Gloria
Guido Rodríguez Alcalá
guido@highway.com.py 

Guido Rodríguez Alcalá nació en Asunción (Paraguay) en 1946. Estudió Derecho en la Universidad Católica de Asunción y Literatura en universidades de los Estados Unidos. Ha publicado poesía, narrativa y ensayo.* Entre sus libros pueden mencionarse las novelas históricas Caballero y Velasco. Actualmente es periodista del periódico asunceno Ultima Hora.

 

El sanatorio se veía oscuro y sucio. Eran las seis de la tarde, anochecía, pero las luces permanecían apagadas. En el pasillo, poca gente: el limpiador, enfermeras, los amigos de la señorita Josefina González, hospitalizada de urgencia.

“No vienen”, dijo el escribano.

“Estarán ocupados”, dijo el sacerdote.

Por hábito, el cura se sentía llamado a ser conciliador, si bien se comentaba que prestaba poca atención al evangelio y demasiada a la política.

“¿Ocupados?”, para la asistente social no había excusa, “¿ocupados cuando se les muere una pariente y no son capaces de hacerse ver?”.

No le faltaba razón a la asistente social. Después de llamar por teléfono, la familia se desentendió de la hospitalizada.

Eran las dos de la madrugada cuando el sacerdote atendió. Josefina se muere. Él llamó al escribano y éste llamó a su vez a la asistente (se precisaba una mujer) y entre los tres la rescataron de la casa para conducirla, sangrante, al sanatorio. Desde la internación hasta la tarde se habían pasado los tres haciendo guardia, esperando, contribuyendo para comprar el suero, los antibióticos, sin ningún aporte de la familia. Ni siquiera una llamada telefónica. Eran como quince horas, motivo sobrado para resentir la ausencia de la hermana y el cuñado de Josefina González.

“Seis y cinco”. El escribano miró el reloj. “¿Qué clase de familia es ésta?”.

El comentario lo cortó un taconeo de mujer. ¿Llegaba Clara al fin? No, Clara no se molestaba en visitar a su hermana. Era ella.

Ella sí se interesaba en la salud de la señorita Josefina González.

“Tenemos esperanza”, dijo el sacerdote.

No la tenían pero, ¿qué ganaba diciendo la verdad? La chica no tenía mucho que hacer allí, la asistente y el escribano la miraban de arriba abajo, como diciendo: te conocemos. No la conocían de vista en realidad pero... era ella, ¿quién más? Ella solamente podía echar ese olor a perfume, usar esos tacos altos, ese rouge tan barato, inadecuado para su edad (no debía tener dieciocho años).

“Me alegro mucho”, murmuró y se retiró avergonzada.

“Gloria”, comentó el escribano.

“¡A su edad!”.

¡Con razón Josefina (la asistente conocía la historia desde el principio), cuando la vio por primera vez, aquel primer día de clase (tercer curso), sintió la llegada de problemas a la Normal! Aunque Gloria era entonces una chica tímida, demasiado tímida para sospechar el quebranto que daría; si no fuera por ella, bueno, feliz no podía ser Josefina viviendo con la hermana pero, por lo menos, una mujer joven, sana y eso es lo que importa.

Sí, Gloria era tímida. Y no tenía nada de espacial. Chiquita, cara llena de granos. Lo único lindo era su melena, cuidada y cepillada todo el día. Entró al tercer curso atropellando un banco y sin saber dónde sentarse. Josefina le tuvo lástima y ese fue el comienzo de la desgracia. Sólo el comienzo, porque después del tercero la perdió de vista, y casi no la reconoció al volverla a ver como su alumna de quinto, dos años después. La melena linda como siempre, todavía más linda, sin granos, la más alta del curso, la más señorita. No era su culpa si la miraban tanto dentro y fuera de la escuela y ella no sabía cómo comportarse. De fea, se moría de vergüenza. De linda, con su nueva personalidad, no sabía dónde poner los pies sobre la acera cuando comenzaban a sonar los insistentes piropos. Seguía siendo torpe, seguía siendo motivo de compasión de la maestra.

La maestra pensaba que Gloria no buscaba la presencia de los chiquilines frente al portón de la Escuela Normal de Niñas. El más asiduo ése, ése del Colegio Nacional; por su culpa, Gloria recibió una amonestación de la directora. Este es un colegio decente, no se permiten hombres, etc. Pero yo no tengo la culpa, él me sigue no más. La directora entonces se encaró con el muchacho. Llegó como una furia para interrumpir la tentativa de conversación entre el galán y Gloria. El adolescente, altísimo, quedó mudo al recibir los gritos de la directora, guardiana de la moral, y no volvió a aparecer más a la salida. La amonestación, sin embargo, no se levantó; la directora no acostumbraba revisar decisiones tomadas.

También intervino cuando apareció el impala colorado. Colorado y con chapa militar; se veía bien que el chofer no era ningún capo; más bien uno de esos malcriados que manejan un auto ajeno y por la chapa y el patrón tienen sus pretensiones y manejan como quieren. El tipo estacionado frente al portón paraba el tráfico, miraba a todo el mundo con impertinencia, en especial a Gloria, se notaba, y por eso la directora le habló de nuevo. De nuevo, Gloria dijo que no tenía la culpa pero no podía hacer nada; el tipo la esperaba a la salida, la seguía con el auto hasta su casa con dos ruedas sobre la vereda; la más avergonzada luego era ella misma. La directora, entonces, esperó que el impala estacionara a contramano, cruzó la calle y se encaró con el tipo. El tipo no levantó la voz pero tampoco parecía asustado. Nadie pudo oír la conversación. Una lástima, la pelea prometía: ni la directora ni el tipo eran unos cualquieras y una pelea de esas siempre da para comentar.

Ganó la directora, dijeron al cabo de unos días. El impala despareció de la calle. ¿Cómo no iba a ganar? Si era directora, era por algo; a un cargo así no se llega de balde (según entendidos, era media hermana del ministro de la educación).

Pronóstico prematuro. Después de una semana de descanso, volvió el impala. El tipo se volvió más insolente, Gloria se puso más nerviosa. No era su culpa pero era. Las compañeras la miraban de otra forma. Sin comentarse el caso, llovían las insinuaciones malevas. Nadie quería meterse, nadie quería perderse un caso así. Entre las impertinencias del tipo y las de la escuela, Gloria terminó por quedarse en su casa.

Josefina, que siempre le había tenido simpatía, podía comprender. Todo el mundo entendía, pero la única que habló con la directora fue Josefina, para decirle que no era justo que una menor de diecisiete años tuviera que ser molestada así y había que llamar a la policía o a quien sea porque la alumna ya no pensaba más venir a la escuela por culpa de él, ¿no era responsabilidad de la institución proteger a las menores de situaciones así? La respuesta de la directora fue terminante. No. Nosotras no podemos hacer nada si la chiquilina busca, porque si no busca nadie no la va a molestar.

Entonces fue que Josefina habló con la asistente social largo y tendido. La asistente no supo qué decir; abuso de menores, desde luego, y detrás de eso había alguien; ni la directora se animaba a intervenir. Sentía lástima por la chica, sentía miedo por Josefina; no la quería ver metida en líos con esa gente capaz de cualquier cosa. ¿Y Gloria? Pobre... el tipo terminaría por meterla en el impala, por llevársela, por todo. O si no, Gloria podía quedar en la casa, cambiar de secundaria. ¿Pero por qué? ¿Por qué tenía que correrse ella, si no tenía la culpa? ¿Por qué se podía abusar descaradamente y sin que nadie se atreviera a decir ni hacer nada, salvo la señorita Josefina, que tampoco era nadie? Si ella intervenía demasiado, iba a sonar el teléfono de la directora un día y la directora la iba a llamar para decirle que estaba despedida de su puesto de maestra de la Escuela Normal sin indemnización ni preaviso y que mejor se callara porque o si no iba a ser todavía peor. Este era el futuro de la pobre Josefina; ella no podía hacer nada luego para ayudar a esa pobre chica que seguramente se iba a perder por culpa de todos, no de ella, ¿qué puede hacer una menor abandonada?

El escribano no estaba de acuerdo. Él conocía casos de chicas pobres como Gloria que se mantenían decentes. Una chica que se cuida nunca tiene ese tipo de problemas. El escribano conocía a las mujeres y también a los hombres; los hombres no se meten con las mujeres que no es dan ocasión. Si algo pasa, es porque dos son culpables. No hay inocencia que se descomponga de balde. Así que nuestra amiga la señorita González, decía, lo mejor que puede hacer es dejar que las cosas sean como tienen que ser; si la alumna Gloria se cuida, eso va a terminar bien. El escribano, un poco filósofo, agregó algunas consideraciones generales sobre la libertad a su dictamen sobre el caso.

Está bien, si debemos esperar que las cosas sean como son, nos quedamos sentados tranquilamente sin hacer nada. La intervención de la asistente provocó una discusión en serio. Era la reunión del día en que asumió la presidencia Alfonsín y el padre dijo: aquellos (quería decir los argentinos) ya se sacaron los militares de encima; vamos a ver cuándo hay novedades por aquí. Aquello fue a las cinco de la tarde; a las siete del día siguiente, ya estaba un conscrito a la puerta de la parroquia con la citación policial. El sacerdote fue a la comisaría para confirmar lo que sospechaba: allá se sabía todo lo que se decía en el grupo de reflexión parroquial. Todo. Incluso los comentarios sobre la situación de la profesora González, miembro de grupo, de quien se dijeron muchos disparates en opinión del comisario.

La citación no tuvo mayores consecuencias para el cura párroco; siendo sacerdote, no lo iban a tocar. En realidad, era una advertencia para los parroquianos, y así lo entendió perfectamente el cura, quien en la siguiente reunión del grupo pidió prudencia y menos actividad política (sabiendo que se lo repetirían al comisario). Hablando en privado con sus fieles, dijo cosas distintas pero sin llegar por eso a incitarlos a una acción política inútil (a pesar de lo que algunos comentaron). El hombre tenía buen sentido y a la propia Josefina González le había recomendado no exponerse a riesgos superiores a sus fuerzas, conociendo su carácter entusiasta pero inestable.

“¿Cree que se salva, padre?”, la voz del escribano lo devolvió al sanatorio y al atardecer oscuro.

No contestó. La herida era profunda y la paciente no tenía mayores fundamentos para luchar por la vida. Se muere, pensó, ¿de quién la culpa?

Las acusaciones son muy fáciles en momentos difíciles. Nadie (excepto Dios) podía predecir la desgracia de la profesora Josefina González.

En principio, ella hizo lo que tenía que hacer: ocuparse de la alumna. Cuando faltaba y faltaba después de tantos días, fue a la casa donde vivía Gloria con su tía. La tía le contó de mal humor que, un día, Gloria salió con su uniforme como todos los días; ni siquiera retiró su ropa pero nunca más volvió ni le dijo dónde estaba, le hizo avisar no más, con una vecina, que trabajaba como secretaria y ya ganaba suficiente para pagarse su departamento independiente pero mentira. Y eso es todo lo que pudo saber de la tía porque a la mujer no le importaba para nada la sobrina. Después, por casualidad, se enteró donde estaba. Fue en el patio, en el recreo; las alumnas hablaban entre ellas y la maestra pudo oír algo. Entonces se metió en la conversación y, aunque no quería contarle, terminaron por darle la nueva dirección de Gloria.

De la Normal, la maestra pasó a la casa de la vecina. Había vuelto muy tarde de las clases y llovía, pero apenas llegó fue hasta el patio del fondo para llamarla por encima de la murallita. La asistente casi estaba dormida pero la otra insistía en que era muy importante y tuvo que vestirse para recibirla en la puerta. (Era más rápido saltar la murallita pero el cuñado de Josefina no quería ese tipo de cosas en su casa.) Josefina estaba muy nerviosa y le contó hasta el último detalle. La asistente trató de convencerla: es peligroso ir hasta allá y, si es como me estás contando, ya no hay más caso. La señorita González se empecinaba: ella no la podía dejar a esa pobre chica, era su deber hablarle por lo menos para ver si la hacía volver a la Normal y terminar la secundaria. Parecía muy excitada, entre contenta y a punto de llorar. (Esa nerviosidad la conocía bien el cura: un día, la maestra estaba decidida a enfrentarse con cualquier dificultad; al otro día, parecía deprimidísima por una peleíta con su hermana, que no la trataba bien, es cierto, pero que tampoco le daba causa para tanta pena.)

Y así se separaron las dos y después llegó la señorita González a la casa del barrio Sajonia, grande y descuidada. Puertas y ventanas cerradas, nadie abría. El auto en el garaje, el impala colorado de chapa militar mostraba que la casa no estaba sola a pesar de los canteros vacíos y el pasto seco del jardín.

Días después volvió. Eran las nueve de la mañana y el impala colorado no estaba en el garaje. Las luces exteriores encendidas y nadie le contestó, como la primera vez, pero volvió a la tarde. Con el invierno, la oscuridad ya llegaba y se notaban las luces dentro de la casa. Nadie abrió. Cuando ya se retiraba, se le acercó una vecina. ¿Viene a buscar a su hija? No. ¿Pariente? No, una alumna de la Escuela Normal. Entonces no venga más, señora, por su bien; deje que cada una haga como quiera; usted ya hizo lo que podía hacer. Se fue sintiendo en las espaldas las miradas de los vecinos. Tuvo la mala idea de contarle a la directora, que la amenazó con una suspensión. Usted olvida a las cuarenta alumnas y se ocupa no más de una sola, que si quiere volver puede volver y si no quiere no vuelve, haga su trabajo.

Y alguna razón tenía. La ausencia de Gloria, la favorita de la maestra, se podía sentir en el quinto curso. Todas sabían y se preguntaban por qué; ni era la mejor alumna ni era nadie sino la que traía problemas y la maestra se pasaba pensando en ella, teniéndole paciencia, y a las que no faltaban nunca las castigaba de balde o les levantaba la voz cuando preguntaban algo que no entendían porque la maestra explicaba mal.

Una observación parecida le hizo la asistente social. Ella comprendía el sentimiento pero tampoco era cuestión de buscar lo imposible y olvidar las obligaciones de todos los días. El escribano, una vez, le dijo que se dejara de remedar al Buen Pastor dejando cien ovejas abandonadas y yendo detrás de una. Son noventa y nueve, replicó Josefina de mal modo, con una reacción muy rara en ella.

¿Qué podía pasarle? Cualquier maestra tiene alumnas desertoras, alumnas raboneras, alumnas descarriadas. Eso ocurre siempre; eso le ocurría cada año a la maestra González, que llevaba varios años ya de práctica. Pero de golpe se empecinaba en averiguar el paradero de una alumna cualquiera y peor que cualquiera y sin los justificativos que hallaba Josefina: la tía paterna no la quería porque le recordaba a la mujer que engañó a su hermano, a la madre de Gloria, y actuaba como si fuera cuestión de tiempo que la misma Gloria siguiera los pasos de la mamá. No. Ese tipo de pretextos nunca justifican la mala conducta ni tampoco la enfermedad de la maestra Josefina—una verdadera enfermedad su preocupación con esa alumna—.

Es que andaba muy nerviosa (explicaba la asistente social), siempre me decía que se sentía en deuda con el cuñado; yo que escuchaba los gritos sabía que más bien era al revés y le dije, traté de hacerle entender que vivía en la casa de ellos pero que pagaba de sobra su estadía y si la hermana trabajaba en el banco era porque podía tenerla de niñera y de criada. Josefina barría, repasaba, planchaba, se ocupaba de todo. Siempre la trataban como extraña, ni le permitían hablar por teléfono, el cuñado le contaba las llamadas y hasta quería meterse en su vida privada, que no tenía, pero se permitía preguntar con quién hablaba y por qué tanto y más de una vez tuvo que cortar su conversación conmigo. Todo el barrio escuchó la vez que el cuñado llegó de su trabajo y s puso a gritarle que le iban a echar a él de su trabajo si seguía diciendo ella macanas con el cura comunista ese. La trataban demasiado mal.

Eso también era un pretexto para el escribano. Él no admitía excusas. Problemas tenemos todos; el mérito está en resolverlos. Él había tratado de hacerle ver a la señorita González las cosas como eran. Ella había seguido con su manía de visitar la casa detestable de Sajonia. ¿Cuántas veces? Miles, según el barrio. Todo el mundo había visto a la mujer parada frente a la puerta esperar, tocar el timbre, golpear sin resultado. La puerta nunca se abría pero insistiendo se consigue lo que se quiere. O lo que no se quiere.

Una vez, cuando llegaba la señorita González frente a la casa, cuando se bajaba del taxi (raro, porque solía ir en ómnibus), vio bajar del impala colorado a Gloria.

“¿Qué quiere?”, preguntó el chofer de mala manera.

“Dejála, Amancio; señorita, pase por favor”.

“No puede pasar en la casa”.

Pudieron hablar unos minutos en la calle, siempre bajo la mirada inconfundible de Amancio. Era el mismo fulano de las esperas frente a la Normal; Josefina recordaba la mirada vidriosa. Chofer, alcahuete y pyragüé, la maestra volvió a verlo una semana después.

Fue un sábado por la mañana. Ella salía de la casa con el uniforme y la insignia de la Normal, no porque tenía clase sino porque aprovechaba el sábado para lavar y colgar la ropa linda. En la calle la esperaban dos hombres.

“Gloria quiere hablarle”, dijo Amancio.

Ella subió al auto confiadamente. ¿Qué tiene Gloria?, preguntó. El desconocido conducía sin hablar. Amancio no contestó. Ya demasiado tarde, al descender, ella se dio cuenta de que no debió haber subido al auto; debió haberse metido en su casa y trancado la puerta; los dos tipos no hubieran podido forzar aquella puerta sólida ni escalar la muralla alta de la fachada. Hubieran vuelto con refuerzos, desde luego, para rodear la casa y echar la puerta pero, para entonces, ella ya hubiera podido saltar la murallita baja de la vecina y llegar a la parroquia, donde el cura podía esconderla de la policía. Mala idea subir, confiada, al auto y dejarse llevar a la comisaría, pero el descubrimiento vino demasiado tarde, cuando ya el Amancio y el otro la sujetaban de los brazos y la resistencia resultaba inútil.

“¡Ah!, viene nuestra maestrita izquierdista”.

El comisario levantó la vista (escribía en el libro de guardia), se incorporó, avanzó hacia la maestra; le sujetó una mano mientras le sobaba el brazo, la cara, los cabellos.

“Señorita, aquí nos vas a dar clases a todos, como a tus alumnos. Vas a enseñarnos muchas cosas y nosotros también te vamos a enseñar. ¿Verdad conscrito?”.

El conscrito, un muchacho de diecisiete años, estaba más asustado que la maestra (ella, paralizada, no atinaba a retirar la mano del comisario de su cara). Era un campesino común y por primera vez veía algo semejante: una profesora de uniforme manoseada por un comisario también de uniforme y en la sala de guardia.

“Sí, mi comisario”.

Al conscrito le temblaban las piernas pero trató de sonreír cuando Amancio metió la mano en la blusa de la maestra. Eso no se atrevió a contar, meses después, ni siquiera bajo promesa de reserva, cuando dijo a los hombres de los derechos humanos que había visto a la maestra presa.

Otra información la dio Cristina, sindicalista y compañera de celda de Josefina González. Para Cristina, se trataba de una confusión con otra Josefina González, del partido comunista paraguayo, ¿por qué o si no hubieran metido presa a una persona sin actividades políticas? Cristina no creía que las reuniones del grupo de reflexión parroquial fueran causa suficiente para el apresamiento; Asunción estaba llena de esos grupos y no se los molestaba porque tenían la protección de la iglesia. Pero la versión más aceptada era otra: fue por haberse metido en los asuntos privados de alguien muy importante. ¿Stroessner? Podía ser, o cualquier otro del círculo, incluyendo un tal Perrier que, según el escribano, tenía un criadero de adolescentes en el barrio Sajonia. Alguien del gobierno, de cualquier manera, a quien disgustaron las investigaciones de la maestra sobre el paradero de la alumna.

Esas posibilidades se manejaban para explicar la desgracia de la señorita González, desgracia que, en el fondo, no tenía explicación. Había estado presa y maltratada, es cierto, pero muchas más pasaron por eso y por mucho peor. Había perdido su trabajo, es cierto, pero el grupo parroquial no la había abandonado y era cuestión de tiempo conseguirle uno nuevo y mejor. Con el nuevo trabajo, hubiera podido incluso alquilarse un departamento y liberarse de la hermana, del cuñado y de los sobrinos que se acordaban de ella para darle órdenes o quejarse o gritarle y convertirle la vida en una servidumbre insoportable. Apenas llegada de la Normal, donde tenía dos turnos, Josefina tenía que encargarse de los deberes de los sobrinos y sólo cuando terminaba las lecciones particulares podía dedicarse a corregir los deberes de las ochenta alumnas de sus dos turnos de la Normal. Eso todos los días, más las tareas propias de una criada y la persecución de la directora que terminó por despedirla. Mucho pero no demasiado cuando se tiene un grupo de referencia, cuando se tienen amigos, cuando se tiene ya concedido el empleo desaprovechado por su desesperada determinación.

Y tampoco tenía sentido echarle toda la culpa a Gloria, pobre infeliz, como acostumbraba la gente, indignada y con ganas de encontrar un culpable fácil. ¿Quién podía tirar la primera piedra si nadie se atrevió a protegerla en su momento? Por eso el sacerdote no aceptaba las murmuraciones contra la adolescente convertida en amante de Stroessner por haber sido considerada p... antes de serlo. Era su trabajo comprender, si bien aquello le creaba a veces problemas de conciencia, pues su deber también era juzgar. Pero no sabía juzgar a Gloria ni a la señorita González. Muy a su pesar, concedía a la maestra mal pagada, la solterona, la fea poca cosa, la violada en la comisaría, el derecho a cortarse las venas varias veces después de haberse llenado de barbitúricos.

El escribano, en el fondo, compartía el oculto parecer del cura. Él tampoco hubiera manifestado nunca lo que pensó a las siete de la tarde, cuando las luces del sanatorio se encendieron por fin y, en la puerta de la sala de la paciente González, apareció el médico gordo para referirse en términos banales a la muerta. Entonces, y a pesar de sí mismo, el escribano comprendió: la señorita González, por primera vez, había optado. 

Guido Rodríguez Alcalá

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