Cuando la muerte nos guiña el ojo, por gritar Patria
Alex Darío Rivera M.[1]

Aquel día lunes 25 de agosto en el que Honduras firmo su adhesión a la Alternativa Bolivariana de las Américas, yo estaba en Santa Bárbara siguiendo el acontecimiento por la televisión. No quería perderme la concreción de un significativo acto como ese aunque fuese de telespectador a doscientos cincuenta kilómetros de distancia del lugar donde se estaba firmando. Me había impresionado la actitud de la oligarquía nacional que se manifestaba insatisfecha porque nuestro país estaba oficializando un proyecto de solidaridad con otros pueblos hermanos de la América Latina con los cuales compartimos una historia de más de quinientos años de genocidio, intervención, dominación y despojo de nuestra riqueza natural y cultural. Las familias acaudaladas, los monopolios empresariales, la clase politiquera, la jerarquía religiosa y los medios de comunicación comenzaban a sentir que se laceraban sus bases de poder, de dominación, de usurpación y de especulación en la que históricamente se han movido acrecentando sus enormes fortunas que contradictoriamente ha significado la pobreza y miseria del ochenta por ciento de la población nacional. Los mayorales del pueblo hondureño, que nunca han alzado sus voces para cuestionar la permanente intervención estadounidense en este país, en ese momento activaron su “patriotismo” al cuestionar las palabras del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez que criticaba la actitud de los que él denominó “pitiyanquis”, la clase servil que desde siempre se ha lucrado de esa relación de dominador-dominado y que les ha permitido vivir como los capataces de ésta que han convertido en su hacienda y que nos corresponde a nosotros convertir en un verdadero país.

Recuerdo aquella mañana que entre los miembros que estaban sentados en la tribuna que se había preparado para los Presidentes, Jefes de Estado e invitados especiales de los países fraternos, en esa transmisión televisiva reconocí a mi profesor universitario de sociología, viejo amigo que cuando estudiante me alentó a escribir y reconoció mi ímpetu para cuestionar la injusticia sociedad y el modelo democrático controlado que se nos ha vendido; en ese momento, percibí que en el preciso instante que el Presidente de la República de Honduras Manuel Zelaya Rosales concluía su discurso y pasaba frente a mi profesor, se saludaban e intercambiaban palabras, mismas que sellaron con un apretón de brazos dibujando una sonrisa que despertó mi curiosidad. Cogí el teléfono, marqué el número de móvil del mentor y junto a la imagen del aparato receptor que mostraba a mi maestro contestando su teléfono, escuche su voz grave: “ajá patepluma, ahora estamos siendo testigos de la firma de un pacto de esperanza”. Ambos habíamos criticado los primeros años del gobierno Melista, nuestras posturas radicales no nos habían permitido reconocer el embrión que retoñaba cargado de certezas, esperanzas de aspirar a una evolución democrática; sin ahondar en detalles pregunté: ¿De qué se reían con Mel? Mi maestro carcajeó nuevamente y prosiguió: “Le pregunté que hasta dónde llegaría con esto” y sabes Alex lo que me contestó: “Hasta que esta sociedad sea más justa, Patria o Muerte hermano”.

Ayer, veía las imágenes del Presidente Constitucional de Honduras pisando nuevamente nuestro territorio, el suelo que lo vio nacer y al cual pertenece, lo hacía ante la permanente amenaza a su vida y de la de aquellos que hemos comenzado a recorrer calles y carreteras, cerros y ríos demandando el respeto a nuestra soberanía popular y defendiendo nuestra voluntad de deslegitimar el gobierno de facto que ante dicha resistencia golpea, asesina, intimida e intenta desinformar a nuestra sociedad y a los demás países del hemisferio. En ese histórico momento en que nuestro Presidente levantó sus manos sosteniendo las cadenas de la frontera imaginaria “que nos separan” con nuestro hermano pueblo nicaragüense, pensé en las otras cadenas que necesitamos seguir rompiendo, las de la opresión, la pobreza, la injusticia, el analfabetismo, la indiferencia, la delincuencia y la corrupción, por eso necesitamos construir un nuevo modelo de democracia en el que los marginados seamos sujetos de la acción política y no solo estadísticas, eso precisamente, es el temor de todos aquellos actores que se esconden atrás del cruento golpe de Estado del 28 de junio. Viendo en retrospectiva y recordando aquellos instantes vistos en la televisión en aquel recordado día, nunca sabré si por la cabeza del Presidente Mel Zelaya se cruzó la extensión de la última frase que enunció en aquel encuentro con mi amigo: “Patria o muerte hermano”, pero la convicción que ahora tenemos es que ese enunciado continúa recogiendo una profundidad y vigencia pasmosa en estos momentos en que los usurpadores del poder atentan contra la vida de aquellos que gritamos justicia, participación y esperanza, pero ante todo: Patria. En estos mismos momentos, continúo esperando el regreso de Mel y con él, el retorno del anhelo, de la posibilidad de un modelo de sociedad más justo y equitativo, como también, espero algún día preguntarle personalmente qué ha cambiado en el significado de aquella frase “Patria o muerte hermano”, cuando esa tal muerte, nos ha guiñado el ojo por demandar Patria.

[1] Alex Darío Rivera M: Educador y Promotor Cultural Santabarbarense, Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional “Francisco Morazán”, autor del libro de poesía Introspecciones Extintas. E mail: alexdesantabarbara@yahoo.com 

Ir a índice de América

Ir a índice de Rivera M., Alex Darío

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio