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El maestro, referente en el liderazgo comunitario |
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Teniendo
a la memoria histórica como referente y testigo, en torno al maestro han
girado los procesos organizativos comunitarios, en los cuales, a su vez,
ha descansado el escaso andar en el camino hacia el progreso y desarrollo
de muchas comunidades hondureñas, incipiente caminar que ha sido posible
gracias a las diversas acciones de gestión e incidencia política
encabezadas por los educadores de este país. Situados
en el anacrónico hoy, cuando atisbamos el pasado en busca de conocer y
reconocer el papel del maestro en el contexto local, nos encontramos que
en ese devenir histórico del ayer, el protagonismo del docente fue más
plausible, eran las personas que asesoraban a las organizaciones
comunitarias, acompañaban a sus vecinos en la búsqueda de resolver la
problemática que les aquejaba y ejercían un liderazgo pleno por sus
impecables características profesionales y humanas. La labor del educador
de aquellos años, que en la mayoría de los casos su formación
profesional era “empírica”, devengando un salario raquítico que no
siempre le saldaban en efectivo sino con especies como granos básicos,
gallinas, etc. y sin ningún tipo de derechos laborales, estaba
caracteriza por su empeño, compromiso y capacidad de entrega a los demás,
actitud esta, que compensaba -de manera quijotesca- sus debilidades académicas.
Actualmente –sin llegar a generalizar-, esa mística estampa del mentor
se difuminó convirtiéndose aceleradamente en un sugestivo recuerdo,
donde la labor docente no siempre trasciende las cuatro paredes del salón
de clases. Cuando revisamos con
detenimiento el Estatuto del Docente, particularmente en lo
correspondiente a su “Naturaleza, Fines y Objeto”, manifiesta que el
mismo “Tiene como
propósito dignificar el ejercicio del magisterio…asegurarle al pueblo
hondureño una educación de alta calidad (artículo 1)”, esto evidencia
un reconocimiento o aceptación de que el accionar magisterial ha perdido
su esencia, pero sobre todo, parte de su dignidad, enfatizando que al
mencionar la palabra dignificación, no solo signifique mejorar las
condiciones socioeconómicas de los educadores para con ello “dignificar
el magisterio”, sino que lleve implícito asumir el verdadero rol del
maestro y así, hacer referencia a una verdadera dignificación. Para
contextualizar esa realidad, vasta echar una ojeada a Santa Bárbara,
departamento este que como en el resto del país, más del 75% de la
población se encuentra por debajo de la línea de pobreza, agudizada por
los problemas de nutrición, salud, baja escolaridad y deterioro
ambiental. El análisis
por departamento muestra que los que presentan menores progresos en
desarrollo humano son aquellos sin acceso a las costas, de topografía
montañosa y fronterizos, lo que implica que el país continúa con un
patrón de desarrollo espacialmente inequitativo. Los
niveles de violencia se han agudizado en los últimos años como
consecuencia del desempleo, la desintegración familiar, la inestabilidad
en los precios del café y un súbito aumento del crimen organizado, que
en los departamentos fronterizos, como el nuestro, se da en mayor medida
constituyendo los corredores principales. En
este maltratado departamento, mas del 62% de los niños regresan a la
escuela hasta que han transcurrido los meses de la cosecha del café donde
algunos se ganan los uniformes y los útiles escolares, pero la gran mayoría
ni eso, puesto que muchas familias abonan o cancelan las deudas adquiridas
con sus patronos durante el año. Si
bien muchas escuelas tienen asistencia de niños y niñas se debe en gran
parte a la merienda escolar y a los recursos que –algunas veces- ponen a
disposición de las esuelas y de las comunidades las organizaciones no
gubernamentales mediante sus programas de acompañamiento, intervención y
prevención de dicha vulnerabilidad.
Frente
a ese desalentador cuadro, una de las únicas posibilidades que aún se
vislumbran es apostar por el mejoramiento de los niveles educativos de la
población, cuando hablo de ello, no me refiero exclusivamente al interior
de las aulas de clases, sino desde los diversos espacios comunitarios que
podamos convertir en plataformas de participación y compromiso por
modificar favorablemente esa realidad. Desde luego en esa panorámica, nos
encontramos frente a un reto de grandes proporciones, más aún, si
tomamos en consideración la diversa problemática estructural, entre la
cual podemos mencionar algunos: 1)- El soslayo por parte del Estado
hondureño como garante del derecho fundamental de todo hondureño de
accesar a una educación de calidad; 2)- Como consecuencia de esa primera
limitante, la cobertura educativa es insuficiente, la actitud ética de
algunos docentes es “mediocre” e irresponsable; 3)- El sistema
educativo, como una instancia supeditada a las bancadas políticas
partidistas tradicionales y, 4)- El sistema educativo nacional, carente de
un sistema riguroso y permanente de monitoreo y evaluación, libre de
politización y/o cualquier otro factor que atente contra la calidad de
ese servicio educativo. Frente a esa monstruosa “macroadversidad”, a veces consideramos que muy poco podemos hacer para cambiarla, pero el docente no debe olvidar que como agente de cambio puede transformar la vida de muchos niños y niñas, hondureños y hondureñas que puedan demandar y forjar una Honduras mejor, para ello, se requiere que su accionar trascienda sus compromisos meramente escolares vinculándose activamente a ese universo al cual se debe, llamado: Comunidad. |
[1] Alex Darío Rivera M: Educador y Promotor Cultural Santabarbarense, Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”, autor del libro de poesía Introspecciones Extintas. E mail: alexdesantabarbara@yahoo.com
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