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Afrodisíaco para temerarios |
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Los arcanos que custodiaban mi mundo se han develado en las voces que derribaron el tabú de los falsos pudores. Mi legado se revela en atributo y apariencia y son las palabras y resonancias los delatores del asco que me sobrevive como una marea, del vértigo que me aniquila y desnuda. Aún no logro dilucidar las incertidumbres que me han anidado. Ignoro cuando urdí el artificio de la ocultación tras las denuncias nefandas de mis acusadores que vertieron sus tragedias en mis heridas, me ultimaron al suicidio de la carne y a la regeneración del pensamiento. Ese extraño arrebato lujuriosamente genial de una sensualidad perversa y atroz, de la divina meretriz es el sacramento. De su inagotable savia el placer que me devora y reanima y de mis derrames sensoriales la gestora. Dolor, no exclusividad de la miseria no presagio de utopías, no bálsamo, ni misteriosa sanación. Es el único encubridor que junto a mí ha permanecido en la zozobra de mi infortunio extenuándose.
Siento a mi espíritu trascendido, de la pesadilla mecánica liberado. Ningún delirio gravita en mi existencia; puedo afirmar sin ambages y mirándote a los ojos, que todo cuanto he vivido, ha sido dilatado por el arco del cinismo. ¿Puedo sentirme culpable de que en mi sangre haya ausencia de falacia? ¿Que esa sensualidad que nace de mi ombligo esencial me haya hecho sublime en el amor y en el odio? He saldado las deudas que he contraído con mi cuerpo. He perpetrado un prontuario de ignominias, cometiendo los actos que la pasión me exigía para reencontrarme en mi pureza originaria. Comprendí que mi sexo es la fuerza interior e íntima, mi sagrada integridad. Es el llamado al linaje y mi reconocimiento. He desacralizado mi carne en un iterado acto de valentía, para encarar las limitaciones que me confinaban, y asesinar definitivamente aquellos fantasmas que me atormentaban en la complicidad del silencio. Días interminables me liquidaban lentamente enfrentándome al espejo, a esa realidad que vivía fuera y tan dependiente de mi; a esa otra que fingía ser yo, a esa otra que me miraba desde el mundo paralelo de los silentes sentidos de las imágenes petrificadas y sin fin. La evocación de mi infancia es la úlcera que jamás he podido suturar, y sospecho que toda esa iconografía que me devuelve a la inocencia hollada, ha sido el referente que me ha regido por el resto de mi vida. Antes de que mis formas se manifestasen con violencia; ya los ojos varoniles me habían descubierto. Tal vez mi cuerpo revelaba lo que yo ignoraba, unos gestos lúbricos que me rebasaban sin saberlo, balbuceos felinos atorados en mi garganta, una acción muscular de furia espléndida, la concupiscente resonancia del gong en mis cavidades, la sabiduría de hembra que hoy me complace. Todo aquello o tal vez
nada, o la simple intuición viril de que toda
mujer es peligrosa cuando es tentada. No te niego que una llamarada incendiaba las fibras de mi carne y de mi sangre; una descarga eléctrica deliciosa me sacudía como una cálida tempestad arremolinada en los recovecos de mis íntimas denuncias. Mi conciencia acusa fervor temprano hacia la efigie derramada de los hombres. Su poder erguido como un gigantesco torbellino. Sus testículos como dos mundos sosteniéndolo, es el ícono de la virilidad que mi memoria ha recogido. Tal vez el miedo al castigo por autentificar el pecado o la rebelión de los sentidos negándose a declinar o solamente el motín de los sentimientos embriagados sometidos a la inhumana castidad, decadencia de alma y ausencia de cuerpo. Quizás por su enigma la oscuridad me atraía poderosamente como un imán anclado al fondo del espejismo, para ocultarme y gozar sin ser sorprendida, para nacer cada vez en esa boca negra de mis torturas, para escabullirme en la asombrosa fascinación que la sensualidad develaba a mis nacientes y desconocidos deseos. Babilonia en el tabernáculo de la concupiscencia. Perversa y prometedora me ungió como su vestal; fui la ritualista de la eucaristía sensual. Sensaciones y emociones me multiplicaban y jamás imaginé que estas serpientes venenosas, inocularían el olor, el sabor, el sentido del placer a cada milímetro de piel y hueso de mi naciente leyenda, envolviendo mi cuerpo en una espiral de histeria. La tentación cuando alborota penetra rauda como el veneno. No hay conventos ni desiertos que le impidan el asedio. A su voluntad se doblegan escrotos y vulvas sin edad. No insinúa su presencia, la impone y ningún antídoto detiene su escalada. Violentamente se incrustó en mi tierna mansedumbre esa zarpa. Mis manos envilecidas por el señorío todopoderoso, aprendieron a empuñar el tronco semencial exultantemente. Al amparo de la penumbra, los monstruos dejaron de ser monstruos convirtiéndose en los guardianes que me acechaban. En ese escondrijo donde furtivamente acudía al llamado del ángel irredento que hundió sus intrigas en el jardín asépalo de mi carne con una profunda caricia de escalofríos. Mis ojos-nariz-boca-piel sin presagios ni sentencias comprendieron que nada que no se te haya dado se vierte sobre ti. Rechazar el lamento de unos labios. El desesperado vacío de unos brazos; impugnar una caricia cuando el alma solitaria busca la sutil alquimia, el único juego dinámico para fundir el universo sensible; es mutilar la gran conquista de SER. Quien descubre que una caricia es el festín de los sentidos, ha descubierto la piedra filosofal del misterioso encuentro humano. Una caricia no condena ni santifica. Una caricia es redención no arrepentimiento. Una caricia es suceso cósmico y detención de todo. Quien acaricia entrega el alma y se encadena. Quien acaricia conoce el delirio y a la calma asciende. Quien acaricia no exige anuencias y concede libertades. Jamás me han abandonado aquellos recuerdos. Presiento que esas vivencias inconscientemente han surgido para posesionarse de mis sueños y demandas. Constantemente en la oscuridad y sus misterios me zambullía; volcando el reloj de arena de mis debilidades, para sentirme protegida de los infames presagios que amenazaban conturbar mi frágil pensamiento. Ya la vergüenza y los temores me han abandonado. He aprendido que en la cuerda de la experiencia se rasga la vida. Y mientras más vivimos, más exigentes y distantes nos tornamos. Hemos perdido esa capacidad de asombro y grito ante las manifestaciones del espíritu. Sofocamos nuestros sentimientos. Nos abandonamos al imperio del ego. Olvidamos que nos debemos al mundo y que éste gravita bajo nuestros pies y se diluye sobre nuestras cabezas. Aunque jamás te hayas conmovido, no debes perder la perspectiva. Los sentimientos deben ser sentidos. Las emociones, deben aflorar sin restricciones. Las sensaciones deben fulminar a la ignavia. Por eso te digo que me sigo asombrando ante los milagros de la vida. La sexualidad es la única odisea que puede ser vivida con legitimidad; he gozado de sus fuentes sin restricciones y he percibido en el deseo las claves de la vida. Más que un despropósito, una infidencia, o una presunción; quiero vomitar todo esto que me rebasa regurgitándose dentro de mí; que se corrompe en el absurdo arrojándome en el cenagal de las elegidas o de las réprobas. Mis expectativas jamás me conminaron al lecho, aunque en el tálamo se han cometido los actos de mi existencia. El mundo me vio nacer, alumbrada por una hoguera de pedernales, en ese caos primitivo donde la vida empezaba, en la anarquía del horno sideral fraguando los destinos y las sangres fusionando. Sobre la desnuda estera que nos aislaba de la dureza y sudor de la tierra; los monumentos del dolor se suicidaron en el entrecruce de la llaneza de mi madre por donde mi cabeza brotó obstinada, para cesar el jadeo y cansancio de mi gestora. En la tierra se derramaron los primeros jugos que me alimentaron. Me desprendí de mi madre-útero en el primer acto de osadía. El agua del Upano acarreada en inmensos poros purificó la vida que se iniciaba. Las manos de una comadrona envolvieron mi cuerpo de nueve lunas con los cálidos lienzos de las hojas de toquilla. El murmullo de los árboles meciéndose sobre el santuario de paja y tierra, el lejano torrente de las aguas lavando la misma sangre de la iterada herida. Las voces ululantes, desgarrantes, crujientes de las nocturnas criaturas. El rostro olvidado de los abuelos asomados al perenne milagro nuevo se juntaron en un intento homérico de celebrar la vida. Intangibles pinceladas de una pintura jamás sometida al arbitrio de las miradas. Ofrecí mi rostro al mundo para que la bofetada de la vida animara mi alma y empezara a latirme el inconformismo; para que el valor se arraigara en el grito de mi conciencia y me permitiera posesionarme de los espacios que he ganado. Sol, aire, montañas y ríos fabularon la magia de los primeros años. El rito de la ayahuasca me acercó al secreto ancestral de los señores superiores del universo a través de los espíritus del fuego, voces flamígeras y estentóreas crepitando en los ecos de la noche. El temor y los atávicos secretos tejieron el mito del guerrero. Collares de tzanzas encadenaron mis pesadillas más allá de los límites de las tinieblas. Yuca y chonta, masticada por los dioses; saliva de jaguar, lluvia y torrentes, entrañas de canela, sangre de guayusa; hilvanarían en mi vientre la fecundidad. Mi Selva, mi universo, mi morada, mi libertad. Garras y colmillos de serpientes y felinos. Desgarros, envenenamientos, mordeduras acechaban en ramadas y plasayacos. Olores y colores vertidos en mi piel. Fui la jaguaresa, la tigrilla, la tagaere, el curare, el Jurumbaino, el Kílamo, el Sangay, la changuina henchida de chontas y palmito, shigras de undurahua, piri-piri,
guayusa, malicahua, naranjo, guabo, pelma, papa china, cuy, armadillo, sajino, capiwara, ríos desbordados, vómito de volcán, pucuna y dardos letales, tahuasa shamánica, plumaje de ave refulgente. El eco de los tambores me late conmocionando las entrañas del pasado. Desde esa víscera pretérita que me embosca con la intriga del misterio; se me aproxima la inexplorada oquedad con sus criaturas sorprendentes. Soy la amazona del seno cercenado, temible y temida. Temeraria suicida del cráter que vomita deyecciones. Inaccesible jurásica de la esfera de los Tayos. De aquella cueva dimensional que el austro devoró. Serpiente devastadora que se oculta en los orificios. Cazadora nocturna, rastreadora implacable de la sangre. En mi linaje se mezclan navegantes, conquistadores. Balsas, ríos, océanos; dardos, flechas y lanzas deletéreas. El miedo, la nostalgia, la incertidumbre, desmoronamientos, crecidas, trampas por la intuición desbaratadas para que la mente no se desgarre en las fauces del dragón que sólo el seso anhela. Mi raza sedimentada por los deslaves volcánicos modeló a las Venus de Valdivia. Gualda leche de chontaduro fecunda a las boas; Svar leyenda a la selva tornó en quimera. Hombres ignaros verdaderamente libres no se corroen con el desmembramiento silencioso de la conciencia y el espíritu. Mi casa está allá, entre los árboles de naranja, guayaba, zapotes. Entre la chacra y el barranco que se desliza hacia el Upano. Mi morada está allá, en mi linaje Rivadeneira: Gertrudis y Temístocles que yacen bajo los
estremecimientos de la cordillera y los deslaves que el llanto del olvido escurre. Aventureros, colonos, fundadores, que vivieron con el espanto del jaguar clavado en la garganta con las serpientes arrastrando y enroscando el veneno. Lodazales, maleza, privaciones, enfermedades. Luz de cigarras y luna majestuosa delatando monstruos de las nocturnas pesadillas. Mi vida se inició allá, con los pies desnudos, envuelta de pelma y sol, olorosa a crisantemos, lirios, margaritas y rosas guabas, papayas, piñas, maracujá en abundancia. Bautizada por torrenciales llantos que el cielo oriental y los ríos desmadrados desbordaron sobre mí. Mi inocencia se quedó allá en el útero que se abrió a siete oasis. Mi tesoro está oculto en el alma cobriza de la canela, al final de los leños que doraron la caña. En las licenciosas pértigas de Río Blanco, Jurumbaino, Abanico polucionando sueños en los tiestos de los lavadores de oro. Mi herencia son mis muertos mis fantasmas, mis momias; las chozas con cabelleras desflecadas y fogones de leña en la tierra. Mi agua mana del ombligo subterráneo de la acequia. Mi herencia barbotea en Juan López, en las tierras que la matriarca del clan preservó; para volver a señalar los puntos cardinales del linaje. Mis cenizas retornarán al alambique de los orígenes. A la explosión que modeló estos valles y montañas. Creo que el mundo de los hombres ha reconocido en mí extremos excitantes de una aventura inolvidable, y se han acercado atraídos por los destellos salvajes de mi aura, que los cautiva poderosamente como internarse en las profundidades insospechadas de las cuevas de Jumandy, para palpitar con la persecución del terror arañándolos el vientre, sorteando estalagtitas y estalagmitas guerreras sintiéndome en la irrespirable oscuridad de sus propios latidos, gimiéndome temores en las entrañas del laberinto. Ni un paso atrás en mis dominios, enfrentados a la lanza del valor para clavarme el pendón del triunfo, propagarme el grito fálico cual neandertal que ha arrastrado a la hembra poseyéndola con salvajismo. Te abro mi alma para que la verdad que me sobrevive sea conocida y no me juzgues ni me justifiques… por lo que he hecho de mi vida y de mi cuerpo. Soy la responsable de todos los actos perpetrados. Soy la estratega silenciosa de todas las historias fraguadas lícita o ilícitamente en el refugio de mi carne. Soy la conspiradora que ha conjurado contra mí misma en un doble juego de aceptación y repudio. La imprudencia me ha arrojado a precipicios sin alma. He retado a la paciencia para forzarme al descubrimiento de las refinadas formas de ascensión al clímax. He soportado la impotencia de mi eje esencial buscando con insistencia el momento y el hombre que me elevaría en esa nube de fuego y desamor. Cortinas de bruma se cernían sobre las fortalezas como una coraza para preservarlos. Mazmorras y pasadizos laberínticos. Leyendas asombrosas de dragones y conquistas. Caballeros buscando el Grial en las entrañas. Mercenarios aplacando sus ardores inguinales. Sangre y semen fluyendo por valles y montañas. Infinitos cruzados con alas de carroñeros, picoteando el triunfo, corrompiendo el encanto. Mi sangre de hembra esquiva y de perturbadores bálsamos carnada eficaz para olfatos cazadores, olor dulce y ferroso latiéndome en los pliegues de la carne, delatándome como hembra en celo, para dejarme arrastrar en la concupiscencia de voraces apetitos. El descubrimiento de mi propio dolor en esas fauces. El abatimiento de mi altivez entre las garras de los predadores. Mi sometimiento al capricho de injuriosas lascivias, tejieron mi alma de odio y venganza, hicieron de mi un maniquí sujeto a los peores agravios. Pese a la debacle que sembró mi camino de cadáveres, jamás fui vencida aunque he sido capturada y torturada. Mi vena inagotable de placer dote de mi naturaleza selvática, de la fibra fuerte de la liana hundida en mis extremidades; del ventral quejido de la espesura extendiéndose, de los rugidos estrepitosos, de las aguas desbocándose, del acecho feroz de fieras encolmilladas y emplumadas, del shamánico ancestro que me late muy dentro, ahí donde el yagé me alucina. Me ha proclamado vencedora de los vencedores. No puede ser más fantástica ni más real la odisea de mi vida. Me estremece esa alteridad sofocada entre laureles y desengaños. Escúchame y no me interrumpas ni en los momentos en que sientas que mi voz se fractura y mi cuerpo se agobia. La noche que mi himen fue desgarrado brutalmente, cuando el ultraje me extravió en el desvarío, cuando las hienas el crimen me clavaron; el encono, la ira, el asco, la náusea no me abandonaron desde entonces. Fueron los primeros sentimientos que fructificaron al abrigo de los requerimientos clandestinos de los casuales amantes que creían haberme conquistado. Con espejismos de pasión impregné mi cuerpo para atraparlos. Desprotegidos, abandonados, ulcerados por el miedo, una vez que se habían confiado a mis ilusorios afectos; una diosa de hielo indiferente, sin reclamos ni expectativas, yacía inamovible en el lecho donde ni mi voz ni mi calor, ni mis labios, ni mis brazos, ni mi pecho brindaban el refugio anhelado después de la tempestad. Mi sardónica risa la ignominia pregonaba. El desprecio hacia esos incautos que probaron mi venganza; fue el flechazo constante para exterminarlos. La burla cruel que ejercía sin dilación al término de sus demostraciones cargadas de arrebatado amor, hería mortalmente sus congestionados sentimientos. Ni súplicas, ni deprecaciones, ni ofertas fabulosas, conmovían mi corazón condicionado para no sentir. He de decirte que nada ni nadie logró destruir mi fortaleza excepto aquella vez en la derrota de mi soledad donde todos los horrores del pensamiento me castigaban. Hastiada, dando tumbos como un guijarro por el despeñadero fustigada por el dolor que me quemaba las entrañas expuse mi desnudez a la voracidad del mundo, me extendí como un abanico y abrí mis rajas húmedas. Una línea interminable hilvanaba el crepúsculo. Las orillas de la noche atrozmente empapadas soportaron el acoso de mis manos. Respiraba los olores del cosmos que vagaban dilatando las ambiciones de mi cuerpo. Me desparramé sin esclavitudes absolví los crímenes de mi fe. Yo con mi desnudez, mi desnudez y yo Abandonada, lasa, con los tormentos sofocados gravitando en un gaseoso sumun de deseos cautivándome con el banquete de mi carne. Mis dedos ágiles y virtuosos se desviaron hacia ese caldero donde barbotean los ríos insumisos que otorgan el poder a las felinas. Apartando el vello se humedecían en las pócimas de Circe. El eje de mis abismos endurecido como un tallo enclavado en el corazón de mis confrontaciones; como una flor despetalada por el viento ebrio me infligía devoraciones deliciosas. Sensaciones extraordinarias me aprisionaban en ese desvarío preludio de las explosiones orgásmicas. Yo, gloriosa hembra de hembras se me antojaba atizarme piras de falos; holocausto y apoteosis ofrecía en mi vagina. Temblaba como cometa encumbrada en el vendaval, afiebrada conturbada por un mar de lujuria, mis ojos se perdían en el cimbrado de las sombras… A contraviento, con el oído presto y la vista aguda, a cualquier sonido del entorno cazador atento, un jaguar de iracunda cópula; la emboscada preparaba para clavar profundamente sus uñas en el espinazo de la víctima. Oteó la noche, olió el viento, husmeó en mi escondrijo… con el extracto de sus riñones marcó el territorio … …desde la distancia explota su energía contenida y se acerca muy despacio… sentí una peligrosa exhalación de frenesí fálico. Fundición de genitales en el vientre del cubil. Macho y hembra derramando sus olores. Una amalgama de sopor y delirio me invadía. como una boa opresora a mi garganta enroscada la sed de mi pasión buscaba alivio para expandirse. Con su agilidad asombrosa el jaguar… de un salto me inmovilizó… y se trepó sobre mí, su abundante pelaje dorado como la llama del fuego en su germinante vasallaje por su espalda poderosa se precipitaba en una relampagueante tempestad. Desde su piel cobriza el chasqui de los bejucos descolgó su salvaje instinto me atronó un selvático rugido, y cruzó sus garras por mi delirante carne. Abierta, sin escándalo, bajo la bóveda agreste del follaje, yo tigrilla-mujer me
incorporé, le restregué mi profundo hueco en las fauces olfateé su felina savia, la lamí, desagüé mis manantiales. El jaguar, me revolcó entre sus patas rugiéndole a la luna. Un intenso olor a mar recóndito como un oleaje lo empapó de mi infusión. Acarició su falo inflamado como una estampida; lamió y relamió su miembro dolorido, cálidos perdigones destilaba ese fusil inmarcesible. Me arrastré y a gatas lo conduje al caos para que nos reinventásemos en los raigones de la exuberancia.
El Sangay vigilaba con su ojo sísmico de coloso inalterable, la lava se fraguaba en el vientre ígneo de su cráter milenario. El rumor de la erupción bullía en el vientre de su infierno. La serpiente de la creación se revolvía en mi sangre con enajenado instinto. La histeria se apoderó de mis contracciones cada vez más violentas, mi acordeón vaginal en redobles vigorosos, ahogaba los quejidos rasgados por Mashumara, tótem de excentricidades que me profanaba obsedido. Warmi-jaguaresa de vientre fecundo, de iracundia pélvica ggrrrrrrrrrrrrrgrrrrrrrr,¡zas! Zarpazo nnniiiaaaaiii grito, rugido, arrassssstre, debacle, derrrrrumbe, latido acelerado, respiración difiiiiiiícil, jadeo exteeenuuaaaauado crrrrrrujían los hojas, los grillos y hualeques en un canto desigual unían sus voces al coro que celebraba el himeneo de los jaguares. Garrada, desgarrada, perversos afanes me aguijoneaban. Un estado de latencia, de suspenso estacionario me inmovilizó por un instante. Incapaz de racionalizar, azuzada por mi asesino instinto desenvainé mis infinitas uñas retráctiles, las hundí afiladas y letales en el vientre de mi gato. Yo hembra jaguar cerré mis poderosas mandíbulas apretando el cuello del desfalleciente félido. Su hiperbórea mirada lánguida me atravesó. En la pupila de sus alcohólicos ojos la zarpa asesina de warmi-jaguaresa se mantuvo congelada. El deseo y la soledad se confabularon. Me rapté en mi lecho para ficcionar al amante prodigioso. Métete en mi sexo como una oruga Cávame hasta que aniden tus tormentas Extiende mi carne como una
rama y cuelga de ella el capullo de tu intriga. Intenta convencerme otra vez. Muéstrame tu cuerpo de perfectas formas devuélveme el asombro; llámame con la huella de tus uñas, ábreme tus muslos y acaríciate para mí; tiéntame con el poder que te nace del pubis ofréceme tu erección como la promesa viva que se debe perennizar en mi vagina; extiende tus dedos y acaricia mi clítoris, yo soy la celebrante de tus redenciones, la que noche a noche en el tálamo se demuestra, la que a través de la daga eternidad te concede. Exige el gemido que te asciende y conturba toma entre tus brazos mi cuerpo desdoblado acércame al infierno de tu piel convulsionada trépame a tu montura y deja que galope; surcaré el desierto y no seré tentada por ese ángel. Otros mares rezumarán sus nácares otros frutos me ofrecerán su pulpa; mas, yo sólo he de beber, la lluvia que desfogas. En la fronda de mi pubis teje tus demandas tu cabeza de hombre-niño asoma al milagro, cierra tus ojos y tu no-nata vida recrea más allá del deseo que hoy te enajena. Desciende un poco más y hunde tus dedos en esa charca de diamante diluido en esa cueva donde se agudizan los sentidos donde un sinfín de complacencias se consuman.
Entonces de espaldas me arrastraré, mi vagina te abriré como una calle estrecha; ansiosa te exhortaré a develar mi locura Te hundiré mis garras y colmillos de fiera. El pecho te rasgaré, morderé tus hombros. Desde abajo te lameré y te rugiré. En el apogeo de tu avidez permaneces. Indefenso te siento y te reclamo impudores. Demandas procaces que minan tu aliento. Derrumbes pelvianos que el planeta aniquilan. Se abren tus grifos con estrepitoso desfogue. Resbala tu espuma por todos mis huecos. Mi tambor encantado en su vientre te engulle. Un nimbo de recuerdos se aglutina en mi memoria. Esas vivencias me devuelven
a los días de estreno y boato, abandono del ser, demostraciones de rebeldía, negación de la identidad para anular mi autoestima; dimisión y tolerancia de las formas de violencia. Oleada de emociones preteridas me invade. Retorno al proscenio donde las obras encarnadas destilaban ese naturalismo propio de la inexperiencia. Interpretadas con crueldad y suficiencia delataban la putrescida red de los conspiradores del alma. Mercenarios de la voluntad ocultos en la clandestinidad. Me seducían con la promesa ecuménica del gozo nunca concebido; oferta nada despreciable. En la certitud de mi espíritu los dogmas existenciales se enfrentaban. Legiones de deseos respetables, fracasaron ante la insistencia sin tregua de Mefistófeles fornicando en mi cerebro. El inconformismo y las fugas continuas de la realidad iban generando un cráter depresivo un octopus que me absorbía y me envolvía con los tentáculos de la infamia. Desesperadamente, acepté todas las argucias insubstanciales que me acercaban cada vez al mundo que repudiaba y temía. Búsqueda y exacción compulsiva de esas descargas letales. Me encontré, como una crápula tragando micropuntos de color y sellos impregnados con ácido. …se ha iniciado la persecución de los malditos, es preciso escapar, encontrar el agujero dimensional para hundirme en el espacio impreciso de lo desconocido; navego como una galaxia estallada en el viaje perpetuo hacia el acabamiento. El vertiginoso tiburón de la noche me destroza con su mandíbula poderosa de dagas afiladas. Dolor suspendido en la mordida donde se incuba el engendro de mis peores opresiones. Se entierran sanguijuelas por mi cuerpo. De mi espíritu degradado se alimentaron; en la última noche cuando los vampiros mi mortalidad se bebieron. La náusea me surca con
estremecimiento pavoroso. Los fermentos asilados en mi vientre explosionan por mi rostro, esparciéndose como un mefítico nubarrón. ¿Dónde están mis manos? ¡Estos colgajos temblorosos inánimes se desploman al costado de mi angustia! ¡Qué hago aquí! en la yema de este sahara de despojos humanos. Dónde están mis galas, mis perfumes. Esas sabandijas se hunden en mi pecho clavándome el mal. Se beben la leche de mis madres y de mis hijos. ¡Atrás, atrás! ¡gusarapos malditos! Fieras infernales mis restos de anaconda, de caimán y salamandra despedazan. mis sesgados ojos hipnotizan a la parca empecinada. ¿Es que acaso diluvia? Un deslave glutinoso mis músculos impotentes taladra; parsimonioso por mi cara resbala debilita el escenario de mis emociones. ¡Oh el poder de las absoluciones! Cruel impetración en labios de mi madre. ¡No sigas madre! ¡¡¡Ya estoy en el infierno!!! La vanidad ha establecido las ficciones del espejo. Desnuda los defectos inocultables del alma, las cicatrices de la moral esteticista, la dermoescultura de la decadencia, la cirugía paranoica del cuerpo perfecto, la búsqueda de la aceptación en el bisturí, los implantes de hipocresías; para vivir el engaño refractado impúdicamente. Repudia el aliento consagrado de la Mater Christos, la imagen de los aparecidos no devuelve y tampoco de los que medran en la noche. ¿Qué hay al otro lado? ¿Que hay en el fondo de la apariencia? ¿El mundo interior que todos ocultan y nadie conoce? ¿El mundo de afuera encubriendo la conturbada realidad coagulada en los deseos aberrantes? Vacío, dolor, Albañales de miseria. Putrefacción de la fe. Descrédito de la inocencia. Decapitación de la palabra en el pensamiento. Conciencia tergiversada. El delito en su médula. ¿Qué esconde la bruñida plata de su geometría? El engaño que nadie sospecha, cicatrices lascivas leves e inocultables labradas en las gaseosas noches, con amores robados y al amparo de un lecho clandestino. ¿Acaso soy yo mirándome desde allá o soy yo la de acá descubriendo a la que me mira? ¿Eres tú el extraño
recluido en el fondo del prisma escurriéndose de mi? ¿Cual es el ojo verdadero, el de la conciencia oculta que no mira hacia adentro, el de la farsa donde la vista no penetra o el temible cristal que la imagen desvanece ante la imposibilidad de la permanencia? Me subleva ese argento vivo que devasta mi efigie. Oh infeliz de mí yazgo en el cristal espurio que me fragmenta que esparce mi entereza, desintegra mi ser como espuma en el estallido de la ola. Soy el monstruo de mirada torva. La aberración congelada en
el celofán del terror. Soy la carcajada. El llanto. La locura. La mano que asesta la puñalada. El cordel que ciñe mi
cuerpo inanimado. Verdugo de los hijos no
nacidos. Mi propia falacia allanándome en el íntimo
santuario de mi verdad. Mi yo insoslayable. Mi yo verdadero. Mi único yo en la irisación de mi
imagen. Esa mirada me recuerda… …confusión, suspenso,
angustia, miedo momentos postreros en el umbral de la inexistencia …esa mirada… se desploma el cuerpo como una hoja flagelada por la tempestad; gritos de dolor, lamentos inútiles, apenas un sorbo, unos gramos, extradosis fascinación de la bestia del inframundo campanazos sordos y lejanos repiquetean en la bóveda gris; un llamado al recogimiento o a la renuncia de ese engaño llamado perdón. Esa mirada… ¡la mía en la dimensión del terror! …Esto apesta, como una cloaca en la calina tarde del estío. Las excreciones del sistema nos alimentan y nadie protesta. Procesados despojos de nuestros intestinos. Cánceres putrescidos en el destilador de la mutación. Mierda infestada por todas las calamidades. Coprófagos de la rancia arquitectura de pozos ciegos, antropófagos y ginéfagos coexistimos sin que nos importe que devorar no es lo mismo que ser devorado, ¡quien premedita el ataque, sobrevive! Los condenados que se agitan en el mural de la Comedia son los preferidos de la informe eternidad; el demonio absolvió las inquietudes de sus almas. El cielo es una falacia, una utopía para aletargar los sentidos. El cielo no son los campos elíseos donde vagan las martirizadas ánimas en eterna paz y armonía; es el cementerio donde las entrañas del olvido las corrompen antes que la trasmigración empiece a abandonar el cascarón mundano y estoy tan segura que el Resucitado despreció ese reino álgido poblado de mártires, beatos, inquisidores; abrazó la crucifixión y se determinó a vivir como una reliquia colgado de cuellos y paredes y en los templos de los incautos. Pero viviendo en los latidos que lo tornan inolvidable. Inhalaba cada vez con más profusión y dependencia. Me sentía desnuda y desprotegida bajo la cúpula infesta. Las descargas estimulantes me inoculaban vitalidad; me convertían en la heroína de los despojos del rush. Espero no afligirte con
los sacramentos de mi fe, deposito mi memoria en tus ojos y sólo espero que permanezcas junto a mí hasta que la serenidad confiera la absolución a esta historia que me ha atrapado entre las páginas negras donde el testimonio de mi vida me desenmascara. Mis auto infligidos atentados plagados de incertidumbre me conducían raudamente al laberinto de la iniquidad; mis espacios roídos por las distorsiones y los diversos aludes que me arrastraban, hacían de mi cuerpo un campo de concentración y experimentación. Calada tras calada en medio de explosiones hilarantes y arranques de llanto vagando desorientada, evadiendo las frustraciones que me apartaban aún más de este mundo que se empeñaba en marginarme; vivía las fantasías propiciadas por la continua fuga de mi espíritu alterado. La inconformidad con los dogmas y formas de represión, mi rechazo a las máscaras de la mitomanía conviviendo con la piel íntima de la mezquindad, servilismo parasitario impedía exponerse en el espejo de su estupidez. Cismáticas reflexiones tratando de evadir los atropellos remendados a una conciencia condicionada, me arrojaban a las calles de mi propio deterioro emocional. Cansada del desprecio, del escarnio, de la mansedumbre entraba en crisis en cuanto empezaba a litigar, apenas mi percepción sensorial se alejaba de las oscilaciones producidas por los alucinógenos. Intenté confinar mi aliento en la bóveda transformadora del ser. Probé varios venenos para asfixiar los
aleteos
dentro del cascarón que había cubierto mi inmundicia. Nada logró conmoverme para frenar la decadencia, la destrucción se había apoderado de mi cerebro y empezaba a carcomerme como la peste. Debía acabar de una vez, De un solo tajo, de un balazo, de un salto, para cruzar el umbral al otro lado de la existencia. No había urdido la forma para ganarme el epitafio que hablaría de mi última obra hacia la inmortalidad. Sumida mi vida en el cenagal de los vicios debía implantar la superstición de las tinieblas. Fósforo blanco perforando mi laberinto intestinal; atroz elección que me obligaría a dimitir. Sesos reventados por el plomo fulminante; convicción que no me imponía presionar el percutor. Bebedizos provocándome la huida en fatales delirios; lánguida agonía para una huida desesperada. Advertía que cualquier expectativa rescindía las sentencias agravadas por el miedo. Oh cuanta oscuridad me cubría. Jamás pude atreverme a reventar mi existencia. Aún conservaba un ápice de cordura ¿y dónde se escondía la cordura cuando la degeneración de la mente me asolaba? Creo que sólo la cobardía me paralizaba. Prefería inhalar esos vapores corruptos rumbo al desenfreno. El pan de los dioses me elevaría a ese cielo de alucinaciones; presurizaría mi mente desembocando la euforia en un vértigo indetenible, adrenalínico; donde la alerta se sustituiría por la parsimonia, el enajenamiento de la percepción por la distorsión. Los ataques de pánico me develarían esa incapacidad de sobrevivir ante el acoso de los pavores de la conciencia. Me perdía entre los vapores inhalados con avidez que me ofrecían el único paraíso en medio del derrumbe. Invariablemente me desconectaban del mundo, como el humo del naten deshaciéndose en el espacio y dejándome sumergida en las tinieblas de esa alteridad desconocida y estimulada por la acción de los químicos. Sedada y sumergida en un túnel sin retorno donde las voces me llegaban aletargadas, mis movimientos lánguidos proyectados como en una película silente en cámara lenta. C a í a ver ti gi no sa men te arrastrada por turbulentas emociones que me abrían las puertas del celestial infierno… Camino hacia la noche empiezan a dispersarse los aromas. Los cazadores se despiertan con los cadáveres de la última persecución: el solitario peregrino emboscado en el santuario, la adormidera en su sueño envenenador asfixiada. …Una lengua gigantesca me acorrala chasquea en la humedad de mis hendijas encendidas, saltan sortilegios que se esconden en mi tiniebla vaginal. Mi piel de infortunios y noches silenciosas se descama, se torna brillante y se extiende impudorosa. De un soplido las densas sombras se convulsionan. Retorciéndose, va surgiendo cual abanico de ave del paraíso el insuperable hombre-pájaro-serpiente-cánido que quiere hundirme su pico-viperina-garra-lengua. Despide ese olor de convulsionados genitales por la violenta fragua que barbotea en su clonado eje, inflamado terriblemente por la mano onanista. Garra-cuerno, bocas salvajes, levadura de orgías. Todo él un enorme falo que me irrita, me enceguece, me deprava, me hunde en un infierno lujurioso. Sus manos acarician con placer los morenos tamborcillos palpitantes corazones bajo la piel equinoccial, fricciona gustoso el vástago que desmesuradamente le crece. Sube inacabable el agasajo como un obelisco carnívoro. Una fabulosa verga verga verga verga verga de capullo amoratado dilatada, encabronada, maligna, me mira con su concupiscente ojo; un ardor sahárico, insoportable, como una borrasca endemoniada me conmina a aplacar el siseo de esa boa prisionera. Crece indetenible, imparable, grosera, fea. Majestuosa, tumultuosa, insoportablemente hermosa. en la confusión de olfatovistagusto; a v e l e Se cárdena, reverberante en el esplendor del derroche. Izada como un fusil para ultimar el milagro secreto. Para darme a beber la pócima de la eterna maldición. Mis esclusas trituran esa hipérbole del ofidio tentador. Magníficas mandíbulas muelen sus caderas, cruje su esqueleto como un molino de viento. Desde el abismo de su boca absorbe ese geiser descendente que no lo hastía, surge el corazón filosofal en un desafío; duelo de habilidades entre los esforzados esgrimistas, estoque al cerebro me catapulta al espacio psicodélico. Se descorren los misterios de la primera mordida. Nos penetra con el llamado del instinto. Las manzanas se han corrompido en las ramadas de la ofrenda. Nuestros cuerpos modelados con barro edénico dejan de ser divinos para encontrarse en el abrazo, apretados en una contorsión lujuriosa, sin miedo, ni vergüenza, compartimos el derecho a morir sin deudos que nos impidan la partida. Nada le debo a nadie, nada
mi cuerpo debe mi lealtad es hacia la vida; nunca mi alma se ha sometido a los horrores de la incertidumbre ni a las antojadizas morales de los amos esclavistas. Los valores vacíos jamás me cautivaron. Vivo intensamente sin reserva, ni culpa, ni temores. Mañana no es mi tiempo, mi tiempo es hoy, ahora, aquí. No digas nada… …No descubras tu rostro heterogéneo esa máscara te hace irresistible. Quiero adivinarte en tus gestos, en tu voz de graves notas, en el olor que mana de esos ejes que te atraviesan, delatando los misterios gozosos que me arrebatan. Ven, devasta toda la primavera que los elfos han cuidado. Esas criaturas quieren nuestra sangre para surtir la pila sacramental de las extremaunciones. No circuncides tus venas. ¿Cómo beberé tu esencia la próxima vez? Tu boca huele a lima, a maceración, a mundo. deliciosamente cítrica, exquisitamente madura. Exprimo los gajos de tus abultados labios. Lágrimas fragantes te sorbo lentamente, esférulas repletas estallan entre mis dientes regalándome el temblor de tu voracidad. Tus dientes mordiendo mis pezones me fascinan, déjame ornar con ellos mi lengua. Engarza tu húmedo rubí en la corona de mi boca. Derretiré esas alhajas en el báculo que me gobierna. Apostasías exhortaré en el oráculo de los aquelarres. Non plus ultra de las lealtades que me tornan consecuente. Non plus ultra de los sortilegios para revocar tormentas. La palabra y la carne se conjugan en el crisol de la verdad. La mediatés de la farsa alimenta fuegos fatuos. Abra-alma-razón-dolor-pasión-herida-cadabra. Que surjan los maestrantes de la paranoia. Ángeles negros cómplices de los enigmas humanos. Que venga la bruja con la tiara de incontables duelos y su longevidad me enrostre. Que me enfrente en el calvario de la mentira y la renuncia. Que me revuelva entre sus pócimas extirpándome los ojos, devorándome el corazón, el cosmos de mi vientre estéril invocando. Otro sorbo, otra chupada más... Ven ahora en la aparente decadencia de mi cuerpo-mente. Espétame tu burla y los deshonores por creer en la falacia. Arrójame a la hoguera del desprecio para que se extinga mi recuerdo. Esparce mis cenizas en el fango del olvido. No, no actives otra vez la trampa que me infesta. Sólo abre la jaula y déjame volar. Mira en el horizonte el batir de esas alas que un día te conturbaron. Se alejan, se hunden en el doloroso silencio que acalla tu pesar. Otra vez los bisontes curten sus pieles para cubrir mis hombros. Gacela acorralada
tu sangre enciende las pasiones remitidas tu cuerpo esbelto y tu extraña soledad te justiprecian. ¡Ay! la mordida atraviesa tus frágiles convicciones. Eres presa de la voracidad que te acanalla. Aún no, prefiero tu anonimato a la evidencia del nombre. Te reconozco bajo el tacto de todos mis sentidos. Tu
desnudez legitima el secreto para no nombrarte. Tu vitalidad no precisa de signos para descifrarte. Imagino tu rostro sin facciones que no te hacen predecible. Belleza indescifrable que el ojo no rescata. Mi voluntad magnetizas a tus movimientos inigualados. Te ofrezco mi ostra para que unjas de seda los desvaríos… …Ven, ven otra vez, deléitame con tus maldades. Con el oleaje acompasado de tu pelvis, con tus desordenadas vibraciones. Empieza con mandobles de samurai de diestra a siniestra, que esa espada preserve el territorio y vergonzosamente no se repliegue. Cauteloso lanza una estocada a uno y otro lado de los párpados verticales, salta y desciende cual ígneo vómito por encima del valle; desplázate formando curvas suaves y regulares tu voracidad alada clávame en la mitad de la sonrisa. Caracolea siguiendo el rastro de las primeras lluvias, Igual que el torero húndeme las banderillas del arrojo. Penetra y retira cual garra félida que al roedor tortura, penetra profundamente y arponea en el fondo del sísmico ojo con esa flecha que la cálida bruma rasga estremeciéndose en el corazón de la tormenta; penetra y retira suavemente confúndete en el arco iris que se esfuma cuando el sol se fortalece, penetra y retira ágilmente huye de la muerte cual venado, extiende tus alas de cóndor en los riscos, sube y baja en la convulsión del hacha truncando la arboleda. La palidez de la noche de mis abandonos se apodera. Quema tu incienso en el candelabro de las consumaciones. Los monstruos de la lujuria en el humo se vislumbran. Las sombras copulan, ondulan, ululan. Vahos recargados de extravagancias sexuales impregnan el olfato, con una ráfaga de plegarias. La bruja encaramada en el lomo de la luna pretende destruirme. Las lechuzas me vuelcan los conjuros de su risa que no me alcanza. …Señor de la máscara, rostro impenetrable a las miradas. Acércame tu cuerpo de dios resucitado por los cultos. Ámame como hombre reencarnado en las pasiones. Busca mis edenes para que plantes el árbol de la dualidad. Quiero untarme tu barro para conocer tus debilidades. Quiero sacrificar al cordero para ser la vestal de tu flamígera ara … Obsedida por la lascivia que me atormenta, te imploro hombre clandestino: toma tu daga y atraviésame. Estoy lista para desangrarme en el tálamo que prefieras. Me atrae la incógnita de tu rostro embozado. Vendaré mis ojos para que los instintos me revelen tu caudal. Ahora mis manos te descubren en la dimensión de la oscuridad. Mi olfato se dilata para atrapar la mínima delación de tus olores. Espíritus desertores de esos pomos pletóricos de herejías. Atropellan mis sentidos consumando inhibiciones. Remolinos de deseos denigran mis íconos sagrados. Abato las restricciones y con los dulces fermentos me embriago que de todos tus conventos emergen. Mis ríos internos se agolpan en mi vientre y amenazan desbocarse. Una voz se va elevando y se acrecienta en mi garganta. Se deshace en gemidos. Gemidos que me recuerdan a Kawabata Gemidos silenciosos de un hombre que no es hombre, que arrastra el dragón truncado por la tormenta hacia ese valle donde los rayos no revientan, …genarios en el crepúsculo
del degüelle bebiendo la sangre que no los reencarnará en el lecho de demandas asfixiadas; tocarán, sentirán con la fuerza de su impotencia trastornados en amor seráfico y dolorido. Oh abandonados tristes hijos de Eva. Delatados por deseos mortales de hombres amputados, resignados al deleite noctívago casi luctuoso de posar la vista en la piel que no será tocada, de las vírgenes narcotizadas sólo para sus ojos; para aplacar la desolación de la vejez, para llenar de vida la densidad de la piel envejecida. Tal vez un lamento por los días de esplendor todo el llanto por la crueldad de mirar sin ser visto dignidad que La Casa de las Bellas Durmientes concede para gozar con el
distinto sueño de aquellas a las que no alcanza en ninguna noche en ninguna extraña noche en ninguna distinta noche. Ya su gloria no se yergue como el grito de Yukio Mishima hundiéndolo en la inconciencia de la noche fugitiva, en la que extinguió su diversidad.
Se refrenda en
Memoria de mis putas
tristes
Garcíano, Macondiano,
plagiador, nonagenario de vida burdelesca y esperanza centenaria. Solitario comedor de vírgenes sacrificadas. Sublimado, redimido, angustiado y resignado por los tormentos que carcomen su abatido orgullo. Hombre que es hombre por los ardores del culo que se aposentan en su inmaculada beatitud. Fantasía de eunuco hace olvidar la escaldadura restablece los arrestos disolutos de sus lances preteridos cuando retozaba con las gacelas que en su matorral se enredaban. Durmiente contemplador de la adorada Delgadina compañera de lecho flotando en sueños de valeriana amante nocturna, piel y carne, senescente delirio, flor temprana, flor de estanque de corola no rasgada, desconocida diurna, de olores y formas conquistadas. Yasunari desde otrora escribió con letras indelebles Eguchi, serás tú el padre de las vírgenes durmientes. Ancianos del mundo uníos y reclamad vuestro derecho a vivir la dulce crueldad con los ojos vendados. Si os dormís estaréis solos y tristemente olvidados. No tendréis el valor del Incomparable Bukowski en erecciones,
eyaculaciones, exhibiciones, verdadero ángel subterráneo de alas rotas viejo indecente, procaz, cínico, único temerario sin centavo en el bolsillo que apuesta a los caballos, folla, bebe, vomita y caga. Es, simplemente es, heroicamente es, contra toda la mierda del sistema defecando calaveras. Creo que las ratas lo adoran y las arañas lo odian. Underground, maldito jodedor de letras. Agitador de coños, profanador de culos. La verdadera máquina de follar. El vagabundo intelectual que se jodió al sistema. Qué hacen ustedes merodeando en mi cabeza Comecocos de lejanas sutilezas. ¿No advierten que hago honor a las penetraciones? Gemidos sí, oh gemidos que me taladran. Gemidos a borbotones… Te siento como una efigie de mármol que se apacigua entre mis manos. Tu cuerpo extendido, escandaloso me reta. Te inflijo la mordida esperada; como estiletes me atraviesan tus dedos, mis alas de coleóptero erizan. Un himno gutural los gritos asfixia, te arrastro hacia el hondo plañido y tu cabeza apuntalo. El licor macerado de olores salíferos en tu boca se desagua. Resuelves los acertijos y la cueva se abre; la lengua hundes en el canal licencioso de tus lamentos; te apoderas de la cava bebiéndome por dentro. Tu marfileño puñal me recorre para hundirse urgido por tus temblores en el ojo de la concupiscencia. Con furia inaudita arremetes e impiadoso me espoleas. Defiendo mi heredad al anónimo estrangulando. Un ronco lamento me increpa desde el precipicio. No lo escucho, te acoso contorsionando mi pelvis. Elevando mis caderas para instarte a ultimarme. Esta noche tu piel flagelaré, te clavaré la lanza crucificado mío y esperaré el último suspiro que me inunde de fervor. El preludio de tu orgasmo me llega como un ronquido, como un zumbido quejumbroso atronando en el panal. R o d a m o s anudados, descontrolados enfangados por los delirios que nos atraviesan. Ya nada queda sin que tú y yo no hayamos devorado. Nada que el enjambre de deseos no haya agotado. No puedes detenerte, el acabamiento se avecina. Paralizado en un espasmo libertario, exhalas los últimos rencores. Derrumbado sobre mí como una hoja desprendida con el corazón latiendo en la tormenta del orgasmo. Enmascarado, anónimo… Innecesario descubrirte, el arte de tu alcoba, en este delirio me legaste. Nuestra intimidad estrujada por las violencias que nos exceden. Esa gaseosa desnudez que se precipita ante tus ojos. Te revelan las imágenes confusas de nuestros cuerpos amándose, ayer cuando la noche se ha resistido a abandonarnos. Mis vivencias las han tejido las arañas del ensueño. Cada historia me convierte en víctima o victimaria de mi fatalidad. A esos momentos de angustia y desenfreno se han adicionado papiros colmados de egolatría y predominio de aquellas suntuosidades que nos agasajan la existencia. Las esencias, aromas y perfumes me han condenado al deleite de los sentidos. Hechiceros del olfato, cómplices de mis intimidades han doblegado mi voluntad a su devoción. El incienso sosiega mi ánimo y me induce a un estado de placidez, de gozo espiritual de indefinible descripción. Aspirar el humo de sándalo, canela, lavanda, mordiéndome como una fantasía azulosa los sentidos, ha dosificado el ímpetu de mis pasiones, mas no ha atenuado la libido que se niega a ser sacrificada. Su vaporoso aroma hurga en los templos de mi carne lentamente un cúmulo de complacencias me disuelve. Las últimas manos, los últimos labios resurgen y siempre una cascabel hunde en mi negritud su siseo. Espirituoso derrame, eyaculación odorífera envuelves mi alma y a la beatitud me elevas. Espiga aromatizada reina del imperio perfumado tu médula odorante te entrona, tu virtuoso olor mi rugido interior sosiega. Cuando la angustia se empeña en perseguirme no puedo abandonarte en mis islas de clausura. Me he revelado como una mujer sensual, apasionada, turbadora, orgullosa, intrépida, extravagante y sobre todo femenina. Tejedora nubia de la
constelación de Eros Girasol eclipsado por un sol agónico Negritud misteriosa que atrae y envenena Atalaya de obsidiana, dominio de Venus Buitre engarzado entre suculentos muslos Medusa de Saba, brebaje alucinador Mensajera del corazón de África Rincón oscuro que bordea el íntimo abismo Bisonte de esas helénicas alturas Lago en reposo que invita a ser
surcado
Abertura misteriosa que rompe realidades Promesa de sensaciones no sentidas. Oscuridad vertiginosa y alada Embriagadora sensación de dulzura Suavidad acunada en el hueco de la mano Exquisitamente sensual y peligrosa Deliciosa soberana de negros laberintos En la penumbra teje su red desvelada un enjambre de manjares refinados matas de sauce ululando en la cresta. Monstruo ebenáceo anquilosado entre las ingles. Poderosa cúpula de cristal asedado. Recoge con la mirada de su ojo humedecido los inútiles intentos de escapar a la molicie. Fascinada oscuridad altiva se despliega. Sensación que sólo en la ocultación
seduce.
Ascenso y descenso, lisura, dulzura. Placer intenso que los ojos no transfieren. Soledad y gemidos convergen en su hoguera. Sensación inefable que en los dedos se enreda. Respuesta al aullido que la coherencia desgarra Legión de tentadores se desbocan en su cima Piel, carne, fluidos convergen, la sienten, la presienten, se precipitan, y nada, nada…calma el ardor de su presencia Opium me abres las puertas del extremo oriente, misterioso y fascinante, sanguinario y antiguo. Gota a gota sumiéndote en mi piel secreta asestándome tu letal mordedura confinándome en la redoma de tu ombligo lateral. Tu hálito sofisticado y original, convulsiona mis preferencias, derramándome el espíritu Imperial de la China bajo tu fragancia de honda huella. Armonía cálida, afrutada y especiada, mandarina, bergamota, muguete, absoluto de jazmín con toques de mirra roja, vainilla, clavel, pimienta, canela, polvo de oro; pachulí, opopónax, ámbar, rosa, ylang ylang, fragancias picantes y de alta concentración. Íntimas esencias extraídas por el fuego de arena y cenizas tratando de reinventar el mundo de las apariencias. Ascensión oleosa, exaltas la quintaesencia de tu perfume inquietante. Poción con virtudes divinas llevas en ti el mensaje de la lujuria, soy reclusa de tu sustancia extraída de fuentes secretas y plantas exóticas. Destilación, símbolo material de la purificación moral. Perfeccionamiento, sublimación psíquica penetrándome como una querellante roedura. Germen de la verdad que brotas en el fermento de mi fe. Opium más que Extravagance. Byzance, Panthere, Rose Noir, Tribu Jaipur, Chloe, Diva, Rome, Poison, Volupté, Montana… En la sublimación del ser, rescató mi esencia más pura del seno de la tierra, heredándome óleos, bálsamos, licores fermentados y el símbolo del fuego en este extracto de espíritu dorado. Con Opium me estrené como una mujer cosmopolita. Lo incorporé a mi personalidad como un valioso secreto de belleza. Como una joya que irradia fascinación a mi femme
fatale. Piel de la seducción, revistiendo el excitante aroma de mujer. Hoja de tabaco deshidratada
destilada en esencia opiácea. Látex desecado que manas de la herida de la adormidera. Opio descendiente de una casta de envenenadores. Restableces el narcisismo herido calmando el dolor de la injuria. Opio te casas con el hombre para inducirlo a un fetal letargo. Noble veneno deshaces la garra del pavor del corazón. Opium dulce opio, fumándome fantasías en narguiles de oro y agua. He permanecido fiel a tu exquisito veneno. Adicta a tu letal elíxir que me ha condenado a tu esclavitud. Voy a ti, posesa de un delirio que me abrasa. Tu alma líquida atrapada en el cristal elíptico que te custodia percibe mi desnudez que exige ser profanada. Tu larga lengua se a r r a s t r a por mis oídos, violentamente se enrolla a mi cuello para descender atrevida y lujuriosa por mis pechos. Mariposas diáfanas esas gotas que por mi cintura revolotean y se posan en la mata encrespada de mi flor carnívora. Opium, opiumElíxir, éxtasis, exultación Amante mío. Dame
tu cuerpo. Tu disolución. Bésame. Aletárgame para siempre con el ababol que te mana
incontrolablemente. ExtravaganceCriatura de vanidad depurada, auto diletante narcisista, librepensadora, libredecidora, cínica, cruel, loca extravagante, perseguidora de contradicciones y ofensas. Jazmín, palo de cedro, ambrax, iris negro, esencia de mandarina, alma de sirena alada. Deambulas en la noche bajo la tormenta. Buscas en Notre-Dame al ser de la penumbra. El silencio de su monstruosidad. Gritos perdidos en la lluvia de improperios. Gitana de cabellos púrpuras
y cintura de esfinge; me deshago en el follaje de esos dédalos que esconden mi silueta, que denuncian las fragancias de ese húmedo crepúsculo precipitado en el bambú interior de mi manantial lechoso, donde todas las plegarias se sumergen en un río tempestuoso de deseos satisfechos. Delicioso repudio agitado como una dulce exhalación mortífera, jerarquiza rugientes espasmos tejidos en la primorosa red del cristal orgásmico. Saboreo impasible el cianuro del odio y del desprecio; fantástico potaje que penetra en las cicatrices de mis manos donde no leo ni designios ni presagios, donde solamente mi gravedad se manifiesta en esa imperceptible e imparable oscilación. Extravagance d’amarige deshaciéndose en la sonrisa, evaporándose cuando la ropa cae cediendo a la caricia, encontrándome en mi intimidad cuando abres el pozo perfumado de mi secreto vaginal. Efluvios perfumados como un eco derramado, hasta el génesis de la civilización me trasladaron, a la antigüedad donde los mortales en rituales y ceremonias exaltaban su poder y belleza, extractando de flores, frutas y óleos subliminales, las supremas esencias, deleite de dioses. El olor de la tierra en sus primeros partos me invadió, el fuego crujiendo en las cavernas como un troglodita destructor hechicero del miedo centelleando conjuros a las fieras. Agua salvaje de diáfana pureza deslizándose a través de montañas y llanuras; el viento moviendo las aspas del tiempo, los olores esenciales cuando el ser en su inocencia, afán de pureza originado en el recuerdo del paraíso, nada codiciaba. Rituales, sensualidad, placeres sexuales. Satisfacción del triunfo en la batalla. Transmutación del plomo recreando el caos. Vértigo, adrenalina, muerte en el orgasmo. Lujo envasado en recipientes de diorita, alabastro, frascos esmerilados, cristal soplado, plumaje multicolor de la vanidad. Bagdad y Damasco volando en esterillas mágicas. Palacios de cúpulas doradas y cuentos fantásticos. Genios y brujas concediendo deseos a sus ambulantes amos. Reinas perversas, princesas oprimidas, duendes cómplices. Cenicientas y bellas durmientes conspirando por el beso. Príncipes encantados y desencantados. Bosques embrujados donde el lobo, la perversa hada, el ogro legitiman el deseo oculto a través de la mordida el zarpazo, la deglución, la penetración no consentida. Reina de Corazones, conejos presurosos. Situaciones incomprensibles recargadas de invenciones y artificios, fabulan el País de las Maravillas, punto de equilibrio entre el sentir y el razonar pesados en la balanza de la irrealidad donde las exquisitas alas de la fantasía nos elevan a los templos de la paranoia. Hilos de extraordinaria finura engalanando vestiduras exquisitas, géneros de oro y plata vistiendo la nobleza. Cantos atrapados en calabozos de mica negra. Jaipur, proliferación de gritos y alucinaciones. Seres tenebrosos del más allá tras la puerta dimensional de calosfríos. Aventureros que han dormido a las centurias para vivir el sueño de la eternidad tras la mordida. Gargantas acariciadas por maligna boca de la criatura que medra en las tinieblas. Aullidos aterradores en las noches frías del Kilimanjaro. Hambrientos mandriles hundiendo la zarpa en la huida. El grito de terror sacudiéndome en la niebla como una dentellada incesante y dolorosa; como una plegaria que se desvanece en los inciensos. Cumbres nevadas buscando el fuego entre mis muslos. Fascinante pirotecnia hundida en los pozos perfumados. Lámparas mágicas liberando a esos nubios portentosos. ¡Oh! mieles negras untándome el aroma de la brea. Potros salvajes en su belleza majestuosa. Venid a mi, azotadme con la arrogancia de vuestro linaje. Azuzad esas serpientes con colmillos de ónices y zafiros. Romped las cadenas de mis convicciones y concededme la esclavitud del deseo hundiéndome doblemente. Byzance corrómpeme con el lujo de tus esencias. Con los excesos de la juventud clavados en mi vientre. Macabeo/Viura, Sauvignon Blanc et Noirey Shiraz uvas del Ródano Oxiden en mi cava los racimos púrpuras de locura. Ahí en esos momentos desenfrenados cuando el sol asoma su cabeza fulgurante. Agua de Byzance córreme como un río impetuoso, transpórtame en el tiempo hacia la noche inagotable para que mi pasión encuentre en tu flauta de Byzance la peligrosa belleza de tu afán asesino. Byzance
abre tus cisternas para que mi ciudad sedienta beba en tu entraña tu
fresca humedad. Abre la Gran Puerta
Dorada de tu Imperio para suplicar misericordia
al Cristo de Constantino. Me uniré a los himnos de Justiniano
y Theodora y tu historia mágica como
una repetición extracta, entre el aire y el espacio
se deslizará, retumbando en los siglos
de Divina Sabiduría - Agya Sophía. Tu esencia de Mármara
y tus cúpulas de Estambul sobrevivirán a la ilusión
del fastuoso imperio y una vez más oraré antes
de salir fuera de tus muros a morir. Arrástrate por el fango de mis impudicias. Carcome la retina de mis ojos nebulosos. Resbala tu lengua exhumando todas las perversiones de mis antros.
Lámeme despacio, Saboréame… lentamente… Desgájame en tu boca. Mordida a mordida conspira el asalto de mi carne. Clava en mi espalda tus félidas garras. Devela el puñal que me ha de matar. Hunde en mi garganta tus dientes. Posesiónate de la hembra perseguida. Huele en mí el semen de tus pasadas noches. Oscila el péndulo de tu lujuria. Reconoce en mis senos el dolor que desnuda y bésame otra vez con tus látigos labios. Deja que mi boca del perseguidor se apodere. Deja que la lava de mi cuerpo te absorba. Derrámate maravilloso y pródigo. Desciende al tibio surco entreabierto. Huele el deseo que moja esos labios… Abre sus púrpuras pliegues. Chupa… lame… Sodomízame con tu lengua. Desemboca tu saliva entre las pervertidas sombras donde nuestras violencias se ensalzan. Conquista con tu catadora convulsa al tirano liliput que custodia la abertura. Ahora… húndete en el abismo anegado por mi lluvia Hondo, muy hondo… Abajo, en el cieno donde se revuelve la verdad donde el trueno potencia su bramido donde el sol su cuello adorna con las perlas que brotan de mi noche. Las fragancias florales, inagotables en la Biblia de los aromas, mensajeras erotizantes penetran y flotan como habitantes del recuerdo. En esos remolinos donde la caricia se dilata propician la fuga de sensaciones y perturbaciones ópimas. La calidez del sándalo, dulces y sensuales, esencias balsámicas, exóticas, intensas elegantes, discretas, con olor de cuero y de tabaco ahumadas, maderadas, oceánicas, fascinación atrapada para deleitar los sentidos rugido, mordida, candidez, ternura, pasión desmedida. Volupté cabálgame como una noche infinita. Piérdete en el laberinto de mi palidez, y yo seré una poliandria de afectos y sensaciones. Voluptuosidad del priorato esmeralda, esfera translúcida corazón dorado efervescente. Tu encanto fulgece a través del cristal para asesinar dulcemente con una gota en la nuca y los oídos unas gotas en los senos, la cintura, los tobillos. Fermento semencial transmutado en óleo ambarino que impetra bacanales en el lecho compartido. Alma y carácter de tu interioridad, letargo y fantasía; tu esencia rompe las membranas de la alucinosis. Montanas azules con torres de babel desgarrando el firmamento que se aleja. Vertebral extracto serpentino de grosella negra. Volutas inspiradas de pimienta y cardamomo derrochándose en el torbellino de jengibre y clavel. Tempestades que desbordan los delirios del patchoulí sólo para unirse en un dulce desenfreno de vetiver, civet, castoreum envenenando la íntima piel de mis desencuentros y perversiones bajo la seducción de mis bragas. Esfinge imperial de atuendo dorado y Organza soberbia. Tu aroma de mañana derramada duerme conmigo. Me despiertan tus flores de naranjo y gardenia; empieza a perseguirme tu nutrida madreselva; se arrastra por mi piel penetrante tuberosa para susurrar maravillosamente con notas de ylang ylang, jazmín y cedro en mis pródigas sensualidades. Trésor piramidal invertido del paraíso acuático. Poción rosácea, vainillada, dulcemente sutil. Frutos aterciopelados con suavidad de durazno. Gualdo iglú derramando su exótica esencia de piña para atraparme en el bouquet de sensualismos comprimidos por el iris, heliotropo, jazmín y sucumbir finalmente en la fortaleza de sándalo en donde el almizcle se sublima acariciándome. Agua Tórrida destilada en el canal de mis trópicos. Rosa Nocturna llevando los vientos hacia el sur. Rome encerrada en la Torre que inclina el péndulo. Púrpura corazón esmerilado de Poison en mis latidos. Esencia animal atrapada en la selva de Panthere. Tribu rastreando las rutas del aroma hacia mis raíces de lirio sepultado en el fondo del ojal. Olores a violeta y rosas denunciando mis besos. Salvia, menta, tomillo deshaciéndose en la Y de las maceraciones. Cóctel de santidad y pecado propician la fuga de los sentidos. Como una Shongay te ofrezco el aroma de mi vagina Voluptuosidad y fantasía; susurro zigzagueante seducción confinada en la densa piel misteriosa del solitario loto que arrumba su azulada infinidad hacia las cumbres lamaístas para raptar al hombre, sepultado bajo el manto eremita del erófugo monje. Los olores de la lujuria se contonean en la cintura nómada de Samsara; olores de hembra mundana, derroche-embriaguez de lucerna, descubre su desvergüenza en la roja cúpula del Chakpori donde se han abovedado las místicas plegarias del sándalo, sagrado y sensual, para permitirme renacer con el esplendor del Nirvana en un intento de escape y de renuncia al mundo de los sentidos. Zanzíbar, lamasterio de absoluciones, turbulencias ascéticas depuradas en el turbante grana que recoge los extractos de esa vanidad que te glorifica. Se reúnen, se acopian, se abrazan, se penetran. Esas esencias balsámicas con los karmas del nirvana fusionan tu abdicada oración con la avasallante sensualidad sólo para confirmar que el demonio te rascaba los testículos mientras fingías sumisión a la orden de los castratti. Esencia de mí, esencia de ti, en un sólo espíritu de
canela y mirra, lujosa apariencia del pecado. Oh espíritu del sexo posesionado de mi alcoba. Ven como el hombre múltiple, ojo, oído, nariz, lengua y piel. Descubre la fetidez y la fragancia de mi jerarquía sensorial. Te daré minúsculas lágrimas de mi misma para que tu estrategia evasiva no abandone mis turbios labios mojados por las desvergüenzas de tu acoso. Las sábanas conservan los aromas intensos e irrepetibles que se deslizaron por esos barrancos de tus cítricas intrigas. Cuando el elíxir se haya evaporado totalmente; oleré a tierra y mar, a
musgo, cardamomo, madera e incienso oleré a mi esencia de mujer, destilaré mi perfume
interior e íntimo oleré a mi misma, porque yo soy el perfume.
He sido una depredadora de hombres. Aplastada por una piedra de silencio y secretos. Mantenida y encadenada en la cámara del terror. Etiquetada por la arbitraria designación de géneros. Me he rebelado a la prostitución del amo esclavista. He descolonizado mi cuerpo amando mi propio reflejo, encauzando el potencial de mutualidad y diversidad que extendía sus raíces en mi fértil campo de realizaciones. Manifiesto de las ocultas emociones y sentimientos que me abrazaban en noches solitarias en el desierto dominio de mis represiones. Vergüenza y miedo increpándome más que la repulsa mundana. Fantasiosa virilización puberal como una alternativa para vivir mi interioridad y la reconfirmación de mi innegable feminidad. Impuse normas de conducta. Me apropié del viento, de la altura de la luna de los sonidos y colores de cada ser para incorporarlos al breviario de mis exigencias. Desprecié los conceptos que nos acorralan y exterminan. Busqué la belleza más allá de las apariencias sensibles. Amé la voluptuosidad atmosférica de las flores humanas. Aspiré el aroma de la sensualidad en todas sus manifestaciones. Descubrí mi potencial amatorio como un taladro perforando la roca en busca de la fuente escondida. Adopté la herradura como el símbolo implantado entre las ingles para resguardar mi preferencia. Siempre como objeto de deseo entre hombres y mujeres he abrazado la pluralidad de opciones para compartirme. No me he ocultado tras la mentira infame para existir. He rechazado la estigmatización sin conflictuarme. He sido defenestrada por marcar tendencias y arrebatar el dominio a la arcaica reciedumbre. La realidad ha torneado el instinto para recrearme en la diversidad de las inapreciables sutilezas. He vivido la pluralidad como una conquista. Como una respuesta al derecho de ser como soy. La perversión como una fantasía que me hizo más humana, descubriendo mis propios placeres en otra diva como yo. En el sueño de otra beija que se extravió en la isla de Lesbos. Donde hundir el desprecio de la generalidad no es castigo por develar los placeres del gineceo. Quién puede saber lo que
mi pasión reclama cuando en la molienda de fuego de mi trapiche se escurren los jugos que precisan ser chupados. Quién más que mi reflejo deleitándome con la pecaminosa procesión de ateos; quemando las cruces del engaño profanando las tumbas farisaicas demoliendo mamotretos de prohibiciones y calumnias. Yo, Mi hembra interior mi yo inalienable mi íntimo yo mi intimidad perturbada y sacrificada mi resguardado safismo mi alma recóndita mi único yo. Mi grito entrañable aún no reconocido. Mi condena y mi perdón en este edén de imperfectos. Mi vientre fecundando impúdicos honores. Mi lengua saboreando evangelios vulvares. Mis evangelios vulvares deshaciéndose en las lenguas. Mi verdad, la verdad tuya y la de otras desertoras de la vara. ¿Por qué castigar la carne si el alma exige? ¿Por qué ignorar lo que los ángeles prefieren? No me liberes, condéname. No me comprendas, repruébame. No me consideres, lastímame. No me respetes, menospréciame. Merezco este oasis aunque el desierto me sepulte. Mujer y marida, marido y amante perseguidor del gemido que agita las turbulentas aguas de los lagos prohibidos; que abre todos los laberintos donde el monstruo pernocta y devora. Eva bebiendo la miel de mis pechos y yo de su panal. Me busqué en sus labios raptores de mis ansiedades. Me encontró en el atardecer dormido de mi vientre, insatisfecha como una leona que no mata. Sus pechos y mi vulva, mis senos y su vagina. Nuestros labios y nuestras manos mordiendo y hundiéndose en la caricia abundante. Ella como yo, hembras de una misma quimera, sacerdotisas amputadas que no parirán jamás. Prófugas de este mundo creado por un dios de la otra orilla. Me reconocí en la angustia de sus ojos infinitos. Mares agitados por los imaginarios del decoro. Discípula apasionada de las ninfas de Safo. Luna derramada en las bodas eternas de las hijas mutuales. Compromiso indisoluble del misterioso amor humano. Me reflejé en el espejo de mis carencias y demandas. Acepté los retos de la carne dirimidos por mi entrega. No he negado a esos cuerpos de bellezas diversas cantarme sus deseos. Regalarme su intensa feminidad al quitarse la ropa. Encerrarme en sus movimientos de una premeditación aborigen. Copularme con las violentas convulsiones de sus lenguas. El gesto de la mano arreglando sus cabellos, olorosos a noches equívocas, a crines de yegua sublevada, esparcidos como dunas sobre mi piel abierta. Torsiones de caderas exudantes de escozor lujurioso… Porque ellas intuyen mis deseos y yo satisfago sus reclamos. Tampoco he reprimido las urgencias que me arrojaban a sus brazos como una Herodías de prodigios simulados. El mandato arbitrario ha censurado esta pasión reflexiva. Los silencios y las
soledades del desprecio han sido cómplices. Los débiles y las minorías sin contemplación han sido degollados. Ignoré las diatribas y comí de la fruta negada en el Paraíso de Eva. Coligado sendero de crestas y aros lívidos. Espacios invadidos por deseosas espadas. ¿Quién ha permitido desembozar las insumisas concavidades de mi carne? ¿Quién desató la bestia de luciférico aliento que pretende calcinar a mis diletantes discípulas? El cenit de su esplendor no me cautiva. No me atrae, no me azuza su grandeza. Mi piel sólo quiere esos lésbicos labios inhalar cada espacio con deseosa indigencia que me arranquen gemidos caricias de escándalo lenguas, dedos, partiéndome insurrectas. Otra como yo me reconoce en el juego. Otra me llueve dolores, espasmos, me lame, resbala, suave, despacio, se hunde en mi trébol, mis fantasías desborda. Ella intuye mis reclamos salaces. Ella me abunda y se bebe mis vinos. Mis manos la buscan, la llaman. La siento respirando en mis feudos. Suplico sus labios para hundirme gozosa, desfloro sus pechos besando, mamando; roncos gemidos acrecientan mis ganas late mi lengua en el holocausto atrapada. Mis secretos escarbo en sus hondos abismos. Desdoblo mis alas en su pliegue sedoso, su saliva, su leche, su sangre anegan mi túnel de húmedas fiebres, resbala, me cubre, me baña, su orgasmo me asalta me arrastra a la muerte. Danzantes de Sodoma en los ocasos carnales. Hienas azarosas de afilados instintos. Arañas que se inoculan venenos. Serpientes que se devoran y anidan. Ángeles desalados del infierno sáfico. Mi misma esencia, la que me habita. Mi espíritu azaroso e impaciente, aliento vivo de los acontecimientos vivenciales, procuraba que los pruritos sensuales fuesen satisfechos. Como única fantasía invoqué a los dioses de la carne para inmolarme en el altar de las parafilias, castigando o siendo castigada por las extravagancias. La rama de junco y la caña de bambú se alternaban para estimular mi esfera anal a un gozo kundalínico. Una tormenta de azotes sodomizantes cruzaron céleres por las esferas cárdenas de ese horizonte occiduo. Cilicio con olor a azucenas para santificar el dolor, para elevarme al altar donde las desviaciones se glorifican, para avivar la rebajada facha del frontispicio viril en una resquebrajadura del delirio. En mi búsqueda de la extravagancia erótica, convine en el escándalo para dorar mi noviciado ambiguo. Secuestré el beso de Judas para adelantarme a la traición. Me crucifiqué en la rauda soledad del orgasmo. Mis fuentes lagrimales se colmaron de perfumes atávicos; y egipcias, hindúes, japonesas, en el cenit sensual de sus misterios fluyeron a través de mis ardores. Aquellos monjes de pasiones encubiertas, destrozaron mi túnica con sus garras de ascetismo; con su onanismo solitario de renuncia a la hombría, vivieron en mi carne la castración infame del gozo terrenal. Precipitadas manos entraron y salieron de mis celdas; bebieron el cáliz de sus ausencias en mis vertederos malditos; me rociaron su semen durante siglos represado. Desposeída de mi ropaje peregriné por el monasterio de los buitres; imbuida en un gozo mundano de extrañas sensaciones; extasiada en el tormento del azote cargado de centurias; cada latigazo los pecados de los condenados me inculpaba; los gritos brotaron de las paredes de sangre salpicadas, estaciones dolorosas por el martirio evidenciadas, místicas pasiones para vindicarse ante el señor de la creación; se encadenaron enmohecidas por los efluvios del pasado a mi carne mortificada. Lapidada en el vía crucis camino a la cámara de los sacrificios, Magdala me dio a beber leche y miel de su cántaro milenario. En el paredón de lamentos de la indignidad humana, sepulcro blanqueado por justificaciones miserables pendía un Cristo crucificado con los clavos del desprecio y de la incomprensión. Judío, zelota, esenio, revolucionario, rebelde, carpintero, conspirador del orden de la
Sinagoga, hijo de Dios, Salvador; Todos en Uno. Fracasaron en el Deicidio
del rey sin trono, rey coronado de espinas y manto de harapos. Rey que en Magdalena su hombría evidenció y en Lázaro su divinidad derramó. El que el hambre de sus prosélitos satisfizo, El único grande en su miseria y sencillez. Él, mito, verdad, historia, o simplemente fe. Una muralla de cedro ocultaba el vientre en tinieblas de esa catacumba donde los apetitos perpetuos de los frailes no se limitaron a los alimentos del espíritu. Las puertas con parsimonioso arrastre tras de mi se plegaron. Mis ojos en la lóbrega caverna escudriñando tallaron un agujero en el negro cielo de ese pudridero. Sentí la respiración de los fantasmas espirándome el polvo del olvido. Con sus labios marchitos de eternidad tocándome. Yo, mortal flagelada con demandas conservadas en el hielo, sentía mi piel florecer al contacto de los incorpóreos. De cada herida donde la palmeta se había hundido; una ultrajante urticaria deliciosamente me escoriaba. Lenguas invisibles con frugalidad decantada me lamían. Los gemidos se elevaban como el humo de los inciensos. Himnos místicos de los lamasterios del Tíbet emergidos, cada rincón tejido de silencio soledoso colmaron. Carmina Burana, Carl Off, Zubin Meta. Desde la alquimia de las voces y los sonidos emociones y sentimientos anquilosados despertaron; y pronto un aquelarre de
cuerpos desnudos viajeros de las tinieblas y de mundos deshabitados, nos confundimos en las aguas espirituales y corruptas de todos los desenfrenos por las pasiones liberados. Una y otra mano una batalla libraba para atenazar mi carne vívida y tierna, para satisfacer los siglos de abandono enclaustrados en la álgida tiniebla de los tiempos perdidos. Los caballeros del limbo por la impotencia carcomidos; Los héroes defenestrados por los epónimos inventados; Las brujas incineradas en las hogueras misericordiosas, Los piadosos custodios de la fe y de una moral convenida. Papas y reyes, señores de la vida y de la muerte. Confesos e inocentes al banquete de la lujuria asistieron. Esta mesa saturada de manjares y viandas refinadas confabularon concesiones de bulas con perdones y promesas. El decálogo del NO por la herejía de los fluidos invalidado; convirtióse en el mamotreto que todos pisotearon. Ese hueco en el cielo de la bóveda me acercó la ciudad y su bullicio; las luces de las farolillos difuminando las turbaciones de la noche; el aire contaminado por los olores de la civilización; la demencia escapando de los cenagales ahítos de aviesos; el hambre negociada en las carpas de los circos gubernamentales. Un estremecimiento me recorrió como una descarga eléctrica; el vaho del delirio esfumóse… dejándome el cansancio de los siglos. Te parecerá la odisea del paraíso o el momento en que el Único creó el infierno con la hégira de Luzbel. Créeme, son vivencias conservadas en esa infinita cápsula de la memoria. Recuerdo esas sensaciones de placer intenso sofocándome, exprimiendo las vides en mis lagares de maceración. Mata Hari esparciendo veneno en mis escorpiones vulvares. Espía predadora de los goces al otro lado de la pared. Disfruté ocultándome tras las persianas para mirar furtivamente la mutua confesión de esos cuerpos entregados al placer, regalándose para mis antojos solitarios. Gemía con cada movimiento con cada oleada de pasión. El gesto evanescente perennizado en mi memoria retrotraía la imagen de sus cuerpos juveniles hermosamente engalanados. La felina acrobacia de esos trapecistas del fuego y de las sombras; la suntuosa hembra de caderas bamboleantes despojándose el vestido en una elongación lujuriosamente fantástica. Su contorneada figura los prodigios de la mocedad delataba bajo las máscaras de negra seda. Doblaba su cuerpo, revelaba su tarántula copiosa destejía las redes de sus hondas intrigas, atraía a su macho para devorarlo con ambición arrolladora. ¡Oh! cuanto sufría por delegar a mi vista fruición tan exquisita. ¡Oh! verdugos de mis ansias desconocen el tormento que me causan. Diabólicos fariseos vulneran las debilidades de mi carne plantando esos retoños que no emergerán. ¡Destrócenme, hagan en mi su voluntad y déjenme beber el dolor de la lejanía en esta ocultación que me deforma. Adelante bella niña, reconoce con tu mano la certeza que se ha de introducir en la estrechez de tu noche. Despójale de sus prendas con la inigualable parsimonia de una geisha; olfatea sus algas y plántalo en mis sentidos. Aspira para mi el dulce perfume de su jardín. Retrae la cáscara de esa fruta erguida, humedécela con el zumo de tus frescos pétalos. ¡Oh! tortura diluyéndose en los calabozos del perjurio ¡Oh! cruel Otelo hunde de una vez tu espada flamígera y permite que el fuego purifique el temple del deseo. Bello macho no desesperes en tu intento. El sol se refracta con ímpetu en el pináculo de tu orgullo. Toma para mí esas fresas que coronan las copas pálidas. Muerde suavemente paladeando con placer, conduce a la gacela de altivez escurridiza por ese bosque de amapolas, alucínate con el opio perfumado y mortal de su corola; no renuncies al aroma del mar trayéndote la vida, espera que el torbellino como una anaconda te comprima. El cristal permite traspasar la vista, mas impide el gesto de posesión y ascensión. He florecido en el ritual de la distancia. Asistí como una mártir a la celebración eucarística del amor. Truncada por toda tentativa de acercamiento, deslicé mis ojos para vivir la revelación de otras penetraciones. Me inoculé la sangre intrépida de la mancebía. Erosionó en mi triste condición de espía los deseos insumisos de una mujer que se sabe hembra. Me bebí el tiempo que mis manos hurgaron en los lechos mojados y lejanos de mis demandas. Agonicé con la dulce sensación de mi vagina colmada. Ven
a mi ahora que sabes que nada oculto. Ven
sigiloso y entráñate hasta el tuétano. Aquello
que conoces permanece inalterado. Aquí,
cerca del suicidio y de la gloria el
espanto y la armonía comparten la misma vena. Nos
desnudamos buscando las caricias que nos placen sin
contemplar que la noche ha desposado dos mil lunas y
que nuestra piel se va cubriendo de las primeras pesadillas. Sigo
siendo la que conociste en la burbuja suspendida. Sigues
siendo el loco indeciso que me atravesó la lengua. Sigo
siendo sin ser la misma en la lejanía de la tarde. Sigues
siendo sin ser tú en la romana lejana del sosiego Tu
cuerpo me derrota como una hélice partiendo el viento. Tu
palabra se debilita bajo el peso del pecado. Y
te hace falta libertad para negarme. Nos
pertenecemos en el grito y en el gesto. En
las emociones y sensaciones que nos identifican. En
el dolor de la ausencia y en la condena de la cercanía. Nos
escrutamos en el recorrido de la memoria. Sobrevivimos
a naufragios y temblores. Te
he sepultado dos veces con las arenas de mi sangre y
te he inhumando para soportar las pesadillas del silencio. Has
inhalado el opio en los aposentos de la magia y
te has recluido en mis áfricas epilépticas. Has
bebido la miel de mis profundidades y
te has derrumbado como una hoja después del cataclismo. Mujer
conjugada en el difícil verbo de la vida. Palabra
mayor en la clasificación gramatical. Nombre
propio y definido con sustancia y fundamento. Cualquier
adjetivo no magnifica mi solo nombre. No
pretendo hacerte comprender las
razones que enardecieron mis latidos, hasta
convencerme de sofocar los alaridos con
la dentellada clavada en la bestia intangible del horror. Nada
gravita en la esfera suspendida del tiempo. El
péndulo ha paralizado el movimiento y
el espejo no define la informidad de lo abstracto. En
el abismo de mis pupilas los cadáveres se aplastan bajo
el polvo indefinible de la metamorfosis. El
inevitable olor a senescencia descomponiéndose
en los sepulcros de la falacia tensa
el frágil hilo de la cordura. Soy
esa mujer que gravita entre huracanes enfebrecida,
enrarecida, acorralada por
las bestias del odio y la cobardía. Soy la loca
criminal que ha segado tus sembríos. Soy
el áspid que levanta su cabeza desde el suelo para
no perderme un solo trazo hasta la altura. Soy
esa mujer que vierte llanto y expande el grito en
el inasible epitafio de la vida. Siempre viví para acumular nombres y enamorarme de los rostros. Mis amantes llegaban precedidos de alcurnia y feudo, del nombre agnado a los ancestrales caballeros de la conquista de los reinos de ultramar buscando los tesoros sepultados. No te niego que me seducía el oro y su capacidad de convicción, la comodidad, el lujo, el poder, la opulencia. Nada en la naturaleza es tuyo, sólo está contigo hasta que el tránsito se hace necesario y la delicuescencia te absorbe; utilizas lo que necesitas y dejas tu herencia a quienes te sobreviven. Intempestivos eventos te precipitan a bogar en la tempestad y no es volitivo que el espíritu se juegue en la ruleta. La vida te depara cambios constantes sin pedir tu anuencia y se torna imperativo aprender a sobrevivir con fuego cruzado para no ser aniquilado. La experiencia te enseña que la honradez sucumbe ante el arca, la dignidad se debate entre la lealtad y la oportunidad. El compromiso es absorbido por la irresponsabilidad. La amistad florece al amparo de la lisonja ambulante. La vanidad destaca como el símbolo de la arrogancia. Lo fatuo, lo trivial, lo insustancial, marcan la decadencia del espíritu humano, siempre conflictuado por la herencia ideológica y por la dinamia con que el mundo se impone. El culto al cuerpo se ha convertido en la peor pesadilla. Anorexia, bulimia, esqueletos caminantes para satisfacer las exigencias de la estética; aún cuando el cuerpo muestra los trastornos del castigo; aún cuando la vitalidad amaina ante el sacrificio; lo utilitario se impone como una maldición de los tiempos. Todo es un artículo de consumo y renovación. El amor es una adquisición que se licita en sobre lacrado, el mejor postor se acredita el mérito de la subasta; la excelencia del producto dependerá de la inversión. Esta es la angustia existencial. Vivir cohabitados por necesidades creadas, por el marketing del Imperio que conquista… a través de la lengua, la imagen, la tecnología. Nos imponen una cultura extraña a nuestras raíces. Nos asesinan el patriotismo y la identidad. Lentamente se posesionan de la heredad. Infamemente nos despojan de la dignidad. La falocracia y la vaginocracia son pericias burocráticas oferta y demanda de favores atrapados en los turbulentos ríos de la concupiscencia. Nuevamente la conciencia visceral se impone a la razón. No es relevante en el mercado humano de la corrupción conservar las manos limpias sin laceraciones. Prolongarse en la sombra sin temores. Mirar al astro sin temor a la ceguera. Desnudarte sin vergüenza; mi cuerpo es el templo de mi existencia y ha sido profanado porque yo lo he permitido. Decir lo que piensas, hacer lo que sientes se opone a la mentira instaurada como forma de vida. La verdad es un monumento olvidado. Marginalidad y opulencia infectan la misma llaga. El hambre coagulada. El dolor acalambrado. El corazón latiendo en el ombligo se chocan, se muerden, se laceran bajo la ignominia de la orgía estatal. La infame y repugnante tiranía de la oligoplutocracia no satisface una conmoción biológica. Las heces y micciones dolorosas de riñones e intestinos purulentos, hígados perforados de miseria, a una pesadilla mecánica degradados, oxígeno por la avaricia contaminado, la vida sin dilación nos arrebatan. Parapléjicos mandantes, concupiscentes del poder. La prostitución burocrática instituyen. La usura empresarial, el dispendio del erario, las orgías sindicales y la cleptocracia, en el culmen de un aquelarre partidista se acuerda. Surgen entonces los oportunistas trepadores esgrimiendo un chantaje vergonzante; la sordera y la ceguera patrocinan silenciando la verdad en heredad de asesinatos. Se conculcan libertades, la conciencia se invade, se proscribe la moral y el destierro del espíritu, el caos se implanta en la ciudad atuguriada. Calles violentas, necrópolis de asfalto. La ascendencia caínica se impone. Muerte en el útero, daga en la razón dirimente. La decadencia social como un escupitajo, hormiguea en las cloacas de la intriga, con los deseos mutilados, con una enfebrecida algarabía del silencio, como perros destrozando la esperanza, sangrando, magullados, piedad implorando. Por haber osado existir, castigados, aplastados por el miasma del miedo deletérea alucinación predadora del habla. De los excrementos del caballo creó Dios al hombre sedentario sangre azul en los dípteros circula, coprófagos de toda clase, sangre azul hasta en los crustáceos. La aristocracia es el engaño para justificar la anarquía, de monarcas destronados y apellidos rimbombantes. Alta sociedad, Clase media, mayoría desposeída Explotadores y explotados, Tráfico de influencias, vergonzosa manipulación del poder, corrupto ejercicio del discurso, allanamiento infame de la privacidad, ludibrio y vilipendio a quien derriba la muralla, circo montado por el ápice estratégico, atropello de la dignidad, el engaño, la traición, la palabra degradada, anarquía absoluta, bandidaje de Alí y los Cuarenta Ladrones. Entre los hilos siniestros del caballero oro, que imprime su sello en las máscaras estrenadas, en el circunstante boato del dragón de turno entre el coraje de vivir y el dolor de morir entre el cadalso y el esplendor de la vida fácil entre la sangre derramada y la sangre festinada los jinetes de la componenda se beben los desfalcos. Enemigo espontáneo del ciudadano honrado es todo poder con todos los nombres llamado. Se abate la ilusión víctima del desencanto, los testículos de los prohombres se devoran, los pechos de las hembras se mutilan, las voces de los libertarios se silencian, los ojos de los visionarios se extirpan. Falos y vaginas impacientes de asesinos, ladrones y rameras, policías, periodistas, poetastros, escritores, escritorcitos, escritorzazos megalómanos, acomplejados, cohechados, violadores, violados, prófugos, discapacitados, capacitados, insolventes, intelectuales, ignorantes, insurgentes, matasanos, curas, indolentes, sidosos, pervertidos, invertidos, buenos, malos, mediocres primera, segunda, tercera edad mujeres de buena vida, mujeres buenas, solteras, casadas, divorciadas, viudas amancebadas, concubinas o simples mujeres antropófagos, acróbatas, payasos idiotas, imbéciles, estúpidos, locos AAF, autores elitistas, autores explotados, burócratas mercenarios del tiempo. Sin otra opción que sobrevivir en la metástasis, propalada por la ambición y la irrefrenable dipsomanía que el poder desborda; ante una concentrada mentira demagógica, de la conspiración del sistema escapan, revolviéndose en una deplorable búsqueda del edén al otro lado donde laten los deseos insepultos. Qué esperamos de este mundo en crisis, Colonizado, invadido, clonado, robotizado. A donde los ojos se vuelven la protervia se impone. El cambio radica en siempre empezar desde uno. Abolir la pereza, denunciar la corrupción burocrática. Conculcar los derechos a los verdugos del pueblo. Sembrar en los niños los valores sociales. Honradez, lealtad, solidaridad, respeto y amor. Invertir en la vida, combatir la
ignorancia.
Suministrar el antídoto contra el cáncer moral. Las oportunidades que sean cosecha de todos. …Mira Wambutzara como diría Etza, has abatido la dignidad sembrando hijos por doquier, te has mimetizado en el salvajismo de tu origen para imponer la ley de la especie dominante; he llamado a tu conciencia con el rayo del perdón. Has fracturado el cristal que acuñaba mi confianza, mereces padecer el suplicio de la privación de tu hombría. Saca tu pene sin lamentaciones que lo voy a cercenar. Y mientras el indio protestaba por la terrible decisión del dios; el pene crecía descontroladamente tomando la forma de una culébrida. El dios cortó el instrumento de la virilidad antes que adquiriera monstruosas proporciones. Quedóse solamente un ápice unido a su cuerpo. La parte que creció se convirtió en boa y se perdió rápidamente en la selva. Etza dijo: la boa nunca matará al hombre veneno no destilan sus colmillos. …Hasta en los momentos definitivos nunca la oscuridad será total. El dios interior proféticamente hablará. Entonces un nuevo orden nacerá. Puedes no ser el primero, puede no fructificar tu esfuerzo, pero el alma se habrá liberado de la carga inerte. Y un sol regenerado te abrirá la actitud para triunfar. Debo decirte que mis experiencias han sido múltiples. He disfrutado del espíritu teatral que enmascaran los afeites; drama, misterio, comedia, suspenso, maquillados en mi rostro. La tragedia de Madame Butterfly acercándome a la realidad oculta en la ambigüedad de mis preferencias; acaso lo que tememos expresar por temor a la censura; lo que debemos callar a gritos con ese dolor agudo que nos quema como un estallido; acaso el maquillaje obligado para pasar inadvertidos en este mundo de agresiones. ¿Quién construyó el arca de géneros definidos? ¿Quién se inventó llamarnos hombres y mujeres? ¿Quién empaquetó dentro de los cuerpos las debidas preferencias? ¿Quién formuló las leyes para excluirnos mutualmente? ¿Quién osó despojarme de mis derechos antes de nacer? ¿Quién me dio la cualidad de feminidad y sumisión; y me obligó a soportar la cruz del vasallaje? ¿Quién me condenó al ultraje y al dolor? ¿Quién se apropió de mis emociones sepultándome en el silencio más ingrato? ¿Acaso el poder de la vagina me ha heredado un trono que legitima el pensamiento? Me duelen dos milenios quizás más. Esos antropófagos del pasado mi sexo cercenaron, a la incubación de la raza me redujeron; me mataron tantas veces; tantas veces mataron a mis hijos. La igualdad es una utopía, una locura que dejó de existir cuando asesinaron a los Ches, a los Bolívares, a los Martís. Se bebieron mi llanto; Devoraron mi vida, y me devolvieron hijos sin alma. He parido mi desprecio, no pueden arrebatarme el deseo de sentir y de elegir con mis propias convicciones. Prefiero el cuerpo al vaivén de los sentimientos. El odio es más humano que el amor. la pasión es más fuerte que la ternura. La caricia se somete al desprecio, la mentira es el código del habla, la demagogia es la ciencia del ladrón, la ley suprema se escribe con ceros, los favores reposan entre las piernas. Mi ética difiere de la ética de los otros. Jamás acusará mi dedo |