La Doncella y "La mora tuerta"

Cuento de Rachel de Queiroz

(Versión castellana de Ramón L.  Álvarez)

Ilustró Eduardo Vernazza (Uruguay)

Suplemento dominical del Diario El Día

Año XXI Nº 998 Montevideo, 2 de marzo de 1952 (pdf)

Dentro de la novelística brasileña actual, tan vigorosa, y floreciente como desconocida, en general, para el lector uruguayo común, Rachel de Queiroz ocupa sitio de primer plano, compartiendo renombre y popularidad con maestros  del genero como José Américo de Almeida, José Lins do Rego, Graciliano Ramos, Erico Verissimo, Jorge Amado, etc. Y es lo curioso que su temperamento femenino, que como tal podría suponerse propenso a la poesía, no la haya tentado a apartarse del realismo, que es el rasgo característico de la novela moderna a la que aquellos autores, y ella misma, han , dado tan pujante vitalidad en el Brasil.

Rachel de Queiroz, nacida en la capital del Estado de Ceará en 1910, no tuvo pininos literarios. Su novela primigenia "Os Quinze", publicada cuando tenia 2O años, la reveló como un talento ya maduro, confirmado brillantemente en sus producciones posteriores, "Joao Miguel", "Caminho de Pedras" y "As Tres Marías". Es también traductora de fuste y periodista cotizada, colaboradora de varías publicaciones cariocas. Con un selección de sus crónicas y narraciones, estampas vivas de la realidad brasileña, editó en 1948 un volumen denominado "La Doncella y la Mora Tuerta" titulo que responde al de uno de los capítulos que integran el libro. Es el que hoy ofrecemos a los lectores de EL DIA.

La pequeña ciudad donde estaba situado el colegio se llamaba.. vamos a hacer como que no recuerdo. Geográficamente pertenecía al Cariri, aquella zona casi independiente que cuesta definir si pertenece al Estado de Ceará o al de Pernambuco.

El colegio era un internado medio patriarcal, medio casa-grande de “fazenda”. No tenía instalaciones modernas, carecía de agua corriente y ni siquiera exigía que las alumnas llevaran uniforme. En las pocas salas de aula (las lecciones de las "menores” eran dadas en el refectorio), se alineaban unos viejos pupitres colectivos, de diez lugares, con la madera llena de dibujos hechos a cortapluma, un agujero para cada tintero ausente y teniendo como asientos largos bancos de una pieza sin respaldo. Parecido aspecto presentaba el dormitorio, donde además de camas de todos los modelos, indistintamente de hierro o de madera, colgaban por los rincones algunas redes, pues los lechos no alcanzaban para todas y había chicas incapaces de dormir en otra cosa que no fuera sus redes blancas y olorosas traídas de sus casas.

Las monjas que dirigían el colegio eran extranjeras, no sé si alemanas o belgas, suaves y asustadizas criaturas, unas diez en conjunto, sofocadas por la turba de más de cien muchachas. Con todo, lo peor de las alumnas no era el número, sino la calidad. Junto a las niñitas menudas que de noche lloraban extrañando a sus amas, había allí muchas mujeres hechas, mozas de 18 y hasta de 20 años, ya en estado de casarse y tener hijos, a quienes los padres mandaban al internado como preparación final antes de entregarlas a los maridos. Algunas apenas sabían leer; otras, ni eso. En general estaban de novia, o se enredaban en una complicación de amores y de intrigas, de billetes y serenatas que aturdían a las pobres monjas, arias de sangre fría escandalizadas ante aquellas explosiones precoces. Las más inteligentes aprendían a bordar, las cuatro operaciones. uno, adarmes de francés y a escribir correctamente una carta. Sin embargo, la enseñanza no constituía la dificultad mayor de las "madres". Las chiquitas resultaban fáciles de llevar en el estudio, pero las mayores demostraban, en general, al mismo tiempo que grandes deseos de aprender, vergüenza de sus pocas letras.

En realidad, el mal que las atormentaba estaba todo en los odios recíprocos, en las guerras de familias cuyos rencores venían a repercutir hasta dentro del colegio, dividiendo a las alumnas en grupos adversos, criadas como eran, la mayoría, en el culto de antiguas rencillas, venganzas y revanchas. Así es que las monjas terminaban cansándose de luchar contra aquellas incompatibilidades feudales, contra aquellas cuentas interminables de sangre y escandalos. Ni siquiera daba resultado conseguir que dos enemigas se abrazaran los días de confesión. En el mejor de los casos, se abrazaban rígidas, sin perdón y sin calor; en otros, se iban a las greñas a la vista de la propia “madre” que había promovido la reconciliación. Con lo que se recargaba con pecados nuevos la comunión del día siguiente. En consecuencia, las maestras terminaron por rendirse, consintiendo que se formasen en el colegio dos grupos distintos y adversos. La arquitectura del viejo desván colonial facilitó la división y disimulo sus motivos: no había en el sótano una sala bastante grande para ubicar a todas las alumnas juntas, de manera que se obstruyeron varios dormitorios contiguos.

En el refectorio, en lugar de la mesa común de los primeros tiempos, se colocaron tres, lo que permitió dividir a los dos partidos extremistas, con un grupo de imparciales en la del centro. Porque también había neutrales: hijas de gente de lejos, de pequeños negociantes o pequeños propietarios, a las que no incumbía tomar enrolamiento en ninguna de las dos facciones.

Dos eran, en efecto, las principales familias en conflicto, causantes de la mayor parte de las depredaciones y crímenes en la zona, los Pereira y los López, respectivamente primos hermanos, porque unos y otros descendían de la misma abuela. Había sido, justamente, la herencia cuantiosa de la millonaria vieja la que iniciara la enemistad, ocasionando el choque entre dos cuñados, uno hijo y el otro yerno de la difunta. Por los tiempos a que me refiero, la lucha estaba ya en la tercera o cuarta generación. Del parentesco que los unía, separándolos, en vez de avergonzarse se enorgullecían, comparándose a las familias reales, siempre vinculadas por la sangre y siempre enemigas. Se comparaban con especial deleite con los descendientes de la reina Victoria, nietos como ellos de una misma ilustre matriarca, y que sin embargo en la guerra del 14 se habían devorado unos a los otros sin compasión. No se extrañe que aquella gente tuviera estos conocimientos históricos, porque siempre los campesinos se interesan por la política y por los reyes.

Al regreso de unas vacaciones de junio un drama sentimental sacudió el colegio: la linda Guiomar, flor y nata de la casa de los López, que en breve iba a casarse con uno de sus primos, apareció vestida de negro, toda de negro y con crespón en el sombrero, como una viuda. Su novio había sido asesinado. Lo había matado a cuchillo un sobrino de “Sinhó” Pereira. Se había consumado el crimen a la salida de la iglesia, sobre su propio atrio, por lo cual el templo casi sufrió la censura eclesiástica. Luego los romeros comenzaron a hacer peregrinaciones hasta aquel sitio, pues todo el mundo sabe que un lugar manchado de sangre inocente tiene virtudes y obra milagros.

Pero Guiomar no conversó acerca de la tragedia, no se desahogó con nadie. Volvió a sus aulas, a su bordado y para gran espanto de sus amifas, no dejó de trabajar en el ajuar, no modificó siquiera el monograma de las iniciales del novio: dos LL entrelazadas con que marcaba la ropa de cama. Rezaba mucho y no hablaba nada. Nunca mas pronunció el nombre de Laurindo López, el frustrado esposo. al que antes, novia feliz, se refería continuamente. El recuerdo del muerto parecía más enterrado en su corazón que el cuerpo bajo la tierra.

Tres meses después, ya en octubre, estaban las chicas, en la sala de costura esperando la hora de la novena. La mulata de la portería pidió permiso, entró y entregó a la monja un telegrama abierto, mandado por la superiora. Lo leyó lentamente. Se puso muy pálida y llamó a una alumna de las “grandes", Leonor Pereira, mujerón de veinte años, alta, nerviosa, muy soberbia. Sufría de un ligero estrabismo y por eso las compañeras la llamaban "Mora tuerta". La moza llegó temblando. pues nunca un telegrama trae buenas noticias La monja le entregó el papel,  murmuró unas palabras respecto a "los designios de Nuestro Señor"... Leonor leyó y, con un grito agudo, deshumanizado cayó al suelo presa de un ataque.   

Habían matado a su padre "Sinhó" Pereira, de dos tiros en el pecho. No le habían dado tiempo ni de echar mano a las armas. Cayó de rodillas y cuando todavía no había expirado ya los cabras que lo hirieran desaparecían entre una nube de polvo, a todo lo que corrían sus caballos. Nadie pudo o quiso identificar a los matadores; sobraba con el convencimiento de que se trataba de gente de los López.

La "Mora tuerta", tirada en el suelo se revolcaba y apretaba los puños, gritaba cada vez más alto. Pero no había en su desesperación ninguna debilidad histérica de mujer, sino furor demoníaco, un paroxismo de ira. De pronto se irguió, apartó nerviosamente a las chicas y monjas que trataban de aplacarla. Giró su mirada siniestra por las caras que la rodeaban, como buscando a alguien. Y lentamente, semejante a una fiera que se levanta, apoyó las manos en el suelo, se arrodillo y por fin se enderezó totalmente, como si luchase con el peso de su dolor y de su odio. Después se encaminó hacia Guiomar López, que se había quedado sentada, bordando sus monogramas, como si nada hubiera sucedido. Le arranco las agujas de las manos y las rompió violentamente, tomó a su enemiga por los hombros y se puso a sacudirla y a maltratarla. Guiomar no reaccionó ni procuraba huir, hasta que las otras alumnas vinieron a libertarla de la agresión. Leonor cayó entonces en un nuevo ataque y fue llevada en vilo a un gabinete vecino al dormitorio de las monjas. Encerrada en un cuarto oscuro. no hacia sino sollozar y desear desgracias a los causantes de su duelo.

Así pasaron varios días. La tercera noche la monja que dormía cerca de la puerta del gabinete, fue despertada por un extraño rumor como un cuchicheo, gemido sordo, intercalado con golpes. Se levantó y fue hacia el cuarto de la moza, de donde venía el barullo. Y tan grande fue su susto que no tuvo fuerzas ni para dar la alarma. Quedó mirando y oyendo, sin saber si tenía más miedo de lo que veía que de lo que oía. Sentada a la orilla de la cama de lona de Leonor, había un bulto de mujer, en el cual la monja terminó reconociendo a Guiomar a la débil luz del candilito que alumbraba el corazón de Jesús. La "Mora tuerta” estaba amordazada a por una bola de trapos que le llenaba la boca: sus brazos habían sido sujetados al lecho con una sábana retorcida, y sobre sus piernas se había sentado Guiomar para inmovilizarla. No podía impedir, sin embargo, que la prisionera golpeara con los talones en el travesaño de la cama y fue aquel ruido el que despertara a la madre . Y bajito, pero no tan bajo como para que su enemiga perdiera una sola palabra,  Guiomar fue diciendo:

—Tu Padre ha muerto, “Mora tuerta” ..., y murió a manos de mi gente. Y has de saber que tu padre se fue derechito al infierno, porque murió sin confesión. Laurindo, mi novio, al menos murió cuando salía de la iglesia, todavía con las oraciones en la boca. Y como murió tu padre han de acabar todos ustedes: uno a uno, ¿sabes, uno a uno... Pensaban ustedes que matando a Laurindo se iban a acabar los López... Ja, ja. Mi padre ya mandó al Amazonas en busca de mi primo Luis, hermano de Laurindo —hermano de Laurindo, ¿Oíste? y yo me casaré el mes que viene. Y sólo voy a vivir para echar hijos al mundo, y enseñarles a manejar las armas. Así terminaremos con la raza de ustedes, sea por el fuego o a fierro frío...

La monja lanzó un grito. Corrieron las otras, libertaron la presa. Y mientras la agresora era conducida hacia afuera, "Mora tuerta" le gritó desde la cama:


—No solo ha de ser sólo tu vientre el que dará hijos, Guiomar López... También el mío. ¡Ya lo creo!

Ambas cumplieron la Promesa. Los ocho hijos de Guiomar ultimaron en un tiroteo a tres hijos de "Mora tuerta”. Y luego los Pereira, en una venganza cuyo recuerdo todavía hace estremecer a la gente, pusieron fuego a la población de los López, matando hasta a los niños en los patios y a los perros en las calles. Vi con mis ojos las paredes ennegrecidas, los tejados por tierra, las calzadas llenas de escombros.

Pero los López se están preparando para otra revancha. En las "fazendas" de los Pereira, apenas a cinco leguas de distancia, hay mucho ganado, muchos cercados cuidadosamente hechos, mucha madera, mucha cosa buena para destruir.

 

Cuento de Rachel de Queiroz

(Versión castellana de Ramón L.  Álvarez)

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