La poesía y el lector: un diálogo interrumpido

por Antonio Requeni

La cultura no es un conjunto de obras selectas que escritores, artistas y científicos producen para que los especialistas estudien en recintos secretos, como aquellos monjes medievales descritos por Humberto Eco en El nombre de la rosa. La función esencial de la cultura es crear valores que enriquezcan y eleven espiritualmente al hombre. Esa función, a mi criterio, no se cumple con plenitud en la sociedad actual, no sólo por fallas educativas o como consecuencia de ineficaces o distorsionados mecanismos de difusión -que los hay- sino por la naturaleza misma de la producción cultural contemporánea, cuyas expresiones literarias y artísticas tienden, a la manera de la ciencia, a ser una materia prácticamente reservada a los especialistas.

En un artículo publicado en la revista norteamericana Facetas, el novelista John Barth recordó que sobre el escritorio de Bertolt Brech descansaba la figura en cerámica de un burro con un cartel que decía: “También yo tengo que entender". El narrador y profesor universitario norteamericano agregaba: "Los máximos exponentes de la actual narrativa podrían colocar sobre sus escritorios la figura de un profesor de letras con cartel que dijera: “Ni siquiera yo lo entiendo." Según Barth, la literatura de ficción, en la que llamaba “era de Joyce", fue enrareciéndose, haciéndose cada vez menos comprensible y, por lo tanto, más elitista. Por oponerse al realismo, al realismo socialista, al naturalismo y aún a la novela psicológica, los narradores fueron cortando amarras con los simples lectores. Y estos, como lógica consecuencia, cayeron en manos de los fabricantes de “bestsellers."

Barth deploraba en su artículo que fueran pocos los autores que intentaban escribir para todos sin renunciar a la calidad. Si eso ocurría en la “era de Joyce”, dentro del orbe narrativo, qué diremos respecto del género poético en lo que podríamos denominar la “era de Pound”. El carácter hermético, críptico o excesivamente intelectualizado de un gran sector de la poesía contemporánea ha provocado el alejamiento del lector normalmente culto y sensible, y aún exquisito, que como el profesor de John Barth podría colgarse el cartel con la inscripción: “Ni siquiera yo lo entiendo."

Quiero seguir con el tema de la relación entre el escritor y el lector en el ámbito de la poesía porque ese es mi campo de actividad. Que yo sepa, nadie hasta ahora se propuso investigar por qué, entre los argentinos, la socarronería popular ha dado en utilizar el vocablo "verso” como sinónimo de cháchara, de macaneo. Me parece evidente que ello se debe a que las pocas poesías que se leen en alguna revista o suplemento literario -única forma de contacto con este género, ya que nadie compra libros de poemas- suelen ser para la mayoría de los lectores verdaderos galimatías. Entonces surge la reacción humorística, el despectivo rótulo de ‘'verso" aplicado a lo que no se comprende.

Aclaro que no pretendo cuestionar la calidad de composiciones poéticas que pueden llegar a ser notables. Anoto simplemente el carácter inaccesible que esa poesía tiene para el lector común, no especializado. Y aquí creo pertinente otra aclaración: no todos pueden sentirse atraídos por la poesía como no todos poseen sensibilidad para la música o la pintura, pero hace sesenta o setenta años la poesía tenía lectores. Entre nosotros, Borges, Marechal, González Tuñón, Bernárdez y muchos otros representantes de la generación que renovó entonces nuestra poesía eran poetas de vanguardia a quienes cualquier persona normalmente culta y sensible -como señalé antes- podía entender. La revista literaria Martín Fierro, en una época en que teníamos la mitad de la población y superior índice de analfabetismo, tiraba 20.000 ejemplares que se agotaban. Hoy no podría ocurrir lo mismo. La poesía y el arte en general se han ido intelectualizando, abstractizando, restringiendo considerablemente su poder comunicativo. La pintura y la música contemporánea son un ejemplo típico. Pero la música y la pintura se realizan con elementos abstractos. El color rojo o amarillo, el do, el re o el fa no tienen un significado preciso, sugieren pero no representan. En estos casos se podría intentar una explicación. En cambio la palabra, al margen de su poder sugestivo, representa algo concreto, tiene un significado en el Diccionario. Si digo “mesa" o “lámpara” todos sabemos a qué me estoy refiriendo. La literatura, por el hecho de estar compuesta de palabras que expresan conceptos, no puede ser abstracta.

Por otra parte, la poesía, a lo largo de los siglos, ha sido fundamentalmente expresión de sentimientos, característica que parece haber interrumpido la tendencia contemporánea a la intelectualización, así como la opinión de que el sentimiento es una debilidad, una blandura del espíritu. Más aún: la poesía fue siempre expresión de experiencias unánimes: el júbilo o la tristeza del amor, la perplejidad ante lo desconocido, la intuición de la muerte, la nostalgia de la infancia, el sentimiento de la Naturaleza y otros temas con los que el lector podía identificarse y experimentar esa delicada y misteriosa sensación de acercamiento a lo esencial que la poesía provoca. Hoy el poeta se pone fuera de la medida y los sentimientos del hombre, habla de cosas tan sutiles y de una manera tan poco inteligible que su obra parece un producto de laboratorio. Se dirige más al intelecto que a la sensibilidad. Carece de resonancia emotiva. Para la mayoría de los poetas lo más importante de un poema no es la belleza y emoción sino su sesgo novedoso, la experimentación y la ruptura, a despecho de la comunicación. Este cambio de fondo y de forma que se operó en la poesía de las últimas décadas la ha ido alejando de la comprensión y el interés de sus eventuales lectores. Borges, con su proverbial ironía, comentó: “Antes los poemas se escribían para ser leídos, ahora se escriben para ser escritos."

Gabriel García Márquez, por otra parte, dijo durante un reportaje que los escritores, al margen de sus concepciones políticas e ideológicas, deberían intentar la más importante revolución de nuestro tiempo. O sea: que sin sacrificar nada del valor literario de sus obras, las hicieran comprensibles para la mayoría de los hombres. Esta aspiración, que algunos tildarán de utópica y otros de demagógica, procura en realidad rescatar el carácter tradicionalmente humanista y humanizador de la cultura, trata de restituir el vasto e íntimo diálogo de los lectores con la verdad y la belleza de la obra literaria.

 

por Antonio Requeni
Publicado, originalmente, en Revista Gramma Vol. 20, Núm. 46 (2009)

Link del texto: https://p3.usal.edu.ar/index.php/gramma/article/view/84/189
Revista de la Escuela de Letras. Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales
Instituto de Investigaciones de la Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales, Universidad del Salvador
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

 

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