Los enterrados
Cuento de Renato Peralta Chappell

Imaginen que estamos en el fondo de una casa modesta, debajo de un gran árbol. A un costado de la casa, hay una bicicleta apoyada.

Personajes: La Mujer, el Marido, el Pocero, el Enterrador y los Cómplices.

La Mujer había pensado, prolijamente, el asesinato de su marido. Lo más difícil en todo crimen, es ocultar el cadáver sin dejar rastros.

La Mujer sabía que no hay que andar con el muerto de un lado para el otro.

( Lo mejor es matar en el mismo lugar en que será ocultado el cadáver.

También hay que evitar el derramamiento de sangre. La sangre delata siempre.

La idea de la Mujer consistía en hacer un pozo vertical en el fondo de la casa. Nada que recuerde una tumba. Un pozo angosto, de unos 3 metros de profundidad, para un hombre parado, con un metro de tierra por encima de la cabeza. Y un árbol. Al borde del pozo colocarla una piedra grande y pesada. La Mujer se decidió por un block de granito, de esos que se usaban antes para formar los cordones de las veredas, y que andaba por el patio de la casa.

Cuando el Marido regresara del trabajo, como todos los días, y apoyara la bicicleta en el costado de la casa, ella lo recibiría mimosa. El Marido comenzaría entonces a acariciarle las nalgas. La Mujer lo llevaría al fondo para mostrarle el pozo "para la basura ', que habría hecho hacer.

El Marido se burlaría de ella, como siempre.

¿Qué, pensabas encontrar petróleo? ¿De dónde vamos a sacar tanta basura para llenar este pozo? Vamos a tener que comprar basura a los vecinos...

Como al descuido, la mujer dejaría caer en el fondo del pozo su reloj pulsera, regalo del Marido. Compungida, le pediría que lo recuperara.

¿A que no sos capaz de bajar?

Ataría una soga a un árbol para que el Marido bajara al pozo en busca del reloj .'Cuando el hombre estuviera abajo, cortaría la soga de un golpe, con la pala de puntear. Después, arrojaría el block de piedra encima del Marido y antes que pudiera reaccionar, comenzaría a cubrirlo de tierra. Encima, un árbol disiparía toda sospecha por la tierra removida.

Después sería otra más, mujer abandonada. Se lamentaría en todas partes, sin mezquinar insultos contra "el desagradecido que se fue detrás de una loca".
¿Cuánto me va a cobrar por cavarme un pozo para la basura en el fondo de mi casa?

El Pocero era un tipo dudoso. Borrachín, mujeriego, ladrón. Pero incapaz de matar a nadie.

El tipo miró a la Mujer. La desnudó mentalmente. Estaba “divina". Los pechos grandes, duros, separados, pugnaban por escapar de la blusa. L.a comba del vientre era perfecta. Pelirroja, algo pecosa; lo que más atraía de la Mujer era un cierto desparpajo que mostraba en todo. "Desfachatez’, decían las malas lenguas.

Por ser usted, no le voy a cobrar nada. Pero va a tener que ayudarme...

Cuando salió el Marido hacia el trabajo, en su bicicleta, entró el Pocero en la casa.

Con un piolín como radio, un clavo como centro y un palito en el extremo, trazó el circuló del pozo. Lo marcó con una pala de puntear y empezó el trabajo.

Antes pidió una botella de vino, que dejó a la mitad de un solo trago largo.

Al principio la tierra estaba dura, pero a poco la pala entraba con facilidad. Paleaba directamente la tierra hacia afuera. Cuando la profundidad lo requirió. empezó a cargar la tierra en una bolsa con un aro de hierro, que la Mujer izaba y volcaba al borde del pozo.

Desde abajo, el Pocero miraba las piernas de la Mujer. Perfectas, rosadas, torneaditas. El tipo pensaba aquello de "si así son las vías, cómo será la estación..."

Nunca se había sentido tan bien pagado por tan poco trabajo. Cuando el pozo avanzó, desde abajo se le veían los calzones a la Mujer, cuando se arrimaba a subir la bolsa con la tierra. Unas bombachitas chiquititas y ajustadas que no le llegaban al ombligo. Y el tipo clavaba la pala con más fuerza.

A mitad del trabajo, el Pocero salió con cualquier pretexto. Se tomó la mitad del vino que quedaba en la botella. La mujer aprovechó para hacerle correr el block de granito, pesadísimo, hasta el borde del pozo.

El sudor hacía brilla! los músculos del tipo.

El Pocero siguió cavando hasta que a la Mujer le pareció que la profundidad era suficiente. El tipo hubiera llegado hasta el centro de la tierra, si no hubiera estado tan excitado por la vista de la Mujer desde abajo.

Hizo subir la pala y le gritó a la Mujer desde el fondo:

¿Se anima a bajar para ver cómo quedó?

La Mujer tanteó la soga atada a un árbol y empezó a bajar al pozo. Al rozar contra las paredes, se le subió el vestido. El Pocero la recibió anhelante, la abrazó con fuerza y empezó a morderla. La Mujer intentaba defenderse. Pegaba gritos cortos.

Cosa rara. Por presentimiento, tai vez. el Marido volvió temprano del trabajo. Apoyó la bicicleta en un costado de la casa. Oyó voces en el fondo. Vio e’ montón de tierra. Se asomó al pozo. La Mujer tenía el vestido desgarrado. El Pocero, casi desnudo, la abrazaba frenéticamente.

Como si conociera el plan de la Mujer, el Marido cortó la soga con un golpe de pala. Empujó el block de granito y lo arrojó dentro del pozo. La piedra cayó despacio, rozando las paredes. El Pocero se aplastó a un costado, pero la piedra le raspó la cara y el pecho antes de caer encima de la Mujer, que se ovilló en el fondo como un pájaro bajado de un hondazo.

El Marido los escupió desde arriba y empezó a taparlos con tierra. Paleaba como un desesperado. El Pocero chorreaba sangre y la tierra que le caía forma-ba un barro rojizo sobre el block de granito. La tierra, como lluvia, lo enceguecía. Con las uñas raspaba las paredes del pozo y subía de a poco. Cuando asomó sobre el borde, el Marido lo golpeó con la pala en la cabeza. El Pocero se agarró de uno de los tobillos del Marido, que arreció con los golpes de pala. Hasta que los dos hombres cayeron al pozo encima de la Mujer. El Pocero tomó al Marido por el cuello y empezó a apretar con las dos manos. El Marido le pegaba como podía. Casi no podía moverse, como si el pozo se hubiera achicado.

Yo vi cuando el Pocero aflojaba las manos, la sangre borboteaba en su cabeza. El Marido se fue encogiendo poco a poco.

Piadosamente, empecé a cubrirlos con tierra.

Estaban vivos todavía. Bajo la tierra que les ¡ba arrojando, se movían. Los tres. También la Mujer. En el fondo, la tierra que se movía, parecía que estuviera hirviendo.

Después, puse un árbol encima. Éste, que se hizo grande muy pronto.

Así ocurrieron las cosas. Ustedes ya saben cómo conseguí esta casa, esa bicicleta. Y qué hay debajo de este árbol.

Desde ahora; Ustedes, lectores, son mis Cómplices.

 

Cuento de Renato Peralta Chappell

 

Publicado, originalmente, en: Acento. Pensamiento, Narración, Poesía AÑO 1 -Nº 2, mayo de 1982

La revista Acento. Pensamiento, Narración, Poesía apareció en Buenos Aires entre 1981 y 1982

Link del texto: https://ahira.com.ar/ejemplares/acento-no-2/ 

Gentileza de Ahira. Archivo Histórico de Revistas Argentinas que es un proyecto que agrupa a investigadores de letras, historia y ciencias de la comunicación,

que estudia la historia de las revistas argentinas en el siglo veinte.

 

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

Ir a índice de narrativa

Ir a índice de Renato Peralta Chappell

Ir a página inicio

Ir a índice de autores