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Afrodisíaco para temerarios
Khira Martínez

Los arcanos que custodiaban mi mundo

se han develado en las voces

que derribaron el tabú de los falsos pudores.

Mi legado se revela en atributo y apariencia  

y son las palabras y resonancias los delatores

del asco que me sobrevive como una marea,

del vértigo que me aniquila y desnuda.

 

Aún no logro dilucidar las incertidumbres

que me han anidado.

Ignoro cuando urdí el artificio de la ocultación

tras las denuncias nefandas de mis acusadores

que vertieron sus tragedias en mis heridas,

me ultimaron al suicidio de la carne

y a la regeneración del pensamiento.

 

Ese extraño arrebato lujuriosamente genial

de una sensualidad perversa y atroz,

de la divina meretriz es el sacramento.

De su inagotable savia

el placer que me devora y reanima

y de mis derrames sensoriales la gestora.

 

Dolor, no exclusividad de la miseria

no presagio de utopías,

no bálsamo, ni misteriosa sanación.

Es el único encubridor que junto a mí ha permanecido

en la zozobra de mi infortunio extenuándose.

 

Siento a mi espíritu trascendido,

de la pesadilla mecánica liberado.

Ningún delirio gravita en mi existencia;

puedo afirmar sin ambages y mirándote a los ojos,

que todo cuanto he vivido,

ha sido dilatado por el arco del cinismo.

¿Puedo sentirme culpable de que en mi sangre

haya ausencia de falacia?

¿Que esa sensualidad que nace de mi ombligo esencial

me haya hecho sublime en el amor y en el odio?

 

He saldado las deudas que he contraído con mi cuerpo.

He perpetrado un prontuario de ignominias,

cometiendo los actos que la pasión me exigía

para reencontrarme en mi pureza originaria.

 

Comprendí que mi sexo es la fuerza interior e íntima,

mi sagrada integridad.

Es el llamado al linaje y mi reconocimiento.

He desacralizado mi carne

en un iterado acto de valentía,

para encarar las limitaciones que me confinaban,

y asesinar definitivamente aquellos fantasmas

que me atormentaban en la complicidad del silencio.

Días interminables me liquidaban lentamente

enfrentándome al espejo,

a esa realidad que vivía fuera

y tan dependiente de mi;

a esa otra que fingía ser yo,

a esa otra que me miraba desde el mundo paralelo

de los silentes sentidos

de las imágenes petrificadas y sin fin.

 

La evocación de mi infancia

es la úlcera que jamás he podido suturar,

y sospecho que toda esa iconografía

que me devuelve a la inocencia hollada,

ha sido el referente

que me ha regido por el resto de mi vida.

 

Antes de que mis formas se manifestasen con violencia;

ya los ojos varoniles me habían descubierto.

Tal vez mi cuerpo revelaba lo que yo ignoraba,

unos gestos lúbricos que me rebasaban sin saberlo,

balbuceos felinos atorados en mi garganta,

una acción muscular de furia espléndida,  

la concupiscente resonancia del gong

en mis cavidades,

la sabiduría de hembra que hoy me complace.

Todo aquello o tal vez nada,

o la simple intuición viril

de que toda mujer es peligrosa cuando es tentada.

 

No te niego que una llamarada incendiaba

las fibras de mi carne y de mi sangre;

una descarga eléctrica deliciosa me sacudía

como una cálida tempestad arremolinada

en los recovecos de mis íntimas denuncias.

 

Mi conciencia acusa fervor temprano

hacia la efigie derramada de los hombres.

Su poder erguido como un gigantesco torbellino.

Sus testículos como dos mundos sosteniéndolo,

es el ícono de la virilidad

que mi memoria ha recogido.

 

Tal vez el miedo al castigo por autentificar el pecado

o la rebelión de los sentidos negándose a declinar

o solamente el motín de los sentimientos embriagados

sometidos a la inhumana castidad,

decadencia de alma y ausencia de cuerpo. 

Quizás por su enigma la oscuridad me atraía poderosamente

como un imán anclado al fondo del espejismo,

para ocultarme y gozar sin ser sorprendida,

para nacer

cada vez en esa boca negra de mis torturas,

para escabullirme

en la asombrosa fascinación que la sensualidad

develaba a mis nacientes y desconocidos deseos.

 

Babilonia en el tabernáculo de la concupiscencia.

Perversa y prometedora me ungió como su vestal;

fui la ritualista de la eucaristía sensual.

Sensaciones y emociones me multiplicaban

y jamás imaginé que estas serpientes venenosas,

inocularían el olor, el sabor, el sentido del placer

a cada milímetro de piel y hueso

de mi naciente leyenda,

envolviendo mi cuerpo en una espiral de histeria.

 

La tentación cuando alborota

penetra rauda como el veneno.

No hay conventos ni desiertos que le impidan el asedio.

A su voluntad se doblegan escrotos y vulvas sin edad.

No insinúa su presencia,

la impone

y ningún antídoto detiene su escalada.

Violentamente se incrustó en mi tierna mansedumbre

esa zarpa.

Mis manos envilecidas por el señorío todopoderoso,

aprendieron a empuñar el tronco semencial exultantemente. 

Al amparo de la penumbra,

los monstruos dejaron de ser monstruos

convirtiéndose

en los guardianes que me acechaban.

 

En ese escondrijo donde furtivamente acudía al llamado

del ángel irredento que hundió sus intrigas

en el jardín asépalo de mi carne

con una profunda caricia de escalofríos.

Mis ojos-nariz-boca-piel

sin presagios ni sentencias comprendieron

que nada que no se te haya dado se vierte sobre ti.

Rechazar el lamento de unos labios.

El desesperado vacío de unos brazos;

impugnar una caricia

cuando el alma solitaria busca la sutil alquimia,

el único juego dinámico para fundir el universo sensible;

es mutilar la gran conquista de SER.

Quien descubre que una caricia es el festín de los sentidos,

ha descubierto la piedra filosofal

del misterioso encuentro humano.

Una caricia no condena ni santifica.

Una caricia es redención no arrepentimiento.

Una caricia es suceso cósmico y detención de todo.

Quien acaricia entrega el alma y se encadena.

Quien acaricia conoce el delirio y a la calma asciende.

Quien acaricia no exige anuencias y concede libertades.

 

Jamás me han abandonado aquellos recuerdos.

Presiento que esas vivencias

inconscientemente han surgido

para posesionarse de mis sueños y demandas.

Constantemente en la oscuridad y sus misterios

me zambullía;

volcando el reloj de arena de mis debilidades,

para sentirme protegida de los infames presagios

que amenazaban conturbar mi frágil pensamiento.

 

Ya la vergüenza y los temores me han abandonado.

He aprendido que en la cuerda de la experiencia

se rasga la vida.

Y mientras más vivimos, más exigentes y distantes

nos tornamos.

Hemos perdido esa capacidad de asombro y grito

ante las manifestaciones del espíritu.

Sofocamos nuestros sentimientos.

Nos abandonamos al imperio del ego.

Olvidamos que nos debemos al mundo

y que éste gravita bajo nuestros pies

y se diluye sobre nuestras cabezas.

Aunque jamás te hayas conmovido,

no debes perder la perspectiva.

Los sentimientos deben ser sentidos.

Las emociones, deben aflorar sin restricciones.

Las sensaciones deben fulminar a la ignavia.

Por eso te digo que me sigo asombrando

ante los milagros de la vida.

 

La sexualidad es la única odisea

que puede ser vivida con legitimidad;

he gozado de sus fuentes sin restricciones

y he percibido en el deseo las claves de la vida.

Más que un despropósito,

una infidencia,

o una presunción;

quiero vomitar todo esto que me rebasa

regurgitándose dentro de mí;

que se corrompe en el absurdo

arrojándome en el cenagal de las elegidas

o de las réprobas.

 

Mis expectativas jamás me conminaron al lecho,

aunque en el tálamo se han cometido

los actos de mi existencia.

El mundo me vio nacer,

alumbrada por una hoguera de pedernales,

en ese caos primitivo donde la vida empezaba,

en la anarquía del horno sideral fraguando los destinos

y las sangres fusionando.

Sobre la desnuda estera 

que nos aislaba de la dureza y sudor de la tierra;

los monumentos del dolor se suicidaron

en el entrecruce de la llaneza de mi madre

por donde mi cabeza brotó obstinada,

para cesar el jadeo y cansancio de mi gestora.

En la tierra se derramaron

los primeros jugos que me alimentaron.

Me desprendí de mi madre-útero

en el primer acto de osadía.

El agua del Upano acarreada en inmensos poros

purificó la vida que se iniciaba.

Las manos de una comadrona

envolvieron mi cuerpo de nueve lunas 

con los cálidos lienzos de las hojas de toquilla.

El murmullo de los árboles meciéndose

sobre el santuario de paja y tierra,

el lejano torrente de las aguas lavando

la misma sangre de la iterada herida.

Las voces ululantes, desgarrantes, crujientes

de las nocturnas criaturas.

El rostro olvidado de los abuelos

asomados al perenne milagro nuevo

se juntaron en un intento homérico de celebrar la vida.

 

Intangibles pinceladas de una pintura

jamás sometida al arbitrio de las miradas.

 

Ofrecí mi rostro al mundo

para que la bofetada de la vida

animara mi alma

y empezara a latirme el inconformismo;

para que el valor

se arraigara en el grito de mi conciencia

y me permitiera

posesionarme de los espacios que he ganado.

 

Sol, aire, montañas y ríos

fabularon la magia de los primeros años.

El rito de la ayahuasca

me acercó al secreto ancestral

de los señores superiores del universo

a través de los espíritus del fuego,

voces flamígeras y estentóreas

crepitando en los ecos de la noche.

 

El temor y los atávicos secretos

tejieron el mito del guerrero.

Collares de tzanzas encadenaron mis pesadillas

más allá de los límites de las tinieblas.

 

Yuca y chonta,

masticada por los dioses;

saliva de jaguar,

lluvia y torrentes,

entrañas de canela,

sangre de guayusa;

hilvanarían en mi vientre la fecundidad.

 

Mi Selva,

mi universo,

mi morada,

mi libertad.

 

Garras y colmillos de serpientes y felinos.

Desgarros, envenenamientos, mordeduras

acechaban en ramadas y plasayacos.

Olores y colores vertidos en mi piel.

 

Fui la jaguaresa, la tigrilla, la tagaere, el curare,

el Jurumbaino, el Kílamo, el Sangay,

la changuina henchida de chontas y palmito,

shigras de undurahua, piri-piri,

guayusa, malicahua,

naranjo, guabo, pelma, papa china,

cuy, armadillo, sajino, capiwara,

ríos desbordados,

vómito de volcán,

pucuna y dardos letales, 

tahuasa shamánica,

plumaje de ave refulgente.

 

El eco de los tambores me late

conmocionando las entrañas del pasado.

Desde esa víscera pretérita 

que me embosca con la intriga del misterio; 

se me aproxima la inexplorada oquedad

con sus criaturas sorprendentes.

Soy la amazona del seno cercenado,

temible y temida.

Temeraria suicida del cráter que vomita deyecciones.

Inaccesible jurásica de la esfera de los Tayos.

De aquella cueva dimensional que el austro devoró.

Serpiente devastadora que se oculta en los orificios.

Cazadora nocturna, rastreadora implacable de la sangre.

En mi linaje se mezclan navegantes, conquistadores.

Balsas, ríos, océanos;

dardos, flechas y lanzas deletéreas.

El miedo, la nostalgia, la incertidumbre,

desmoronamientos, crecidas,

trampas por la intuición desbaratadas

para que la mente no se desgarre

en las fauces del dragón que sólo el seso anhela.

Mi raza sedimentada por los deslaves volcánicos

modeló a las Venus de Valdivia.

Gualda leche de chontaduro fecunda a las boas;

Svar leyenda a la selva tornó en quimera.

Hombres ignaros verdaderamente libres

no se corroen con el desmembramiento silencioso

de la conciencia y el espíritu.

Mi casa está allá,

entre los árboles de naranja, guayaba, zapotes.

Entre la chacra y el barranco que se desliza hacia el Upano.

Mi morada está allá,

en mi linaje Rivadeneira: Gertrudis y Temístocles

que yacen bajo los estremecimientos de la cordillera

y los deslaves que el llanto del olvido escurre.

Aventureros, colonos, fundadores,

que vivieron con el espanto del jaguar clavado en la garganta

con las serpientes arrastrando y enroscando el veneno.

Lodazales, maleza, privaciones, enfermedades.

Luz de cigarras y luna majestuosa

delatando monstruos de las nocturnas pesadillas.

Mi vida se inició allá,

con los pies desnudos,

envuelta de pelma y sol,

olorosa a crisantemos, lirios, margaritas y rosas

guabas, papayas, piñas, maracujá en abundancia.

Bautizada por torrenciales llantos que el cielo oriental

y los ríos desmadrados desbordaron sobre mí.

Mi inocencia se quedó allá

en el útero que se abrió a siete oasis.

Mi tesoro está oculto en el alma cobriza de la canela,

al final de los leños que doraron la caña.

En las licenciosas pértigas de Río Blanco,

Jurumbaino, Abanico

polucionando sueños en los tiestos de los lavadores de oro.

 

Mi herencia son mis muertos

mis fantasmas, mis momias;

las chozas con cabelleras desflecadas

y fogones de leña en la tierra.

Mi agua mana del ombligo subterráneo de la acequia.

Mi herencia barbotea en Juan López,

en las tierras que la matriarca del clan preservó;

para volver a señalar los puntos cardinales del linaje.

 

Mis cenizas retornarán al alambique de los orígenes.

A la explosión que modeló estos valles y montañas.

 

Creo que el mundo de los hombres

ha reconocido en mí

extremos excitantes de una aventura inolvidable,

y se han acercado atraídos

por los destellos salvajes de mi aura,

que los cautiva poderosamente

como internarse en las profundidades insospechadas

de las cuevas de Jumandy,

para palpitar con la persecución del terror

arañándolos el vientre,

sorteando estalagtitas y estalagmitas guerreras

sintiéndome en la irrespirable oscuridad

de sus propios latidos,

gimiéndome temores en las entrañas del laberinto.

 

Ni un paso atrás en mis dominios,

enfrentados a la lanza del valor

para clavarme el pendón del triunfo,

propagarme el grito fálico cual neandertal

que ha arrastrado a la hembra

poseyéndola con salvajismo.

 

Te abro mi alma

para que la verdad que me sobrevive

sea conocida y no me juzgues ni me justifiques…

por lo que he hecho de mi vida y de mi cuerpo.

Soy la responsable de todos los actos perpetrados.

Soy la estratega silenciosa de todas las historias

fraguadas lícita

o ilícitamente en el refugio de mi carne.

Soy la conspiradora

que ha conjurado contra mí misma

en un doble juego de aceptación y repudio.

 

La imprudencia me ha arrojado a precipicios sin alma.

He retado a la paciencia

para forzarme al descubrimiento

de las refinadas formas de ascensión al clímax.

He soportado la impotencia de mi eje esencial

buscando con insistencia el momento y el hombre

que me elevaría en esa nube de fuego y desamor.

 

Cortinas de bruma se cernían sobre las fortalezas

como una coraza para preservarlos.

Mazmorras y pasadizos laberínticos.

Leyendas asombrosas de dragones y conquistas.

Caballeros buscando el Grial en las entrañas.

Mercenarios aplacando sus ardores inguinales.

Sangre y semen fluyendo por valles y montañas.

Infinitos cruzados con alas de carroñeros,

picoteando el triunfo, corrompiendo el encanto.

 

Mi sangre de hembra esquiva

y de perturbadores bálsamos

carnada eficaz para olfatos cazadores,

olor dulce y ferroso

latiéndome en los pliegues de la carne,

delatándome como hembra en celo,

para dejarme arrastrar en la concupiscencia

de voraces apetitos.

El descubrimiento de mi propio dolor en esas fauces.

El abatimiento de mi altivez

entre las garras de los predadores.

Mi sometimiento al capricho de injuriosas lascivias,

tejieron mi alma de odio y venganza,

hicieron de mi un maniquí

sujeto a los peores agravios.

 

Pese a la debacle

que sembró mi camino de cadáveres,

jamás fui vencida

aunque he sido capturada y torturada.

Mi vena inagotable de placer

dote de mi naturaleza selvática,

de la fibra fuerte de la liana

hundida en mis extremidades;

del ventral quejido de la espesura extendiéndose,

de los rugidos estrepitosos,

de las aguas desbocándose,

del acecho feroz de fieras encolmilladas y emplumadas,

del shamánico ancestro que me late muy dentro,

ahí donde el yagé me alucina.

Me ha proclamado vencedora de los vencedores.

 

No puede ser más fantástica

ni más real la odisea de mi vida.

Me estremece esa alteridad sofocada

entre laureles y desengaños. 

Escúchame y no me interrumpas

ni en los momentos en que sientas

que mi voz se fractura

y mi cuerpo se agobia.

La noche que mi himen fue desgarrado brutalmente,

cuando el ultraje me extravió en el desvarío,

cuando las hienas el crimen me clavaron;

el encono, la ira, el asco,

la náusea no me abandonaron desde entonces.

Fueron los primeros sentimientos que fructificaron

al abrigo de los requerimientos clandestinos

de los casuales amantes

que creían haberme conquistado.

Con espejismos de pasión

impregné mi cuerpo para atraparlos.

Desprotegidos,

abandonados,

ulcerados por el miedo,

una vez

que se habían confiado a mis ilusorios afectos;

una diosa de hielo indiferente,

sin reclamos ni expectativas,

yacía inamovible

en el lecho donde ni mi voz ni mi calor,

ni mis labios, ni mis brazos, ni mi pecho

brindaban el refugio anhelado

después de la tempestad.

Mi sardónica risa la ignominia pregonaba.

El desprecio hacia esos incautos

que probaron mi venganza;

fue el flechazo constante para exterminarlos.

La burla cruel que ejercía sin dilación 

al término de sus demostraciones

cargadas de arrebatado amor,

hería mortalmente

sus congestionados sentimientos.

Ni  súplicas,

ni deprecaciones,

ni ofertas fabulosas,

conmovían mi corazón

condicionado para no sentir.

He de decirte que nada ni nadie

logró destruir mi fortaleza

excepto aquella vez en la derrota de mi soledad

donde todos los horrores del pensamiento

me castigaban.

 

Hastiada,

dando tumbos como un guijarro por el despeñadero

fustigada por el dolor que me quemaba las entrañas

expuse mi desnudez a la voracidad del mundo,

me extendí como un abanico y abrí mis rajas húmedas.

Una línea interminable hilvanaba el crepúsculo.

Las orillas de la noche atrozmente empapadas

soportaron el acoso de mis manos.

Respiraba los olores del cosmos que vagaban 

dilatando las ambiciones de mi cuerpo.

Me desparramé sin esclavitudes

absolví los crímenes de mi fe.

Yo con mi desnudez, mi desnudez y yo

Abandonada, lasa, con los tormentos sofocados

gravitando en un gaseoso sumun de deseos

cautivándome con el banquete de mi carne.

Mis dedos ágiles y virtuosos se desviaron

hacia ese caldero donde barbotean los ríos insumisos

que otorgan el poder a las felinas.

Apartando el vello se humedecían en las pócimas de Circe.

El eje de mis abismos endurecido como un tallo

enclavado en el corazón de mis confrontaciones;

como una flor despetalada por el viento ebrio

me infligía devoraciones deliciosas.

Sensaciones extraordinarias

me aprisionaban en ese desvarío

preludio de las explosiones orgásmicas.

 

Yo,

gloriosa hembra de hembras

se me antojaba atizarme piras de falos;

holocausto y apoteosis ofrecía en mi vagina.

Temblaba

como cometa encumbrada en el vendaval,

afiebrada conturbada por un mar de lujuria,

mis ojos se perdían en el cimbrado de las sombras…

 

A contraviento, con el oído presto y la vista aguda,

a cualquier sonido del entorno cazador atento,

un jaguar de iracunda cópula;

la emboscada preparaba

para clavar profundamente sus uñas

en el espinazo de la víctima.

Oteó la noche,

olió el viento,

husmeó en mi escondrijo…

 

con el extracto de sus riñones marcó el territorio …

 

…desde la distancia explota su energía contenida

 

y se acerca muy despacio…

 

sentí una peligrosa exhalación de frenesí fálico.

 

Fundición de genitales en el vientre del cubil.

Macho y hembra derramando sus olores.

Una amalgama de sopor y delirio me invadía.

como una boa opresora a mi garganta enroscada

la sed de mi pasión buscaba alivio para expandirse.

 

Con su agilidad asombrosa el jaguar…

de un salto me inmovilizó… y se trepó sobre mí,

su abundante pelaje dorado 

como la llama del fuego en su germinante vasallaje

por su espalda poderosa se precipitaba

en una relampagueante tempestad.

 

Desde su piel cobriza

el chasqui de los bejucos descolgó su salvaje instinto

me atronó un selvático rugido,

y cruzó sus garras por mi delirante carne.

 

Abierta, sin escándalo,

bajo la bóveda agreste del follaje, 

yo tigrilla-mujer me incorporé,

 le restregué mi profundo hueco en las fauces

olfateé su felina savia,

la lamí,

desagüé mis manantiales.

El jaguar,

 me revolcó entre sus patas rugiéndole a la luna.

Un intenso olor a mar recóndito

como un oleaje lo empapó de mi infusión.

 

Acarició su falo inflamado como una estampida;

lamió y relamió su miembro dolorido,

cálidos perdigones destilaba ese fusil inmarcesible.

 

Me arrastré y a gatas lo conduje al caos

para que nos reinventásemos

en los raigones de la exuberancia.

 

El Sangay vigilaba con su ojo sísmico

de coloso inalterable,

la lava se fraguaba

en el vientre ígneo de su cráter milenario.

El rumor de la erupción

bullía en el vientre de su infierno.

La serpiente de la creación

se revolvía en mi sangre

con enajenado instinto.

La histeria se apoderó de mis contracciones

cada vez más violentas,

mi acordeón vaginal en redobles vigorosos,

ahogaba los quejidos rasgados por

Mashumara,

tótem de excentricidades

que me profanaba obsedido.

 

Warmi-jaguaresa de vientre fecundo,

de iracundia pélvica

ggrrrrrrrrrrrrrgrrrrrrrr,¡zas!  Zarpazo nnniiiaaaaiii

grito,

rugido,

 arrassssstre,

debacle,

derrrrrumbe,

latido acelerado,

respiración difiiiiiiícil,

jadeo exteeenuuaaaauado

crrrrrrujían los hojas,

los grillos y hualeques en un canto desigual

unían sus voces al coro que celebraba

el himeneo de los jaguares.

Garrada, desgarrada,

perversos afanes me aguijoneaban.

 

Un estado de latencia, de suspenso estacionario

me inmovilizó por un instante. 

Incapaz de racionalizar,

azuzada por mi asesino instinto

desenvainé mis infinitas uñas retráctiles,

las hundí afiladas y letales

en el vientre de mi gato.

 

Yo hembra jaguar 

cerré mis poderosas mandíbulas

apretando el cuello del desfalleciente félido.

 

Su hiperbórea mirada lánguida me atravesó.

En la pupila de sus alcohólicos ojos

la zarpa asesina de warmi-jaguaresa

se mantuvo congelada.

 

El deseo y la soledad se confabularon.

Me rapté en mi lecho

para ficcionar al amante prodigioso.

 

Métete en mi sexo como una oruga

Cávame hasta que aniden tus tormentas

Extiende mi carne como una rama

y cuelga de ella el capullo de tu intriga.

 

Intenta convencerme otra vez.

Muéstrame tu cuerpo de perfectas formas

devuélveme el asombro;

llámame con la huella de tus uñas,

ábreme tus muslos y acaríciate para mí;

tiéntame con el poder que te nace del pubis

ofréceme tu erección como la promesa viva

que se debe perennizar en mi vagina;

extiende tus dedos y acaricia mi clítoris,

yo soy la celebrante de tus redenciones,

la que noche a noche en el tálamo se demuestra,

la que a través de la daga eternidad te concede.

 

Exige el gemido que te asciende y conturba                   

toma entre tus brazos mi cuerpo desdoblado

acércame al infierno de tu piel convulsionada

trépame a tu montura y deja que galope;

surcaré el desierto y no seré tentada por ese ángel.

Otros mares rezumarán sus nácares

otros frutos me ofrecerán su pulpa;

mas, yo sólo he de beber, la lluvia que desfogas.

 

En la fronda de mi pubis teje tus demandas

tu cabeza de hombre-niño asoma al milagro,

cierra tus ojos y tu no-nata vida recrea

más allá del deseo que hoy te enajena.

Desciende un poco más y hunde tus dedos

en esa charca de diamante diluido

en esa cueva donde se agudizan los sentidos

donde un sinfín de complacencias se consuman.

                                                                                                                                                                                                                     

Entonces de espaldas me arrastraré,

mi vagina te abriré como una calle estrecha;

ansiosa te exhortaré a develar mi locura

Te hundiré mis garras y colmillos de fiera.

El pecho te rasgaré, morderé tus hombros.

Desde abajo te lameré y te rugiré.

 

En el apogeo de tu avidez permaneces.

Indefenso te siento y te reclamo impudores.

Demandas procaces que minan tu aliento.

Derrumbes pelvianos que el planeta aniquilan.

Se abren tus grifos con estrepitoso desfogue.  

Resbala tu espuma por todos mis huecos.                            

Mi tambor encantado en su vientre te engulle.

 

Un nimbo de recuerdos se aglutina en mi memoria.

Esas vivencias me devuelven

a los días de estreno y boato,

abandono del ser,

demostraciones de rebeldía,

negación de la identidad

para anular mi autoestima;

dimisión y tolerancia

de las formas de violencia.

 

Oleada de emociones preteridas me invade.

Retorno al proscenio

donde las obras encarnadas destilaban

ese naturalismo propio de la inexperiencia.

Interpretadas con crueldad y suficiencia

delataban la putrescida red

de los conspiradores del alma.

Mercenarios de la voluntad

ocultos en la clandestinidad.

Me seducían con la promesa ecuménica

del gozo nunca concebido;

oferta nada despreciable.

 

En la certitud de mi espíritu

los dogmas existenciales se enfrentaban.

Legiones de deseos respetables,

fracasaron ante la insistencia

sin tregua de Mefistófeles

fornicando en mi cerebro.

 

El inconformismo

y las fugas continuas de la realidad

iban generando un cráter depresivo

un octopus que me absorbía y me envolvía

con los tentáculos de la infamia.

Desesperadamente,

acepté todas las argucias insubstanciales

que me acercaban cada vez

al mundo que repudiaba y temía.

Búsqueda y exacción compulsiva

de esas descargas letales.

Me encontré,

como una crápula tragando micropuntos

de color y sellos impregnados con ácido.

 

…se ha iniciado la persecución de los malditos,

es preciso escapar, 

encontrar el agujero dimensional

para hundirme

en el espacio impreciso de lo desconocido;

navego como una galaxia estallada

en el viaje perpetuo hacia el acabamiento.

 

El vertiginoso tiburón de la noche me destroza

con su mandíbula poderosa de dagas afiladas.

Dolor suspendido en la mordida

donde se incuba el engendro

de mis peores opresiones.

Se entierran sanguijuelas por mi cuerpo.

De mi espíritu degradado se alimentaron;

en la última noche cuando los vampiros

mi mortalidad se bebieron.

 

La náusea me surca con estremecimiento pavoroso.

Los fermentos asilados en mi vientre

explosionan por mi rostro, esparciéndose

como un mefítico nubarrón.

¿Dónde están mis manos?

¡Estos colgajos temblorosos

 inánimes se desploman al costado de mi angustia!

¡Qué hago aquí!

en la yema de este sahara

de despojos humanos.

Dónde están mis galas, mis perfumes.

Esas sabandijas se hunden en mi pecho clavándome el mal.

Se beben la leche de mis madres y de mis hijos.

¡Atrás, atrás! ¡gusarapos malditos!

 

Fieras infernales

mis restos  de anaconda,

de caimán y salamandra despedazan.

mis sesgados ojos

hipnotizan a la parca empecinada.

 

¿Es que acaso diluvia?

Un deslave glutinoso

mis músculos impotentes taladra;

parsimonioso por mi cara resbala

debilita el escenario de mis emociones.

¡Oh el poder de las absoluciones!

Cruel impetración en labios de mi madre.

¡No sigas madre!

¡¡¡Ya estoy en el infierno!!! 

 

La vanidad ha establecido las ficciones del espejo.

Desnuda los defectos inocultables del alma, 

las cicatrices de la moral esteticista,

la dermoescultura de la decadencia,

la cirugía paranoica del cuerpo perfecto,

la búsqueda de la aceptación en el bisturí,

los implantes de hipocresías;

para vivir el engaño refractado impúdicamente.

Repudia el aliento consagrado de la Mater Christos,

la imagen de los aparecidos no devuelve

y tampoco de los que medran en la noche.

¿Qué hay al otro lado?

¿Que hay en el fondo de la apariencia?

¿El mundo interior que todos ocultan y nadie conoce?

¿El mundo de afuera encubriendo la conturbada realidad

coagulada en los deseos aberrantes?

Vacío, dolor,

Albañales de miseria.

Putrefacción de la fe.

Descrédito de la inocencia.

Decapitación de la palabra en el pensamiento.

Conciencia tergiversada.

El delito en su médula.

 

¿Qué esconde la bruñida plata de su geometría?

El engaño que nadie sospecha,

cicatrices lascivas leves e inocultables

labradas en las gaseosas noches,

con amores robados

y al amparo de un lecho clandestino.

¿Acaso soy yo mirándome desde allá

o soy yo la de acá descubriendo a la que me mira?

¿Eres tú el extraño recluido en el fondo del prisma

escurriéndose de mi?

¿Cual es el ojo verdadero,

el de la conciencia oculta que no mira hacia adentro,

el de la farsa donde la vista no penetra

o el temible cristal que la imagen desvanece

ante la imposibilidad de la permanencia?

Me subleva ese argento vivo que devasta mi efigie.

Oh infeliz de mí

yazgo en el cristal espurio que me fragmenta

que esparce mi entereza,

desintegra mi ser como espuma en el estallido de la ola.

 

Soy el  monstruo de mirada torva.

La aberración congelada en el celofán del terror. 

Soy la carcajada.

El llanto.

La locura.

La mano que asesta la puñalada.

El cordel que ciñe mi cuerpo inanimado.

Verdugo de los hijos no nacidos.

Mi propia falacia

allanándome en el íntimo santuario de mi verdad.

Mi yo insoslayable.

Mi yo verdadero.

Mi único yo

en la irisación de mi imagen.

 

Esa mirada me recuerda…

 

…confusión, suspenso, angustia, miedo

momentos postreros

en el umbral de la inexistencia

 

…esa mirada…

 

se desploma el cuerpo como una hoja

flagelada por la tempestad;

gritos de dolor, lamentos inútiles,

apenas un sorbo, unos gramos, extradosis

fascinación de la bestia del inframundo

campanazos sordos y lejanos

repiquetean en la bóveda gris;

un llamado al recogimiento

o a la renuncia de ese engaño llamado perdón.

 

Esa mirada…

 

¡la mía en la dimensión del terror!

 

…Esto apesta,

como una cloaca en la calina tarde del estío.

Las excreciones del sistema nos alimentan y nadie protesta.

Procesados despojos de nuestros intestinos.

Cánceres putrescidos en el destilador de la mutación.

Mierda  infestada por todas las calamidades.

Coprófagos

de la rancia arquitectura de pozos ciegos,

antropófagos y ginéfagos coexistimos

sin que nos importe que devorar no es lo mismo

que ser devorado,

¡quien premedita el ataque, sobrevive!

Los condenados

que se agitan en el mural de la Comedia

son los preferidos de la informe eternidad;

el demonio absolvió

las inquietudes de sus almas.

 

El cielo es una falacia,

una utopía para aletargar los sentidos.

El cielo no son los campos elíseos

donde vagan las martirizadas ánimas

en eterna paz y armonía;

es el cementerio donde las entrañas del olvido

las corrompen antes que la trasmigración empiece

a abandonar el cascarón mundano

y estoy tan segura que el Resucitado

despreció ese reino álgido poblado de mártires,

beatos,

inquisidores;

abrazó la crucifixión

y se determinó a vivir como una reliquia

colgado de cuellos y paredes

y en los templos de los incautos.

Pero viviendo

en los latidos que lo tornan inolvidable.

 

Inhalaba cada vez

con más profusión y dependencia.

Me sentía desnuda

y desprotegida bajo la cúpula infesta.

Las descargas estimulantes

me inoculaban vitalidad;

me convertían

en la heroína de los despojos del rush.

 

Espero no afligirte

con los sacramentos de mi fe,

deposito mi memoria en tus ojos

y sólo espero que permanezcas junto a mí

hasta que la serenidad confiera la absolución

a esta historia que me ha atrapado entre las

páginas negras donde el testimonio de mi vida

me desenmascara.

 

Mis auto infligidos atentados

plagados de incertidumbre

me conducían raudamente

al laberinto de la iniquidad;

mis espacios roídos por las distorsiones

y los diversos aludes que me arrastraban,

hacían de mi cuerpo

un campo de concentración y experimentación.

Calada tras calada en medio de explosiones hilarantes

y arranques de llanto

vagando desorientada,

evadiendo las frustraciones

que me apartaban aún más de este mundo

que se empeñaba en marginarme;

vivía las fantasías propiciadas por la continua fuga

de mi espíritu alterado.

La inconformidad

con los dogmas y formas de represión,

mi rechazo a las máscaras de la mitomanía

conviviendo con la piel íntima de la mezquindad,

servilismo parasitario impedía exponerse

en el espejo de su estupidez.

Cismáticas reflexiones tratando de evadir los atropellos

remendados a una conciencia condicionada,

me arrojaban a las calles

de mi propio deterioro emocional.

Cansada del desprecio,

del escarnio,

de la mansedumbre 

entraba en crisis en cuanto empezaba a litigar,

apenas mi percepción sensorial

se alejaba de las oscilaciones

producidas por los alucinógenos.

 

Intenté confinar mi aliento

en la bóveda transformadora del ser.

Probé varios venenos para asfixiar los aleteos

dentro del cascarón

que había cubierto mi inmundicia.

Nada logró conmoverme para frenar la decadencia,

la destrucción se había apoderado de mi cerebro

y empezaba a carcomerme como la peste.

Debía acabar de una vez,

De un solo tajo,

de un balazo,

de un salto,

para cruzar el umbral

al otro lado de la existencia.

No había urdido la forma para ganarme el epitafio

que hablaría

de mi última obra hacia la inmortalidad.

 

Sumida mi vida en el cenagal de los vicios

debía implantar la superstición de las tinieblas.

Fósforo blanco

perforando mi laberinto intestinal;

atroz elección

 que me obligaría a dimitir.

 

Sesos reventados

por el plomo fulminante;

convicción que no me imponía

presionar el percutor.

 

Bebedizos

provocándome la huida en fatales delirios;

lánguida agonía

para una huida desesperada.

 

Advertía que cualquier expectativa

rescindía las sentencias agravadas por el miedo.

Oh cuanta oscuridad me cubría.

Jamás pude atreverme a reventar mi existencia.

 

Aún conservaba un ápice de cordura

¿y dónde se escondía la cordura

cuando la degeneración de la mente me asolaba?

Creo que sólo la cobardía me paralizaba.

Prefería inhalar esos vapores corruptos

rumbo al desenfreno.

El pan de los dioses

me elevaría a ese cielo de alucinaciones;

presurizaría mi mente desembocando la euforia

en un vértigo indetenible, adrenalínico;

donde la alerta se sustituiría por la parsimonia,

el enajenamiento de la percepción

por la distorsión.

Los ataques de pánico

me develarían esa incapacidad de sobrevivir

ante el acoso de los pavores de la conciencia.            

Me perdía entre los vapores inhalados con avidez

que me ofrecían

el único paraíso en medio del derrumbe.

Invariablemente me desconectaban del mundo,

como el humo del naten

deshaciéndose en el espacio

y dejándome sumergida en las tinieblas

de esa alteridad desconocida

y estimulada por la acción de los químicos.

Sedada y sumergida en un túnel sin retorno

donde las voces me llegaban aletargadas,

mis movimientos lánguidos proyectados

como en una película silente en cámara lenta.

C

  a

    í

     a

         ver

 ti

               gi

                  no

                      sa                   

                         men

                               te

 

arrastrada por turbulentas emociones

que me abrían las puertas del celestial infierno…

 

Camino hacia la noche empiezan a dispersarse los aromas.

Los cazadores se despiertan

con los cadáveres de la última persecución:

el solitario peregrino

emboscado en el santuario,

la adormidera

en su sueño envenenador asfixiada.

 

…Una lengua gigantesca me acorrala

chasquea en la humedad de mis hendijas encendidas,

saltan sortilegios que se esconden en mi tiniebla vaginal.

Mi piel de infortunios y noches silenciosas se descama,

se torna brillante y se extiende impudorosa.

De un soplido las densas sombras se convulsionan.

Retorciéndose,

va surgiendo cual abanico de ave del paraíso

el insuperable hombre-pájaro-serpiente-cánido

que quiere hundirme su pico-viperina-garra-lengua.

 

Despide ese olor de convulsionados genitales

por la violenta fragua que barbotea en su clonado eje,

inflamado terriblemente por la mano onanista.

Garra-cuerno, bocas salvajes, levadura de orgías.

 

Todo él un

enorme falo

 

que me irrita, me enceguece,

me deprava, me hunde en un infierno lujurioso.

Sus manos acarician con placer los morenos tamborcillos

palpitantes corazones bajo la piel equinoccial,

fricciona gustoso el vástago que desmesuradamente le crece.

Sube inacabable el agasajo como un obelisco carnívoro.

 

Una fabulosa  verga                      

                        verga

                        verga

                        verga

verga

de capullo amoratado  

 

dilatada,

encabronada,

maligna,

 

me mira con su concupiscente ojo;

 

un ardor sahárico, insoportable,

como una borrasca endemoniada

me conmina a aplacar el siseo de esa boa prisionera.

 

Crece indetenible,

imparable,

grosera,

fea.

Majestuosa,

tumultuosa,

insoportablemente hermosa.

 

 

                      en la confusión de olfatovistagusto;

 

   a

            v

          e

        l

     e

Se

 

cárdena, reverberante en el esplendor del derroche.

Izada como un fusil para ultimar el milagro secreto.

Para darme a beber la pócima de la eterna maldición.

 

Mis esclusas trituran esa hipérbole del ofidio tentador.

Magníficas mandíbulas muelen sus caderas,

cruje su esqueleto como un molino de viento.

Desde el abismo de su boca

absorbe ese geiser descendente que no lo hastía,

surge el corazón filosofal en un desafío;

duelo de habilidades entre los esforzados esgrimistas,

estoque al cerebro me catapulta al espacio psicodélico.

Se descorren los misterios de la primera mordida.

Nos penetra con el llamado del instinto.

Las manzanas se han corrompido

en las ramadas de la ofrenda.

Nuestros cuerpos modelados con barro edénico

dejan de ser divinos para encontrarse en el abrazo,

apretados en una contorsión lujuriosa,

sin miedo, ni vergüenza,

compartimos el derecho a morir sin deudos

que nos impidan la partida.

Nada le debo a nadie, nada mi cuerpo debe

mi lealtad es hacia la vida;

nunca mi alma se ha sometido

a los horrores de la incertidumbre

ni a las antojadizas morales de los amos esclavistas.

Los valores vacíos jamás me cautivaron.

Vivo intensamente sin reserva,

ni culpa, ni temores.

Mañana no es mi tiempo,

mi tiempo es hoy,

ahora,

aquí.

 

No digas nada…

…No descubras tu rostro heterogéneo

esa máscara te hace irresistible.

Quiero adivinarte en tus gestos,

en tu voz de graves notas,

en el olor que mana de esos ejes que te atraviesan,

delatando los misterios gozosos que me arrebatan.

 

Ven,

devasta toda la primavera

que los elfos han cuidado.

Esas criaturas quieren nuestra sangre para surtir

la pila sacramental de las extremaunciones.

 

No circuncides tus venas.

¿Cómo beberé tu esencia la próxima vez?

Tu boca huele a lima, a maceración, a mundo.

deliciosamente cítrica, 

exquisitamente madura.

Exprimo los gajos de tus abultados labios.

Lágrimas fragantes te sorbo lentamente,

esférulas repletas estallan entre mis dientes

regalándome el temblor de tu voracidad.

Tus dientes mordiendo mis pezones me fascinan,

déjame ornar con ellos mi lengua.

Engarza tu húmedo rubí

en la corona de mi boca.

Derretiré esas alhajas

en el báculo que me gobierna.

 

Apostasías

exhortaré en el oráculo de los aquelarres.

Non plus ultra de las lealtades

que me tornan consecuente.

Non plus ultra de los sortilegios

para revocar tormentas.

La palabra y la carne

se conjugan en el crisol de la verdad.

La mediatés de la farsa alimenta fuegos fatuos.

 

Abra-alma-razón-dolor-pasión-herida-cadabra.

Que surjan los maestrantes de la paranoia.

Ángeles negros

cómplices de los enigmas humanos.

Que venga la bruja con la tiara de incontables duelos

y su longevidad me enrostre.

Que me enfrente

en el calvario de la mentira y la renuncia.

Que me revuelva

entre sus pócimas extirpándome los ojos,

devorándome el corazón,

el cosmos de mi vientre estéril invocando.

 

Otro sorbo, otra chupada más...

 

Ven ahora

en la aparente decadencia de mi cuerpo-mente.

Espétame tu burla

y los deshonores por creer en la falacia.

Arrójame a la hoguera del desprecio

para que se extinga mi recuerdo.

Esparce mis cenizas en el fango del olvido.

 

No, no actives otra vez la trampa que me infesta.

Sólo abre la jaula y déjame volar.

Mira en el horizonte

el batir de esas alas que un día te conturbaron.

Se alejan, se hunden

en el doloroso silencio que acalla tu pesar.

Otra vez los bisontes

curten sus pieles para cubrir mis hombros.

Gacela acorralada

tu sangre enciende las pasiones remitidas

tu cuerpo esbelto

y tu extraña soledad te justiprecian.

¡Ay! la mordida

atraviesa tus frágiles convicciones.

Eres presa de la voracidad que te acanalla.

 

Aún no,

prefiero tu anonimato a la evidencia  del nombre.

Te reconozco bajo el tacto de todos mis sentidos.

Tu desnudez

legitima el secreto para no nombrarte.

Tu vitalidad

no precisa de signos para descifrarte.

Imagino tu rostro

sin facciones que no te hacen predecible.

Belleza indescifrable que el ojo no rescata.

 

Mi voluntad

magnetizas a tus movimientos inigualados.

Te ofrezco mi ostra

para que unjas de seda los desvaríos…

…Ven, ven otra vez,

deléitame con tus maldades.

Con el oleaje acompasado de tu pelvis,

con tus desordenadas vibraciones.

Empieza con mandobles de samurai

de diestra a siniestra,

que esa espada preserve el territorio

y vergonzosamente no se repliegue.

Cauteloso lanza una estocada

a uno y otro lado de los párpados verticales,

salta y desciende cual ígneo vómito por encima del valle;

desplázate formando curvas suaves y regulares

tu voracidad alada clávame en la mitad de la sonrisa.

Caracolea siguiendo el rastro de las primeras lluvias,

Igual que el torero húndeme las banderillas del arrojo.

Penetra y retira cual garra félida que al roedor tortura,

penetra profundamente

y arponea en el fondo del sísmico ojo

con esa flecha que la cálida bruma rasga

estremeciéndose en el corazón de la tormenta;

penetra y retira suavemente

confúndete en el arco iris

que se esfuma cuando el sol se fortalece,

penetra y retira ágilmente

huye de la muerte cual venado,

extiende tus alas de cóndor en los riscos,

sube y baja en la convulsión del hacha

truncando la arboleda.

 

La palidez de la noche de mis abandonos se apodera.

Quema tu incienso

en el candelabro de las consumaciones.

Los monstruos de la lujuria en el humo se vislumbran.

Las sombras copulan, ondulan, ululan.

Vahos recargados de extravagancias sexuales

impregnan el olfato,

con una ráfaga de plegarias.

 

La bruja encaramada en el lomo de la luna

pretende destruirme.

Las lechuzas me vuelcan los conjuros

de su risa que no me alcanza.

 

…Señor de la máscara,

rostro impenetrable a las miradas.

Acércame tu cuerpo

de dios resucitado por los cultos.

Ámame como hombre

reencarnado en las pasiones.

Busca mis edenes

para que plantes el árbol de la dualidad.

Quiero untarme tu barro

para conocer tus debilidades.

Quiero sacrificar al cordero

para ser la vestal de tu flamígera ara …

Obsedida por la lascivia que me atormenta,

te imploro hombre clandestino:

toma tu daga y atraviésame.

Estoy lista para desangrarme

en el tálamo que prefieras.

 

Me atrae la incógnita de tu rostro embozado.

                        Vendaré mis ojos

para que los instintos me revelen tu caudal.

Ahora mis manos te descubren

en la dimensión de la oscuridad.

Mi olfato se dilata

para atrapar la mínima delación de tus olores.

Espíritus desertores

de esos pomos pletóricos de herejías.

Atropellan mis sentidos consumando inhibiciones.

Remolinos de deseos denigran mis íconos sagrados.

Abato las restricciones

y con los dulces fermentos me embriago

que de todos tus conventos emergen.

Mis ríos internos se agolpan en mi vientre

y amenazan desbocarse.

 

Una voz se va elevando

y se acrecienta en mi garganta.

Se deshace en gemidos.

Gemidos que me recuerdan a Kawabata

Gemidos silenciosos

de un hombre que no es hombre,

que arrastra el dragón truncado por la tormenta

hacia ese valle donde los rayos no revientan,

…genarios en el crepúsculo del degüelle

bebiendo la sangre que no los reencarnará

en el lecho de demandas asfixiadas;

tocarán, sentirán con la fuerza de su impotencia

trastornados en amor seráfico y dolorido.

Oh abandonados tristes hijos de Eva.

Delatados por deseos mortales

de hombres amputados,

resignados al deleite noctívago

casi luctuoso

de posar la vista

en la piel que no será tocada,

de las vírgenes narcotizadas sólo para sus ojos;

para aplacar la desolación de la vejez,

para llenar de vida la densidad

de la piel envejecida.

Tal vez un lamento por los días de esplendor

todo el llanto por la crueldad de mirar sin ser visto

dignidad que

La Casa de las Bellas Durmientes

concede para gozar con el distinto sueño

de aquellas a las que no alcanza en ninguna noche

en ninguna extraña noche

en ninguna distinta noche.

Ya su gloria no se yergue como el grito de Yukio Mishima

hundiéndolo en la inconciencia de la noche fugitiva,

en la que extinguió su diversidad.

Se refrenda en

Memoria de mis putas tristes

Garcíano, Macondiano, plagiador,

nonagenario de vida burdelesca

y esperanza centenaria.

Solitario comedor de vírgenes sacrificadas.

Sublimado,

redimido,

angustiado y resignado

por los tormentos que carcomen su abatido orgullo.

Hombre que es hombre

por los ardores del culo

que se aposentan en su inmaculada beatitud.

 

Fantasía de eunuco hace olvidar la escaldadura

restablece los arrestos disolutos de sus lances preteridos

cuando retozaba con las gacelas

que en su matorral se enredaban.  

 

Durmiente contemplador de la adorada Delgadina

compañera de lecho

flotando en sueños de valeriana

amante nocturna,

piel y carne,

senescente delirio,

flor temprana,

flor de estanque de corola no rasgada,

desconocida diurna,

de olores y formas conquistadas.

Yasunari desde otrora escribió con letras indelebles

Eguchi, serás tú el padre de las vírgenes durmientes.

Ancianos del mundo uníos y reclamad vuestro derecho

a vivir la dulce crueldad con los ojos vendados.

Si os dormís estaréis solos y tristemente olvidados.

 

No tendréis el valor del Incomparable Bukowski

en erecciones,  eyaculaciones, exhibiciones,

verdadero ángel subterráneo de alas rotas

viejo indecente,

procaz,

cínico,

único temerario sin centavo en el bolsillo

que apuesta a los caballos, folla, bebe, vomita y caga.

 

Es,

simplemente es,

heroicamente es,

 

contra toda la mierda del sistema defecando calaveras.

Creo que las ratas lo adoran y las arañas lo odian.

Underground, maldito jodedor de letras.

Agitador de coños,

profanador de culos.

La verdadera máquina de follar.

El vagabundo intelectual

               que se jodió al sistema.

 

Qué hacen ustedes merodeando en mi cabeza

Comecocos de lejanas sutilezas.

¿No advierten que hago honor a las penetraciones?

 

Gemidos sí, oh gemidos que me taladran.

Gemidos a borbotones…

Te siento como una efigie de mármol

que se apacigua entre mis manos.

Tu cuerpo extendido, escandaloso me reta.

Te inflijo la mordida esperada;

como estiletes me atraviesan tus dedos,

mis alas de coleóptero erizan.

Un himno gutural los gritos asfixia,

te arrastro hacia el hondo plañido

y tu cabeza apuntalo.

El licor macerado de olores salíferos

en tu boca se desagua.

Resuelves los acertijos y la cueva se abre;

la lengua hundes

en el canal licencioso de tus lamentos;

te apoderas de la cava bebiéndome por dentro.

Tu marfileño puñal me recorre para hundirse urgido

por tus temblores en el ojo de la concupiscencia.

 

Con furia inaudita arremetes

e impiadoso me espoleas.

Defiendo mi heredad al anónimo estrangulando.

Un ronco lamento me increpa desde el precipicio.

No lo escucho,

te acoso contorsionando mi pelvis.

Elevando mis caderas para instarte a ultimarme.

Esta noche tu piel flagelaré,

te clavaré la lanza crucificado mío

y esperaré el último suspiro que me inunde de fervor.

El preludio de tu orgasmo

me llega como un ronquido,

como un zumbido quejumbroso atronando en el panal.

R o d a m o s  anudados, descontrolados

enfangados por los delirios que nos atraviesan.

Ya nada queda sin que tú y yo no hayamos devorado.

Nada que el enjambre de deseos no haya agotado.

No puedes detenerte,

el acabamiento se avecina.

Paralizado en un espasmo libertario,

exhalas los últimos rencores.

 

Derrumbado sobre mí como una hoja desprendida

con el corazón latiendo en la tormenta del orgasmo.

Enmascarado, anónimo…

Innecesario descubrirte,

el arte de tu alcoba, en este delirio me legaste.

 

Nuestra intimidad estrujada

por las violencias que nos exceden.

Esa gaseosa desnudez

que se precipita ante tus ojos.

Te revelan las imágenes confusas

de nuestros cuerpos amándose,

ayer cuando la noche

se ha resistido a abandonarnos.

 

Mis vivencias

las han tejido las arañas del ensueño.

Cada historia me convierte en víctima

o victimaria de mi fatalidad.

A esos momentos de angustia y desenfreno

se han adicionado papiros colmados

de egolatría y predominio de aquellas suntuosidades

que nos agasajan la existencia.

 

Las esencias, aromas y perfumes

me han condenado al deleite de los sentidos.

Hechiceros del olfato, cómplices de mis intimidades

han doblegado mi voluntad a su devoción.

El incienso sosiega mi ánimo

y me induce a un estado de placidez,

de gozo espiritual de indefinible descripción.

Aspirar el humo de sándalo, canela, lavanda,

mordiéndome como una fantasía azulosa los sentidos, 

ha dosificado el ímpetu de mis pasiones,

mas no ha atenuado

la libido que se niega a ser sacrificada.

Su vaporoso aroma hurga en los templos de mi carne

lentamente un cúmulo de complacencias me disuelve.

Las últimas manos, los últimos labios resurgen

y siempre una cascabel hunde en mi negritud su siseo.

Espirituoso derrame, eyaculación odorífera

envuelves mi alma y a la beatitud me elevas.

Espiga aromatizada reina del imperio perfumado

tu médula odorante te entrona,

tu virtuoso olor mi rugido interior sosiega.

Cuando la angustia se empeña en perseguirme

no puedo abandonarte en mis islas de clausura.

 

Me he revelado como una mujer sensual,

apasionada, turbadora, orgullosa, intrépida,

extravagante y sobre todo femenina.

 

Tejedora nubia de la constelación de Eros

Girasol eclipsado por un sol agónico

Negritud misteriosa que atrae y envenena

Atalaya de obsidiana, dominio de Venus

Buitre engarzado entre suculentos muslos

Medusa de Saba, brebaje alucinador

Mensajera del corazón de África

Rincón oscuro que bordea el íntimo abismo

Bisonte de esas helénicas alturas

Lago en reposo que invita a ser surcado

Abertura misteriosa que rompe realidades

Promesa de sensaciones no sentidas.

 

Oscuridad vertiginosa y alada

Embriagadora sensación de dulzura

Suavidad acunada en el hueco de la mano

Exquisitamente sensual y peligrosa

Deliciosa soberana de negros laberintos

En la penumbra teje su red desvelada

un enjambre de manjares refinados

matas de sauce ululando en la cresta.

 

Monstruo ebenáceo anquilosado entre las ingles.

Poderosa cúpula de cristal asedado.

Recoge con la mirada de su ojo humedecido

los inútiles intentos de escapar a la molicie.

 

Fascinada oscuridad altiva se despliega.

Sensación que sólo en la ocultación seduce.

Ascenso y descenso, lisura, dulzura.

Placer intenso que los ojos no transfieren.

Soledad y gemidos convergen en su hoguera.

Sensación inefable que en los dedos se enreda.

Respuesta al aullido que la coherencia desgarra

Legión de tentadores se desbocan en su cima

Piel, carne, fluidos convergen,

la sienten, la presienten, se precipitan,

y nada, nada…calma el ardor de su presencia

 

Opium me abres las puertas del extremo oriente,

misterioso y fascinante,

sanguinario y antiguo.

 

Gota a gota sumiéndote en mi piel secreta

asestándome tu letal mordedura

confinándome en la redoma de tu ombligo lateral.

Tu hálito sofisticado y original,

convulsiona  mis preferencias,

derramándome el espíritu Imperial de la China

bajo tu fragancia de honda huella.

Armonía cálida,

afrutada y especiada,

mandarina, bergamota, muguete, absoluto de jazmín

con toques de mirra roja, vainilla, clavel,

pimienta, canela, polvo de oro;

pachulí, opopónax, ámbar, rosa, ylang ylang,

fragancias picantes y de alta concentración.    

Íntimas esencias

extraídas por el fuego

de arena y cenizas

tratando de reinventar el mundo de las apariencias.

Ascensión oleosa,

exaltas

la quintaesencia de tu perfume inquietante.

Poción con virtudes divinas

llevas en ti el mensaje de la lujuria,

soy reclusa de tu sustancia extraída 

de fuentes secretas y plantas exóticas.

Destilación,

símbolo material de la purificación moral.

Perfeccionamiento,

sublimación psíquica

penetrándome como una querellante roedura.

Germen de la verdad que brotas en el fermento de mi fe.

 

Opium más que Extravagance.

Byzance, Panthere, Rose Noir, Tribu

Jaipur, Chloe, Diva, Rome,

Poison, Volupté, Montana

En la sublimación del ser,

rescató mi esencia más pura

del seno de la tierra,

heredándome óleos,

bálsamos,

licores fermentados

y el símbolo del fuego en este extracto

de espíritu dorado.

Con Opium

me estrené como una  mujer  cosmopolita.

Lo incorporé a mi personalidad

como un valioso secreto de belleza.

Como una joya

que irradia fascinación a mi

femme fatale.

 

Piel de la seducción,

revistiendo el excitante aroma de mujer.

Hoja de tabaco deshidratada

destilada en esencia opiácea.

Látex desecado

que manas de la herida de la adormidera.

Opio descendiente

de una casta de envenenadores.

Restableces el narcisismo herido

calmando el dolor de la injuria.

Opio te casas con el hombre

para inducirlo a un fetal letargo.

 

Noble veneno

deshaces la garra del pavor del corazón.

Opium dulce opio,

fumándome fantasías en narguiles de oro y agua.

He permanecido fiel a tu exquisito veneno. 

Adicta a tu letal elíxir

que me ha condenado a tu esclavitud.

Voy a ti,

posesa de un delirio que me abrasa.

Tu alma líquida atrapada

en el cristal elíptico que te custodia

percibe mi desnudez

que exige ser profanada.

Tu larga lengua

se  a r r a s t r a  por mis oídos,

violentamente se enrolla a mi cuello

para descender

atrevida y lujuriosa por mis pechos.

Mariposas diáfanas esas gotas

que por mi cintura revolotean

y se posan en la mata encrespada

de mi flor carnívora.

Opium, opium

Elíxir, éxtasis, exultación

Amante mío.

Dame tu cuerpo.

Tu disolución.

Bésame.

Aletárgame para siempre con el ababol

que te mana incontrolablemente.

 

Extravagance

Criatura de vanidad depurada,

auto diletante narcisista,

librepensadora, libredecidora,

cínica, cruel, loca

extravagante,

perseguidora de contradicciones y ofensas.

Jazmín, palo de cedro, ambrax,

iris negro,

esencia de mandarina,

alma de sirena alada.

Deambulas en la noche bajo la tormenta.

Buscas en Notre-Dame al ser de la penumbra.

El silencio de su monstruosidad.

Gritos perdidos en la lluvia de improperios.

Gitana de cabellos púrpuras y cintura de esfinge;

me deshago en el follaje de esos dédalos

que esconden mi silueta,

que denuncian las fragancias

de ese húmedo crepúsculo

precipitado en el bambú interior

de mi manantial lechoso,

donde todas las plegarias

se sumergen en un río tempestuoso

de deseos satisfechos.

Delicioso repudio agitado

como una dulce exhalación mortífera,

jerarquiza rugientes espasmos tejidos

en la primorosa red del cristal orgásmico.

Saboreo impasible

el cianuro del odio y del desprecio;

fantástico potaje que penetra

en las cicatrices de mis manos

donde no leo ni designios ni  presagios,

donde solamente mi gravedad se manifiesta

en esa imperceptible e imparable oscilación.

Extravagance d’amarige deshaciéndose en la sonrisa,

evaporándose

cuando la ropa cae cediendo a la caricia,

encontrándome

en mi intimidad cuando abres el pozo

perfumado de mi secreto vaginal.

 

Efluvios perfumados como un eco derramado,

hasta el génesis de la civilización me trasladaron,

a la antigüedad

donde los mortales en rituales y ceremonias

exaltaban su poder y belleza,

extractando de flores, frutas y óleos subliminales,

las supremas esencias,

deleite de dioses.

El olor de la tierra en sus primeros partos

me invadió,

el fuego crujiendo en las cavernas

como un troglodita destructor

hechicero del miedo centelleando conjuros a las fieras.

Agua salvaje de diáfana pureza deslizándose

a través de montañas y llanuras;

el viento moviendo las aspas del tiempo, 

los olores esenciales cuando el ser en su inocencia,

afán de pureza originado en el recuerdo del paraíso,

nada codiciaba.

 

Rituales, sensualidad, placeres sexuales.

Satisfacción del triunfo en la batalla.

Transmutación del plomo recreando el caos.

Vértigo, adrenalina, muerte en el orgasmo.

Lujo envasado en recipientes de diorita,

alabastro,

frascos esmerilados,

cristal soplado,

plumaje multicolor de la vanidad.

 

Bagdad y Damasco volando en esterillas mágicas.

Palacios de cúpulas doradas y cuentos fantásticos.

Genios y brujas

concediendo deseos a sus ambulantes amos.

Reinas perversas,

princesas oprimidas,

duendes cómplices.

Cenicientas y bellas durmientes

conspirando por el beso.

Príncipes encantados y desencantados.

 

Bosques embrujados

donde el lobo, la perversa hada, el ogro

legitiman el deseo oculto a través de la mordida

el zarpazo, la deglución, la penetración no consentida.

Reina de Corazones,

conejos presurosos.

Situaciones incomprensibles

recargadas de invenciones y artificios,

fabulan el País de las Maravillas,

punto de equilibrio entre el sentir y el razonar

pesados en la balanza de la irrealidad

donde las exquisitas alas de la fantasía

nos elevan a los templos de la paranoia.

Hilos de extraordinaria finura engalanando

vestiduras exquisitas,

géneros de oro y plata vistiendo la nobleza.

Cantos atrapados en calabozos de mica negra.

 

Jaipur,

proliferación de gritos y alucinaciones.

Seres tenebrosos del más allá

tras la puerta dimensional de calosfríos.

Aventureros que han dormido a las centurias

para vivir el sueño de la eternidad tras la mordida.

Gargantas acariciadas por maligna boca

de la criatura que medra en las tinieblas.

Aullidos aterradores

en las noches frías del Kilimanjaro. 

Hambrientos mandriles

hundiendo la zarpa en la huida.

El grito de terror sacudiéndome en la niebla

como una dentellada incesante y dolorosa;

como una plegaria

que se desvanece en los inciensos.

Cumbres nevadas

buscando el fuego entre mis muslos.

Fascinante pirotecnia

hundida en los pozos perfumados.

Lámparas mágicas

liberando a esos nubios portentosos.

¡Oh! mieles negras untándome el aroma de la brea.

Potros salvajes en su belleza majestuosa.

Venid a mi,

azotadme con la arrogancia de vuestro linaje.

Azuzad esas serpientes

con colmillos de ónices y zafiros.

Romped las cadenas de mis convicciones

y concededme

la esclavitud del deseo hundiéndome doblemente.

 

Byzance corrómpeme con el lujo de tus esencias.

Con los excesos de la juventud

clavados en mi vientre.

Macabeo/Viura,

Sauvignon Blanc et Noire

y Shiraz uvas del Ródano

Oxiden en mi cava los racimos púrpuras de locura.

Ahí en esos momentos desenfrenados cuando el sol

asoma su cabeza fulgurante.

 

Agua de Byzance córreme como un río impetuoso,

transpórtame en el tiempo hacia la noche inagotable

para que mi pasión encuentre

en tu flauta de Byzance

la peligrosa belleza de tu afán asesino. 

 

Byzance abre tus cisternas para que mi ciudad sedienta

beba en tu entraña tu fresca humedad.

Abre la Gran Puerta Dorada de tu Imperio

para suplicar misericordia al Cristo de Constantino.

Me uniré a los himnos de Justiniano y Theodora

y tu historia mágica como una repetición extracta,

entre el aire y el espacio se deslizará,

retumbando en los siglos de Divina Sabiduría - Agya Sophía.

Tu esencia de Mármara y tus cúpulas de Estambul

sobrevivirán a la ilusión del fastuoso imperio

y una vez más oraré

antes de salir fuera de tus muros a morir.

 

Arrástrate por el fango de mis impudicias.

Carcome la retina de mis ojos nebulosos.

Resbala tu lengua exhumando

todas las perversiones de mis antros.

 

Lámeme despacio,

Saboréame… lentamente…

Desgájame en tu boca.

Mordida a mordida

conspira el asalto de mi carne.

 

Clava en mi espalda tus félidas garras.

Devela el puñal que me ha de matar.

Hunde en mi garganta tus dientes.

Posesiónate de la hembra perseguida.

Huele en mí el semen de tus pasadas noches.

Oscila el péndulo de tu lujuria.

Reconoce en mis senos el dolor que desnuda

y bésame otra vez con tus látigos labios.

 

Deja que mi boca del perseguidor se apodere.

Deja que la lava de mi cuerpo te absorba.

Derrámate maravilloso y pródigo.

Desciende al tibio surco entreabierto.

Huele el deseo que moja esos labios…

Abre sus púrpuras pliegues.

Chupa… lame…

Sodomízame con tu lengua.

Desemboca tu saliva

entre las pervertidas sombras

donde nuestras violencias se ensalzan.

 

Conquista con tu catadora convulsa

al tirano liliput que custodia la abertura.

 

Ahora…                           

húndete en el abismo anegado por mi lluvia

Hondo, muy hondo…

Abajo,

en el cieno donde se revuelve la verdad

donde el trueno potencia su bramido

donde el sol su cuello adorna

con las perlas que brotan de mi noche.

 

Las fragancias florales,

inagotables en la Biblia de los aromas,

mensajeras erotizantes penetran

y flotan como habitantes del recuerdo.

En esos remolinos donde la caricia se dilata

propician la fuga de sensaciones

y perturbaciones ópimas.

La calidez del sándalo,

dulces y sensuales,

esencias balsámicas,

exóticas, intensas

elegantes, discretas, 

con olor de cuero y de tabaco

ahumadas, maderadas, oceánicas, 

fascinación atrapada para deleitar los sentidos

rugido, mordida,

candidez, ternura,

pasión desmedida.

 

Volupté cabálgame como una noche infinita.

Piérdete en el laberinto de mi palidez,

y yo seré una poliandria de afectos y sensaciones.

Voluptuosidad del priorato esmeralda,

esfera translúcida corazón dorado efervescente.

Tu encanto fulgece a través del cristal

para asesinar dulcemente

con una gota en la nuca y los oídos

unas gotas en los senos, la cintura, los tobillos.

Fermento semencial

transmutado en óleo ambarino

que impetra bacanales en el lecho compartido.

Alma y carácter de tu interioridad,

letargo y fantasía;

tu esencia rompe las membranas de la alucinosis.

 

Montanas azules con torres de babel

desgarrando el firmamento que se aleja.

Vertebral extracto serpentino de grosella negra.

Volutas inspiradas de pimienta y cardamomo

derrochándose en el torbellino de jengibre y clavel.

Tempestades que desbordan los delirios del patchoulí

sólo para unirse en un dulce desenfreno

de vetiver, civet, castoreum envenenando

la íntima piel de mis desencuentros y perversiones

bajo la seducción de mis bragas.

 

Esfinge imperial

de atuendo dorado y Organza soberbia.

Tu aroma de mañana derramada duerme conmigo.

Me despiertan tus flores de naranjo y gardenia;

empieza a perseguirme tu nutrida madreselva;

se arrastra por mi piel penetrante tuberosa

para susurrar maravillosamente con notas de ylang ylang,

jazmín y cedro en mis pródigas sensualidades.

 

Trésor piramidal invertido del paraíso acuático.

Poción rosácea, vainillada, dulcemente sutil.

Frutos aterciopelados con suavidad de durazno.

Gualdo iglú derramando su exótica esencia de piña

para atraparme en el bouquet de sensualismos

comprimidos por el iris, heliotropo, jazmín

y sucumbir finalmente en la fortaleza de sándalo

en donde el almizcle se sublima acariciándome.

 

Agua Tórrida destilada en el canal de mis trópicos.

 

Rosa Nocturna llevando los vientos hacia el sur.

 

Rome encerrada en la Torre que inclina el péndulo.

 

Púrpura corazón esmerilado de Poison en mis latidos.

 

Esencia animal atrapada en la selva de Panthere.

 

Tribu rastreando las rutas del aroma

hacia mis raíces

de lirio sepultado en el fondo del ojal.

 

Olores a violeta y rosas denunciando mis besos.

Salvia, menta, tomillo deshaciéndose

en la Y de las maceraciones.

Cóctel de santidad y pecado

propician la fuga de los sentidos.

Como una Shongay

te ofrezco el aroma de mi vagina

 

Voluptuosidad y fantasía; susurro zigzagueante

seducción confinada en la densa piel misteriosa

del solitario loto que arrumba su azulada infinidad

hacia las cumbres lamaístas para raptar al hombre,

sepultado bajo el manto eremita del erófugo monje.

Los olores de la lujuria se contonean

en la cintura nómada de Samsara;

olores de hembra mundana, derroche-embriaguez de lucerna,

descubre su desvergüenza en la roja cúpula del Chakpori

donde se han abovedado las místicas plegarias

del sándalo, sagrado y sensual, para permitirme renacer

con el esplendor del Nirvana

en un intento de escape

y de renuncia al mundo de los sentidos.

Zanzíbar, lamasterio de absoluciones,

turbulencias ascéticas depuradas en el turbante grana 

que recoge los extractos de esa vanidad que te glorifica.

Se reúnen, se acopian, se abrazan, se penetran.

Esas esencias balsámicas con los karmas del nirvana

fusionan tu abdicada oración con la avasallante sensualidad

sólo para confirmar que el demonio te rascaba los testículos

mientras fingías sumisión a la orden de los castratti.

Esencia de mí, esencia de ti,

en un sólo espíritu de canela y mirra,

lujosa apariencia del pecado.

 

Oh espíritu del sexo posesionado de mi alcoba.

Ven como el hombre múltiple,

ojo, oído, nariz, lengua y piel.

Descubre la fetidez y la fragancia

de mi jerarquía sensorial.

Te daré minúsculas lágrimas de mi misma

para que tu estrategia evasiva

no abandone mis turbios labios

mojados por las desvergüenzas de tu acoso.

Las sábanas conservan

los aromas intensos e irrepetibles

que se deslizaron

por esos barrancos de tus cítricas intrigas.

 

Cuando el elíxir se haya evaporado totalmente;

oleré a tierra y mar, a musgo,

cardamomo, madera e incienso

oleré a mi esencia de mujer,

destilaré mi perfume interior e íntimo

oleré a mi misma,

porque yo soy el perfume.

                    

                      

He sido una depredadora de hombres.

Aplastada por una piedra de silencio y secretos.

Mantenida y encadenada en la cámara del terror.

Etiquetada por la arbitraria designación de géneros.

Me he rebelado a la prostitución del amo esclavista.

He descolonizado mi cuerpo

amando mi propio reflejo,

encauzando el potencial de mutualidad y diversidad

que extendía sus raíces

en mi fértil campo de realizaciones.

Manifiesto de las ocultas emociones y sentimientos

que me abrazaban en noches solitarias

en el desierto dominio de mis represiones.

Vergüenza y miedo

increpándome más que la repulsa mundana.

Fantasiosa virilización puberal

como una alternativa  para vivir mi interioridad

y la reconfirmación de mi innegable feminidad.

Impuse normas de conducta.

Me apropié del viento, de la altura de la luna

de los sonidos y colores de cada ser

para incorporarlos al breviario de mis exigencias.

Desprecié los conceptos

que nos acorralan y exterminan.

Busqué la belleza

más allá de las apariencias sensibles.

Amé la voluptuosidad atmosférica

de las flores humanas.

Aspiré el aroma de la sensualidad

en todas sus manifestaciones.

Descubrí mi potencial amatorio

como un taladro perforando la roca

en busca de la fuente escondida. 

Adopté la herradura

como el símbolo implantado entre las ingles

para resguardar mi preferencia.

 

Siempre

como objeto de deseo entre hombres y mujeres

he abrazado la pluralidad de opciones 

para compartirme.

No me he ocultado

tras la mentira infame para existir.

He rechazado

la estigmatización sin conflictuarme.

He sido defenestrada por marcar tendencias

y arrebatar el dominio a la arcaica reciedumbre.

 

La realidad ha torneado el instinto

para recrearme en la diversidad de las inapreciables sutilezas.

He vivido la pluralidad como una conquista.

Como una respuesta al derecho de ser como soy.

La perversión

como una fantasía que me hizo más humana,

descubriendo

mis propios placeres en otra diva como yo.

En el sueño de otra beija que se extravió

en la isla de Lesbos.

Donde hundir el desprecio de la generalidad

no es castigo por develar los placeres del gineceo.

Quién puede saber lo que mi pasión reclama

cuando en la molienda de fuego de mi trapiche

se escurren los jugos que precisan ser chupados.

Quién más que mi reflejo deleitándome

con la pecaminosa procesión de ateos;

quemando las cruces del engaño

profanando las tumbas farisaicas

demoliendo mamotretos de prohibiciones y calumnias.

 

Yo,

Mi hembra interior

mi yo inalienable

mi íntimo yo

mi intimidad perturbada y sacrificada

mi resguardado safismo

mi alma recóndita

mi único yo.

Mi grito entrañable aún no reconocido.

Mi condena y mi perdón en este edén de imperfectos.

Mi vientre fecundando impúdicos honores.

Mi lengua saboreando evangelios vulvares.

Mis evangelios vulvares deshaciéndose en las lenguas.

Mi verdad,

la verdad tuya y la de otras desertoras de la vara.

¿Por qué castigar la carne si el alma exige?

¿Por qué ignorar lo que los ángeles prefieren?

 

No me liberes, condéname.

No me comprendas, repruébame.

No me consideres, lastímame.

No me respetes, menospréciame.

Merezco este oasis aunque el desierto me sepulte.

 

Mujer y marida,

marido y amante perseguidor del gemido que agita

las turbulentas aguas de los lagos prohibidos;

que abre todos los laberintos

donde el monstruo pernocta y devora.

 

Eva bebiendo la miel   

de mis pechos y yo de su panal.

Me busqué

en sus labios raptores de mis ansiedades.

Me encontró

en el atardecer dormido de mi vientre,

insatisfecha como una leona que no mata.

Sus pechos y mi vulva, mis senos y su vagina.

Nuestros labios y nuestras manos mordiendo

y hundiéndose en la caricia abundante.

Ella como yo, hembras de una misma quimera,

sacerdotisas amputadas que no parirán jamás.

Prófugas de este mundo

creado por un dios de la otra orilla.

 

Me reconocí en la angustia de sus ojos infinitos.

Mares agitados por los imaginarios del decoro.

Discípula apasionada de las ninfas de Safo.

Luna derramada

en las bodas eternas de las hijas mutuales.

Compromiso indisoluble

del misterioso amor humano.

 

Me reflejé en el espejo

de mis carencias y demandas.

Acepté los retos de la carne

dirimidos por mi entrega.

No he negado a esos cuerpos de bellezas diversas

cantarme sus deseos.

Regalarme

su intensa feminidad al quitarse la ropa.

Encerrarme en sus movimientos

de una premeditación aborigen.

Copularme

con las violentas convulsiones de sus lenguas.

 

El gesto de la mano arreglando sus cabellos,

olorosos a noches equívocas,

a crines de yegua sublevada,

esparcidos como dunas sobre mi piel abierta.

Torsiones de caderas

exudantes de escozor  lujurioso…

Porque ellas intuyen

mis deseos y yo satisfago sus reclamos.

Tampoco he reprimido las urgencias

que me arrojaban a sus brazos

como una Herodías de prodigios simulados.

 

El mandato arbitrario

ha censurado esta pasión reflexiva. 

Los silencios y las soledades

del desprecio han sido cómplices.

Los débiles y las minorías

sin contemplación han sido degollados.

Ignoré las diatribas y comí de la fruta

negada en el Paraíso de Eva.

 

Coligado sendero de crestas y aros lívidos.

Espacios invadidos por deseosas espadas.                     

¿Quién ha permitido desembozar                                  

las insumisas concavidades de mi carne?

¿Quién desató la bestia de luciférico aliento

que pretende calcinar a mis diletantes discípulas?

 

El cenit de su esplendor no me cautiva.

No me atrae, no me azuza su grandeza.

Mi piel sólo quiere esos lésbicos labios

inhalar cada espacio con deseosa indigencia

que me arranquen gemidos caricias de escándalo

lenguas, dedos, partiéndome insurrectas.

 

Otra como yo me reconoce en el juego.

Otra me llueve dolores, espasmos,

me lame, resbala, suave, despacio,

se hunde en mi trébol, mis fantasías desborda.

Ella intuye mis reclamos salaces.

Ella me abunda y se bebe mis vinos.

 

Mis manos la buscan, la llaman.

La siento respirando en mis feudos.

Suplico sus labios para hundirme gozosa,

desfloro sus pechos besando, mamando;

roncos gemidos acrecientan mis ganas

late mi lengua en el holocausto atrapada.

 

Mis secretos escarbo en sus hondos abismos.

Desdoblo mis alas en su pliegue sedoso,

su saliva, su leche, su sangre

anegan mi túnel de húmedas fiebres,

resbala, me cubre, me baña,

su orgasmo me asalta me arrastra a la muerte.

 

Danzantes de Sodoma en los ocasos carnales.

Hienas azarosas de afilados instintos.

Arañas que se inoculan venenos.

Serpientes que se devoran y anidan.

Ángeles desalados del infierno sáfico.

Mi misma esencia, la que me habita.

 

Mi espíritu azaroso e impaciente,

aliento vivo de los acontecimientos vivenciales,

procuraba que los pruritos sensuales fuesen satisfechos.

Como única fantasía invoqué a los dioses de la carne

para inmolarme en el altar de las parafilias,

castigando o siendo castigada por las extravagancias.

 

La rama de junco y la caña de bambú se alternaban

para estimular mi esfera anal a un gozo kundalínico.

Una tormenta de azotes sodomizantes

cruzaron céleres

por las esferas cárdenas de ese horizonte occiduo.

Cilicio con olor a azucenas para santificar el dolor,

para elevarme al altar donde las desviaciones

se glorifican,

para avivar la rebajada facha del frontispicio viril

en una resquebrajadura del delirio.

 

En mi búsqueda de la extravagancia erótica,

convine en el escándalo

para dorar mi noviciado ambiguo.

Secuestré el beso de Judas

para adelantarme a la traición.

Me crucifiqué en la rauda soledad del orgasmo.

Mis fuentes lagrimales

se colmaron de perfumes atávicos;

y egipcias, hindúes, japonesas,

en el cenit sensual de sus misterios

fluyeron a través de mis ardores.

 

Aquellos monjes de pasiones encubiertas,

destrozaron mi túnica con sus garras de ascetismo;

con su onanismo solitario de renuncia a la hombría,

vivieron en mi carne

la castración infame del gozo terrenal.

Precipitadas manos entraron y salieron de mis celdas;

bebieron el cáliz de sus ausencias

en mis vertederos malditos;

me rociaron su semen durante siglos represado.

 

Desposeída de mi ropaje

peregriné por el monasterio de los buitres;

imbuida en un gozo mundano

de extrañas sensaciones;

extasiada en el tormento del azote cargado de centurias;

cada latigazo

los pecados de los condenados me inculpaba;

los gritos

brotaron de las paredes de sangre salpicadas,

estaciones dolorosas por el martirio evidenciadas,

místicas pasiones

para vindicarse ante el señor de la creación;

se encadenaron enmohecidas

por los efluvios del pasado a mi carne mortificada.

 

Lapidada en el vía crucis 

camino a la cámara de los sacrificios,

Magdala me dio a beber

leche y miel de su cántaro milenario.

En el paredón de lamentos de la indignidad humana,

sepulcro blanqueado por justificaciones miserables

pendía un Cristo crucificado

con los clavos del desprecio y de la incomprensión.

Judío,

zelota,

esenio,

revolucionario,

rebelde,

carpintero,

conspirador del orden de la Sinagoga,

hijo de Dios,

Salvador;

Todos en Uno.

Fracasaron en el Deicidio del rey sin trono,

rey coronado de espinas y manto de harapos.

Rey

que en Magdalena su hombría evidenció

y en Lázaro su divinidad derramó.

El que el hambre de sus prosélitos satisfizo,

El único grande en su miseria y sencillez.

Él,

mito,

verdad,

historia,

o simplemente fe.

 

Una muralla de cedro ocultaba el vientre en tinieblas

de esa catacumba

donde los apetitos perpetuos de los frailes

no se limitaron a los alimentos del espíritu.

 

Las puertas

con parsimonioso arrastre tras de mi se plegaron.

Mis ojos en la lóbrega caverna escudriñando

tallaron un agujero en el negro cielo de ese pudridero. 

Sentí la respiración de los fantasmas

espirándome el polvo del olvido.

Con sus labios marchitos de eternidad tocándome.

Yo, mortal flagelada

con demandas conservadas en el hielo,

sentía mi piel florecer al contacto de los incorpóreos.

De cada herida donde la palmeta se había hundido;

una ultrajante urticaria deliciosamente me escoriaba.

Lenguas invisibles

con frugalidad decantada me lamían.

Los gemidos se elevaban

como el humo de los inciensos.

Himnos místicos

de los lamasterios del Tíbet emergidos,

cada rincón tejido de silencio soledoso colmaron.

Carmina Burana, Carl Off, Zubin Meta.

Desde la alquimia de las voces y los sonidos

emociones y sentimientos anquilosados despertaron;

y pronto un aquelarre de cuerpos desnudos

viajeros de las tinieblas y de mundos deshabitados,

nos confundimos

en las aguas espirituales y corruptas

de todos los desenfrenos por las pasiones liberados.

 

Una y otra mano una batalla libraba 

para atenazar mi carne vívida y tierna,

para satisfacer los siglos de abandono enclaustrados

en la álgida tiniebla de los tiempos perdidos.

 

Los caballeros del limbo

por la impotencia carcomidos;

Los héroes defenestrados

por los epónimos inventados;

Las brujas

incineradas en las hogueras misericordiosas,

Los piadosos

custodios de la fe y de una moral convenida.

Papas y reyes, señores de la vida y de la muerte.

Confesos e inocentes

al banquete de la lujuria asistieron.

 

Esta mesa saturada

de manjares y viandas refinadas

confabularon

concesiones de bulas con perdones y promesas.

El decálogo del NO

por la herejía de los fluidos invalidado;

convirtióse en el mamotreto que todos pisotearon.

 

Ese hueco en el cielo de la bóveda

me acercó la ciudad y su bullicio;

las luces de las farolillos

difuminando las turbaciones de la noche;

el aire contaminado por los olores de la civilización;

la demencia

escapando de los cenagales ahítos de aviesos;

el hambre negociada

en las carpas de los circos gubernamentales.

Un estremecimiento me recorrió

como una descarga eléctrica;

el vaho del delirio esfumóse…

dejándome el cansancio de los siglos.

 

Te parecerá la odisea del paraíso

o el momento en que el Único creó el infierno

con la hégira de Luzbel.

Créeme, son vivencias conservadas en esa infinita

cápsula de la memoria.

Recuerdo esas sensaciones de placer intenso

sofocándome,

exprimiendo las vides en mis  lagares de maceración.

 

Mata Hari esparciendo veneno

en mis escorpiones vulvares.

Espía predadora de los goces al otro lado de la pared.

Disfruté ocultándome tras las persianas

para mirar furtivamente

la mutua confesión

de esos cuerpos entregados al placer,

regalándose para mis antojos solitarios.

 

Gemía con cada movimiento

con cada oleada de pasión.

El gesto evanescente perennizado en mi memoria

retrotraía la imagen de sus cuerpos juveniles

hermosamente engalanados.

La felina acrobacia 

de esos trapecistas del fuego y de las sombras;

la suntuosa hembra de caderas bamboleantes

despojándose el vestido en una elongación

lujuriosamente fantástica.

Su contorneada figura los prodigios de la mocedad delataba

bajo las máscaras de negra seda.

Doblaba su cuerpo,

revelaba su tarántula copiosa

destejía las redes de sus hondas intrigas,

atraía a su macho para devorarlo

con ambición arrolladora.

 

¡Oh! cuanto sufría por delegar a mi vista

fruición tan exquisita.

¡Oh! verdugos de mis ansias

desconocen el tormento que me causan.

Diabólicos fariseos

vulneran las debilidades de mi carne

plantando esos retoños que no emergerán.

¡Destrócenme,

hagan en mi su voluntad y déjenme beber

el dolor de la lejanía

en esta ocultación que me deforma.

 

Adelante bella niña, reconoce con tu mano la certeza

que se ha de introducir en la estrechez de tu noche.

Despójale de sus prendas

con la inigualable parsimonia de una geisha;

olfatea sus algas

y plántalo en mis sentidos.

Aspira para mi el dulce perfume de su jardín.

Retrae la cáscara de esa fruta erguida,

humedécela con el zumo de tus frescos pétalos.

 

¡Oh!

tortura diluyéndose en los calabozos del perjurio

¡Oh!

cruel Otelo hunde de una vez tu espada flamígera

y permite que el fuego purifique el temple del deseo.

 

Bello macho no desesperes en tu intento.

El sol se refracta con ímpetu

en el pináculo de tu orgullo.

Toma para mí esas fresas

que coronan las copas pálidas.

Muerde suavemente paladeando con placer,

conduce a la gacela de altivez escurridiza

por ese bosque de amapolas, 

alucínate

con el opio perfumado y mortal de su corola;

no renuncies al aroma del mar trayéndote la vida,

espera

que el torbellino como una anaconda te comprima.

 

El cristal permite traspasar la vista,

mas impide el gesto de posesión y ascensión.

He florecido en el ritual de la distancia.

Asistí como una mártir

a la celebración eucarística del amor.

Truncada por toda tentativa de acercamiento,

deslicé mis ojos

para vivir la revelación de otras penetraciones.

Me inoculé la sangre intrépida de la mancebía.

Erosionó en mi triste condición de espía

los deseos insumisos de una mujer que se sabe hembra.

Me bebí el tiempo que mis manos hurgaron

en los lechos mojados y lejanos de mis demandas.

Agonicé

con la dulce sensación de mi vagina colmada.

 

Ven a mi ahora que sabes que nada oculto.

Ven sigiloso y entráñate hasta el tuétano.

Aquello que conoces permanece inalterado.

Aquí, cerca del suicidio y de la gloria

el espanto y la armonía comparten la misma vena.

Nos desnudamos buscando las caricias que nos placen

sin contemplar que la noche ha desposado dos mil lunas

y que nuestra piel se va cubriendo de las primeras pesadillas.

Sigo siendo la que conociste en la burbuja suspendida.

Sigues siendo el loco indeciso que me atravesó la lengua.

Sigo siendo sin ser la misma en la lejanía de la tarde.

Sigues siendo sin ser tú en la romana lejana del sosiego

Tu cuerpo me derrota como una hélice partiendo el viento.

Tu palabra se debilita bajo el peso del pecado.

Y te hace falta libertad para negarme.

 

Nos pertenecemos en el grito y en el gesto.

En las emociones y sensaciones que nos identifican.

En el dolor de la ausencia y en la condena de la cercanía.

Nos escrutamos en el recorrido de la memoria.

Sobrevivimos a naufragios y temblores.

Te he sepultado dos veces con las arenas de mi sangre

y te he inhumando para soportar las pesadillas del silencio.

Has inhalado el opio en los aposentos de la magia

y te has recluido en mis áfricas epilépticas.

Has bebido la miel de mis profundidades

y te has derrumbado como una hoja después del cataclismo.

 

Mujer conjugada en el difícil verbo de la vida.

Palabra mayor en la clasificación gramatical.

Nombre propio y definido con sustancia y fundamento.

Cualquier adjetivo no magnifica mi solo nombre.

 

No pretendo hacerte comprender

las razones que enardecieron mis latidos,

hasta convencerme de sofocar los alaridos

con la dentellada clavada en la bestia intangible del horror.

Nada gravita en la esfera suspendida del tiempo.

El péndulo ha paralizado el movimiento

y el espejo no define la informidad de lo abstracto.

En el abismo de mis pupilas los cadáveres se aplastan

bajo el polvo indefinible de la metamorfosis.

El inevitable olor a senescencia

descomponiéndose en los sepulcros de la falacia

tensa el frágil hilo de la cordura.

 

Soy esa mujer que gravita entre huracanes

enfebrecida, enrarecida, acorralada

por las bestias del odio y la cobardía.

Soy la loca criminal que ha segado tus sembríos.

Soy el áspid que levanta su cabeza desde el suelo

para no perderme un solo trazo hasta la altura.

Soy esa mujer que vierte llanto y expande el grito

en el inasible epitafio de la vida.

 

Siempre viví para acumular nombres

y enamorarme de los rostros.

Mis amantes llegaban precedidos de alcurnia y feudo,

del nombre agnado a los ancestrales

caballeros de la conquista de los reinos de ultramar

buscando los tesoros sepultados.

No te niego que me seducía el oro

y su capacidad de convicción,

la comodidad, el lujo, el poder, la opulencia.

 

Nada en la naturaleza es tuyo,

sólo está contigo hasta que el

tránsito se hace necesario

y la delicuescencia te absorbe;

utilizas lo que necesitas

y dejas tu herencia a quienes te sobreviven.

 

Intempestivos eventos te precipitan 

a bogar en la tempestad

y no es volitivo

que el espíritu se juegue en la ruleta.

La vida

te depara cambios constantes sin pedir tu anuencia

y se torna imperativo aprender

a sobrevivir con fuego cruzado

para no ser aniquilado. 

 

La experiencia te enseña que la honradez

sucumbe ante el arca,

la dignidad se debate entre la lealtad y la oportunidad.

El compromiso es absorbido por la irresponsabilidad.

La amistad florece al amparo de la lisonja ambulante.

La vanidad destaca como el símbolo de la arrogancia.

Lo fatuo, lo trivial, lo insustancial,

marcan la decadencia del espíritu humano,

siempre conflictuado por la herencia ideológica

y por la dinamia con que el mundo se impone.

 

El culto al cuerpo

se ha convertido en la peor pesadilla.

Anorexia, bulimia, esqueletos caminantes

para satisfacer las exigencias de la estética;

aún cuando el cuerpo muestra los trastornos del castigo;

aún cuando la vitalidad amaina ante el sacrificio;

lo utilitario

se impone como una maldición de los tiempos.

Todo es un artículo de consumo y renovación.

El amor

es una adquisición que se licita en sobre lacrado,

el mejor postor se acredita el mérito de la subasta;

la excelencia del producto dependerá de la inversión.

 

Esta es la angustia existencial.

Vivir cohabitados por necesidades creadas,

por el marketing del Imperio que conquista…

a través de la lengua, la imagen, la tecnología.

Nos imponen una cultura extraña a nuestras raíces.

Nos asesinan el patriotismo y la identidad.

Lentamente se posesionan de la heredad.

Infamemente nos despojan de la dignidad.

 

La falocracia y la vaginocracia

son pericias burocráticas

oferta y demanda de favores

atrapados en los turbulentos ríos

de la concupiscencia.

Nuevamente la conciencia visceral

se impone a la razón.

 

No es relevante

en el mercado humano de la corrupción

conservar las manos limpias sin laceraciones.

Prolongarse en la sombra sin temores.

Mirar al astro sin temor a la ceguera.

Desnudarte sin vergüenza;

mi cuerpo es el templo de mi existencia

y ha sido profanado porque yo lo he permitido.

 

Decir lo que piensas, hacer lo que sientes

se opone a la mentira instaurada como forma de vida.

La verdad es un monumento olvidado.

 

Marginalidad y opulencia

infectan la misma llaga.

                              El hambre coagulada.

                              El dolor acalambrado.

                              El corazón latiendo en el ombligo

se chocan,

                 se muerden,

                                    se laceran

bajo la ignominia de la orgía estatal.

 

La infame y repugnante tiranía

                               de la oligoplutocracia

no satisface una conmoción biológica.

Las heces y micciones dolorosas

de riñones e intestinos purulentos,

hígados perforados de miseria,

a una pesadilla mecánica degradados,

oxígeno por la avaricia contaminado,

la vida sin dilación nos arrebatan.

 

Parapléjicos mandantes,

                                       concupiscentes del poder.

La prostitución burocrática instituyen.

La usura empresarial,

                                   el dispendio del erario,

las orgías sindicales y la cleptocracia,

en el culmen de un aquelarre partidista se acuerda.

Surgen entonces los oportunistas trepadores

esgrimiendo un chantaje vergonzante;

la sordera y la ceguera patrocinan

silenciando la verdad en heredad de asesinatos.

Se conculcan libertades,

                                       la conciencia se invade,

se proscribe la moral

                                  y el destierro del espíritu,

el caos se implanta en la ciudad atuguriada.

Calles violentas,

                           necrópolis de asfalto.

La ascendencia caínica se impone.

Muerte en el útero,

                               daga en la razón dirimente.

 

La decadencia social como un escupitajo,

hormiguea en las cloacas de la intriga,

                          con los deseos mutilados,

con una enfebrecida algarabía del silencio,

como perros destrozando la esperanza,

sangrando,

                  magullados,

                                      piedad implorando.

Por haber osado existir, castigados,

aplastados por el miasma del miedo

deletérea alucinación predadora del habla.

 

De los excrementos del caballo

creó Dios al hombre sedentario

                sangre azul en los dípteros circula,

                coprófagos de toda clase,

                sangre azul hasta en los  crustáceos.

 

La aristocracia es el engaño

                                       para justificar la anarquía,

de monarcas destronados y apellidos rimbombantes.

Alta sociedad,

                      Clase media,

                                           mayoría desposeída

Explotadores y explotados,

Tráfico de influencias,

vergonzosa manipulación del poder,

corrupto ejercicio del discurso,

allanamiento infame de la privacidad,

ludibrio y vilipendio a quien derriba la muralla,

                circo montado por el ápice estratégico,

                                      atropello de la dignidad,

el engaño,

                 la traición,

                                   la palabra degradada,

anarquía absoluta,

                    bandidaje de Alí y  los Cuarenta Ladrones.

Entre los hilos siniestros del caballero oro,

que imprime su sello en las máscaras estrenadas,

en el circunstante boato del dragón de turno

entre el coraje de vivir

                                     y el dolor de morir

entre el cadalso

                              y el esplendor de la vida fácil

entre la sangre derramada

                      y la sangre festinada

los jinetes de la componenda se beben los desfalcos.

Enemigo espontáneo del ciudadano honrado

es todo poder con todos los nombres llamado.

Se abate la ilusión víctima del desencanto,  

los testículos de los prohombres se devoran,

los pechos de las hembras se mutilan,

las voces de los libertarios se silencian,

los ojos de los visionarios se extirpan.

 

Falos y vaginas impacientes

de asesinos, ladrones y rameras,

policías, periodistas, poetastros,

escritores, escritorcitos, escritorzazos

megalómanos, acomplejados, cohechados,

violadores, violados, prófugos,

discapacitados, capacitados, insolventes,

intelectuales,  ignorantes, insurgentes,

matasanos, curas, indolentes,

sidosos, pervertidos, invertidos,

buenos, malos, mediocres

primera, segunda, tercera edad

mujeres de buena vida, mujeres buenas,

solteras, casadas, divorciadas, viudas

amancebadas, concubinas o simples mujeres

antropófagos, acróbatas, payasos

idiotas, imbéciles, estúpidos, locos

AAF, autores elitistas, autores explotados,

burócratas mercenarios del tiempo.

Sin otra opción que sobrevivir en la metástasis,

propalada por la ambición y la irrefrenable

dipsomanía que el poder desborda;

ante una concentrada mentira demagógica,

de la conspiración del sistema escapan,

revolviéndose en una deplorable búsqueda del edén

al otro lado donde laten los deseos insepultos.

 

Qué esperamos de este mundo en crisis,

Colonizado, invadido, clonado, robotizado.

A donde los ojos se vuelven la protervia se impone.

El cambio radica en siempre empezar desde uno.

Abolir la pereza, denunciar la corrupción burocrática.

Conculcar los derechos a los verdugos del pueblo.

Sembrar en los niños los valores sociales.

Honradez, lealtad, solidaridad, respeto y amor.

 

Invertir en la vida, combatir la ignorancia.

Suministrar el antídoto contra el cáncer moral.

Las oportunidades que sean cosecha de todos.

 

…Mira Wambutzara como diría Etza,

has abatido la dignidad 

sembrando hijos por doquier,

te has mimetizado en el salvajismo de tu origen

para imponer la ley de la especie dominante;

he llamado a tu conciencia con el rayo del perdón.

Has fracturado el cristal que acuñaba mi confianza,

mereces padecer el suplicio de la privación

de tu hombría.

Saca tu pene sin lamentaciones

que lo voy a cercenar.

Y mientras el indio protestaba

por la terrible decisión del dios;

el pene crecía descontroladamente

tomando la forma de una culébrida.

El dios cortó el instrumento de la virilidad

antes que adquiriera monstruosas proporciones.

Quedóse solamente un ápice unido a su cuerpo.

La parte que creció se convirtió en boa

y se perdió rápidamente en la selva.

Etza dijo: la boa nunca matará al hombre

veneno no destilan sus colmillos.

 

…Hasta en los momentos definitivos

nunca la oscuridad será total.

El dios interior proféticamente hablará.

Entonces un nuevo orden nacerá.

Puedes no ser el primero,

puede no fructificar tu esfuerzo,

pero el alma se habrá liberado de la carga inerte.

Y un sol regenerado te abrirá la actitud para triunfar.

 

Debo decirte que mis experiencias

han sido múltiples.

He disfrutado del espíritu teatral

que enmascaran los afeites;

drama,

misterio,

comedia,

suspenso,

maquillados en mi rostro.

 

La tragedia de Madame Butterfly

acercándome a la realidad oculta

en la ambigüedad de mis preferencias;

acaso lo que tememos expresar

por temor a la censura;

lo que debemos callar a gritos con ese dolor agudo

que nos quema como un estallido;

acaso el maquillaje obligado

para pasar inadvertidos en este mundo de agresiones.

 

¿Quién construyó el arca de géneros definidos?

¿Quién se inventó llamarnos hombres y mujeres?

¿Quién empaquetó dentro de los cuerpos

las debidas preferencias?

¿Quién formuló las leyes para excluirnos mutualmente?

¿Quién osó despojarme de mis derechos antes de nacer?

¿Quién me dio la cualidad de feminidad y sumisión;

 y me obligó a soportar  la cruz del vasallaje?

¿Quién me condenó al ultraje y al dolor?

¿Quién se apropió de mis emociones

sepultándome en el silencio más ingrato?

¿Acaso el poder de la vagina me ha heredado un trono

que legitima el pensamiento?

 

Me duelen dos milenios quizás más.

Esos antropófagos del pasado

mi sexo cercenaron,

a la incubación de la raza me redujeron;

me mataron tantas veces;

tantas veces mataron a mis hijos.

La igualdad es una utopía,

una locura que dejó de existir

cuando asesinaron a los Ches,

a los Bolívares,

a los Martís.

Se bebieron mi llanto;

Devoraron mi vida,

y me devolvieron hijos sin alma.

 

He parido mi desprecio,

no pueden arrebatarme el deseo de sentir

y de elegir con mis propias convicciones.

Prefiero el cuerpo al vaivén de los sentimientos.

El odio es más humano que el amor.

la pasión es más fuerte que la ternura.

La caricia se somete al desprecio,

la mentira es el código del habla,

la demagogia es la ciencia del ladrón,

la ley suprema se escribe con ceros,

los favores reposan entre las piernas.

 

Mi ética difiere de la ética de los otros.

Jamás acusará mi dedo