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La deuda histórica de Europa con América |
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Me
apresté a revisar los correos electrónicos, como un hábito cotidiano,
antes de sentarme a trabajar en lo que desde el día anterior he
visualizado. Casi siempre, el abrir un mensaje depende de mi estado de ánimo
al leer el título, si no es un tema de interés en ese momento, lo
postergo o marco como leído, para otra ocasión, más bien, para otro
estado de ánimo. En esta ocasión, el titulo de uno de ellos anunciaba
“Deuda Externa”, me
pareció un tema trillado y tedioso. Pese a ello, lo abrí; la velocidad
del internet estaba más lenta que nunca, el archivo era grande y en
varias oportunidades intenté o pensé –no recuerdo- cancelar la
descarga. Cuando
abrió, apareció en la pantalla la imagen de un hermoso bordado peruano
con motivos indígenas, sobre él se podía leer: “12 de Octubre,
Redescubrir América sin negar el Viejo Continente”. Cuando comencé a
leerlo, entre una diapositiva y otra, las imágenes presentadas eran
espectaculares, obras de arte realizadas con motivos indígenas de
nuestros pueblos latinoamericanos, llenas de colorido, alegría y belleza,
como un fiel reflejo de esa lectura del mundo que aún guardamos muy
dentro de nosotros y que las circunstancias económicas, políticas,
sociales e ideológicas “extranjeras” generadas en nuestras tierras se
empeñan en borrarlas de nuestro ideario, de nuestra memoria histórica,
que aún sobrevive a pesar de todo. Las imágenes, fueron cediendo en
importancia cuando mis ojos pasaban sobre el contenido de la presentación
y mi cerebro las interpretaba vorazmente. El texto, hacía referencia a la
exposición del Cacique Guaicaipuro Cuatemoc (personaje ficticio) en
traducción simultánea ante más de un centenar de Jefes de Estado y
dignatarios de la Comunidad Europea el día 08 de febrero del año 2002
(escenario ficticio). Según
la persona que preparó la presentación, este modesto americano comenzó
su disertación enunciando: “Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatemoc he
venido a encontrar a los que celebran el encuentro. Aquí pues yo,
descendiente de los que poblaron la América hace 40 mil años, he venido
a encontrar a los que la encontraron hace solo 500 años. Aquí pues, nos
encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos
otra cosa.” Con agudeza, pero sin perder su ritmo emocional, que es el
mismo ritmo de la naturaleza que lo habita y habita, continuó: “El
hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder
descubrir a los que me descubrieron. El hermano usurero europeo me pide
pago de una deuda contraída por Judas, a quién nunca autoricé a
venderme. El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga
con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin
pedirles consentimiento. Yo lo voy descubriendo. También yo puedo
reclamar pagos y también puedo reclamar intereses.” La
crítica, se tornó caballeresca, heroica, sin perder la elegancia de un
agraviado conciente de su verdad y con un manejo irónico que solo oferta
la sabiduría, aseveró: “Consta en el Archivo de Indias, papel sobre
papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año
1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16
millones de kilos de plata provenientes de América. ¿Saqueo? ¡No lo
creyera yo! Porqué sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a
su séptimo mandamiento. ¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme
que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano! ¿Genocidio?
Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas,
que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a
ultrosos como Arturo Uslar Pietro (abogado, periodista, escritor,
productor de televisión y político venezolano), que afirma que el
arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a la
inundación de metales preciosos.” De
manera cadenciosa, con mesura, pero –a la vez- enfáticamente, reclamó
la deuda histórica de Europa con América, al manifestar: “¡No! Esos
185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser
considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América,
destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la
existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir
la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.
Yo, Guaicaipuro Cuatemoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas
hipótesis. Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el
inicio de un plan… para garantizar la reconstrucción de la bárbara
Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos
musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y
otros superiores de la civilización. Por eso, al celebrar el Quinto
Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos: ¿Han hecho los
hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo
de los fondos tan generosamente adelantados… por el Fondo Indoamericano
Internacional?” Y
sentencia con la convicción de la dignidad: “¡Deploramos decir que no!
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas
invencibles, en tercer reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro
destino que terminar ocupados... En lo financiero, han sido incapaces,
después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus
intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias
primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.
Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman, según
la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a
reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que,
tan generosamente hemos demorado todos estos siglos en cobrar. Al decir
esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a nuestros hermanos
europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de
interés, que los hermanos europeos les cobran a los pueblos del Tercer
Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos
adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado
solo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia. Sobre esta
base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a
los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de
185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la
potencia de 300. Es decir, un número para cuya expresión total, serían
necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del
planeta Tierra. Muy pesadas son esas moles de oro y plata. ¿Cuánto pesarían,
calculadas en sangre?” Creo escuchar sus palabras resonando en aquélla sala –aún resuenan- e imagino un sepulcral silencio invadiendo a los dignatarios europeos. Mientras tanto, cierro el correo electrónico con la certeza de que ese silencio, es el mismo que nuestra Latinoamérica ha escuchado durante más de 500 años, pero que a la voz de Guaicaipuro Cuatemoc, un personaje ficticio creado supuestamente por el escritor venezolano Luís Britto García, se une la nuestra, la de millones de hijos e hijas de esta hermosa tierra llamada por nuestros ancestros: Abya Yala. |
[1] Alex Darío Rivera M: Educador y Promotor Cultural Santabarbarense, Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”, autor del libro de poesía Introspecciones Extintas. E mail: alexdesantabarbara@yahoo.com
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