La cultura de la pelota
Carlos Penelas

Para aquellos que no me conocen debo decirlo. Y si es necesario reiterarlo. Amo el deporte. Me formé desde niño en un club donde su escudo dice Mens sana in corpore sano. Esa sentencia latina y otra -que  aún leemos en el frontispicio de mi escuela primaria- Liber Liberat,  me acompañan. He corrido en natación, pecho. He nadado en río y en mar. He jugado pelota a paleta y concurrí a las clases de box con el Sapo Azar. Un nadador de otros tiempos, Pico, me enseñó a no tenerle miedo al agua. Y un estilo para siempre. Fútbol toda mi vida. En  Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, en torneos internos de Atlanta, en la 5ta. de Argentinos Juniors, en el seleccionado de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, en cuanto potrero o baldío había. De adulto me transforme en director técnico de los equipos de mis hijos del torneo de GEBA, durante diez años.

 Siempre, o casi siempre, jugué de insider derecho o entreala derecho. Y sin vanidad, no jugaba mal. (En algunos picados, para compensar, sólo podía tocar la redonda con la izquierda. La derecha apoyaba, nada más.) La pisaba, levantaba la cabeza mirando al compañero, la pedía a cada rato. Al trote, de área a área. Y volver a empezar, armando el partido, con paciencia, cruzando pelotas a veinte o treinta metros, gambeteando, haciendo caños, taquitos, acariciando la pelota, amándola. Con las medias bajas, sin canilleras. Caminando, casi sin transpirar. Guardo medallas y alguna copa de esos años.

 De muchacho pude ver en Independiente a uno de los más grandes, al uruguayo Vladas Douksas. Mi padre me llevaba a la tribuna de los Diablos Rojos. Iba con mis hermanos y mis primos. Michelli, Cecconato, Bonelli, Grillo y Cruz. Los veo aún salir del túnel a Elías Abraham, a Moussegne, a José Varakca, a Maldonado, al Bocha.

Mi padre me hablaba de Seoane, de Orsi, de De la Mata. Los conoció en la fonda de mi tío Pedro, en Avellaneda. Iban a comer pastas y tomar vino tinto el sábado por la noche. En el barrio La Mosca ,  Piñeiro.

Cuando viajaba a los entrenamientos de Argentinos Juniors tomaba el 109. En el bolso llevaba la toalla, los botines, la medias, el pantaloncito y un libro de poemas. Jamás confundí el arte, la educación de la sensibilidad, la ética, la creación interior con la industria. Una cosa es el jazz y otra el imperialismo. Por esos años, por otra parte, en mi hogar se hablaba de  Bakunin, de Trotsky, de las invasiones de los marines y de la Guerra Civil Española. Además -vale el tono- el deporte amateur es lo verdaderamente importante. Recordemos a Píndaro. El resto sabemos de sobra: industria, mercado, negocio, mafia, sistema en descomposición. Política de la más baja estofa; delito y corrupción.

A los poetas no concedieron ni los hombres ni los dioses ni los libreros el ser mediocres, sentenció Horacio en su Arte poética. Pocos son los hombres que pueden consumar ese arte. Ahora, parece que es a la inversa. Philip Sydney, en su famoso libro Defensa de la poesía, decía que no son el rimar y el versificar el que hacen al poeta. Y que han existido muchos poetas de gran excelencia que nunca versificaron. Estamos hablando de 1580.

Vivimos con alegría mediocridad y populismo. Las editoriales y seudos escritores ven un mercado redituable, se puso de moda. Caro lector, no olvide las palabras del comienzo, por favor. No se trata de escritores ilustrados y escritores junto al pueblo. Estamos hablando de estética literaria. Recuerde, cité a Píndaro. Puedo hablar de Camus o de Pasolini. Pongo en tela de juicio que estos relatos, cuentos o novelas futboleras tengan algo que ver con la literatura. No creo que en Italia se publique una antología donde estén  Petrarca y Dante junto a Modugno o Celentano. Podemos seguir. Aquí vale todo, se mezcla todo. No se trata, reitero, de desdeñar temas, intentamos señalar a los adulones, a los populistas, a los que cómplices del mercado (aunque lo nieguen en nombre de las masas) distorsionan lenguajes, conceptos, prestigios. No estamos en contra de los escritores futboleros, decimos que no son escritores. La mayoría son farsantes, otros escriben con los pies. Más claramente: son malos escritores. Intentar confundirlos con Horacio Quiroga, Ricardo Molinari, Marco Denevi o Abelardo Castillo, por dar algunos nombres, es mala fe o ignorancia. El público es el público. Y el lector es el lector. Una cosa es la carga afectiva y otra lo trivial, lo chabacano que hay en cada acto; lo ideológico, la lectura política, si se quiere. Se habla de éxito, de territorios para explotar, de la influencia de los medios.

Fascinaciones, declaraciones frontales, estilos categóricos. Bien. Frecuentación servicial que produce desplazamientos. Estilos oleaginosos que abarcan los diarios canónicos, posiciones de avanzada, seudo progresismo. Maniobras. Pactos, por razones de afinidad espiritual, verificación de textos, ponerse à la page. Ecos difusos de nuevos intelectuales, o viejos zorros, que distribuyen amagos, vertiginosos saludos y demás chovinismos. Problemas de latitudes y de buen hígado. Méritos de un extraño raíd, virtudes filantrópicas, tal vez. Osados, venerables, estrategias con la patota de amigos presuntamente privilegiados. Bromas ocurrentes y celebradas. Sintetizo, lector, sintetizo. Y luego la perplejidad, los elogios, las justificaciones. Posicionamiento. Esa es la palabra.

Porque la miseria se fue acumulando. En las calles, en las plazas, en los hospitales, en las escuelas, en los edificios, en las bibliotecas. Inquietante, paradigmas, blasones de otra índole. Conjuro y flecos de legiones, de actitudes puntuales, de juegos florales cercanos siempre a lo nacional, a lo anecdótico, a lo decorativo del poder de turno. Parlotean, cejas al frente, beneméritos apóstoles del lumpenaje.  Apogeos, criterios corporativos. Académicos de otro orden, reiteración de lo mismo. Cansan, en el fondo son tan prolijos como los embajadores con medallas al pecho.  Por miedo al castigo que por amor a la virtud, escribió Horacio en  Epístola a los Pisones.

Carlos Penelas

Buenos Aires, enero de 2008

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