GC
Tomás V. Richards

Ahora soy un ser impasible, casi un muerto en vida, pero una vez, hace ya tiempo, antes de la dormición, se apoderó de mí un impulso irrefrenable al que obedecí sin chistar. Todavía, en mis noches cubiertas de soledad, recuerdo bien ese incidente; a veces con nostalgia, otras con extrañeza. Pero lo recuerdo bien: sucedió un día cualquiera de primavera: yo estaba echado en la alfombra después de una comida pesada, semidormido al rayo del sol, cuando de golpe, desde bien adentro de mí –pero también desde bien afuera, lejos-, sentí como un grito, como una llamada o un pedido imposible de ser traducido a ninguna lengua humana, pero que yo entendí perfectamente. O mejor dicho: que mi cuerpo entendió perfectamente, y con autonomía, porque lo que es mi mente, todavía hoy se cuestiona acerca de todo eso. Para explicarlo de alguna manera podría decirse que se trató de un llamado de la naturaleza, de la mía propia y de la exterior a mí también, como cuando más de chico, no mucho después de haber abierto los ojos por completo, sentí esa necesidad ardiente de frotarme la entrepierna con los almohadones del living y con las pantuflas de Nora. Sí, estoy seguro. No dudo en calificar aquello como un llamado de la naturaleza: de golpe –juro que fue de golpe- me asaltó la necesidad, el deseo, de pastos y tierras que no conocía, de transpiración, de correr y correr por la selva o por el bosque –no sé cuál bosque, no sé cuál selva, jamás salí de esta ciudad- durante días y noches. Así que obedecí, sin pensarlo, poniéndome en movimiento, primero las orejas (!), después la cabeza y las extremidades, finalmente todo mi ser. Salí por la ventana abierta del balcón y me encaramé en la baranda. Volteé para mirar y alcancé a ver a Nora, que se levantaba del sofá mirándome con el seño fruncido y diciéndome <<¿Qué pasa, bebé?>>. No le contesté. Siguiendo mi olfato (inusitadamente vivo) salté hasta la cornisa de la casa de al lado y de ahí pasé al techo lleno de luz. En ese instante olvidé a Nora y todo lo suyo: olvidé su comida, su alfombra tibia y hasta su inamovible sesión de ópera de los sábados a la tarde. Lo que siguió luego es lo que yo llamo “mi viaje”. “Mi viaje” es uno de los hitos de mi para nada heroica vida. Los otros dos son mi nacimiento y la dormición. Mi viaje consistió en una semana de desenfreno alegre, de derroche de energía, aventura y miedo, al cabo del cual mi pelo estaba absolutamente sucio y duro, mis uñas gastadas y mi lomo tenía una herida infecciosa de la que salía pus a chorros y en la que había un extraño parásito que no lograba sacarme ni con los dientes más filosos. Creo que ya dije que las imágenes y escenas que recuerdo de esto me parecen todas ajenas y que, además, mi cabeza las desordena: a veces las dispongo en un orden determinado, que supongo el adecuado, otras veces el orden es del todo diferente y también lo considero el correcto al momento de hacerlo: trampas de mi memoria averiada, que no me producen mayores inquietudes, aunque tampoco me ayudan a comprender. De todas formas, las imágenes valen; constituyen mi experiencia, en definitiva. Hay algunas repetidas de caídas y corridas por techos interminables. Otras son más vívidas e individualizables, como la de la noche en que perseguí, alcancé y aferré con las uñas a esa gatita, tan de su casa pero tan alzada, y la tuve y fue mía y yo me perdí en ella mientras gritaba como posesa y yo le clavaba bien las uñas para que no pudiera soltarse antes de tiempo, antes de mi tiempo. O como cuando por fin, después de días sin comer, algo se activó adentro mío y conocí el gusto de matar para vivir. Es inolvidable la sensación esa de la sangre ajena chorreando tibia por la propia boca, las plumas más ligeras todavía flotando por el aire, la ansiedad del hambre pegando patadas de hierro en el estómago. Esa fue la primera paloma que cacé. Después vinieron más, y también ratas y víctimas de otros, por las que la lucha no fue menos cruenta. Estaba en un viaje hacia lo más profundo de mi instinto. Yo volvía a ser felino, si es que no lo había sido toda la vida, sin saberlo. Mis músculos habían cambiado; sus fibras, sus nervios, se habían vuelto más fuertes, más eléctricos. Mis sentidos estaban más despiertos y podía oler a un ratón o a una hembra en celo a cuadras de distancia. La pereza, característica en mí hasta entonces, se había desvanecido junto con el recuerdo de las comodidades del departamento de Nora, y no tenía la necesidad de descansar más que cuando estaba agotado. A decir verdad, fui feliz: volví a ser felino: algo en mí había renacido y, como mis ancestros egipcios, cuya sangre hoy se momifica en mis venas, me sentía rey. Pero un día –una madrugada- todo eso cambió. Inexplicablemente, y tan de golpe como había sentido la llamada que me impulsó a viajar, me sentí desamparado y a la intemperie. No era, claro, el miedo que había venido sintiendo por tener que pasar noches alerta o por tener que enfrentarme con otros más fuertes. No. Esta nueva sensación carecía por completo de adrenalina y era insoportable. Era alguna especie de angustia, diría. Así que, sin pensarlo, como antes, obedecí y me puse en camino. Algo de mi instinto debía quedar en pie porque, si bien caminé muchas, muchísimas cuadras hasta el departamento de Nora, mi olfato no se equivocó ni una sola vez al guiarme. Cuando llegué era de mañana, temprano. Trepé por la casa de al lado y salté dentro del balcón. La ventana estaba abierta y casi en el instante en que me metí en el living, apareció en el pasillo Nora, la querida Nora, en bata y pantuflas diciéndome, como siempre, <<Bebé, bebito, bebito>>. Me dejé levantar, estrujar y acariciar, como correspondía, y mientras eso pasaba sentí otra vez todos los olores conocidos y volvieron a mí los viejos recuerdos: la alfombra tibia, la comida, la ópera. Todo eso fue antes de la dormición, el tercer y último hito en mi vida, que sucedió a raíz de la preocupación y el temor en que andaba Nora después de mi vuelta. Me bañó y me curó la herida –ella sí pudo con el parásito-, pero, aunque mejoré rápidamente, se la notaba compungida. No es que se sintiera traicionada ni nada similar; creo, más bien, que tenía miedo de que yo volviese a irme. Quizá por eso ya no abría las ventanas (aunque estábamos en plena transición de la primavera al verano) y quizá por eso fue que un día sonó el timbre y ella dejó pasar a su hermano, Mario, junto con un hombre vestido con ambo verde. Yo estaba en la alfombra, echado como de costumbre, y nomás verlos, entré en alerta y me quise escapar. Ellos me cerraron el paso hacia el pasillo y yo atiné a meterme debajo de la mesa. Enseguida de eso, sentí que dos manos me tomaban de las patas y me sacaban para atrás. Supe que era Mario por descarte, porque el del ambo verde ya estaba enfrente mío abriendo una valijita de plástico y sacando una jeringa del tamaño de mi pata y porque Nora se había sentado en una silla, lejos, tratando de no mirar. El pánico demencial me invadió: no creo que mis ojos se hayan abierto así ninguna otra vez, ni que mis tendones se hayan tensado nunca de modo similar. El del ambo verde le dijo a Mario: <<Tenelo fuerte. No se te vaya a escapar>>. Y Mario dijo seguro: <<Buen>>, y me agarró por la nuca bajándome bien hasta el piso. El de verde probó la jeringa haciendo que el líquido azul saliera por la punta de la aguja y yo ya no pude contenerme y empecé a cagarme y a mearme sin remedio. La aguja se fue acercando y se me clavó bien adentro. Salió y Mario me soltó. Yo empecé a correr con todas mis fuerzas, pero las luces, los muebles y todas las demás cosas se duplicaron y enseguida se triplicaron y terminé por no poder esquivarlas. Corría ladeándome de un lado a otro del pasillo, como un borracho. Hasta que me desmayé. Cuando volví a vivir estaba metido en un jaulón, de esos que se usan para llevar animales de un lado a otro. Me dolía mucho la entrepierna. Volvimos a lo de Nora en un taxi y ahí me soltaron. Poco a poco me fui recuperando. Ahora soy un ser impasible, casi un muerto en vida. Ante los estímulos adecuados, ya no tengo las reacciones correspondientes: el otro día hacía calor, cosa ya frecuente, aún en invierno, y la ventana estaba abierta. Vi que una paloma se paraba en el balcón, bien a mi alcance: no hice nada, seguí durmiendo. Hace unos meses la gata de al lado empezó a maullar y a maullar. Todo el día. Y me maullaba a mí, lo sé. Pero lo cierto es que no sentí nada de lo que debería haber sentido. Ella en la cornisa, yo en el balcón, mirando, y ella maullando, pidiendo a gritos que la preñaran, que le sacaran ese ardor que, a esa altura, ya sentía en todo el cuerpo. Al final se cansó, movió la cola, bajó las orejas con irritación, y se fue… Una última anécdota: hace poco entró una rata en lo de Nora: no fui capaz de encontrarla. El que la sacó fue Mario. Mientras él y Nora revolvían la casa buscando, preferí quedarme echado, oyendo el viento que sacudía las ventanas. Desde la dormición, lo único que me atrae es la comida de Nora, la alfombra de Nora, y los sábados de ópera junto a Nora y Mario. Ahora él me dice GC, siempre con una sonrisa burlona en los labios; ella sigue llamándome bebé, como siempre. Aprecio eso de Nora. Para ella soy especial. Pero a veces, cuando estamos los tres escuchando a Verdi o a Rossini, en esos tramos en que el que canta no se sabe si es hembra o macho, Mario se sobresalta de golpe y grita mirándome <<¡GC!>> o <<¡Gato castrato!>>, y se ríe y ella se ríe con él. Se ríe con él de mí. Y eso me fastidia y me hace odiar a Nora. Como esto no pasa nunca cuando suena Wagner, ahora prefiero a Wagner. O los valses de Chopin que toca Nora cuando el reuma la deja sentarse al piano. Como ya dije: ahora soy un ser impasible que espera en calma que sus días infértiles se terminen. Podría anhelar la muerte, ya que soy un muerto, pero no lo hago: todo lo que es pretende seguir siendo. O así debería ser. Y yo soy. Soy y espero; nada más espero. 

Tomás V. Richards - 2008

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