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Alguien en la encrucijada


narración de Cecilia Meireles

Me sucedió estar en la encrucijada viendo pasar a todos con prisa. Pero ninguno iba claramente para un lugar determinado. Y lo peor es que muchos pensaban que iban, por haber recibido avisos y llamados; otros no sabían si ¡ban pero por ver andar, andaban; había unos tristes, descreídos ya, sabiendo positivamente que no iban, andando sólo porque sí, por no querer, por no tener fuerza o coraje para quedar parados. Esos fueron los que me causaron pena. Les pregunté si siempre habían andado de igual modo. Me respondieron que no, pero que ahora ya no había otro remedio.

Todos los que pasaban tenían modos diferentes, como si no fuesen de la misma tierra, ni del mismo tiempo, había unos, que miré de cerca, exactamente como si no fuesen de ningún tiempo, ni de mundo alguno. Percibí que, a pesar de que algunos pretendiesen ciertas cosas, no se podía discernir cuáles eran, pues aun cuando se agitasen como vivos y se moviesen por el interés de alcanzarlas, eran incapaces de definirlas y tenían aire previo do condenados a muerte.

Aunque todos marchaban por el mismo declive —por donde todavía se sentía la sangre de sus antecesores— procuraban caprichosos senderos, pues según me pareció, ninguno quería dar e los compañeros una impresión de vulgaridad: en todos ardía cierto deseo de ser o de dar la sensación de originales, aún a costa de su perdición. Pero allá de ese deseo, otro les sorprendí: el de dominarse mutuamente, sin ningún propósito verdadero ajeno a la propia avidez de dominación. Y de todas las empresas que traían consigo, casi creo que ésa era la menos oscura en la confusión de su conciencia nublada por invencibles supersticiones. Y como había algunos difíciles de sucumbir, contra ésos se congregaban fraternalmente; pero tal fraternidad no duraba más que lo necesario para tan mediocre fin.

La generalidad de los hombres, lejos de tan extraordinario espectáculo, sólo podría imaginar guerras con armas y uniformes; en cambio, aquél que quedó parado en la encrucijada, ve que los ejércitos con todo su equipo son menos pavorosos que las palabras bifrontes, las manos llenas de odio y mentira y la pasión de cada criatura por sí misma. Escuché discusiones que se reducían a esto: “¿Quién eres?" ¿Qué haces a mi frente? ¿No ves que YO estoy aquí, que pretendo ser el dueño de todo?. Si quieres hacer algo, abre el camino para que YO pase. Ahórrame el trabajo de empujar a la multitud y luego, ¡desaparece!”

De todos loe que pasaban ninguno me pareció feliz. Iban demasiado preocupados en serlo, para que lo consiguiesen. Pero algunos se mostraban tan animados y alegres que tuve deseos de conocer la causa. Y era el sentirse en la inminencia de avanzar más entre los compañeros de marcha, de haber hecho sucumbir un gran número y de haber recogido ávidamente, de un lado y otro, despojos que los entusiasmaban por tenerlos en sus manos, a pesar de no verles posibilidades de ser comprendidos, cuanto mas utilizados.

Todo esto me pareció muy extraño, pero era así el mecanismo de la marcha. Y la alegría entre ellos era una cosa trágica, vista de lejos sin participación.

Vi también surgir criaturas diferentes, que intentaban detener la caravana con proposiciones que era necesario descifrar. Mas únicamente los que las traían estaban interesados en ellas. Veíase que sólo por eso habían penetrado en la enorme avalancha. Su voz era infantil y celeste, siendo preciso un cierto silencio para ser escuchada. Y cuando lograban un poco de ese difícil silencio, pronto era quebrado con furiosos puños: porque los problemas de la multitud eran otros y no querían ser atravesados por ninguna pregunta, considerando una amenaza de muerte el consentir en alguna reflexión.

‘‘¿Y qué haréis después de esto?”, indagaba de repente una voz solitaria. Pero no insistí porque nubes de polvo la ahogaban. Y vi que solamente gobernaba el espíritu llamado Torbellino.

Como todos querían tener riquezas, nunca llegaban a arrastrar cuanta anhelaban, aun cuando las arrancasen, como vi, sin ningún escrúpulo, de los sitios más inesperados.

A algunos se les despertaba la extravagante ambición de pasar por verdaderos, gloriosos y bellos; pero si encontraban quien ya naturalmente lo fuete, creían necesario exteminarlo, porque no amaban ni la Verdad, ni la Belleza, ni la Gloria, sino a sí propios, adornados con esas galas imaginarias.

Y por sentir íntimamente que no las poseían, enseñaban falsos conceptos para que los demás supusieran ser Verdad, Belleza y Gloria, las mascaras momentáneas con que se cubrieron.

Vi al rico robar al pobre, al hijo golpear al padre, a la madre matar al hijo, al sacerdote engañar a Dios. Vi muchas cosas espantosas. Y ni sé cómo las pude ver, porque la multitud que corre detesta a los que se detienen a observarla haciendo todo lo posible por arrastrarlos consigo o por arrancarles loe ojos que ven y la lengua que puede hablar.

Escuché innúmeros conceptos sobre cosas eternas como la Vida, el Amor, la Libertad. Pero eran como señales de viaje. Decían y andaban. Ninguno daba gran importancia a lo que iba diciendo. V cuanto más los oía, tenía la certidumbre de que no sabían nada —ya no digo de ideas— sino de palabras. Repetían las últimas vibraciones de un sonido que venía de muy lejos, sin relación ninguna con lo que bajo su supuesta inspiración, iban haciendo.

Hubo un momento en que pensé que la multitud se detendría, que cesaría esa convulsión y que se escucharía la voz infantil y celeste de los inocentes. Pero los que quisiesen parar, no podrían: eran empujados, arrastrados, estaban dentro del caos.

Y sucedió que algunos, quizá por encontrar mis ojos más serenos, me preguntaron sobre si mismos, si yo los encontraba despiertos y vivos y si les podría decir a dónde iban. hice esfuerzos para librarlos de la ola inmensa y ya que me interrogaban, intenté persuadirlos a pensar, juzgando que así conseguirían entenderse a sí mismos, ir para donde quisieran, no para donde fueran obligados a marchar. Los traté como cautivos que suplican, a los que se pudiera ayudar con buena fe y amor. Pero estaban desesperados y eran tan contradictorios, que aun preguntando por sí mismos, no querían ser ni entendidos ni explicados. Me decían que era mejor avanzar a ojos cerrados, sin saber cómo, ni para qué, asegurando que pensar debía ser muy triste y que preferían la inutilidad a la tristeza, porque se tenía menos trabajo y se era menos responsable.

Me invadió profunda compasión e hice preguntas que se me ocurrieron. Me contestaron que el mundo había terminado, que los padres y abuelos habían desaparecido, que los hijos darían vueltas como ellos por donde pudiesen cuando llegara su tiempo y cerrando sus oídos, me lanzaron tremendas imprecaciones, de modo que delante de tanta ceguera y soberbia, dejé crecer mi piedad melancólicamente.

Maldecían porque no iba con ellos. Porque yo sabía cosas que los avergonzaban. Por el deseo de instruirme para salvarnos, entendían que me quería salvar para ofenderlos.

Comprobé qué dolidos estaban. Cómo las mejores de entre ellos, iban sofocados, vencidos y ya tan sin fuerzas que cualquier ayuda, aunque no fuese la mía, sería difícil de recibir. Querían apenas llegar de prisa al fin. A cualquier fin.

Es triste ver desde una encrucijada la multitud que pasa en torrente, cuando se sabe qué fuerzas constituyen su caudal. Por eso no siempre es posible seguir con ella, porque ya se conoce cada una de las fuerzas que la mueve y su mutabilidad y en el instante en que se apunta a una de ellas, su máscara rueda, ante nuestra estupefacción por los engaños que los hombres tienen a su disposición, a punto de hacer caer sobre los otros sus propios errores, cuando los descubrimos.

Así como los ríos tienen remansos, se me ocurre pensar que en un futuro la multitud se extenderá, fatigada de sus extrañas locuras, y que los inocentes recuperarán su energía y lucidez. Quizá lograrán hacer oír su voz infantil y celeste. Entonces todos nosotros, los de las encrucijadas, romperíamos la densa corriente exhausta y aumentaríamos en ellos la esperanza de caminar de otro modo, para algún lugar, por alguna razón.

Quien se detuvo en las encrucijadas sin ser pusilánime, cree que la primera cosa es parar; la segunda, reflexionar; la tercera, andar. Pero es preciso saber también qué esfuerzo tremendo es detenerse, cuando todo gira en rededor en un vértigo turbio; qué sobrehumano poder exige el don de pensar libre de insinuaciones y amenazas y qué sacrificio requiere el andar por los propios pies no siendo para agredir ni dominar: mas para conquistar y enseñar libertad.

¿Encontraré en la próxima encrucijada el remanso del torrente desatado? Con los ojos plenos de todo ese espectáculo, ¿valdrá la pena arriesgarse a otras visiones?

¡Ay de mi! — ya vi todo eso y me pongo a andar... Siento el clamor y no desanimo a pesar de saberlo lleno de maldiciones. Hay ciertas devociones incomprensibles. Y hay quien no muere tranquilo si no sufrió por alguien.

 

Cecilia Meireles

"Revista Escritura" Nº 3

Montevideo, marzo de 1948

 

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