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Aquel
día lunes 25 de agosto en el que Honduras firmo su adhesión a la
Alternativa Bolivariana de las Américas, yo estaba en Santa Bárbara
siguiendo el acontecimiento por la televisión. No quería perderme la
concreción de un significativo acto como ese aunque fuese de
telespectador a doscientos cincuenta kilómetros de distancia del lugar
donde se estaba firmando. Me había impresionado la actitud de la oligarquía
nacional que se manifestaba insatisfecha porque nuestro país estaba
oficializando un proyecto de solidaridad con otros pueblos hermanos de la
América Latina con los cuales compartimos una historia de más de
quinientos años de genocidio, intervención, dominación y despojo de
nuestra riqueza natural y cultural. Las familias acaudaladas, los
monopolios empresariales, la clase politiquera, la jerarquía religiosa y
los medios de comunicación comenzaban a sentir que se laceraban sus bases
de poder, de dominación, de usurpación y de especulación en la que históricamente
se han movido acrecentando sus enormes fortunas que contradictoriamente ha
significado la pobreza y miseria del ochenta por ciento de la población
nacional. Los mayorales del pueblo hondureño, que nunca han alzado sus
voces para cuestionar la permanente intervención estadounidense en este
país, en ese momento activaron su “patriotismo” al cuestionar las
palabras del Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez
que criticaba la actitud de los que él denominó “pitiyanquis”, la
clase servil que desde siempre se ha lucrado de esa relación de
dominador-dominado y que les ha permitido vivir como los capataces de ésta
que han convertido en su hacienda y que nos corresponde a nosotros
convertir en un verdadero país.
Recuerdo aquella mañana que entre los miembros que estaban sentados en la
tribuna que se había preparado para los Presidentes, Jefes de Estado e
invitados especiales de los países fraternos, en esa transmisión
televisiva reconocí a mi profesor universitario de sociología, viejo
amigo que cuando estudiante me alentó a escribir y reconoció mi ímpetu
para cuestionar la injusticia sociedad y el modelo democrático controlado
que se nos ha vendido; en ese momento, percibí que en el preciso instante
que el Presidente de la República de Honduras Manuel Zelaya Rosales
concluía su discurso y pasaba frente a mi profesor, se saludaban e
intercambiaban palabras, mismas que sellaron con un apretón de brazos
dibujando una sonrisa que despertó mi curiosidad. Cogí el teléfono,
marqué el número de móvil del mentor y junto a la imagen del aparato
receptor que mostraba a mi maestro contestando su teléfono, escuche su
voz grave: “ajá patepluma, ahora estamos siendo testigos de la firma de
un pacto de esperanza”. Ambos habíamos criticado los primeros años del
gobierno Melista, nuestras posturas radicales no nos habían permitido
reconocer el embrión que retoñaba cargado de certezas, esperanzas de
aspirar a una evolución democrática; sin ahondar en detalles pregunté:
¿De qué se reían con Mel? Mi maestro carcajeó nuevamente y prosiguió:
“Le pregunté que hasta dónde llegaría con esto” y sabes Alex lo que
me contestó: “Hasta que esta sociedad sea más justa, Patria o Muerte
hermano”.
Ayer, veía las imágenes del Presidente Constitucional de Honduras
pisando nuevamente nuestro territorio, el suelo que lo vio nacer y al cual
pertenece, lo hacía ante la permanente amenaza a su vida y de la de
aquellos que hemos comenzado a recorrer calles y carreteras, cerros y ríos
demandando el respeto a nuestra soberanía popular y defendiendo nuestra
voluntad de deslegitimar el gobierno de facto que ante dicha resistencia
golpea, asesina, intimida e intenta desinformar a nuestra sociedad y a los
demás países del hemisferio. En ese histórico momento en que nuestro
Presidente levantó sus manos sosteniendo las cadenas de la frontera
imaginaria “que nos separan” con nuestro hermano pueblo nicaragüense,
pensé en las otras cadenas que necesitamos seguir rompiendo, las de la
opresión, la pobreza, la injusticia, el analfabetismo, la indiferencia,
la delincuencia y la corrupción, por eso necesitamos construir un nuevo
modelo de democracia en el que los marginados seamos sujetos de la acción
política y no solo estadísticas, eso precisamente, es el temor de todos
aquellos actores que se esconden atrás del cruento golpe de Estado del 28
de junio. Viendo en retrospectiva y recordando aquellos instantes vistos
en la televisión en aquel recordado día, nunca sabré si por la cabeza
del Presidente Mel Zelaya se cruzó la extensión de la última frase que
enunció en aquel encuentro con mi amigo: “Patria o muerte hermano”,
pero la convicción que ahora tenemos es que ese enunciado continúa
recogiendo una profundidad y vigencia pasmosa en estos momentos en que los
usurpadores del poder atentan contra la vida de aquellos que gritamos
justicia, participación y esperanza, pero ante todo: Patria. En estos
mismos momentos, continúo esperando el regreso de Mel y con él, el
retorno del anhelo, de la posibilidad de un modelo de sociedad más justo
y equitativo, como también, espero algún día preguntarle personalmente
qué ha cambiado en el significado de aquella frase “Patria o muerte
hermano”, cuando esa tal muerte, nos ha guiñado el ojo por demandar
Patria. |