y el tiempo de la novela de Skármeta se abren hacia la transición en su totalidad, cuando rebasan el tramo exultante, el de su asunto stricto sensu, circunscrito a la campaña del "No", y que son los que en otro tono salpican el desarrollo narrativo en diversas ocasiones. Ofrezco ahora un ejemplo que se contrapone al anterior o, mejor dicho, que continúa con la discusión axiológica, pero distanciándose de la ética platónica y reprobadora de Santos. Con éste en la cárcel, lo sustituye en la cátedra institutana de filosofía el profesor Valdivieso y lo que él les enseña a sus discípulos es la ética nicomaquea. Entrecomillado, en el texto encontramos entonces el siguiente pasaje:

"Ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por naturaleza ya que ninguna cosa natural se modifica por costumbre. Por ejemplo, la piedra que por naturaleza cae hacia abajo si la soltamos. Y no se podría acostumbrar a la piedra a moverse hacia arriba: aun tirándola diez mil veces a lo alto terminaría cayendo hacia abajo.

En cambio, las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino porque el hombre tiene aptitud natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. Así, practicando la justicia nos hacemos justos, y nuestra actuación en los peligros y la costumbre de sentir coraje o tener miedo es lo que nos hace a unos cobardes y a otros valientes" (42-43).

Estas frases, que son las de un auténtico consueta de teatro (quien nos habla en ellas es el Aristóteles de la Ética a Nicómaco por mediación de Valdivieso y a través del discurso de Nico) son las que en la novela de Skármeta reafirman la pertenencia de la obra al género novelesco (no es al fin de cuentas un Märchen sino una novela), por una parte, y por otra, son también las que le aseguran un certificado de novela histórica. Si el skarmetiano realismo fantasioso se sobrepone en Los días del arcoíris a un no menos skarmetiano realismo duro, y si la corrosión del primero por parte del segundo es lo que hace de esta suya un objeto literario de los que sabemos adscribibles al género novela, el distanciamiento del autor implícito que yo acabo de mostrar, que se asocia primero al platónico profesor Santos y en seguida al aristotélico profesor Valdivieso, aproxima Los días del arcoíris a la famosa definición lukacsiana de la novela histórica como un tipo de narración en la cual lo que se cuenta es la "prehistoria del presente"[15]. Los días del arcoíris no sería, al fin de cuentas, solo una novela acerca de un cierto pasado histórico chileno sino que sería también una novela acerca de cómo el presente chileno es un producto de aquel pasado. La función de los narradores en primera y tercera persona consiste en dar razón de lo primero y la del autor implícito, a través de la ironía o de los mecanismos intertextuales que suplementan la ausencia de una voz que le pertenezca y que suene, consiste en dar razón de lo segundo. Narrado el plebiscito o, mejor dicho, la campaña del "No", desde 2011 o 2012, o sea veintitantos años después de ocurrido, los lectores nos damos cuenta de que a su publicidad podría acusársela de publicidad engañosa. Con la adquisición del producto se les prometió a quienes lo compraron unos beneficios que no se verificaron en la práctica o que se verificaron solo parcialmente y la primera muestra ello es la frase de Aylwin: "justicia en la medida de lo posible".

Pero esa misma frase de Aylwin, desde el segundo punto de vista, que es el de Valdivieso/Aristóteles, cobra un sentido que es harto menos cuestionable: "las virtudes no se producen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino porque el hombre tiene aptitud natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre. Así practicando la justicia nos hacemos justos". Aylwin se hubiese parado a aplaudir, pienso yo. El hombre tiene la aptitud natural para "recibir" las virtudes, es lo que afirma Aristóteles (los cristianos, seguidores tomistas de Aristóteles, traducirán la "aptitud natural" como "ciencia infusa"), pero también puede y debe "perfeccionarlas". Ellas no son, por lo tanto, ni conceptos ni valores absolutos. Las costumbres se modifican históricamente y con su modificación se modifican también las virtudes. En consecuencia, éstas existen siempre y en todas partes en la medida de lo posible. En circunstancias diferentes, el "hábito" aristotélico (tan cercano, por lo demás, al "habitus" de Bourdieu) será el que corra la cerca, el que abra paso a la acción moral. El párrafo de Aristóteles que escoge Valdivieso es prístino sobre el particular. Según nos instruyen los comentaristas menos condescendientes de la Ética a Nicómaco, el de Aristóteles es un tratado que hace descansar el obrar bien ni más ni menos que en la praxis del obrar bien.

Dos perspectivas éticas, por lo tanto, y las dos están apuntando hacia el futuro, hacia la realidad de ese futuro chileno que fue en efecto menos generoso de lo que se prometió. La cuestión es si pudo serlo más, y yo me temo que la novela que ahora leemos duda de que esa posibilidad haya existido alguna vez. Se hizo todo, lo que se pudo, dadas las limitaciones que imponía una transición negociada, es decir que se hizo todo lo que esas limitaciones autorizaron, que se obró todo lo bien que ellas, que las "costumbres", que el "hábito" (el que no tenía por qué ser democrático. Costumbres, hábito, pero ¿de quiénes?), permitieron.

La discusión se completa sustancial y formalmente en el último capítulo de Los días del arcoíris. Es un capítulo de fin de fiesta. En el Instituto Nacional se gradúan los cincuenta y cinco muchachos de la promoción de 1988 y, entre ellos, nuestro héroe Nicómaco Santos. Asisten a la ceremonia las autoridades del colegio, los profesores, los familiares y los amigos de los graduados, y por supuesto los graduados mismos, éstos de traje y corbata. Himno institutano, diploma, foto, discursos. Invitados especiales de Nico son su polola Patricia Bettini y los padres de ella, Adrián y Magdalena. Presentes también, a pesar de su ausencia, en una placa en la que se han inscrito sus nombres, están los cinco "mártires" del colegio, "dos alumnos y tres maestros. Uno de ellos, don Rafael Paredes" (227). Pero no solo eso. Entre los que asisten a la ceremonia se encuentra además el exministro del interior de Pinochet, el doctor Fernández, quien viene a la graduación de su nieto y conversa con Bettini:

–¿Y en qué anda, ministro?

–Se viene la democracia, hombre. Estoy pensando en un puesto donde pueda ejercer mi vocación de servicio público.

–¿Senador?

–Me encantaría. Soy muy bueno gestando proyectos, leyes, todo eso.

[…]

–Se acabaron las canciones, ministro. El próximo paso es ganar las elecciones con Oylwin y luego meter preso a Pinochet.

Fernández soltó una risa tan estentórea que llamó la atención de la gente alrededor y hasta el rector le destinó una mirada cargada de reproche.

–Hum. La cagué, parece. ¿Meter preso a Pinochet? –dijo en voz baja–. Eso no lo van a lograr, Bettini.

–Lo vamos a lograr, doctor Fernández.

–No, no, no. "Es tan rico decir que no".

–Sí, sí, sí. Lo vamos a lograr.

–No, no, no. A mi general no me lo tocan ni con el pétalo de una dama.

[…]

–Vamos a volver al poder, Bettini –le susurró al oído–. Esta vez paso a paso, pasito a pasito, votito a votito (230-232).

Podría citar más, pero lo dejo ahí. Es el retorno a Chile de la democracia después del plebiscito de 1988 o, tal vez, sería mejor decir que es el retorno a Chile de la clase de democracia restringida que fue, que sigue siendo el fruto de un pacto entre la dictadura y sus opositores y cuyos resultados el autor implícito de Los días del arcoíris conoce y puede juzgar desde su personal posición, en 2011 o 2012. Esos resultados incluyen la elección del político democratacristiano Patricio Aylwin como el primero de los presidentes de la postdictadura, la impunidad de Pinochet, la permanencia en el aparato del Estado de los exfuncionarios de la dictadura y su regreso eventual, "pasito a pasito", "votito a votito", al poder. Son, como resignadamente lo admite Bettini, las "veleidades de la democracia" (232). Más aún, el entorno mismo, la ceremonia de graduación del 88, en el salón de honor del Instituto Nacional, "el primer foco de luz de la Nación" (228), un entorno en el que conversan amigablemente los adversarios de ayer, constituye de suyo una alegoría del país chileno del futuro. El Instituto Nacional es un colegio público como no existe otro en el país, que se enorgullece de recibir en su seno a jóvenes provenientes de todos los sectores sociales, los que allí, en los patios y salas de ese establecimiento, conviven fraternalmente. Y es, también y por eso, la materialización de la utopía skarmetiana de armonía, entendimiento, amor y paz universales. Nada mejor que el Instituto puede alegorizar el país de la reconciliación que este escritor suscribe, no por liviandad sino porque considera que en eso consiste la democracia, y que también es aquel al que aspiran los políticos conductores del tren transicional: un país en el que el pasado pesa menos que el presente y el futuro y cuya historia Skármeta comprende que solo puede narrarse en los términos de una comedia irónica que a escala microscópica replica literariamente a la tan discutible y tan discutida comedia del "No".

Notas

* Este artículo fue escrito en el marco del proyecto FONDECYT 1120038: "Las novelas de la dictadura y la postdictadura chilena".

[1]  "Andrés Zaldívar desclasifica los ‘secretos’ del No". La Segunda (4 de octubre de 2013), 20-22.

[2] El documento "Bases de sustentación del régimen democrático", suscrito por trece partidos de oposición al régimen pinochetista y especie de protoprograma de lo que iba a ser posteriormente la Concertación de Partidos por la Democracia, apareció publicado en el diario El Mercurio el día 11 de septiembre de 1986. Por otra parte, para Rafael Otano, en sus Crónica de la transición (Planeta, 1995) y Nueva crónica de la transición (LOM, 2006), el "kilómetro cero" del movimiento transicional sería un "seminario" de estudios al que convocó el Instituto Chileno de Estudios Humanísticos (ICHEH), un front del Partido Demócrata Cristiano, y que con el título "Un sistema jurídico-político constitucional para Chile" tuvo lugar en el Hotel Tupahue de Santiago los días 27 y 28 de julio de 1984. Tampoco faltan quienes retrotraen ese comienzo a un homenaje a Gabriel Valdés, en el Círculo Español, a principios del 83 y al subsecuente "Manifiesto Democrático", suscrito el 14 de marzo de 1983 por gente que iba desde la derecha republicana a una fracción socialista.

[3] Antonio Skármeta. Los días del arcoíris. Santiago de Chile. Planeta, 2012. Todas mis citas de esta novela pertenecen a la misma edición. En los sucesivo, daré de ellas solo el número de página entre paréntesis y en el texto.

[4] "[mostraremos que] la novela histórica nació, se desarrolló, alcanzó su florecimiento y decayó como consecuencia necesaria de las grandes revoluciones sociales de los tiempos modernos, y mostraremos asimismo que sus diversos problemas formales son reflejos artísticos precisamente de esas revoluciones histórico-sociales". Georg Lukács. "Prefacio" a La novela histórica. México. Era, 1966, p. 13.

[5] Me refiero a No, la película de 2012, que dirigió Pablo Larraín sobre un guión de Pedro Peirano e inspirada por el trabajo literario de Skármeta. Anoto solo uno de tales reproches: "fui a ver la película del No, y es probablemente la basura ideológica y el bodrio más grande que he visto". El sociólogo Manuel Antonio Garretón en un artículo del diario El Mercurio (23 de agosto de 2012). Es interesante que la novela prevea esta crítica condenatoria y que la ponga en la boca de Magdalena, la esposa de Bettini: "Frívolo y banal" (74).

[6] Sé que la escritura de la novela fue precedida por la escritura de una obra de teatro, también de Skármeta, titulada El plebiscito, que no se ha montado pero que dio origen a la película No, de Larraín y Peirano.

[7] Hay en este personaje de ficción la unión de dos personajes históricos, padre e hijo, el actor Roberto Parada Ritchie, a quien Skármeta dedica la novela, y su hijo José Manuel Parada, este último un sociólogo comunista, funcionario de la Vicaría de la Solidaridad, secuestrado en las puertas del Colegio Latinoamericano de Integración el 29 de marzo de 1985 y a quien, junto con dos personas más, encontraron degollado cinco días después. Se dice que Parada padre, quien estaba actuando cuando supo la noticia, continuó y terminó, como lo dictaba su honor de comediante, la función.

[8] No me has comprendido, papá. No es que vaya a votar "No". Lo que pasa es que no voy a votar […] porque Pinochet va a cometer fraude. Ningún dictador organiza un plebiscito para perderlo. Porque los políticos que están detrás del no son una bolsa de gatos sin un concepto claro de cómo conducir el país en caso de que ganaran. Porque estoy convencida de que este país no tiene salida" (57-58).

[9] "La virtud teologal de la esperanza puede subsistir sin la caridad (cf. Dz 1407), pero no sin la fe. Se pierde por el pecado de desesperación, que va dirigido contra su misma naturaleza, y el de incredulidad". Ludwig Ott. Manual de teología dogmática, tr. Constantino Ruiz Garrido. Barcelona. Herder, 1986, p. 403.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica. Buenos Aires. Lumen, pp. 418-419.

[11] Uno de ellos, Eugenio García, declaró en una entrevista para la radio ADN del 20 de enero de 2014 que "se trataba de curar a un enfermo que estaba enfermo de miedo, y por lo tanto, la promesa nuestra no tenía que ser más violencia, o revancha o venganza o lo que hubiera, sino que prometer aquello que nos faltaba, que era precisamente este espíritu abierto y dispuesto que crea la alegría".

[12] "… a menudo el símbolo del puente entre el cielo y la tierra. Expresa siempre y en todo lugar unión, relación e intercambio entre ambos". Jean Chevalier y Alain Gheerbrant. Diccionario de símbolos, trs. Manuel Silvar y Arturo Rodríguez. Barcelona. Herder, 1993, p. 135.

[13] Las de Shakespeare son dignas de una mención especial, porque puntean de manera continua y consistentemente, los acontecimientos que ocurren en el primer plano de la novela: Macbeth, Julio César, Romeo y Julieta, Hamlet.

[14] Por ejemplo, haciendo uso de las historias de Macbeth y Julio César: "Lo que pasa es que Macbeth está tentado de ser rey y el camino más directo es asesinar al rey mismo. A la Pinochet, digamos" (77) y "Pondría una lengua en cada herida de César que llamaría hasta las piedras de Roma al motín y a la insurrección" (163).

[15] "… una visión clara de la historia como proceso, de la historia como condición previa, concreta, del momento presente". La novela histórica, 18.

 

ensayo de Grínor Rojo

Universidad de Chile
grinorrojo@hotmail.es


Publicado, originalmente, en Revista Chilena de Literatura (Núm. 92 Abril de 2016)

Facultad de Filosofía y Humanidades, Departamento de Literatura, de la Universidad de Chile.

Link del texto: https://revistaliteratura.uchile.cl/index.php/RCL/article/view/41251

 

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