Limay
Carlos Penelas

Aquí estamos, padre,
Emiliano y yo convocados en tu sueño
a orillas del único río que amabas
sin consuelo. Hemos dejado atrás
la soledad y la congoja.
Debes estar en algún lado del misterio.
En la corriente desenvuelta y cautiva,
en el invierno áspero,
en la sequedad del polvo.
¡Oh, vientos del sur devorantes de noches!
Mi voz es sorda en estos arenales,
en esta mudanza errante
entre patos silvestres y árboles desnudos.
Mi voz es una ausencia de dolencias y ocios.

Pero es bella la tarde en esta orilla
de transparentes cielos y pastos amarillos.
El aire me enfría la cara y las manos.
Y la soledad es espléndida al lado de mi hijo.
Sobre pastizales, la aturdida planicie
de una luz ausente
en el milagro de pájaros alzados.
Vamos callados, sonrientes,
entre la tarde y la transparencia de Lisandro.
Hemos venido a encontrarnos
en esta morada sin ribera
donde el alma busca el desahogo.
A lo lejos un caballo, ovejas, la intemperie.
Aquí el río ascendente, perdurable
velando la llanura, la indolente memoria de la patria.
¡Y el aura helada del río entre nosotros!

Río Negro, junio de 2002

Carlos Penelas
El aire y la hierba
Buenos Aires, 2004.
Ediciones del valle.
Prosa.
Gentileza: http://www.carlospenelas.com/ 

Ir a índice de América

Ir a índice de Penelas, Carlos

Ir a página inicio

Ir a mapa del sitio