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Cien años de la Revolución Mexicana: Pancho Villa en la historia (Tercer Nota)
por José Fernando Ocampo T.
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“Somos partidarios de los principios, no de los hombres” Emiliano Zapata en el “Plan de Ayala”

“Nuestra casa era la tierra, no una idea, sino una tierra sembrada de maíz para alimentar a las familias. Y la libertad no era una palabra, sino un hombre sin miedo sentado delante de su casa al anochecer. Y la paz no era un sueño, sino un tiempo de descanso y de armonía.” John Steinbech, en ¡Viva Zapata!

Artículos de José Fernando Ocampo T. editados en Rebanadas:

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Rebanadas de Realidad - Bogotá, 20/06/12.- Emiliano Zapata fue el líder del movimiento campesino en la Revolución Mexicana. Se levantó en armas contra la dictadura de Porfirio Díaz por una razón principal, darles tierra a los campesinos del Estado de Morelos. En los tres decenios del Porfirato(1887-1880;1884-1910), los terratenientes—un 5% de la población—se apoderaron de todas las tierras, las de los campesinos, las de los indígenas, las de los pequeños propietarios, en el norte, en el sur, en el centro, en todo México, hasta poseer el 97% de la propiedad de las tierras cultivables. En manos de los extranjeros había más de 15 millones de hectáreas.

Emiliano Zapata

Por eso, la lucha por la tierra se fue convirtiendo en el objetivo de todos los levantamientos, de todas las luchas, de todas las campañas en el proceso de la Revolución. No hubo manifiesto, ni programa, ni asamblea, que no reivindicara una reforma agraria, no importa que unas veces fuera más radical que otras, que apareciera como objetivo programático estratégico o como señuelo para atraer a las masas campesinas. Siempre estuvo ahí. En mucho, la revolución mexicana fue una revolución campesina, no obstante la vinculación de un proletariado industrial incipiente que también se unió allí donde florecía el obrerismo. Zapata y Villa eran campesinos, vincularon los campesinos a la revolución y formaron ejércitos de soldados campesinos. Ninguno de los dos consiguió en vida la ansiada reforma agraria. México tuvo que esperar el gobierno de Lázaro Cárdenas para que se lograra la repartición de 18 millones de hectáreas a los campesinos en cuatro años, de 1936 a 1940. En la década del veinte pudieron haberse repartido casi 8 millones de hectáreas, repartición que no alcanzó a ver Zapata ni pudo liderarla.

John Steinbek, el famoso novelista y cineasta estadounidense, premio Nobel de Literatura, le dedicó años a explorar la vida y trayectoria revolucionaria de Emiliano Zapata. Su película ¡Viva Zapata! hizo época, ganó premios y dejó huella en la historiografía de la Revolución Mexicana. También levantó polémica. Actuaron en ella dos actores de fama, Marlon Brando en el papel de Zapata y Anthony Quinn en el de Eufemio, hermano de Emiliano. Quinn ganó el premio de Holywood por mejor actuación. Zapata en la película es el luchador incansable que defiende los campesinos, que no se rinde, que no se entrega, que no vacila, que encuentra siempre el camino de la lucha en defensa de sus ideales. Steinbek convierte a Zapata en mito. Como dice un comentarista de la obra: “Muchos de los habitantes de Morelos se negaron a creer que Zapata había muerto, unos insistían en que ese no era el cadáver y otros en que habían visto galopar a su caballo en las montañas del sur…su caballo no era blanco sino alazán. La idea del caballo blanco está inspirada en el mural de Zapata pintado por Diego Rivera. (Morserberger, en ¡Zapata! pag. 255).

Zapata por Diego Rivera, muralista mexicano

Zapata siempre consideró el Plan de Ayala de 1911 como “estandarte y guía de la Revolución” y, en todo el proceso de su lucha, se constituyó en el principio revolucionario fundamental. Y a él se refirieron todos los demás programas o planes del movimiento. Tres años después de su proclamación Zapata lo reafirmaba así: “la única bandera honrada de la Revolución ha sido y sigue siendo la del Plan de Ayala, complemento y aclaración indispensable del Plan de San Luis Potosí, pues sólo aquel Plan consigna principios, condensa con claridad los anhelos populares y traduce en fórmulas precisas las necesidades económicas y materiales del pueblo mexicano…” Definía y ratificaba los objetivos programáticos de la lucha. A los campesinos se les devolverían los terrenos usurpados por los “opresores”, fueran terratenientes, políticos o extranjeros, los cuales serán llevados a los tribunales revolucionarios. Se expropiará a los poderosos propietarios de los terrenos para devolverle a “los pueblos y ciudadanos de México” los ejidos, colonias, fundos legales, campos de sembradura o de labor, “en virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos, no son más dueños del terreno que pisan, sufriendo los horrores de la miseria sin poder mejorar su condición social sin poder dedicarse a la agricultura o la industria por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras, montes y aguas…” Además, se aplicará la desamortización de los bienes eclesiásticos. Benito Juárez ya había iniciado a mediados del siglo XIX la desamortización, o sea la expropiación de los bienes donados a la Iglesia a perpetuidad por los fieles como garantía de salvación eterna, tal como lo había impuesto Tomás Cipriano de Mosquera en Colombia, después de la derrota de los conservadores en la guerra civil de 1860. Pero Porfirio Díaz la había revertido, devolviéndoles las tierras a sus antiguos poseedores y abriéndoles el camino a los terratenientes yanquis. Así sucedió en varias partes de América Latina como en Colombia, con la devolución de las tierras a la Iglesia por Rafael Núñez en 1887. El Plan de Ayala era la esencia del carácter democrático de la Revolución Mexicana que encarnaba Emiliano Zapata.

El ejército de Emiliano Zapata

Con Zapata la revolución agraria se constituía en la esencia de la Revolución Mexicana y el Plan de Ayala en su programa revolucionario. Así se constituía en una revolución democrática, en favor de los campesinos desposeídos de sus tierras por los terratenientes feudales, el poder eclesiástico y el recién estrenado imperialismo estadounidense en América con la toma de Cuba y el robo de Panamá. En 1914, el plan no tenía sino una conclusión estratégica, que las reivindicaciones agrarias fueran elevadas a rango constitucional. La declaración firmada ese año en San Pablo Oxtotepec veía el triunfo de la revolución algo de cuestión de días y, por esa razón, todos los firmantes se comprometían a sostener estas “declaraciones” con el esfuerzo de su brazo “si es preciso a costa de su sangre y de su vida.” Zapata había iniciado su movimiento con las ideas del Plan de San Luis Potosí sobre una reforma agraria radical. Y en cada nuevo manifiesto se hacía referencia a sus planteamientos. Eso mismo establecía la declaración de San Pablo. Había partido del apoyo a Madero por poco tiempo una vez quedó claro que, ya en la Presidencia, no se le mediría a la reforma del campo. Así le sucedió con lo demás hasta su muerte. Ninguna modificación de los planes y programas cedió en el programa agrario radical que le había dado inicio al levantamiento zapatista, ni siquiera en su alianza con Villa, con el que se comprometieron a batallar conjuntamente una vez zanjaron sus diferencias sobre el Plan de San Luis. Y lo que Zapata tuvo siempre presente, que Estados Unidos era el enemigo externo que acechaba para atacar y dominar, lo logró entender Villa en el proceso de la lucha hasta su aventura de Columbus adentro de la frontera.

Es increíble el número de batallas que libró Zapata en su trajinar revolucionario. Fue con un ejército de campesinos, organizado, sin máscaras, sin terrorismo, a campo abierto, a la vista de todo el país. Sus batallas fueron innumerables. Resulta asombrosa la capacidad de lucha, de constancia y de liderazgo de Zapata. En un recuento de las batallas libradas por Zapata sólo en 1912, por ejemplo, se enumeran más de sesenta, unas a favor y otras en contra, es decir, una cada seis días (ver, Rebanadas de realidad, cronología de 1912). Era la rebelión contra el gobierno de Madero, al que le había declarado la guerra por haber traicionado los objetivos del programa agrario de la revolución. Pero siguió luchando hasta el día en que fue asesinado en 1919. No dejó de hacerlo de 1910 a 1919. Se hizo famoso en México desde el principio del movimiento, como lo testifica un congresista de los primeros años: “Emiliano Zapata no es un bandido ante la gleba irredenta que alza sus manos en señal de liberación. Zapata asume las proporciones de un Espartaco; es el reivindicador, es el liberador del esclavo, es el prometedor de riquezas para todos; ya no está aislado, ha hecho escuela, tiene innumerables prosélitos.”

Nadie más que Zapata representa el significado de la Revolución Mexicana. Para Zapata la revolución era la lucha por la tierra. Pero un movimiento de esa naturaleza necesitaba mucho más. Se trataba del poder, del poder político. Pancho Villa tampoco llegó a descifrar el propósito real, ni sobre la lucha por la tierra ni sobre el poder político. Que ambos hubieran llegado a la conclusión de que no estaban listos para tomarlo, como lo demuestra la anécdota de haber abandonado un día el Palacio Presidencial de Ciudad de México que estaba en sus manos, sin definir el poder, y que Zapata ni siquiera hubiera aceptado sentarse en la silla presidencial, simboliza en el fondo su lucha heroica y su desvío histórico. Zapata interpretaba la esencia de la revolución, como una revolución agraria, como una revolución campesina. No llevó a sus consecuencias necesarias una alianza con la clase obrera o con la burguesía nacional, ambas en pleno desarrollo, para lograr el programa de la revolución que quedó definido en el famoso Plan de Ayala que defendería hasta su muerte.

La historia ha convertido a Zapata en un mito de los campesinos, de los desposeídos, de los expropiados, de los demócratas, de quienes defienden la tierra para los que la trabajan. En el Manifiesto de 1914 al pueblo mexicano Zapata clamaba por las razones de su movimiento: “el campesino tenía hambre, padecía miseria, sufría explotación y si se levantó en armas fue para obtener el pan que la avidez del rico le negaba; para adueñarse de la tierra que el hacendado egoísticamente (sic) guardaba para sí; … se lanzó a la revuelta … para procurar el pedazo de tierra que ha de proporcionarle alimento y libertad, un hogar dichoso y un porvenir de independencia y engrandecimiento.” Hasta ahí llegó la Revolución Mexicana. Eso fue lo que hicieron sus grandes luchadores. Después, fue progresivamente renunciando a sus propósitos, devolviendo las tierras a los latifundistas, al capital financiero y a los extranjeros. Ni la reforma agraria, ni el control a los monopolios, ni el rechazo al dominio del capital extranjero, ni las limitaciones al control religioso de la Iglesia Católica, ni el programa político democrático perdurarían. El neoliberalismo se apoderaría del país a finales del siglo XX, el dominio del libre mercado se apoderaría de la economía, el poderío gringo se haría dueño de la economía nacional y el partido político de la tradición eclesiástica llegaría al poder. Zapata estaría hoy apoyando el movimiento popular campesino de protesta masiva contra una política imperialista que se tomó a México.

Bibliografía mínima:

Peláez Ramos, Gerardo. Revolución Mexicana: cronología documental (1910-1917)

Peláez Ramos, Gerardo. En el centenario de la Revolución Mexicana, el período de reformas estructurales (1934-1940)

Peláez Ramos, Gerardo. El plan de Ayala de 1911 y el del siglo XXI.

Reed, John. México insurgente, la revolución de 1810. Sarpe, 1985.

Ross, Stanley R. Is de Mexican Revolution Dead? Columbia University, 1967.

Silva Herzog, Jesús. Breve historia de la revolución mexicana. Fondo de Cultura Económica, 2005.

Steinbeck, John. ¡Zapata! Editorial Sexto Piso, 2010.

Wilkie, James W. The Mexican Revolution. University of California Press, 1973.

Zapata, Emiliano. Manifiesto de Emiliano Zapata, Campamento revolucionario, Morelos, 31 de diciembre de 1911.

Manifiesto a la Nación, Campamento revolucionario en Morelos, 20 de octubre de 1913

Manifiesto al pueblo mexicano, Tixtla de Guerrero, 5 de abril de 1914.

Reforma, Libertad, Justicia y Ley, Cuartel General de la Revolución, Tlaltizapán, Morelos, 20 de abril de 1917

(*) Miembro de la dirección nacional del Polo Democrático Alternativo. Obtuvo su doctorado en Ciencia Política en Claremont Graduate School de California. Ha sido profesor de tiempo completo de las Universidades de Antioquia, Caldas, Nacional y Distrital de Bogotá. Fue miembro de la dirección de FECODE desde 1975 hasta 2000. Hizo parte de la elaboración y negociación de la Ley General de Educación. Participa en el Centro de Estudios e Investigaciones Docentes de FECODE. Colabora en las revistas /Deslinde/ y /Educación y Cultura /. Es miembro de la organización Unidad Panelera Nacional. Sus principales obras son: /Colombia siglo XX: estudio histórico y antología política, 1886-1934; Ensayos sobre historia de Colombia; Reforma universitaria, 1960-1980; Dominio de clase en la ciudad colombiana; La educación colombiana: historia, realidades y retos./ Es editor del libro /Historia de las ideas políticas en Colombia.

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