Taxis

Cuento de Carlos Dámaso Martínez

Era una tarde lluviosa, gris. Para llegar a tiempo a una reunión de trabajo en el estudio decidí tomar un taxi. Caminé unas cuadras por Entre Ríos hasta Independencia y me puse a esperar. La lluvia se había transformado en una llovizna muy suave. Todos los taxis pasaban ocupados así que estuve un buen rato bajo la entrada de un edificio hasta que uno paró en la otra esquina para que descendiera su pasajero. Corrí, le abrí la puerta y esperé que bajara. Era una mujer con su bebé en brazos. Detrás de mí, y a un costado, descubrí la mirada de algunos que me observaban con envidia por haber llegado antes que ellos. Ya en el interior del auto me acomodé lo mejor que pude. El chofer, un tipo de pelo corto, rubio y algo cabezón, apenas si me saludó y parecía concentrado en algún pensamiento o probablemente atento a la radio que tenía encendida. Me sorprendió que el tipo escuchara música clásica. Yo había llegado al final de un concierto de Wagner como indicaba el locutor de Radio Nacional. Mientras avanzábamos por la avenida alcanzaron a pasar la inconfundible sinfonía número 40 de Mozart. Y ya avanzado nuestro viaje, llegó la hora del noticiero, eran las cinco de la tarde en punto. Fue una de las noticias el detonante que desató el relato imparable del chofer. El locutor del noticiero dijo que un avión de una línea aérea norteamericana había sido secuestrado por un grupo de guerrilleros en Colombia. No bien terminó de decirlo, el chofer de pelo corto y rubio giró un poco su cabeza hacia mí y habló por primera vez: Yo a estos los conozco muy bien. Lo escuché y decidí no contestarle. El tipo bajó el volumen de la radio y volvió a hablar: Digo que los conozco muy bien porque hace muchos años maté a varios guerrilleros en Tucumán. Y los colombianos son más o menos lo mismo, lo que pasa es que no se han decidido a eliminamos de una vez por todas. Pensé que iba a decirle que parara el taxi, que yo me bajaba ahí nomás, pero cierta curiosidad, el hecho de saber con qué iba a seguir me llevó a continuar en silencio. Él lo percibió o pensó que estaba muy interesado en lo que contaba y de inmediato prosiguió, mientras me observaba por el espejo retrovisor. En Tucumán me tocó la colimba y allí a los que teníamos mejor aptitud militar nos engancharon para combatir a los guerrilleros en el monte. Así que los conozco bien. Los hicimos mierda, estaban condenados de un principio, los dejaron crecer hasta que se decidieron a eliminarlos y bueno a mí me tocó justo ese momento. Lo observé desde atrás y constaté que era un tipo robusto, de unos cuarenta y tantos años. Como es habitual en mí, dudé que fuera cierto lo que decía, tal vez intentaba impresionarme y ver cómo yo reaccionaba. Lo más probable, me dije, es que sea un tipo de la policía o de algún servicio y mi barba lo ha motivado para hacerme hablar y ver cómo pienso. Por suerte vivíamos desde hacía años en democracia y provocadores como estos ya no asustaban a nadie, sólo producían repugnancia c indignación. Y el tipo continuó hablando. Explicó que después de acabar con la guerrilla lo nombraron dragoniante y le dieron la baja con honores y condecoraciones por los servicios prestados. Yo creía que me había librado para siempre de los milicos, dijo y vi su sonrisa en el espejo por donde me miraba. Pero no, la cosa es cuando años después viene lo de Chile, recibo una citación en casa para presentarme en cuarenta y ocho horas en Campo de Mayo. Yo ya estaba trabajando en esto, tenía dos taxis y en ese momento no me convenía volver al ejército, aunque me tentaba la posibilidad de otra guerra. Dudé, pero finalmente digo, que se vayan a la mierda, yo no voy y hago de cuenta que no recibí ninguna citación. Mi viejo, me dice estás loco, andá preséntate, no podés hacer eso. Pasa una semana y nada, todo en orden. Una mañana temprano, tocan el timbre y salgo a la puerta y me encuentro con un teniente y dos jeep con soldados armados que me vienen a buscar. No me queda más remedio que ir con ellos. Bueno, arreglo la cosa, me salvo del calabozo y otras sanciones y me mandan al Sur. La guerra con Chile era un hecho inminente en ese momento. Y ahora qué me va a contar, pensé. Creo que es un mitómano, me dije y me predispuse a aguantármelo. El tipo siguió hablando y me dijo: Voy a parar a Río Gallego, estoy con una bronca que vuelo, pasan así unos días hasta que la guerra con los chilenos se desinfla y nos vuelve el alma al cuerpo. Uno de esos días nos dan franco, entonces voy al pueblo con dos flacos, un tucumano y un santiagueño, y la hacemos completa. Tomamos unas copas en el centro y nos encamamos con unas putas del mejor burdel que encontramos. Nos quedamos bien livianitos, a mí me tocó una morocha de dieciocho años que estaba brutal, me la hago chupar, se la doy por adelante, por el culo, que sé yo, me hace gozar como un loco. Nunca estuve con una puta tan ardiente. Después seguimos bebiendo en un bar del puerto y nos vamos agarrando un pedo bárbaro. Para colmo había allí un grupo de marineros suecos tan borrachos como nosotros y no me acuerdo si fue por una mina o por otra cosa que empezamos a las trompadas. Yo soy cinturón negro, así que te imaginás como les fue. Le dimos una biaba a los suecos que se deben estar acordando todavía. Llegamos al cuartel a la madrugada y no me acuerdo cómo, pero con el tucumano agarramos nuestras pilchas de civiles y nos mandamos a mudar con un jeep de nuestra división. Y nos venimos para Buenos Aires, estuvimos viajando como dos días. Dejamos el jeep a la entrada de Luján, en un camino de tierra a dos cuadras de la ruta y después nos tomamos un ómnibus hacia la capital. Allí nos separamos y hasta el día de hoy no supe más del tucumano.

El tránsito se había atascado en Acoyte y avanzábamos a paso de hombre. Estuve a punto de bajarme y tomar el subte, pero me armé de paciencia. Tal vez por eso le pregunté qué le pasó después. El tipo parecía satisfecho, había logrado engancharme con su relato y pensé que se creía una especie de Rambo, el héroe de una “película de acción”. Por lo tanto se envalentonó aún más y prosiguió. Y estuve un tiempo escondido, anduve por varios lados, cambiando de escondite. Pero tuve suerte, al poco tiempo se armó lo de Malvinas, viste. Entonces aproveché la oportunidad, ellos necesitaban tipos como yo, así que le hice llegar un mensaje mío a un coronel de Campo de Mayo que conocía muy bien y a los pocos días arreglé el asunto. Se olvidaron de lo que había hecho y partí para las Malvinas. Cómo me iba a perder esta guerra.

Pensé que habíamos llegado al máximo del delirio de este tipo. Intuí que él iba a seguir con su historia y ya faltaban pocas cuadras para llegar a mi estudio. Recordé que harto de escuchar hablar a los taxistas había decidido no entablar ninguna conversación con los que me tocaba en cada viaje. Cuando subía al auto me limitaba a darle la dirección a donde iba y le indicaba el camino, después ponía cara de malhumorado y agarraba un diario o algunos papeles del portafolio para que no me hablaran. Una vez al anochecer, cuando iba para mi casa, me tocó uno muy cara dura que lo primero que dijo fue: Y usted a qué se dedica. Me quedé un rato mudo por la indignación sin saber que contestarle. Luego le dije: Mire, me duele la cabeza así que no tengo ganas de hablar. Se lo dije de tan mal modo que me pidió disculpas y no pronunció ni una sola palabra más hasta el fin del viaje.

Así que Malvinas también, le dije con cierta ironía pero él, siempre observándome por el espejo retrovisor, no se dio por enterado de mi intención burlona y descreída. Sí, y estuve en el peor frente, me tocó estar en la defensa de Darwin-Goosc House, dijo. Estábamos rodeados por los ingleses que habían entrado por San Carlos, fue la mayor batalla de la guerra. En nuestro regimiento había tres compañía, y yo integraba la que cubría el frente sur. Nunca estuve tanto tiempo metido en una trinchera, nunca vi tantos disparos de artillería, de los nuestros y de los ingleses. A estos hijos de puta, los vimos a unos trescientos metros. Verlos es un decir, porque sólo había sombras allí, sombras, fogonazos y estruendos de granadas y balazos por lodos lados. Para matar el frío nos habíamos conseguido de un camión de intendencia unas botellas de whisky, pero así y todo había algunos pibes que tiritaban de frío. Teníamos una ropa de mierda, ni hablar de los borceguís que se te congelaban los pies. En pocas horas estábamos rodeados por los ingleses, avanzaban en grupos de a doce. Nosotros desde el pozo tirábamos como locos y sentíamos el grito de los enemigos que caían en el ataque. Pero también los nuestros fueron cayendo como moscas; pobres pibes, los apilábamos como podíamos en medio del barro y el frío; el pozo ese se iba convirtiendo en nuestra propia tumba. En un momento miramos hacia arriba y escuchamos que nos hablaban en inglés, eran dos y enseguida le tiré todo el cargador de mi Fal. Los vi retorcerse, las balas entraban en sus cuerpos y los envolvía un humo blanco, como si salieran plumas, una espuma cenicienta y helada. Ya lo teníamos encima. Los heridos nuestros gritaban, gemían por el dolor, parecían cubiertos por su propia sangre; no podíamos hacer nada por ellos, sólo combatir hasta que ese infierno terminara.

El auto se detuvo, habíamos llegado y yo tenía que bajar pero su relato estaba inconcluso, así que nos demoramos unos minutos. Giró su cabeza hacia atrás, hacia donde me encontraba y, mirándome a los ojos, prosiguió. En un momento sentí que iba a terminar muerto a balazos en la trinchera -dijo-, nuestra posición era insostenible, estábamos condenados. Con un cabo y un subteniente, intentamos organizar la salida. Quedábamos sólo unos pocos, la mayoría de los muertos y heridos eran lodos pibes, casi reclutas, apenas si sabían empuñar los fusiles. Ahí me di cuenta que esa guerra era un desastre, nos habían mandado al matadero, no había tipos con mi preparación y yo era el único estúpido que me había ofrecido como voluntario. Pero salimos por un costado, en medio del manto de neblina y el humo. Arrastrándonos avanzamos unos diez metros y empezaron a lloverías balas por todos lados. Los ingleses estaban ahí, casi sobre nosotros, algunos se desplazaban sin vemos. De pronto nos quedamos lirados, boca abajo, quietos, con el fusil apuntando a la niebla, a las sombras, casi ciegos. A mi lado lo sentía al cabo y a dos muchachos correntinos. Alguien lloriqueaba con quejidos de dolor en la cercanía. Quizás éramos los únicos con vida en ese momento. Vi desplazarse hacia adelante las manchas de unos vehículos, me parecieron motos, tanquetas o jeep, se movían con dificultad como si fueran unos insectos gigantescos y pesados. En el momento que me incorporo y comienzo a desplazarme casi a la carrera con el Fal apuntando hacia delante, sin saber hacia donde voy, estalla una granada justo atrás, en el lugar donde poco antes había estado tirado, casi inmóvil. Y ya no puedo correr, la vista se me nubla, estoy en las sombras, siento un grito fuerte que poco a poco en su desesperación se va apagando, hasta que pierdo totalmente el conocimiento.

Le pagué mi viaje, el tipo me dio el vuelto. Se había producido un silencio que me puso nervioso. Pensé que si no me apuraba en bajar iba a llegar tarde a la reunión en mi estudio. No supe que decirle al taxista, sólo pensé que era un loco, un farsante, que mentía, vaya a saber por qué. Cuando fui a abrir la puerta para descender del auto, él me dijo: Oiga, mire. Y vi como se levantó el pantalón de su pierna derecha, que poco antes tenía apoyada sobre el pedal del freno. Distinguí así de pronto en su pierna descubierta varias cicatrices, una zona amoratada, otra con la piel como si hubiese sido quemada. Él sonrió, triunfante, y me dijo: Estoy lleno de estas marcas en el cuerpo. Por suerte, la granada explotó unos metros más atrás, fui el único que se salvó, tuve mucha suerte. Lo miré sorprendido y le dije: Sí, claro. El tipo levantó el volumen de la radio y la música de una opereta inundó todo. Entonces yo me bajé apresuradamente. El auto arrancó y lo vi perderse en la calle casi vacía, bajo la lluvia cada vez más densa y más gris.

 

Cuento de Carlos Dámaso Martínez


Publicado, originalmente, en: Inti: Revista de literatura hispánica No. 52-53 Otoño 2000 - Primavera 2001

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