José Ángel Valente: poeta de la inminencia

Ensayo de Julián Palley

Somos el borrador de un texto

que nunca será pasado en limpio.

Roberto Juarroz

La poesía de Jorge Guillén, en algunos de los poemas claves de Cántico, nos ofrece una visión de la plenitud, de la perfección y stasis de un mundo redondeado, como, por ejemplo, en “Las doce en el reloj”:

...Era yo

Centro en aquel instante

De tanto alrededor,

Quien lo veía todo Completo para un dios.

o incluso en un poema como “Estatua ecuestre,” donde hay un afán de movimiento frenado:

Porque voy en un corcel

A la maravilla fiel:

Inmóvil con todo brío.

En cambio, la visión de Valente es la de la inminencia, del hacerse o el llegar-a-ser, un movimiento hacia una meta todavía no percibida claramente, o en los últimos poemas, del deshacerse, de la descomposición. Esta visión corresponde, en el lenguaje, a las teorías desconstructivistas de Derrida y otros, en que el significado, respecto al significante, siempre se encuentra en un estado de transición, de inminencia, de movimiento: la différance. Además, este hacerse o deshacerse, continuamente, comparte la visión del mundo de Antoni Tapies, un pintor admirado por Valente, de quien ha dicho un crítico: “El proceso de la erosión es lo único que merece interés, la constancia de lo semi-completo y lo incompleto de las cosas”[1].

Quisiera trazar algunos ejemplos de este hacerse, devenir o deshacerse —quizá la esencia de su arte— en la obra reciente de Valente, escrita de 1979 a 1989, recogida en su libro Material memoria (1992)[2]. Sin embargo, en su libro anterior (Interior configuras, 1973-1976)[3] hay poemas que ya anuncian este afán de captar lo inacabado, el movimiento hacia o desde una meta indistinta, que el autor define, en su epígrafe a Punto cero, como el lenguaje llevado “al punto cero, al punto de la infinita, de la infinita libertad”. En el poema que introduce Interior configuras, “Territorio,” el hablante establece su poética:

Ahora entramos en la penetración

en el reverso incisivo

de cuanto infinitamente se divide...

...en la partición indolorosa de la célula

en el revés de la pupila

en la extremidad terminal de la materia

o en su solo comienzo.

El proceso del lenguaje —y de la poesía— entonces corresponde a la base biológica de la vida, la división de la célula.

Procede sola de la noche

la noche como de la duración lo interminable,...

o como de lo informe viene hasta la luz

el limo original de lo viviente.

El hablante describe un movimiento interminable e indeterminado. El arte, el poema (“el canto” como le gusta denominarlo Valente) sólo puede captarse en su duración, en su llegar-a-ser.

“Arietta, opus 111”, del mismo libro, comienza: “Forma / (en lo infinitamente abierto hacia lo informe)”. En esta meditación sobre un movimiento de una sonata de Beethoven,

el movimiento iguala a la quietud

y la piedra solar

a lo perpetuamente alzado y destruido.

Valente ve en la música “el agua antenatal que envuelve / la forma indescifrable...” (pc, 446). En esta visión heracletiana del ser, el hablante afirma la “constante mutabilidad de la materia”[4], y además, en libros posteriores, describirá el ser como fuego, como incandescencia, otro motivo del filósofo de Éfeso. En “En el recinto sellado de este sueño” (pc, 454), un poema en que vuelve a aparecer el ángel, figura ubicua en sus primeros libros[5], el hablante compara el flujo informe al “ala de un ángel / abriéndose en el seno de la sombra”, “o el súbito encuentro / del ave con su vuelo,” alusión metafórica a las aguas heraclitianas “...que nos hacen nacer y nos anegan”.

Materia memorable aparece al final de Punto cero, con la fechas de 1973-1976. El mismo libro forma el comienzo de Material memoria (19791989), con las fechas adelantadas, aparentemente sin otro cambio que la adición de la sección titulada “Cinco fragmentos para Antoni Tapies”. El poema “Palabra” nos describe la

                     Luz,

donde aún no forma

su innumerable rostro lo visible.

Lo informe, o más bien el proceso de llegar-a-ser, toma el aspecto del ángel en el poema con ese título. Aquí el hablante se dirige al ángel:

Vuelvo a encontrarte en la precisa línea

desde la que la noche retrocede.

El ángel había sido un símbolo polisémico desde los primeros libros de Punto cero, pero en el fondo representaba el otro yo del hablante, con quien luchaba (recordando la lucha bíblica de Jacobo y el ángel) en su intento de auto-conocimiento. Como he escrito anteriormente sobre este poema, “De nuevo, el ángel puede ser un proyectado, aún informe, yo literario, todavía ‘indistinto’, todavía invisible, con el que ha estado luchando desde los poemas de A modo de esperanza”[6]. Este ángel es “el señor de lo indistinto”, imagen informe sólo vislumbrada “en el extremo límite”: su aparición y desaparición, su ir y venir ocurren en una niebla difusa.

“Los cinco fragmentos para Antoni Tapies” sugieren una teoría de la creación artística, teoría no muy distante de la vía mística de san Juan de la Cruz o de Miguel Molinos. Se trata de crear un espacio vacío, “estado de no-acción, de no interferencia, de atención suprema a los movimientos del universo” (14). Como el místico espera la presencia inminente de Dios en el alma, en la nada deseada, el poeta espera, de fuentes desconocidas, el don del poema o del cuadro. La creación requiere el estado del no-ser, del vacío. Valente nos habla del “enigma de la inmaterialidad de la materia” (46). Si no me equivoco, esta frase se refiere al vacío que espera la entrada de la materia: el poema, el cuadro.

Tres lecciones de tinieblas es una meditación lírica sobre catorce letras del alfabeto hebreo, relacionadas, según el autor, a las lecciones musicales de Couperin. La letras hebreas tienen un valor simbólico, no sólo fonético; cada letra se refiere a una cosa, por ejemplo, “beta” es casa, “yod” es la mano, lo que apunta a los orígenes ideográficos de la escritura. El poeta construye una serie de resonancias alrededor de las letras, y en cada caso hay una inminencia, una expectación de la creación. Primero, la Álef, el comienzo, la nada (la Álef es la única letra que no tiene un valor fonético: es la ausencia): “El punto donde comienza la respiración” (53). En la Bet, el “hálito fecunda al humus: se despiertan, como de sí, las formas”. La Zayin “tenía ante sí lo posible abierto a lo posible y lo imposible”. Sobre lajhet: “Deja que llegue a ti lo que no tiene nombre... el flujo de lo oscuro que sube en oleadas” (63). La Caf (la palma de la mano) es “la oscura espera de la luz” (68). La Mem (agua): “El que espera entrar en el nombre ha de velar nocturno a la orillas de la sola quietud: las aguas” (70). El agua, el mar, es el origen que genera la vida. El mismo autor comenta: “Pueden leerse como... canto de la germinación y del origen o de la vida como inminencia y proximidad” (74).

Mandorla (titulo del siguiente libro de Valente): almendra, símbolo de la unión, de la cópula, del sexo femenino, pero también con raíces en la iconografía cristiana, la aureola de luz que envuelve, en el medioevo, la figura de Cristo, y después, la de la Virgen. Es la palma de la mano, cóncava, que envuelve, como aureola, la caricia, la piel. La unión sexual y la trascendencia mística: “Me entraste al fondo de tu noche ebrio / de claridad” (81). Los temas se enlazan con la primera parte de libro: el acto sexual y la experiencia mística. El conocimiento sexual también nos lleva a los últimos misterios.

Pero también lo inacabable, lo inminente, está implicado en esta experiencia:

El espacio que sólo se divide en gérmenes de gérmenes de gérmenes. El tiempo que empieza apenas a durar. El movimiento que ya está consumado en esta mano inmóvil y tendida al arqueado lomo del animal en el que tiene forma, no fraguada aún la forma, la caricia... No media el tiempo sino la interminable duración del deseo entre la palma y el suave descenso a tu vientre (“Espacio”).

El acto sexual, el amor, parece interminable. Se difiere, cuanto sea posible, la consumación.

En “Umbral” (en la segunda parte de Mandorlá) el hablante contempla una fotografía de sí mismo, tomada cuando era niño. Está “vestido de blanco”, quizá para una ceremonia religiosa. “Una gran onda larga en la fotografía / que el tiempo ha demudado / cae / sobre mi frente”. La foto, modificada por el tiempo, resucita ese momento de su niñez, en que la mano amante de la madre arreglaba su cabellera. El poema termina: “tú me tiendes la rama dorada. / Pongo mi pie desnudo en el umbral, hacia un futuro desconocido, inminente”.

En el “Yom Kippur”, el día de la expiación y del perdón judío, todo deber renacer, empezar de nuevo, hacia un futuro limpio de pecado:

Desciende tú hacia el aire

de este día lustral

con pie ligero como

si aún no fuera imposible

nacer.

Una nueva vida se abre al hablante tras el umbral del día.

Los ocho poemas de la tercera parte de Mandorla giran en torno al hecho de escribir; son ejemplos de la metapoesía relacionada con los ensayos sobre el mismo tema. El poeta, el creador, tiene que crear un estado de vacío, de espera y expectación de la llegada de la palabra, la cual con frecuencia no llega: “Aguardábamos la palabra. Y no llegó. No se dijo a sí misma”. La palabra tiene su propia vida, su propia voluntad; el poeta es sólo el receptáculo. Esta teoría se remonta a Nietzsche y al romanticismo alemán, o quizá más allá aún a Platón, y encuentra su eco en Bécquer:

yo soy ese espíritu

de que es vaso el poeta.

Pero el concepto no pierde su actualidad: el poeta siente, muchas veces, que es sólo el instrumento de alguna fuerza superior. En el poema siguiente, el hablante lamenta que la palabra deseada no llega: “Nada ni nadie en esta hora adviene, pues la soledad es la sola estancia del estar. Y nosotros aguardamos la palabra” (114). ¿Por qué emplea Valente el plural de la primera persona? Quizá para indicar que esta experiencia de la espera, de la creación poética, es universal.

El fulgor es, en las palabras de Miguel García-Posada, “el diálogo del hombre con el cuerpo”[7], o quizá, más bien, del alma o de la psique con el cuerpo. En este libro difícil, que tal vez fuera el producto de una época de enfermedad, en que el hablante pudo enfrentarse largamente con su propio cuerpo; el cuerpo y la mente discuten, se acusan, se invaden. Al final, en el último poema, cuerpo y alma se confunden, se abrasan, se reconcilian:

y todo lo que existe en esta hora

de absoluto fulgor

se abrasa, arde contigo, cuerpo

en la incendiada boca de la noche

En esta lucha o diálogo apenas hay espacio para la lenta germinación, la espera. En algún poema, como el xx, es inminente la llegada del alba:

...Pájaros. Párpados.

Se posa

apenas la pupila en la esbozada luz.

Adviene, advienes,

cuerpo, el día.

Podría el día detenerse

en la desnuda rama

ser sólo el despertar.

El xxvi vuelve al motivo de la palabra esperada, que llegará sólo al vacío cóncavo de la mano:

con las manos se forman las palabras

con las manos en su concavidad

se forman corporales las palabras

que no podíamos decir.

Y en el XXIX la memoria es un tránsito, un flujo, impermanente:

Descender por el tacto a la raíz

de ti, memoria

húmeda de mi tránsito

Al dios del lugar (1989), el último libro de Material memoria, continúa o reafirma varias imágenes o motivos de los libros anteriores. El ángel aparece, enigmáticamente, en el segundo poema:

En el espacio

entre él y su sombra desdoblada

el ángel es, pensó,

irónico y oblicuo.

“Irónico y oblicuo”, en efecto, son adjetivos que podrían caracterizar el libro entero. El ángel, el dios, la palabra, parecen ser motivos intercambiables a través del poemario. El dios, la aparición de lo divino, es algo largamente esperado, que apenas se vislumbra, como en el pequeño poema “Borrarse”: “Sólo en la ausencia de todo signo / se posa el dios”. Crear un estado de vacío, de la nada, es necesario para que entre el dios o la palabra. Es necesario vaciar el espíritu de “todo signo” —de pensamientos, conceptos, deseos— para que se pose el dios; desde luego, ante la tradición milenaria del misticismo en sus muchas formas. En el que empieza “...postrados mientras” hay un estado de la expectación, de la llegada de un milagro:

Manada ciega

de animales oscuros

volcador sobre el barro.

 

¿Quién vendrá de lo alto

con fragmentos de viento

a darte nombres?

Una vez más, en “Línea o modulación” hay un “envite oscuro”, “tentativa del cuerpo” (¿o sea del poema, de la palabra?):

del ángel que no puede

afirmarse en el borde

sumido de la luz.

La palabra viene del ángel (el daimon griego) que “no puede / afirmarse en el borde”. El poema, la palabra, es sólo una tentativa, que se retrae a la oscuridad. El ángel aparece brevemente en “La luz” (198):

...Más no mirabas vacilante.

La misma luz te retenía.

El ángel llega con su luz a una escena idílica, de mesa puesta, pan y vino, y “no podías partir”.

El motivo del “ala del ángel,” la que aparece súbitamente con un brillo metálico, es frecuente en los primeros libros de Valente; a mí, como lector, me sugiere la imagen de lo divino vislumbrado brevemente[8]. Esta imagen ocurre, por ejemplo, en “El sacrificio” (sobre Abraham e Isaac, La memoria y los signos, p. 220), y en estos versos de Interior configuras:

Como el ala del ángel

abriéndose en el seno de la sombra

o el súbito encuentro

del ave con su nido.

Este motivo vuelve en “La arena”, en Al Dios del lugar (199):

y la luz caía sobre ella con el secreto brillo del acero como un ala rasante.

El ala (¿del ángel?) representa lo fugitivo, lo transitorio de nuestra percepción y experiencia del mundo, y del fluir de nuestra conciencia. Y, como indiqué antes, es la sospecha, la vislumbre de lo sagrado en nuestra vida cotidiana y prosaica.

“Venía el otro” ofrece la imagen del otro, del ángel malo, quien no viene para llenar un vacio, la nada, sino más bien para crearla:

y cómo se asomaba y cómo luego

volvía a aparecer en un amago

subterráneo de sí, interminable...

...y el homicidio calculado

y el delirio sin fin

del cuerpo y sus figuras

en los espejos rotos.

La imagen es persistente, “interminable”. El ángel malo (compárese con las variaciones sobre el ángel en Alberti) amenaza la cordura del hablante en esta imagen, casi surrealista, del “delirio sin fin” y de los “espejos rotos”.

Pero todo en este libro no es del devenir, creación o destrucción. El poema que empieza “Había el aire solo” capta una visión guilleniana de un mundo perfecto resumido en el canto de un pájaro:

Suspendido del canto,

en el centro o en el eje

celeste de la tarde,

el pájaro.

La contemplación de un cuadro es frecuente. Además de los ejemplos de ékphrasis en los poemas dedicados a Tapies, la figura de san Sebastián, desnudo, emerge en el titulado “Se alzó”. Se trata de una visión súbita, quizá el instante de esperar las flechas:

...y el tenso

temblor de dardos

en el cuerpo incendiado

bajo la oscura aparición del día.

En este áttimo juggente, los dardos, y el advenimiento del alba, son inminentes. El cuerpo “incendiado” (¿de la luz del alba, de la agonía?) es otro motivo repetido (véase el último poema de Fulgor). Como las almas de El Greco, llamas que se consumen, como la “llama de amor vivo” de san Juan de la Cruz, el éxtasis amoroso-místico de los cuerpos de Valente se convierte en fuego[9].

“Los sacerdotes” empieza con una visión extraña de los sacerdotes que suben escalas “infinitas” del aire con su víctima, que se prepara como el poema; es difícil evitar el recuerdo del sacrificio azteca. Pero estos sacerdotes “nunca más” vuelven. El poema termina con la inminente llegada del alba:

Lento el primer latido

o párpado del día resurrecto

empezó a oírse.

¿Se alude aquí a los grandes sacrificios humanos de las culturas mesoa-mericanas, para salvar al sol o las cosechas? Quizá, pero también los recuerdos cristianos son evidentes.

Los últimos poemas de Al dios del lugar nos ofrecen una visión de la lenta desintegración, ya no del hacerse sino del deshacerse, con imágenes que recuerdan a Max Ernst o a Tápies. “El sur” es uno de los poemas más cercanos a la pintura, con su manejo de imágenes; ut pictura poesis. Describe una ciudad andaluza que se desmorona lentamente:

El sur como una larga,

lenta demolición.

 

El náufrago solar de las comisas

bajo la putrefacta sombra del jazmín.

Así también el poema siguiente, “Noviembre”, en que “El aire arrastra / abandonados cielos / hacia el lejano sur”. En “La lentitud” la visión del hablante parece caer sobre sí mismo, su descomposición y futura muerte:

La lentitud de la destrucción,

sus prolongados hilos húmedos,

el odio con retractiles

pupilas amarillas,

la corrupción de la memoria y las figuras...

Tanteas, tocas, palpas ciegos los residuos de ti.

La naturaleza simpatiza con el estado de ánimo del hablante, en palabras que evocan imágenes semejantes en Quevedo (“Miré los muros de la patria mía”):

Sombrío cae el año hacia su muerte,

las conmemoraciones del difunto, el ácido

reclamo de la noche.

La imágenes tétricas continúan: “Conviene... caer del aire, disolverse como / si nunca hubieras existido”, y “Postreros pájaros borrados / en la declinación oscura de la luz”. La visión de la destrucción, que sugiere el proto-surrealismo de Rimbaud (Le bateau ivre), aparece súbitamente en “Los brazos”:

Los brazos de los ahogados en el mar, sus ojos

en la incendiada noche de las algas.

Después de tanta descomposición, uno de los últimos poemas, “Oscuro” (232) parece atisbar un re-nacer de un hombre futuro desde el mar, de las ruinas:

Surge, surte del mar

el hombre,

de mares sumergidos en la noche

 

Dijiste,

desde las aguas viene el hombre

con figura de mar,

pone su planta, el límite, establece

las luces del poniente

y los umbrales del amanecer.

De esta manera, en todo el libro hay un sentido de la inminencia; al principio, la esperada llegada del ángel (“Línea”); al final, después de la descomposición y la muerte, la inminente aparición desde el mar (como la de los primeros organismos en la escala de la evolución), de un hombre futuro.

Notas:

[1] Vera Linhartová (Tápies, New York y Hamburg, 1972, p. 13): “The process of eroserosion alone is worthy of interest, the constancy of the semi-complete and incomplete things". Y Valente cita a Berenson, respecto a Leonardo da Vinci: “De ahí que raramente los terminase. Es esa dinámica de perpetua apertura —inacabamiento— hacia una perfección que se sitúa siempre un poco más allá de sí misma uno, de los elementos de la radical modernidad de Leonardo” (Variaciones sobre el pájaro y la red. Barcelona, Tusquets, 1991, p. 159).

[2] José Ángel Valente, Material memoria (1979-89). Madrid, Alianza, 1992. Las citas entre paréntesis remiten a esta edición. Decidí no incluir, en esta discusión, el último libro de poesía de Valente, No amanece el cantor (Barcelona, Tusquets, 1992), porque me parece que con este libro empieza una nueva vertiente en su obra.

[3]  En Punto cero. Barcelona, Seix Barral, 1980. Las citas precedidas de PC remiten a esta edición.

[4] Pequeño Larousse. México, 1985, p. 1344.

[5] Véase mi articulo “El ángel y el yo en la poesía de José Ángel Valente”, en Claudio Rodríguez Fer, José Ángel Valente. Madrid, Taurus, 1992, pp. 312-330. También en inglés, “The Angel and the Self in the Poetry of José Ángel Valente”, en Hispanic Review, núm. 55: 1, Winter 1987, pp. 59-76.

[6] En Claudio Rodríguez Fer, op. cif., p. 330.

[7] Ibid., p. 228.

[8] Y hay que recalcar que los poemas de Valente son una obra abierta, polivalente en la psique del receptor.

[9] En el misticismo el cuerpo siempre está presente. Escribe Valente en La piedra y el centro: “El místico siempre tiene una muy definitiva relación con el cuerpo. No hay experiencia espiritual sin complicidad de lo corpóreo” (Variaciones sobre el pájaro y la red, 1991, p. 29).

La UNED en TVE-2 - Aventura del Saber -

Poetas españoles comtemporáneos: José Angel Valente

Rincon Literario - José Ángel Valente, poeta, ensayista y traductor. Recibió, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1988. En la entrevista examina su obra influenciada por Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y los poetas hispanoamericanos como, José Lezama Lima y César Vallejo.

 

José Ángel Valente, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1/2

18 jul 2015

 

2000: 18 de julio. Muere el poeta José Ángel Valente. Recordamos la entrevista al poeta José Ángel Valente en su biblioteca, ubicada en Almería (13 de junio de 1999). Valente afirma que el poeta no es un místico, aunque para él la obra máxima de la poesía española es "Canto espiritual" de San Juan de la Cruz. En 1992 se publicaron dos tomos con la obra poética completa de Valente. Se considera un poeta oscuro y explica cómo hacer un poema: la palabra es el instrumento del poeta. La poesía es un ejercicio del espíritu y leer poesía es la experiencia extrema a la que puede llegar el lenguaje. No cree en la poesía profesional y actúa contracorriente, huye de los grupos literarios, … Anécdota sobre el Premio de la Crítica. Para Valente el creador literario es minoritario y cada vez más distanciado de lo que producen las editoriales. Opina que hay escritores malísimos que venden muchísimos libros. Para ver 2ª parte de la entrevista: https://youtu.be/Kw4yTvsD-M4 Presenta Juan María Rodríguez [Programa "Pretextos", 13 de junio de 1999. Canal 2 Andalucía] "José Ángel Valente. (Orense, 1929 - Ginebra, 18 de julio de 2000). Poeta español, ensayista y abogado. Cursa estudios en la Universidad de Santiago de Compostela obteniendo el título de licenciado en Derecho y en la Universidad Complutense de Madrid, donde se licencia en Filología Románica. Da clases en la Universidad de Oxford y en Ginebra ejerce de traductor de organizaciones internacionales; posteriormente trabaja en París en la sede de la UNESCO. En los años 80 vuelve a España, fijando su residencia en Almería, y continúa con su actividad docente como profesor visitante en diversas universidades extranjeras. En sus últimos años alterna su residencia suiza con la española, … Su trayectoria profesional comienza cuando aún es un estudiante que despunta como poeta, formando parte del “Grupo Poético de los 50”, dentro del cual representa a la poesía como una vía del conocimiento. En la década de los 60 su poesía evoluciona siguiendo una corriente llamada "poesía del silencio", desligándose así del movimiento poético de mitad de siglo. En este periodo destacan obras como A modo de esperanza (1954), Premio Adonais en ese año, Poemas de Lázaro (1960), Premio de la Crítica, La memoria y los signos (1966) o Siete presentaciones (1967). Heredero de la tradición mística española, José Ángel Valente asimila tradiciones culturales, históricas y tendencias filosóficas creando textos cada vez más profundos y complicados. Uno de sus cuentos, El uniforme del general (contenido en el libro El número trece) le lleva ante un consejo de guerra en 1972 por la forma en que describe al ajército. La obra poética que escribe en gallego es primero reunida en Sete cántigas de alén (1981) y posteriormente en Cántigas de alén (1989). Realiza también trabajos como traductor de poesía alemana y francesa; además escribe ensayos relacionados con la pintura, la mística y la literatura española. Entre ellos destacan títulos como Las palabras de la tribu (1971), Ensayos sobre Miguel de Molinos (1974) o La piedra y el centro (1983). Su última obra es Fragmentos de un libro futuro, texto en el que se recogen sus últimos poemas y que se publicó después de su muerte al igual que Palais de Justice, en el que recoge el intenso e íntimo dolor sufrido durante el proceso de divorcio de su primera mujer. El autor dio orden de no publicar el texto hasta la muerte de ésta. Fuente y más información: http://www.cervantes.es/bibliotecas_d... José Ángel Valente escribió nueve poemas o coplas "para ser cantadas", y se las dejó en la peña El Taranto de Almería. En algunas se alude directamente a protagonistas flamencos como la guitarra, Tomatito, ... En 2021 la cantaora Sonia Miranda graba un disco con los cantares. Algunos de los reconocimientos a José Ángel Valente son: Premio Adonais (1954) Premio de la Crítica (1960, 1980) Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1988) Premio Nacional de Poesía (España) (1993, 2001 a título póstumo) Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1998) Como ensayista, destaca su libro "Variaciones sobre el pájaro y la red", con una serie de meditaciones acerca de Santa Teresa y El Bosco entre otros. Blog Memoranda: memoranda.canalsur.es También en @ArchivoCanalSur 13/06/1999 Trece de junio Dieciocho de julio

El poeta José Ángel Valente, Medalla de Andalucía 2/2

17 jul 2015

Ensayo de Julián Palley

 

Publicado, originalmente, en: La Experiencia Literaria 1996. Núm. 4-5

La Experiencia Literaria fue editada por el Colegio de Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

Link del texto: http://ru.ffyl.unam.mx/handle/10391/2037

 

Ver, además:

José Ángel Valente en Letras Uruguay

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

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