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Cultura y estética de la música

Dr. Sc.  Rigoberto Pupo Pupo
rigobertopp3@yahoo.com.mx
Profesor e Investigador Titular consultante

Doctor en Filosofía. Doctor en Ciencias

Pedagogo destacado S. XX cubano

Universidad de La Habana

Universidad “José Martí” de Latinoamérica, Monterrey.

Profesor Emérito. Universidad José Martí” de Latinoamérica, 2016.

Premio Internacional por la obra de la vida, SHGE, NL, México, 2013.

Profesor Multiversidad Mundo Real “Edgar Morin”

Monterrey, NL, septiembre de 2016

 

Ideas aladas sobre la música

“Sólo ama y entiende a Chopin quien le conoce a la música lo más fino y misterioso del alma.”

(José Martí)

 

“La música es el hombre escapado de sí mismo: es el ansia de lo ilímite surgido de lo limitado y de lo estrecho: es la armonía necesaria, anuncio de la armonía constante y venidera.”

José Martí)

                                        

Introducción.

En la música hay ciencia, arte, filosofía y es nutriente por excelencia de los  mundos intelectual, del trabajo y de la vida cotidiana del ser humano. Es una expresión artística que no necesita palabras para penetrar el entorno humano y natural. Es la naturaleza y cultura misma, hecha ritmo y  melodía, fundada en la armonía que producen los sonidos secuenciales en tiempo, espacio y movimiento, mediante  instrumentos o acontecimientos naturales, como el viento y otros aconteceres de la naturaleza y el Cosmos. La música es naturaleza devenida arte y cultura.

En pleno siglo XXI, cuando el paradigma de la modernidad, está viciado por el positivismo y el racionalismo excluyente, lineal, simplista, dicotómico, determinista y abstracto, se requiere buscar nuevos cauces  en la concepción e interpretación de la música, el arte y la cultura. Se impone una visión cultural compleja con numen ecosófico para lograr una estética de la música integradora y sistémica, capaz de enriquecer aún más el mundo del autor, el intérprete y el oyente. La obra de Mozart, Beethoven, Tchaikovski, Vivaldi, Strauss, Mahler y otros tantos, son piezas musicales con elan ecosófico, porque hicieron  música siguiendo los latidos del corazón de la naturaleza cósmica. Su sensibilidad y razón cósmicas devino metáfora de una realidad compleja. Por eso siguen viviendo, diciendo y haciendo.

I.

La música como expresión artística y zona de la cultura. ¿Qué es la cultura?

El tema del hombre, la actividad humana y sus varios atributos cualificadores (conocimiento, valor, praxis y comunicación), concretados en la cultura, constituye, en esencia, el objeto de la filosofía de la cultura.  Un objeto en sí mismo integrador y transdisciplinario, en la medida que la cultura abarca toda la producción humana, incluyendo el arte y su expresión musical, en su proceso y resultado.

 El enfoque cultural y complejo, es rico en condicionamientos, mediaciones y determinaciones, porque asume al hombre en relación  con la naturaleza y la sociedad como un proceso dialéctico – unitario, donde la naturaleza se humaniza y el hombre se naturaliza, es decir, no hay lugar para las dicotomías estériles ni las antítesis absolutas, heredadas de la racionalidad moderna y el paradigma en que se expresa.

Pensar la realidad investigada con “mirada” cultural, posee un valor extraordinario, desde el punto de vista teórico – metodológico y práctico. Garantiza su asunción  holístico – compleja, libre de reduccionismos epistemológicos y de abstracciones vacías. En síntesis, es pensar la realidad subjetivamente como alertaba Marx, en las Tesis sobre Feuerbach, en un proceso dialéctico, mediado por la praxis, donde lo ideal y lo material se convierten recíprocamente, en la construcción del conocimiento y la revelación de valores, en un proceso intersubjetivo, fundado en la realidad, cuyos resultados se  incorporan a la cultura.

Esta perspectiva de análisis, es decir, asumir la realidad desde el hombre y su actividad, encarnada en la cultura, posibilita metodológicamente aprehender con sentido cultural y sistémico una racionalidad integradora y un lenguaje epistemológico abierto, capaces de develar categorías y conceptos centrales y operativos, sin perder el elan cultural que propicie la interacción parte – todo, causa – efecto, esencia – fenómeno, etc., evitando  que “los árboles impidan ver el bosque”, y viceversa. Así como abordar en toda su complejidad, categorías  como: hombre, mundo, actividad, cultura, naturaleza, sociedad, objeto, sujeto, objetividad, subjetividad, conocimiento, valor, praxis, comunicación, identidad, diferencia, etc., que en ocasiones, imbuidos por la herencia de la racionalidad moderna, se han asumido dicotómicamente, en relación de antítesis; sin embargo, sobre la base de la comprensión del condicionamiento cultural y complejo de todo saber, devienen unidad dialéctica.

La cultura, en sus varias aristas, religa, en sí misma, los distintos atributos cualificadores de la actividad humana y con ello, unifica en lo diverso las varias dimensiones del hombre en su  quehacer práctico – espiritual, es decir,  las expresiones ontológica, lógica, gnoseológica, valorativa, praxiológica, comunicativa, identitaria, así como las disciplinas de carácter lingüístico, hermenéutico, semiótico, histórico, político, ético, estético, jurídico, científico, económico, etc. Esto es así, porque todas estas producciones del devenir humano, son zonas de la cultura, y atributos de ella.

En la cultura, las funciones integradora y transdisciplinaria  resultan per se, le son inmanentes. Su propio cauce vehicula  integralidad, interacción, vínculos, y con ello,  interdisciplinariedad, multi y transdisciplinariedad para captar con eficacia  el  sentido cósmico que debe prevalecer para dar respuesta  a la era planetaria, afincado en la idea  alada, devenida utopía imprescindible de raigal humanismo, “que es posible un mundo mejor”, como alternativa a la globalización neoliberal, que aniquila el ser esencial humano, mediante el proceso progresivo de alienación de la actividad y actividad de la enajenación y la imposición de modelos culturales extraños de los centros de poder, que traen aparejados el desarraigo y la dependencia. Una alternativa, verdaderamente humana, es decir, cultural, parte de las raíces con vocación ecuménica, como bien enseñó José Martí, en defensa  del ser esencial de nuestra América.

La integralidad de la cultura y sus infinitas posibilidades heurísticas y hermenéuticas, no sólo se reducen al contenido de la actividad humana. Incluye otro momento central, subvalorado por el discurso  cientificista, es decir, la dimensión lingüística del hombre, que no es sólo objetivación del pensamiento y medio de comunicación. El lenguaje, en su condicionamiento y aprehensión culturales, es fuente inagotable de creación. Tanto el lenguaje directo, expresado en conceptos, juicios y razonamientos, como el tropológico, en sus varias determinaciones figurativas aprehenden la verdad. Esto significa que un enfoque fundado en la cultura, es por antonomasia, incluyente, y su discurso, plural. De lo contrario, resulta imposible superar los reduccionismos y las abstracciones estériles. Una metáfora es tan valiosa como un concepto científico, y a veces más eficaz, por su carácter suscitador y su posible recepción múltiple.

Lo mismo ha ocurrido con los géneros literarios, que  se han reducido en su generalidad al campo de  la literatura, cuando en realidad son expresiones de la cultura y sus modos expresivos por excelencia, aplicables a todas las disciplinas del saber humano. El tratado, la monografía, el artículo, no son sólo las formas genéricas  del discurso científico. ¿Y  el    ensayo,  la poesía y la narrativa?  No sin razón se plantea que en nuestro siglo actual, su presencia invadirá los distintos predios de la cultura, incluyendo el arte y las expresiones de la música, pero  sin absolutizaciones y reduccionismos, para no caer en la misma trampa de que hemos sido víctimas. Hagamos también de la música un ensayo, o una metáfora de él.

¿Y la estética de la música y la música misma podrían adquirir elan ensayístico, evadiendo el formalismo logicista tratadista? ¿La música no es también poesía?  

Soy de los que piensa que tanto la filosofía, la ciencia, el arte como la poesía son hijas de Sofía. No creo que unas expresen pensamiento y la otra, sentimiento. Tampoco que la filosofía y la ciencia tengan que expresar su discurso sólo a través de conceptos y categorías y el arte y la poesía, mediante imágenes y metáforas. Todas, como formas aprehensivas humanas, pueden y en realidad lo hacen, operar con las disímiles formas que la lengua emplea para expresar la realidad.

Esto, por supuesto, no niega sus especificidades, pero no las inhabilita ni las circunscribe a un discurso unívoco.

Es hora ya de romper con los cánones esencialistas y excluyentes heredados del paradigma que nos impuso la Modernidad. Hay que dejar atrás la simplicidad y el gnoseologismo puro por ineficaces y abstractos. La complejidad de la realidad en sus varias mediaciones nos obliga a reformar el pensamiento y las mentalidades, para abrir nuevos cauces a la subjetividad humana, incluyendo a la estética de la música, a la crítica y a la música misma, como un objeto complejo y rico en espiritualidad sustantiva.

La subjetividad humana no es excluyente en la asimilación de la realidad. Conocimiento, valor, praxis y comunicación son sus atributos cualificadores por antonomasia. Entonces, ¿por qué separarlos? Ciertamente, existe filosofía poética y poesía filosófica. Pero por ello no dejan de ser filosofía ni poesía. Sencillamente son modos distintos de aprehender la realidad en relación con el hombre.  Modos que se complementan, amplían y completan para asumir la realidad con más profundidad y concreción. La música es poesía y al mismo tiempo filosofía, pues opera con los sentimientos y la razón.

El discurso filosófico con elan[1] poético, trabaja con pensamiento alado y sus verdades son más duraderas. El discurso de Martí da cuenta de ello.  La poesía  en sí misma, cuando expresa su mundo con ansia de humanidad, es al mismo tiempo pensamiento, sentimiento, acción y comunicación. Igualmente sucede con la música.

 ¿Quién puede negar el vuelo cosmovisivo de la buena poesía, de la buena música poética?

Tanto la filosofía, la ciencia, como la poesía, el arte, la música, con numen cultural y complejo, captan la realidad como sistema integrado y abren cauces infinitos de aprehensión humana creativa.

¿Hay que repensar el saber y sus formas aprehensivas constituidas, incluyendo a la música, en búsqueda de nuevos horizontes para  dar respuesta a las exigencias de  los nuevos tiempos?

¿Cómo encontrar nuevos cauces teórico – metodológicos, en momentos que  claman por grandes ideas, sobre la base de prácticas creadoras que no separen la ciencia de la conciencia, el conocimiento de los valores, el oficio de la misión humana, y la razón de los sentimientos?

¿Es posible realizar estos magnos propósitos sin una reforma del pensamiento y las mentalidades, que asuma conscientemente el condicionamiento cultural del conocimiento y las otras formas de aprehender  la realidad en su contexto real?

Se trata de tres preguntas suscitadoras de muchas aprehensiones, cuya solución consagraría ipso facto a  cualquier autor.

No  es este mi caso, ni intento realizar una empresa de tal envergadura. Pero como dijo el gran  poeta español, Antonio Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”… Eso he hecho: un intento de “andar” para hacer camino, o quizás menos: desbrozar veredas para divisar la luz y encontrar sentido…Porque el sólo hecho de buscar sentido, conduce al escenario que construye y revela.

 De las tres preguntas, en mi criterio, la tercera  deviene “trinchera de ideas”, y en ella se fundan -  o se intenta fundar – los argumentos que cualifican la esencia de la Filosofía de la cultura.  Cada una, de una forma u otra se dirige culturalmente  a la aprehensión de la realidad con razón integradora e incluyente, sobre la base de una premisa de partida y un propósito primario.

Su premisa de partida: El hombre y la actividad humana concretada en  la cultura, para deducir genéticamente el sentido cultural, en calidad de cauce integrador aprehensivo de la realidad en su integralidad, y posibilitador de un discurso plural que, sin negar nihilistamente las formas tradicionales, las fertiliza y alumbra con su asunción incluyente. 

El propósito primario: Una reforma del pensamiento, capaz de cambiar las mentalidades que dividen y abstraen las infinitas mediaciones y vínculos en que deviene el todo complejo y contradictorio. Reforma, que asumida culturalmente exige transformar el saber educativo. La educación como formación humana, como “instrucción del pensamiento… y dirección de los sentimientos”, según la concepción de Martí, deviene cauce central ante la necesidad de dar respuesta a los desafíos del siglo XXI. Crear hombres con  alta sensibilidad,  que no den la espalda al drama humano, comprometidos con los destinos de nuestro planeta Tierra,  desarrollar una cultura del ser, de resistencia y de lucha, capaz de enfrentar la globalización neoliberal, siendo, como sujeto, es una tarea que la Filosofía de la cultura, y su hija espiritual, la educación, no pueden soslayar.

Sin embargo, son pertinentes otras preguntas: ¿Está la educación en condiciones de ser guía espiritual de la formación humana? ¿Los paradigmas en que se funda pueden modelar proyectos reales, con ímpetu cultural, humano, en función de la misión que le corresponde cumplir? ¿Ella misma no está contaminada por el pensamiento único, los reduccionismos de corte positivistas, el autoritarismo en la ciencia y en la docencia, la intolerancia, el determinismo absoluto, los fundamentalismos estériles y otros lastres de la modernidad que han quebrado por su ineficacia heurística, metodológica y práctica?

Este glosario de preguntas, por sí mismo, da cuenta que estamos abocados a una crisis universal de la educación, que no puede resolverse desde la educación misma. El saber educativo no puede cambiar sin transformaciones profundas en la educación,  y ésta resulta infecunda sin una reforma en el pensamiento y en la praxis en que encuentra concreción. Por supuesto, la realidad educativa cubana es otra, como todos conocemos. Pero miramos la realidad con sentido ecuménico.

No se trata en modo alguno de asumir la modernidad desde posiciones nihilistas y hacer de ella y sus conquistas una tábula rasa. Ella misma con todos sus paradigmas y utopías, históricamente fue conciencia crítica que dio respuestas a su tiempo histórico, en correspondencia con el estado de las ciencias y la práctica social. Pero históricamente las nuevas realidades han exigido rupturas, cambios y transformaciones como expresión de  la quiebra de principios que se consideraban invariables. El modelo paradigmático de la modernidad, caracterizado por la simplificación y concretado en los principios de  disyunción, reducción, abstracción, el determinismo mecánico y las estériles dicotomías, tiene que ceder paso a nuevas perspectivas epistemológicas para aprehender la complejidad de lo real.

Precisamente, la toma de conciencia del condicionamiento cultural del saber en todas sus expresiones, mediaciones y determinaciones, constituye en mi criterio el fundamento primario para la solución del problema que encara nuestro siglo y los por venir. Y es el reto epistemológico más importante a resolver, por la Filosofía de la cultura, incluyendo la estética del arte y la música.

He ahí el porqué de la necesidad de pensar al hombre y a la subjetividad humana con sentido cultural y complejo, que es al mismo tiempo, pensarlo desde una perspectiva ecosófica[2], desde un saber ecologizado, integrador y cósmico.

Un hombre culto, sensible, con riqueza espiritual, es capaz de aprehender la verdad, la bondad y la belleza en su expresión unitaria. No importa la profesión que ejerza. Está en condiciones de mirar su entorno con ojos humanos, ya sea, ante un teorema matemático, una fórmula química, una bella flor, una pieza musical, la salida y puesta del Sol, contemplar la Luna y el cielo estrellado y asumir el drama del hombre con compromiso social y ansias de humanidad.

 En fin, puede crear con arreglo a la belleza, a la bondad y a la verdad. Es tolerante, comunicativo, sencillo y soñador. Puede revelar la realidad compleja en sus matices varios y “dar a mares”, siguiendo la ética de Martí, porque espiritualmente está lleno. Sencillamente, está  preparado para el trabajo creador y la vida con sentido.  

II.

Hacia una estética de la música con sentido cultural y complejo.

La estética, también llamada filosofía del arte, tiene por objeto el arte en todas sus expresiones concretas. El vocablo Estética, lo empleó por primera vez Alexander Gottlieb Baumgarten el año 1735, usó la palabra estética en su obra  Meditationes. Kant en su obra Crítica del Juicio indica que la estética es la rama de la  filosofía que estudia e investiga el origen del sentimiento puro y su manifestación en el arte.

Existen muchas visiones sobre la estética, incluyendo: la disciplina filosófica que estudia el significado de la belleza y los juicios sobre la creación y apreciación de la obra artística. En Platón, arte es la habilidad o capacidad creadora del ser humano tanto en lo material como intelectual, y para Aristóteles, la belleza es buena aunque no todo bueno es bello; la belleza es agradable aunque no todo placer es bello, por lo tanto, la belleza ha de ser buena y agradable a la vez.

“Con el arte moderno, las cosas se representan como la ve el artista, expresa tanto lo fantástico como lo grotesco, incluso muchos autores llaman al arte moderno como antiestético. De igual forma, con las nuevas tecnologías el artista ya no refleja la realidad, sino sus sentimientos, ya que el cine y la fotografía se encargan de mostrar la realidad”[3], es decir, se ha extendido mucho el relativismo absoluto, sobre la base de una hermenéutica que soslaya los referentes ontológicos, históricos, culturales. Por eso, hay que defender la buena música, pero sin caer en absolutizaciones y sin perder los contextos.

Platón fue muy certero al señalar que “la música da alma al universo, alas a la mente, vuelos a la imaginación, consuelo a la tristeza y vida y alegría a todas las cosas”[4], además, concibió cómo la música es para el alma como la gimnasia para el cuerpo, es decir, una necesidad imprescindible, destacando así el numen cósmico – complejo de esta expresión del arte.

Una visión cultural y compleja de la estética de la música, no puede perder de vista esto, es decir, el paradigma de la complejidad. Muchos ejemplos pueden ilustrarlo.

La  tesis de Rosa Iniesta y Ana Sánchez “toma como referencia principal el paradigma de la Complejidad de Edgar Morin y las teorías de Heinrich Schenker. Como emergencia del sistema humano mente/cerebro, el Arte en general y la música en particular son considerados desde la perspectiva de las organizaciones de nuestro universo. Así, todos los acontecimientos/eventos que se producen en el interior/exterior de una composición tonal, lo hacen en función de su antagonismo y complementariedad, siempre de forma concurrente, tal y como articula las nociones Edgar Morin, consiguiendo superar, a través de la noción de bucle, la dicotomía occidental. En las teorías tradicionales de la música, lo descriptivo, lo lineal y lo determinista son las directrices pedagógicas y compositivas, lo que nunca ha sido útil salvo para conocer de forma superficial el catálogo de situaciones horizontales, verticales y formales de la música tonal. Por el contrario, Heinrich Schenker trató de construir un edificio teórico basado en las ideas de coherencia y crecimiento orgánico, teniendo como pilar fundamental la asociación de ideas, entre las que destaca la Asociación Motívica, la noción de paralelismo y las similitudes y diferencias entre la gramaticalidad y la funcionalidad de los acontecimientos de la composición tonal, la cual se desarrolla a partir de tres niveles integrados de transformación-organización (…). En la simplificación de las teoría y procedimientos analíticos, llevada a cabo por los alumnos directos de Schenker, la idea de Crecimiento Orgánico es sustituida por la idea de reducción lo que ha llevado a lo que algunos consideramos una mala compresión de la teoría, y al rechazo por parte de aquellos que no profundizan en ella. A través de los gráficos originales de Schenker, se percibe con claridad que la organización músico-tonal se consigue a través de tres niveles interrelacionados e interaccionales, que parten del primero como fuente de la composición: background, Primer Nivel o Base Subyacente (relación estructural a gran escala), middleground, Segundo Nivel o Base Generatiz Media (relaciones estructurales a medio plazo), y foreground, Tercer Nivel o Base Generatriz de la Superficie (relaciones estructurales en el nivel local o temporal inmediato). Las nociones schenkerianas han sido trasladadas al paradigma de la complejidad moriniana, viendo cómo encajaban sin ningún esfuerzo, del mismo modo que hemos trasladado las nociones morinianas al paradigma schenkeriano, comprobando, felizmente, que las unas se embuclan en las otras en una relación dialógica, superando su aislamiento dicotómico y demostrando que el todo es a la vez mucho más y mucho menos que la suma de las partes. Los principios morinianos dialógico, recursivo-retroactivo y hologramático nos ayudan a pensar la Complejidad de las organizaciones músico-tonales. Alcanzado nuestro objetivo, la composición tonal se muestra como organización informacional/comunicacional/computacional, a través de los principios de la complejidad moriniana: el principio dialógico, el principio recursivo-retroactivo y el principio hologramático. De este modo, llevamos a cabo una re-organización de los conocimientos schenkerianos, una interdisciplinariedad que ofrece isomorfismos conceptuales, desde los que trasciende el corpus teórico, hasta la aprehensión de la obra musical tonal en toda su dimensión, consiguiendo descubrir que lo que mantiene la unidad en el interior del organismo sonoro es la coherencia, pero de la información que se produce y se transmite en el interior de sonido a sonido, de relación a relación, de motivo inicial a motivo transformado, de parte a parte, de parte a todo, de todo a parte, de todo a todo, es decir, la coherencia de la organización informacional/comunicacional/computacional”[5]

No podemos olvidar que nuestra formación se funda en el paradigma de la racionalidad moderna, caracterizado por el simplismo epistemológico, la disyunción, el determinismo absoluto y la abstracción; sin embargo el paradigma complejo de la racionalidad postclásica aborda la ciencia, el arte, la música y todos los saberes en sus interacciones,  vínculos y mediaciones múltiples, de gran valor teórico metodológico y práctico para el autor, el intérprete y el oyente.

La música, por su esencia ecosófica y cósmica convierte a cada sujeto en microcosmos o miniaturas cósmica, y con ello, aporta las herramientas para  expresar la naturaleza y la cultura como sistema complejo en todos sus vínculos e interacciones. José Martí escribe: “Así, son una la verdad, que es la hermosura en el juicio; la bondad, que es la hermosura en los afectos; y la mera belleza, que es la hermosura en el arte. El arte no es más que la naturaleza creada por el hombre. De esta intermezcla no se sale jamás. La naturaleza se postra ante el hombre- y le da sus diferencias, para que perfeccione su juicio; sus maravillas, para que avive su voluntad a imitarlas; sus exigencias, para que eduque su espíritu en el trabajo, en las contrariedades, y en la virtud que las vence. La naturaleza da al hombre sus objetos, que se reflejan en su mente, la cual gobierna su habla, en la que cada objeto va a transformarse en un sonido (…) El Universo, con ser múltiple, es uno: la música puede imitar el movimiento y los colores de la serpiente”[6]

Por su parte, Gustav Mahler señala: Una sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcar todo.[7] Toda su obra musical es un himno a la  naturaleza y a la vida que la habita. Su pensamiento supera la racionalidad moderna y resulta complejo, es decir, rico en mediaciones. Por eso, “al acoger a Bruno Walter en 1896 en Steinbach-am-Attersee, Mahler le dice: “Es inútil que mire el paisaje; ha pasado por entero a mi sinfonía”[8]

Toda la polifonía de sus obras encarna a la naturaleza, es ella misma hecha música, porque revela el sentido cósmico - ecosófico del arte en general y la música, en particular.

III.

La música y su valor  didáctico pedagógico.

Es necesario propiciar el desarrollo de una cultural artístico – musical en el magisterio, a todos los niveles, pues todo lo que alimenta y enriquece al alma del ser humano, tiene función educativa.

La música brinda posibilidades infinitas para la formación humana, y con ello, para el trabajo creador y la vida con sentido.

Los textos musicales, en toda su diversidad y complejidad, pueden ser fuentes excelentes para la elaboración de estrategias pedagógicas constructivistas y transdisciplinarias.

La apreciación  musical, además, prepara al hombre para el trabajo creador y la vida con sentido. Todo quehacer y obra humanos, requieren de inspiración, pues como dijo Franz Liszt,  la música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso”[9].

Con razón dijo  José Martí: “El color tiene límites: la palabra, labios: la música, cielo. Lo verdadero es lo que no termina: y la música está perpetuamente palpitando en el espacio. La música es la más bella forma de lo bello: [...]”[10]

Notas: 

[1] “Elan vital. Según Bergson, la conciencia en cuanto penetra en la materia y la organiza realizando en ella el mundo orgánico”. (Abbagnano. Dic. Filos. P. 374.)

En mi caso lo empleo como cauce, espíritu, sentido integrador esencial…

[2] Concebida la Ecosofía como saber integrador ecologizado, cuyo objeto es la sabiduría para salvar nuestro planeta Tierra, y con él, a la humanidad.

[6] Martí, José. Emerson. Obras completas. Tomo 13. Editora nacional de Cuba, La Habana, 1967.

[10] José Martí. White 2”. Revista Universal. México, mayo 25 de 1875. OC. 5:293.

 

Dr. Rigoberto Pupo Pupo
rigobertopp3@yahoo.com.mx

Profesor e Investigador Titular consultante

Doctor en Filosofía. Doctor en Ciencias

Pedagogo destacado S. XX cubano

Universidad de La Habana

Universidad “José Martí” de Latinoamérica, Monterrey.

Profesor Emérito. Universidad José Martí” de Latinoamérica, 2016.

Premio Internacional por la obra de la vida, SHGE, NL, México, 2013.

Profesor Multiversidad Mundo Real “Edgar Morin”

Monterrey, NL, septiembre de 2016

 

Se agregan videos por parte del editor de Letras Uruguay echinope@gmail.comhttps://twitter.com/echinope https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Paco De Lucía - Concierto de Aranjuez (Full)

 

Martha Argerich - Chopin: Piano Concerto No. 1 in E minor, Op. 11 (2010)

Publicado el 17 ene. 2016

Jacek Kaspszyk, conductor
Martha Argerich, piano
Sinfonia Varsovia Orchestra

Chopin - Piano Concerto No. 1 in E minor, Op. 11:

00:43 - Allegro Maestoso
21:08 - Romanze – Larghetto (in E major)
30:57 - Rondo – Vivace (in E major)

Encores:

40:46 - Chopin: Mazurka in C major, Op. 24 No. 2
43:40 - Schumann: Traumes Wirren from Fantasiestücke, Op. 12


August 27th, 2010
Warsaw, Poland

 

Vivaldi, Las cuatro estaciones (completa) Música Clásica (The Four Seasons)

Publicado el 31 mar. 2014

El hecho de que Vivaldi fuera capaz de componer música imaginativa, original y maravillosamente fresca dentro de la estética restringida de la representación literal atestigua su extraordinaria habilidad como compositor y orquestador. Su logro en materia de pintura tonal en Las Cuatro Estaciones fue apreciado de inmediato por el público, la nobleza y la prensa.

El concierto de La Primavera se convirtió en favorito de varios violinistas, y fue publicado en arreglos para organillo, museta y flauta. En los días anteriores a los derechos de autor, apropiarse de la obra de un compositor era un acto de homenaje, no de latrocinio. De este modo, Michel Corrette le hizo un gran cumplido a La Primavera al transformarla en una gran composición sacra, como lo hizo Jean Jacques Rousseau en su improbable mutación de la pieza en un solo para flauta.

La popularidad de Las Cuatro Estaciones naturalmente impresionó a los compositores posteriores. Es por eso que estos conciertos contribuyeron en gran medida al creciente interés por la música descriptiva de la naturaleza y de la vida campestre. La tradición pastoral culminó con Las Estaciones de Haydn y la Sinfonía Pastoral de Beethoven.

 

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