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Pampa
Lydia Raquel Pistagnesi

poemasenazul@yahoo.com.ar

 

 

 
 

Pampa, así se llamaba, tenia el pelo azabache como noche sin estrellas y su crin ondeaba acompasadamente cuando galopábamos por la llanura.

A la hora de la siesta, después de esperar pacientemente que toda la familia se retirara a sus habitaciones, para mitigar en parte el calor de aquellas tardes de estío, los dos escapábamos por la llanura, el sin apero, yo, con mi enorme sombrero de paja.

Corríamos como el viento, imaginándome la heroína de un sueño escrito por Edmundo Damicis. Lo que no sabia es que ese día quedaría grabado en mi para siempre.

Ensimismada en mis fantasías y preocupada ante la idea de que descubrieran mi falta, no percibí que la brisa traía un aroma desagradable, Pampa sí, se paro en dos patas negándose a continuar, su relincho era imperioso.


Miré hacia adelante, el terror me invadió, enormes lenguas de fuego abarcaban el ancho de la llanura.

Dimos la vuelta con tan mala suerte que una de las patas de Pampa se metió en una vizcachera, su relincho de dolor y mi caída se mezclaron.... después, me invadió la oscuridad.

Cuando reaccioné estaba sola, el humo me ahogaba.

Una sensación de miedo y arrepentimiento peleaban dentro mío. Pobres papá y mamá, ellos siempre confiaron en mi sensatez, cuando me encuentren será demasiado tarde para pedirles perdón, soy una irresponsable. Cerré los ojos, era preferible no ver mi propio fin.

De pronto sentí una voz querida llamándome a través de las nubes de humo, traté de gritar, no pude. Algo me empujó, era Pampa con su relincho salvador junto a papá que me tomó en brazos mientras sus lágrimas mojaban mi rostro.

-Muchachos, todo esta bien, hay que regresar, el peligro se acrecienta. Preparen un contra fuego, ordenó tío Lorenzo, siempre tan parco, pero con unos deseos enormes de propinarme una tunda, ¡cosa que merecía sin ninguna duda!...

Al llegar a casa, también el enojo de mamá se diluyó, me abrazo con fuerza murmurando. Si no hubiera sido por Pampa, que regresó en busca de ayuda. Comenzó a llorar mientras tío Lorenzo sacudía nerviosamente su calva cabeza.

Fueron largas horas de incertidumbre hasta que el peligro desapareció, recién entonces corrí a buscar a mi amigo, seguro estaba descansando en el viejo molino.

Me acerqué lentamente a el, nosotros nos entendíamos son palabras.

Estaba inmóvil, sus enormes ojos mirando al cielo, seguí el recorrido de aquella mirada.

Y lo vi....¡ juro que lo vi!, galopando hacia las alturas, convirtiendo en noche aquel atardecer de mi infancia ...

 

Lydia Raquel Pistagnesi
poemasenazul@yahoo.com.ar 

 

 

Gentileza del blog http://poemasdelydiaraquelpistagnesi.blogspot.com/

 

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