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El Derecho a la Educación y sus “perennes” desafíos |
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“No hay cambio, sin sueño; |
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Si
me cuestionarán en torno a designar el derecho “más significativo”
relacionado con la niñez, sin temor alguno mi respuesta fuese: ¡el
derecho a la educación! Aunque posteriormente me demande explicar el por
qué de tal aseveración, puesto que considero que con dicha alusión no
pretendo categorizar los derechos, sino más bien dimensionar ese derecho
en función de que la educación en su amplio universo de significados es
el único camino en el que el ser humano se convierte en ser social
construyéndose individualmente en lo colectivo y viceversa. La
educación es la ruta perfecta para la convivencia humana, para el vivir
en paz, no solo entre los humanos, sino con las diversas manifestaciones
vitales con las que compartimos esta casa común llamada tierra. La
educación nos posibilita el andar más corto y gratificante hacia nuestra
conversión en un ser social consciente, tolerante, crítico, coherente e
integralmente humano. El género Homo, desde que nace, es una posibilidad
abierta de realización en toda su dimensión integral, holística,
totalizadora. Lamentablemente,
pese a la trascendencia del derecho a la educación, continúa siendo para
muchos niños y niñas, hondureños y hondureñas, solo un sueño
inalcanzable, una visión que la realidad objetiva les niega y les oculta
bajo un manto de indiferencia social y política caracterizada por la
voracidad y corrupción de una pequeña oligarquía que se ha adueñado de
todo, incluso del presente y futuro de la niñez. En función de lo
anteriormente enunciado, los sistemas educativos continúan orientados al
sostén de las estructuras políticas, sociales y económicas dominantes,
alejándose cada vez más de ese ansiado sueño de generar transformación.
Han abandonado la utopía de contribuir en la construcción de sociedades
más justas, amorosas, serviciales y solidarias, al contrario, estimulan
la deshumanización en un sentido proporcional a que lo material se vuelve
prioritario, el ser humano se soslaya por la maquina en las ansias de la
rentabilidad económica, invisibiliza a enormes sectores poblacionales
sumidos en la miseria y la marginalidad, una educación que como la lógica
que rige el planeta, individualiza, fomenta la mezquindad hacia el otro y,
el consumo y la gula en el “yo”.
Siempre
se nos informa acerca de los adelantos en la cobertura y calidad
educativa, pero la realidad a veces nos ofrece otra lectura totalmente disímil
de las estadísticas, esto nos obliga a plantearnos la siguiente
interrogante: ¿Qué papel debe jugar la educación en una realidad
contextual como la de América Latina donde mueren más de cien niños y
niñas cada hora, por enfermedades curables o relacionadas con el hambre?
¿Cuál es el desafío educativo ha plantearse en un sistema que posee una
enorme industria productora de pobres y miserables, de ciudadanos
“desechados”, obsoletos? Según
un informe del año 2004, el sistema educativo hondureño era el más
atrasado del Centro América, realidad que suponemos no ha cambiado, pues
para ese año, apenas 32 de cada 100 estudiantes (32%) lograban finalizar
su primaria sin repetir grados (Naciones Unidas). Es más, el 51% de los
matriculados finaliza la educación primaria con un promedio de 9,4 años
y los niveles de deserción escolar cada vez son más elevados. Quizás el
más crítico de los problemas es que el sistema educacional básico sólo
cubre el 86,5% de quienes están en edad escolar, mientras el 13,5%
restante no puede acceder a la enseñanza (PNUD). Según cifras de ese mismo año (2004), el analfabetismo afectaba a más de medio millón de hondureños/as, es decir, casi el equivalente de toda la población mayor de 15 y menor de 40 años. Esta realidad, se agudiza ante la misérrima cantidad de recursos públicos invertidos por parte del Estado en su faceta de subsidiario del área educativa, de igual manera, la inequitativa propuesta educacional carente de cantidad y calidad; esto ofrece un panorama desalentador, con pocas esperanzas para los hondureños y hondureñas que nacidos en esta bondadosa heredad, merecemos vivir en mejores condiciones de vida. Esto no invita a dejar desfallecer nuestras utopías, paradójicamente, a este agreste panorama debemos arrebatarle la posibilidad de soñar, ese deleite no debemos brindárselo y guardar esas quimeras para nosotros, compartir esos delirios con otros y otras que convencidos del contenido de libertad que habita en su esencia, seguimos caminando, tomados de nuestras manos, compartiendo el solidario contenido de nuestras alforjas y con la certeza de que un mundo más justo, ¡sigue siendo posible! |
[1] Alex Darío Rivera M: Educador y Promotor Cultural Santabarbarense, Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”, autor del libro de poesía Introspecciones Extintas. E mail: alexdesantabarbara@yahoo.com
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