Una cita con el amor y la muerte

(Sobre el poema “Pareja humana” de Gonzalo Rojas)

ensayo de Vladimiro Rivas Iturralde

Vladimiro Rivas Iturralde es un escritor, narrador, ensayista y catedrático universitario ecuatoriano-mexicano

 

Obra sin título de Eduardo Vernazza (Uruguay) [4]

Imagen gentileza de

http://eduardovernazza.blogspot.com.uy/

 

                           Pareja humana

Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado

cuando piel y vértebras, olfato y frenesí tristemente tiritan

en su blancura última, dos pétalos de nieve

y lava, dos espléndidos cuerpos deseosos

y cautelosos, asustados por el asombro, ligeramente heridos

en la luz sanguinaria de los desnudos:

un volcán

que empieza lentamente a hundirse.

 

Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas

encendidas por el hambre de no morir, así la muerte:

la eternidad así del beso, el instante

concupiscente, la puerta de los locos,

así el así de todo después del paraíso:

—Dios,

ábrenos de una vez.

                                 Gonzalo Rojas, Del relámpago, México, FCE, 1981

 

Diré lo que he pensado y sentido a propósito del poema “Pareja humana” de Gonzalo Rojas. Lo he tomado de su libro Del relámpago, que comprende una parte apreciable de sus cuatro libros anteriores: La

miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977) y Trastierro (1979).

 

Nacido en 1917 en Lebu, pueblo minero de Chile, al que evocará en algunos poemas, Rojas formó parte del grupo de la revista Mandrágora (1938-1941), versión chilena del surrealismo, del que se separó muy pronto.

 

Del relámpago consta de tres partes. La primera, “Para órgano”, se refiere básicamente a los orígenes míticos de la escritura poética, al contraste y relación dialéctica entre la palabra poética y el silencio; la segunda, “Las hermosas”, celebra la epifanía del encuentro de los cuerpos, canta a la mujer con un erotismo a veces violento; la tercera parte, “Torreón del renegado”, está dedicada a evocar la tierra —el paisaje chileno, su natal Lebu—, a sus ancestros y a sus mayores literarios: Huidobro, Neruda, Gabriela Mistral. “Pareja humana” es el poema que cierra la sección “Las hermosas”.

 

La poesía erótica es una novedad en nuestra lengua aun a principios del siglo XX. Tres vertientes han predominado: la idealización del amado en un ser incorpóreo y fabricado con una retórica gastada, por un lado; el erotismo contenido, pudoroso, que no se atreve a decir su nombre, a lo Ramón López Velarde, por otro; y, en fin, como escribía Cortázar, “una coprología de prosapia quevediana”[1].Ha faltado esa interdependencia que Paz ha señalado entre poesía y erotismo: “Poesía y erotismo nacen de los sentidos pero no terminan en ellos. Al desplegarse, inventan configuraciones imaginarias: poemas y ceremonias”[2]. Posterior a la de Darío, Tablada y Rebolledo, contemporánea a la de Aleixandre y Salinas, la poesía chilena, con Pablo Neruda al frente, contribuyó de manera fundamental en la evolución de la poesía erótica de lengua hispana, haciéndola más camal y más viva. Trece años menor que Neruda destaca, en una país de poetas, el que ahora me ocupa, Gonzalo Rojas, quien teniendo como residencia natural la oscuridad (en la medida en que es un poeta hermético y nocturno) es dueño de una gran capacidad de expansión vital y verbal.

 

“Pareja humana” es una elegía, un bello poema a la pareja original en el momento de su caída. Sólo que esa caída no es histórica sino mítica. Adán y Eva caen todos los días por el amor y por la pérdida del amor, y todos los hombres somos Adán y Eva. Estamos condenados a caer:

 

Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado,

 

verso memorable que inaugura el poema y que justificaría él solo un ensayo entero. Los dos sustantivos iniciales, por ejemplo, están emparentados, no sólo por la asonancia sino por el sentido, es decir, por la idea de que la pareja humana conforma un solo cuerpo (una flor, un lirio, cuyo destino es vivir y ser efímero) que cae, segado por el común orgasmo. Y en los versos siguientes, cuánta ternura en esas palabras que describen a la criatura humana asustada por el asombro de encontrarse en el amor con otra criatura y no saber lo que le pasa: asustada porque el amor nos desnuda. Como la pareja original, sigue el poeta, “ligeramente heridos/en la luz sanguinaria de los desnudos”.

 

Qué entrañable es esta visión del amor humano, esta revelación del amor humano, esta revelación de la inocencia perdida —que es una manera de saberse distinto ya del otro, desnudo el uno del otro, y buscar amparo en el abrazo.

 

Gonzalo Rojas aprendió muy bien la lección de Huidobro: en vez de describir la rosa, hacerla crecer en el poema. Pero es nada más un creacionismo implicado, no afiliado. Línea tras línea, palabra por palabra, este poema cristaliza la idea que lo rige: la caída de la pareja humana y su cita con la muerte. Si el erotismo posee una doble faz, fascinación ante la vida y ante la muerte, este poema recrea esa dualidad en sus dos palabras iniciales: “Hartazgo y orgasmo”, ambos satisfacciones del deseo, ambos pequeñas muertes. Y no es fortuito que los elementos enumerados a continuación se den siempre en pares, circunstancia que fortalece interiormente la idea, el título mismo del poema: “Hartazgo y orgasmo”, “piel y vértebras”, “olfato y frenesí”, “dos pétalos de nieve y lava”, “dos espléndidos cuerpos deseosos y cautelosos”, “asustados por el asombro, ligeramente heridos”. O, en fin, la imagen del volcán, cuyos dos lados se elevan, piramidales, y concurren en un centro: el cráter. Hartazgo y orgasmo son dos formas de morir, como sucumbe “un volcán que empieza lentamente a hundirse”, imagen poderosa que cierra la primera de las dos partes del poema.

 

He mencionado líneas arriba el término “dualismo”, mucho más comprometedor, a todas luces, que la enumeración aparentemente caprichosa o accidental de pares contrapuestos, cuya existencia en el poema podría justificarse, en el mejor de los casos, por una exigencia rítmica. De hecho, esta enumeración en pares le infunde al poema un peculiar ritmo de vaivén, cuyo sentido explicaré más adelante. Pero hay más que eso: el dualismo, en efecto, nos compromete con una cosmovisión (que es una poética) de las dualidades. Cada elemento enumerado aparece junto a otro que no es necesariamente su contrario. Sin embargo, nombrados así, en bloque, aparecen como representaciones del cuerpo masculino y el cuerpo femenino trabados por la “y” copulativa que busca desaparecer, hasta que en efecto desaparece. Esta cosmovisión es también una gnoseología: las nociones de sujeto y objeto están en juego, el sujeto que ama y el objeto que es amado; es más, surge la pregunta: qué se ama cuando se ama. Pero veámoslo en el poema.

 

En los extremos de la primera parte del poema contrastan dos imágenes: al principio, una sencilla y delicada: los pétalos del lirio tronchado; al final, una majestuosa y alucinante: el volcán que se hunde lentamente. Pero no llegamos tan inadvertidos a esta imagen telúrica que se arraiga en la geografía volcánica de Chile, puesto que hemos sido anunciados ya por las referencias a la blancura de la nieve, la mención de la lava.

 

La segunda parte arranca de la imagen del volcán. Establece una comparación entre dos hundimientos: el del volcán con sus venas de lava incandescente, y el del amor, con sus venas “encendidas por el hambre de no morir”. La muerte está también ahí donde reside el amor, el amor se cita con la muerte, se hermana con ella porque es preciso que la pareja humana caiga “como un lirio tronchado”. Inspirado en el quevediano pensamiento, escribe Rojas que el amor es sed de inmortalidad:

 

Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas encendidas

por el hambre de no morir, así la muerte:

 

Esta hermandad (así el amor, así la muerte) abre la puerta a una enumeración de sinónimos de la efímera eternidad del encuentro amoroso, la pequeña muerte; “la eternidad así del beso, el instante concupiscente, la puerta de los locos^así el así de todo después del paraíso:”, al momento en que se borran las fronteras y vida y muerte se confunden. Alguien exclama al final

 

—Dios,

ábrenos de una vez

 

Esta llamada de los locos, los locos de amor a las puertas del cielo, estos dos versos finales, proclaman la esencia del erotismo: un disparo hacia el más allá, un más allá que es un regreso al edén perdido. Dios, ábrenos de una vez, imploran los locos de amor, los heridos por el amor: por qué nos tienes sometidos a este vaivén entre la completud y la herida que nos hace reclamar al otro que nos completa. Dios, ábrenos de una vez, es decir, también, no dejes que nos cerremos, ahora que nos hemos abierto, ahora que hemos perdido la inocencia. Dios, ábrenos de una vez, en fin, extático pedido de muerte: si el orgasmo es una pequeña muerte, desde el punto de vista biológico el cese de todo estímulo, estamos en las puertas del Nirvana. Muerte, porque tenemos sensación de completud psíquica, pues ya no hay deseo. Es el momento de la negación de la herida. La conclusión del poema ofrece esta doble faz: deseo a la vez de ser heridos (abiertos) por el amor y de ser curados (cerrados): apetencia de amor y de muerte.

 

Desde el punto de vista lógico, toda la primera parte se plantea como una ecuación en el sentido estricto, matemático, del término, es decir, como una relación condicional: “Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado”. La circunstancia es “cuando piel y vértebras, olfato y frenesí tristemente tiritan/en su blancura última...” El verbo que rige a todas las enumeraciones que siguen es siempre el verbo ser del primer verso: “(son) dos pétalos de nieve/y lava, (son) dos espléndidos cuerpos deseosos/y cautelosos...”, etcétera. El verbo ser sirve para establecer las equivalencias y ecuaciones y salvaguardar el principio de identidad. Sin embargo, a medida que avanzamos en la lectura, observamos que el verbo ser se va afantasmando: “Hartazgo y orgasmo” ya no pueden equivaler en la enumeración a “dos espléndidos cuerpos deseosos/y cautelosos...”, etcétera. Menos aún pueden ser iguales a la conclusión: “un volcán/que empieza lentamente a hundirse”. El verbo ser se ha ido diluyendo lentamente para ser sustituido en sucesivos anacolutos por verbos no nombrados, acaso inexistentes y sin duda innecesarios. ¿Qué ha sucedido? La lógica ha sido bombardeada desde el interior del lenguaje por la poesía. Si el amor es una subversión, la poesía también lo es.

 

No menos sorprendente es la segunda estrofa, donde el comparativo “así”, que se realiza como tal en los versos 9 y 10: “así el amor..., así la muerte”, sufre posteriormente una serie de metamorfosis poéticas para cumplir una función musical y ritual en su repetición: “La eternidad así del beso ”, y ese extremadamente audaz “así el así de todo después del paraíso”. Con libertad soberana, el poeta ha dado a la poesía la función esencial que Heidegger le atribula: instaurar la palabra en la palabra[3].

 

El poema “Pareja humana” da cuenta, no sólo de la naturaleza irrepresentable del amor, sino también de la poesía como síntoma de la insuficiencia de los signos. La naturaleza del amor es irrepresentable porque no se satisface a sí misma sino que constituye una búsqueda, una agresión, un deslumbramiento (el volcán que se hunde lentamente), una “máquina de placer”, un “encanto portentoso” y una cita con la muerte.

 

Si el amor es búsqueda incesante, los nombres son meras convenciones o, lo que es más probable, las cosas son innominables, ya que ningún nombre puede corresponder a cosa alguna, la cual no es propiamente cosa sino flujo perpetuo, metamorfosis. Luego no se puede en sentido estricto hablar, sino señalar con el dedo, y aun esto dudosamente.

 

Por ello el poeta, todo poeta verdadero, quiere alcanzar el silencio que hay detrás del lenguaje, el silencio en el seno del lenguaje. Por ello en poesía la mejor manera de significar algo es poniendo al silencio como interlocutor de la palabra, esto es, constituyendo un ritmo. No entraré al análisis del ritmo de este poema, que me parece prodigioso, elegiaco dentro de su estructura de verso libre y normalmente extenso, y sólo recordaré el sentido de las enumeraciones y las aliteraciones: provocar ese ritmo de vaivén que tan eficazmente revela ese otro vaivén en el corazón humano. Las palabras se gastan, y el poeta debe rejuvenecerlas. Minero y explorador de la lengua, Gonzalo Rojas supo poner en diálogo al silencio y la palabra y lograr por ello una intensidad poética del que ‘Tareja humana” es muestra ejemplar.

México, DJF., 2 de julio de 1994

 

Notas:

 

[1]  Julio Cortázar, Último round, México, Siglo XXI, 1969, p. 141.

 

[2]  Octavio Paz, La llama doble, México, Seix Barral, 1994, p. 12.

 

[3] Martin Heidegger, Arte y poesía, trad. de Samuel Ramos, México, Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 137

 

[4] Ver, en Letras Uruguay: El arte cinético de Eduardo Vernazza (artista en movimiento y conmovedor), por Nathalie Roelens Profesora de Teoría de la Literatura Francesa y Francófona -    Universidad de Luxemburgo

 

por Vladimiro Rivas Iturralde
Originalmente en la Revista "Tema y variaciones de literatura" Nº 4 - Marzo de 1995

Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Azcapotzalco http://zaloamati.azc.uam.mx/  (México)

División de Ciencias Sociales y Humanidades

Link del texto: http://zaloamati.azc.uam.mx/handle/11191/1347

 

Gonzalo Rojas en Letras Uruguay

 

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