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De idiomas y otras yerbas
por Eva Marabotto
todaslasartes.argentina@gmail.com

 
 

A los 30 y tanto el tipo se había acostumbrado a sus frecuentes viajes por el MERCOSUR. Una vez al mes, alternativamente, en vez de amanecer junto a su mujer, escuchando las voces de sus hijos, despertaba en algún hotel de Montevideo, Asunción o Río de Janeiro.

Adoraba Uruguay y convertía su estadía en una deliciosa sucesión de paseos por la 18 de Julio alternados con almuerzos en el Mercado del Puerto y recorridas por la feria de Tristán Narvaja. De Asunción le atraían sus callecitas pintorescas y la calidez de los paraguayos. Pero Río lo fascinaba y lo atemorizaba a la vez.

Por un lado estaban las playas y los morros con túneles eternos que los perforaban como si fuesen de telgopor. Y la alegría y la sensualidad de sus hombres y mujeres. Por otro lado estaba esa lengua que podía ser a la vez dulce y grotesca y tenía el raro poder de volver extrañísimos los objetos más comunes.


“¿Cómo es que a la frutilla le dicen morango y a una simple gaseosa, refrigerante? No entiendo cómo podemos hablar tan distinto dos pueblos vecinos”, se quejaba a quien quisiese escucharlo. Y se empeñaba en hacerse entender sin recurrir a traductores reales o virtuales.

Tampoco quiso estudiar el idioma porque creyó que con un poco de buena voluntad podría hacerse entender chapurreando portuñol o a través del lenguaje de señas. Prefirió reírse de los equívocos hasta familiarizarse con el idioma.

Por eso tres o cuatro veces al año, se dedicaba a tratar de descifrar el portugués y acrecentar su exiguo vocabulario. Con los funcionarios brasileños no había problema porque existía una mutua voluntad de entendimiento. Pero no le resultaba tan fácil con los taxistas, los empleados de los comercios y la gente con la que se cruzaba en la calle.

Hasta que se enfrentó solo con el poder de confusión del portugués que sólo los cariocas podrían hablar. Fue la mañana final de uno de sus viajes cuando se propuso ir a comprar algunos regalos al shopping. Mediante señas logró hacerse de varios juguetes y un conjunto de ropa interior para su mujer. Después sintió necesidad de ir al baño y de dejó guiar por los carteles ya que ignoraba como le decían en Brasil a los sanitarios.

No le costó encontrar el baño de hombres pero quedó sorprendido por el lujo y la amplitud que presentaban. Canillas doradas, espejos biselados, mesada de mármol y cuatro empleados impecablemente uniformados, dedicados a repasar y lustrar cada rincón. Cada vez que un cliente salía de uno de los cubículos, uno de ellos entraba raudamente para limpiarlo hasta que quedase impecable.

Al entrar notó que aquellos artífices de la limpieza conversaban en un tono de voz que se le antojó anormalmente alto. Como tenía más de una urgencia eligió un sanitario en lugar del mingitorio. Cuando cerró la puerta notó que las voces iban in crescendo. No podía entender de qué hablaban pero hubiese jurado que se trataba de un tema polémico.

Mientras bajaba su cierre con manos torpes por los nervios, los hombres de afuera ya estaban a los gritos. Se habían sumado al menos dos voces con lo cual la gresca aquella adquiría proporciones mayúsculas. Aunque se consideraba un ser valiente tuvo que admitir que el pulso le temblaba y su orina describía una trayectoria errática. Se veía solo en medio de una pelea de rufianes en un shopping de Río de Janeiro. Conjeturó que los recién llegados podían ser narcos de una favela de la ciudad, para los cuales trabajaban los empleados de limpieza del shopping. Quizás se trataba de un ajuste de cuentas y llegaría el momento en que abrirían a patadas las puertas de todos los baños para eliminar a los posibles testigos. Por eso prefirió olvidarse de aliviar sus intestinos. No quería que la muerte lo encontrase con los pantalones bajos.

Para entonces, uno de los hombres gritaba con toda la fuerza de sus pulmones y daba golpes en la puerta del baño más cercana a la salida. Podía ser producto de su enojo, pero él prefirió suponer que buscaban que saliese cualquiera que pudiese oírlos. La discusión seguía en un tono acalorado. Las palabras no eran diferentes de las que él había escuchado cientos de veces a sus anfitriones del MERCOSUR: “nao”, “maluco”, “errado”, pero el tono era bien diferente.

Cuando oyó que los golpes aumentaban creyó que era hora de salir y enfrentarse con su destino. Al fin y al cabo, lo iban a descubrir y quizás era preferible hacerles ver que él no representaba ningún peligro para ellos.

Abrió la puerta y se deslizó afuera conciente de que la discusión estaba en su punto más álgido. Aquellos hombres no lograban ponerse de acuerdo y él estaba seguro que la conversación sólo podía terminar de forma violenta.

Estaba por llegar a la puerta caminando despacio cuando uno de ellos lo agarró del brazo. Lo hizo volverse y le habló a los gritos. Fue incapaz de entender y menos aún de contestarle y solo atinó a emitir algunos sonidos desarticulados. Uno de ellos creyó comprender algo y largó una carcajada. Después le explicó en un muy mal español: “Usted habla castellano, no? Mi abuela era argentina. Disculpe, estamos discutiendo sobre la novela de las 8 y no conseguimos ponernos de acuerdo si el doctor tiene que quedarse con la enfermera o con la médica mala. La vio? A usted qué le parece?

Eva Marabotto
Gentileza de "Todas las artes Argentina"  - jueves, 16 de agosto de 2012
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