Amazonas patria da agua
Thiago de Mello

De la altura extrema de la cordillera, donde las nieves son eternas, el agua se desprende y traza un esbozo trémulo en la piel antigua de la piedra: el Amazonas acaba de nacer. Nace a cada instante. Desciende lenta, sinuosa luz, para crecer en la tierra. Espantando verdes, inventa su camino y se acrecienta. Aguas subterráneas afloran para abrazarse con el agua que desciende de Los Andes. De la barriga de las nubes blanquísimas, tocadas por el viento, cae el agua celeste. Reunidas avanzan, multiplicadas en infinitos caminos, bañando la inmensa planicie cortada por la línea del Ecuador.

Planicie que ocupa la vigésima parte de la superficie de este lugar llamado Tierra, donde vivimos. Verde universo ecuatorial, abarca nueve países, considerando la jerarquía de tal que la denominada Guayana Francesa debería tener ya, y ocupa casi la mitad del suelo brasileño. Aquí está la mayor reserva mundial de agua dulce, ramificada en millares de caminos de agua, mágico laberinto que de sí mismo se recrea incesante, atravesando millones de kilómetros cuadrados de territorio verde.

Es la Amazonia, la patria del agua

Es la Grande Amazonia, toda en el trópico húmedo, con su floresta compacta y atolondrante, donde todavía palpita, intocada y en vastos lugares jamás sorprendida por el hombre, la vida que se fue urdiendo en las intimidades del agua, y donde baja el amanecer del Terciario. Intocada y desconocida en mucho de su extensión y su verdad, la Amazonia aún está siendo descubierta.

Iniciado hace cuatro siglos, su descubrimiento no terminó. Ojalá no termine nunca. Y, mientras tanto, por lo que ya se conoce de la vida en la Amazonia, desde que el hombre la habita, se yergue de las profundidades de sus aguas, y se escurre de los altos centros de su selva un terrible temor: de que esa vida esté, despacito, tomando el rumbo del fin.

La poesía dice la verdad

Un bello poema del querido cubano Nicolás Guillén dice que «el río es hondo y lleno de monstruos». Nuestro Amazonas no escapa de esa verdad. «Cuanto más poético, más verdadero», escribió Novalis. En las profundidades oscuras de nuestros ríos vagan vagarosas las piraíbas enormes, con sus trescientos dientes.

La piraíba, que de vez en cuando se asoma a la superficie y arranca un pedazo del cuerpo de un mestizo.

La sucurují de diez metros viene del fondo para matar un buey, por constricción: el toro lucha, bufa, berrea, pero sucumbe. En la superficie, sobre todo en la mañana temprano, posada en la acera está la arraia negra con sus dos hierros en la punta del rabo: la picada duele veinticuatro horas y hay que ponerle palo de aceite caliente, grasa de pez, tabaco amasado con hierbas. Un curandero me contó que el dolor sólo pasa si una joven virgen se sienta desnuda sobre la herida. ¿Y si yo cuento que al pequeñito, fino y cilíndrico candiru le gusta penetrar en los orificios del cuerpo humano de la cintura para abajo? Cuando la persona trata de sacarlo, abre sus córneas afiladas y rasga todo.

Pues bien. Hace más de diez años que apareció en nuestras aguas un terrible monstruo que los mestizos llaman azogue. Es simplemente mercurio, utilizado por los mineros en el proceso de extracción de oro. Algunas toneladas del metal ya están en el fondo de la cuenca amazónica, principalmente en las aguas que bañan el área de las minas.

Conversé una de esas tardes (escribo estas páginas finales, para esta edición de la Amazonas, Pátria da Água, en medio del lluvioso febrero del nuevo siglo, que la gente espera que sea menos perverso que el que acaba de pasar, aunque todo el mundo sabe que el tiempo nunca pasa, finge que se va, pero se queda, cambia y se queda, se modifica); pero, como iba diciendo, conversé una de esas tardes con el biólogo Bruce Forsberg, del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia, que estudia nuestras aguas. Fíjense lo que me contó, entristecido...

Examinando muestras de peces, suelos, plantas y sedimentos del río, constatamos un índice grande de mercurio en los peces de la bahía del río Madeira. Un peligro para las poblaciones ribereñas, que se alimentan esencialmente de peces. En el lecho de los ríos, de arena gruesa, se encuentran con facilidad. Ya encontramos peces contaminados a más de mil kilómetros de los focos mineros.

Es poco lo que se sabe sobre las reacciones provocadas por el mercurio en el organismo humano. Pero ese poco es siniestro. La persona es atacada en el sistema neurológico. Alteraciones en la vista, en la audición. Convulsiones. Lesiones cerebrales permanentes. El mercurio, con su carga de males, pasa de la madre al hijo.

Basta, que nadie es de hierro. Pero conviene que se sepa; principalmente conviene que el gobierno de nuestro país haga lo que debe ser hecho para que el pueblo de la floresta, tan sufrido, no padezca más esa desgracia.

La verdadera riqueza

Vamos a terminar el viaje con buenas noticias. Es necesario que todo brasileño sepa que la verdadera, y la más preciosa riqueza de la floresta, no está en su suelo, que, como los científicos demostraron, es ácido y pobre. Las raíces de los árboles se dispersan horizontalmente en una profundidad que no pasa de la mitad de un metro. Las llamadas manchas de tierra roja, ésas son fértiles. No es porque sí que los indios las escogieran para vivir y construir aldeas.

La riqueza principal no está en su fabulosa biomasa, trillones de metros cúbicos de madera en pie, aunque empobrecida cada día por la acción comercial de los madereros extranjeros. Acaban de llegar los de Malasia y los holandeses. Felizmente, los últimos fueron expulsados de las tierras de Andirá, donde estaban derrumbando mogno y maçaranduba, sin la debida autorización del Ibama y la licencia de la Prefectura (los poderosos son atrevidos). Ni está en la inmensa variedad y cantidades incalculables de los minerales que duermen en su subsuelo, algunos de ellos de alto valor estratégico. Por más valiosa y bendita que sea su riquísima fauna, los millares de especies de peces que habitan sus aguas, aun así no son lo más rico de la floresta.

De una cosa los científicos están absolutamente seguros: la verdadera riqueza de la selva está en su biodiversidad, biodiversidad que no consiste solamente en el incalculable número de especies animales y vegetales, terrestres y acuáticos, la mayoría de ellos ni siquiera conocidas. La riqueza de la biodiversidad está en su carga genética. La composición química, sus principios activos, contienen poderes milagrosos para curar las más terribles enfermedades, al contrario de los productos fabricados por la industria internacional.

¿Pulmón del mundo? ¡Ojalá!

La devastación de la floresta, los incendios criminales y la degradación maliciosa de la cultura indígena son daños terribles que se agravan cada día. Nada de eso se puede negar. Sucede que surgieron afirmaciones irresponsablemente falsas. Que la floresta amazónica es el pulmón del mundo; que los incendios contribuyen al fortalecimiento del aumento de la temperatura atmosférica, el efecto invernadero; y hasta que ella es responsable por los agujeros de ozono, que ya son muchos, cada uno mayor que el otro.

Estas maldades sólo sirven de pretextos para la pretensión de los que se juzgan dueños del mundo de internacionalizar la Amazonia y exigir a Brasil la pérdida de su soberanía sobre nuestra floresta. Nada de eso es verdad. La Amazonia –¡qué lástima!– no es el pulmón del mundo. Ni del mundo, ni de los habitantes de la propia floresta, para los cuales no hay una pizca de nada. El oxígeno que los árboles segregan durante el día, gracias al poder de la luz y la clorofila, lo consumen durante la noche, cuando alumbran las estrellas. El oxígeno libre de la atmósfera es producido por los fitoplanctons microscópicos que viven en las superficies de los océanos. Lo que la floresta hace, bondadosa, es absorber gran parte del bióxido de carbono resultante de los incendios. Para ser muy claro: la floresta hace su parte para impedir el calentamiento de la atmósfera.

Todo el mundo sabe, o debería saber, que la capa de ozono está llena de agujeros. ¡Fíjense cómo la naturaleza es buena! Envolvió a la Tierra con una gruesa capa que impide la penetración de los rayos solares nocivos para la vida de los seres animales y vegetales. Pero comenzaron a gritar que las heridas de la capa eran producidas por los gases resultantes de los incendios. Nada de eso. La ciencia sabe y dice la verdad: los responsables son los gases derivados del clorofluorcarbono, utilizados en refrigeradores, en aerosoles y en esponjas sintéticas quemadas, por cierto muy usadas por los McDonald’s del mundo.

Esperanza y perseverancia

Quiero concluir con esta afirmación de Thomas Lovejoy, quien estudió nuestra floresta como científico del INIA durante veinte años (tiene dos hijos nacidos en floresta), hoy secretario ejecutivo del Instituto Smithsonian. Pido la atención de mi joven lector de cualquier edad:

En la Amazonia está casi un tercio de todo el almacén genético del mundo. Ésta es la verdadera riqueza de la floresta. Para preservarla serían necesarios inicialmente tres mil millones de dólares (menos que el interés mensual de la deuda externa brasileña) y, aun así, apenas servirían para cuidar el 30% del área. Pero vale la pena, pues entre los principios químicos activos en la floresta puede estar, por ejemplo, uno que servirá para curar el cáncer.

Y no perder la esperanza y trabajar para concienciar a nuestro pueblo, comenzando por los amazónicos. «Quien mata la floresta mata la casa de la vida», nos advierte un sabio indio. Su sentencia bien puede ser el lema de una campaña nacional. Reconozco, con pena, que más de ochenta millones de brasileños no piensan, ni de lejos se preocupan, en la preservación de la floresta. Los que comen bien, los que viven en el sector bonito de la vida, quieren comodidad y riqueza, muchos de ellos aun a costa de la pobrecita floresta.

Ya el pueblo amazónico tiene mucha selva, que no acabará nunca. Ni la floresta, con sus frutas y sus tantos remedios, ni el agua con sus buenos peces de cada día.

Pero el sabio Philip Fearnside, del INIA, dice con palabras que no pueden ser más claras: «Es peligroso afirmar que la floresta desaparecerá por lo que está sucediendo ahora. Puesto que, a menos que las cosas cambien, la floresta un día se extinguirá. El proceso será inexorable. Una cuestión de tiempo.»

«Yo, por mi parte, digo que ya no tengo remedio. Mantengo mi esperanza y fe en la inteligencia humana, a pesar de todas las ferocidades que se cometen día a día contra la vida. Sigo creyendo ardientemente en la utopía. La patria del agua, con sus verdes milagros, será salvada»

Traducción del portugués por Jorge Timossi

Thiago de Mello

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