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La bruja que me amó (y otros cuentos de amor), de Rafael Aguirre. Fondo Editorial Universidad Eafit, Medellín, 2007, 96 p. - por Rubén López |
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Siempre
me ha preocupado que Rafael Aguirre emprenda con frecuencia la lectura de
escritores segundones de la literatura. Cito un solo caso: el
norteamericano Ambrose Beirce. Siempre he pensado que, para el escritor,
no leer siempre a los clásicos va en detrimento de la calidad de su
escritura. Sin embargo al leer su segundo libro de cuentos, La
bruja que me amó (y otros cuentos de amor), tal vez mi tesis no
funcione. O al menos en su caso. El
director de un grupo de lectura de autores clásicos les decía a sus
integrantes que allí no se querían más escritores, que ya existían
demasiados. Por el contrario, se necesitan nuevos y buenos escritores
cuando no existen muchos que sean buenos cuentistas, buenos poetas, buenos
novelistas, buenos ensayistas. Y Rafael Aguirre, gracias a una editorial
universitaria con apertura a nuevos autores, sale a la palestra como un
buen cuentista, una condición que ya había demostrado en su primer libro
de cuentos Las tentaciones de Tánatos.
Porque
él, que antes escribía por encargo sobre parroquias y maestros de
escuela ya desaparecidos, un día comprendió que su destino era escribir
para públicos más amplios, pero esta vez en un género distinto y con
una honda penetración psicológica en sus personajes que le aporta su
experiencia como psicólogo de orientación psicoanalítica y el oficio
ingrato de maestro. La psicología atraviesa como un hilo rojo su cuentística
y en el caso concreto de La bruja
que me amó es menester señalar que todos llevamos una bruja adentro,
como precipitado en nuestro inconciente de la parte mala de la madre. No
son precisamente cuentos de pollitos puesto que allí se enfrentan los
problemas existenciales del ser humano: el amor, la vida, la muerte, el
miedo, la sexualidad… Es
evidente la intención de darle espacio a los planteamientos de la
ciencia. No hablo solamente de la psicología y del psicoanálisis. Esa
intención es válida por cuanto en la gran literatura están bosquejados
muchos de los problemas que resuelve la ciencia. Es lo que sucede con Hal,
el ordenador de la nave de 2001
Odisea del espacio, un novela de ciencia ficción de Arthur C. Clark,
precursor del campo de la inteligencia artificial. Y se afirma que
Shakespeare sabía bastante sobre la estructura del cerebro, la anatomía
del ojo, los efectos del alcohol, los síntomas de la sífilis y muchos más
conocimientos científicos. Ese complemento entre ciencia y literatura en
la obra de Rafael Aguirre es un hecho notable en cuentos como «Eclipse
del 91» y «La sustancia», en donde un extraño hombre con aversión
hacia la cadaverina decide irse a vivir a una isla virgen del Pacífico,
libre de respirar la sustancia.
Fue el olor que se quedó pegado en su nariz después de la muerte de su
madre, en el momento en que ella hacía el amor con un hombre que no era
su padre, cuando él tenía tres años. Yo
diría que hay una intrusión del género del cuento al género del
ensayo, aunque distanciado de la pose manierista o barroca borgesiana,
como los cuentos de Pedro Gómez Valderrama donde se desvanecen las
fronteras entre el cuento y el ensayo. El autor asegura su estilo con un
lenguaje preciso, una precisión que no le quita su carácter de sencillez
que no debe confundirse con la simpleza, un estilo sin presunciones, que
trasmite sus vivencias y experiencias con gracia verbal y sentido de la
agudeza. En el cuento «Panóptico», por ejemplo, el narrador personaje
dice: «Después de explorar la torre me instalé en el cuarto donde
termina la escalera en caracol. Fue mi equipaje una mesa, una silla, una
colchoneta, una radio, una lámpara, un cuaderno de anotaciones, una brújula,
un mapa celeste y unos binoculares». Tampoco
se le escapa el humor, tan propio de los buenos escritores, pero
especialmente el humor satírico de un cuento como «Días reídos», en
el que dos niños encuentran una calavera, le cuentan los dientes, le
meten los dedos en las cuencas, le ponen un cigarrillo prendido entre sus
mandíbulas, la arriman a sus oídos para que les cuente sus secretos y le
dan voz y movimiento para ponerla a conversar con el público de curiosos.
La ironía está en que el personaje Mustafá, quien tuvo la iniciativa de
apropiarse de la calavera, siendo adulto se convierte en calavera luego de
haber sido asesinado. Pero el aspecto humorístico, que en ningún momento
se confunde con el chiste, no sólo hace presencia en este cuento. En todo
el libro se adivina la comprensión de que la literatura se produce con
una hiriente claridad para que el sarcasmo y la ironía logren una
eficacia estética y no se queden aprisionados en el simple reclamo
personal. Parafraseando
la comparación de Julio Cortázar entre el cuento y una foto, estimo que
la afición del autor por la fotografía le permite impulsar la
inteligencia y la intuición hacia algo que va mucho más allá de la anécdota
contenida en la foto o de la anécdota aparecida en el cuento. En una de
las cartas inéditas (que hace poco dejaron de serlo) de Cortázar a
Eduardo Hugo Castagnino, le escribe que el cuento bien experimentado va más
allá «del mero cuadrito aislado en un momento de vida», va «más allá
de la mera situación» y considera que debe haber un argumento, es decir:
«debe pasar algo». Y en La
bruja que me amó no se trata meramente de describir situaciones o
hechos curiosos, no se trata de sucesos circunstanciales sin mayor
importancia. Sus cuentos lo impresionan a uno y, según Chéjov, este es
el único ingrediente que necesita el autor para que el lector se sienta
interesado y comience a reflexionar. Por
supuesto que mis consideraciones son inferiores a la obra de Rafael
Aguirre, puesto que sus historias son el mejor comentario de su acción y
de su realidad, ya que él no separa el arte de la vida, sabe que las
personas son más interesantes que las palabras, sabe que una experiencia,
por sencilla que sea, es más atrayente y compleja que cualquier clase de
lenguaje, en una palabra: permanece fiel al precepto de Hegel: primero
vivir y después filosofar. Con
todo, hay dos hechos que me parece percibir en La
bruja que me amó. El primero es sucumbir a la moda de hablar sobre ángeles
en cuentos como «Amor pájaro» y «El ángel de José Miguel». Y el
segundo es el empleo frecuente de tecnicismos, de términos científicos
que por momentos parece contradecir aquello que acabo de afirmar, en el
sentido de que se emplea un lenguaje llano, fresco y sin presunciones. Un
tercer aspecto son los nombre rebuscados de muchos de los personajes, pero
en este punto se trata más de mi gusto personal que de un defecto en
literatura. A
pesar de que su cuentística está invadida por el anacronismo de ángeles
y demonios, un hecho notable del libro es que el autor no cae en el
neocostumbrismo sicarial que nos tiene hasta el cuello, ni en la
literatura de paso sobre el narcotráfico, una práctica común de quienes
esperan salir de apuros económicos o dar el salto a la fama, como
queriendo caer en paracaídas a la literatura. Lo que está de moda suele
estar destinado a desaparecer, a ser olvidado, cuanto que es simplemente
una convención de época. Es verdad que un sicario, con el nombre de «El
Pote Vargas», aparece en dos de los once cuentos, específicamente en «Panóptico»
y en «El pedacito de jabón», pero sólo tangencialmente, sin ocupar un
lugar protagónico. Sabemos
que la experiencia artística está muy próxima a la fuerza creativa de
la sexualidad en su dolor y su goce. En el libro que esta noche
presentamos la sexualidad es una fuerza poderosa que el autor no expresa
de manera descarnada o vulgar, como se puede juzgar en el siguiente pasaje
del cuento que le dio el título al libro: «El tiempo huía cuando
aterricé en el planeta anguloso de su rostro, exploré la laguna de sus
ojos separados por el cerro de su nariz. Caminé a sus labios
entreabiertos que, como una caverna, me invitaron a entrar hasta perderme
en la cantera de sus dientes. Después me paré en su definido mentón,
divisé su cuello de alabastro señalándome un camino. Eran las puertas
del paraíso». Como se observa, no hay pornografía, lo que hay es
erotismo con su envoltura estética, como también se nota en el siguiente
fragmento del «Eclipse del 91»: «A sus facciones aztecas llegué con
tal proximidad, que mis pupilas convirtieron mi boca en pies y me hice
caminante de aquel paisaje tahitiano. Primero aterricé en el relieve de
su oreja izquierda, luego me deslicé por la pradera de su mejilla, me paré
en el promontorio de su pómulo, divisé el bosque de sus pestañas y el
lago oblicuo de sus ojos; después bajé hasta el cerezal de sus labios y
con mi lengua sondé la mina de sus dientes. Un tumbo provocado por el
carro que dio una curva, me hizo doblar la cumbre de su mentón y planear
sobre su cuello. Mis manos, como independientes de mi voluntad, se
internaron por territorios temerarios». En este cuento se concluye que no
se puede recitar dos poemas al mismo tiempo, es decir, ver el eclipse y
hacer el amor. En un bello cuento como «La casa de los apistogrammas» aparece el Eros (el dios del amor para los antiguos griegos) encarnado en un artista que ha dejado el arte para disfrutar de la poesía de la vida, para sembrar acuarios donde ama los peces y se siente amado por ellos. Es el Eros mezclado con Tánatos (el dios de la muerte para los griegos), pues se trata de un personaje que prefiere la naturaleza acuática a la naturaleza humana, que le parece la más horrible, evidenciando una misantropía de parte suya. Si en el libro anterior, Las tentaciones de Tánatos, prevalece Tánatos sobre Eros, o sea, la muerte predomina sobre el amor; en La bruja que me amó hay un predominio de Eros sobre Tánatos, es decir, la vida domina sobre la muerte, pero sin excluirse mutuamente. |
Rubén López Rodrigué
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