Cernuda, en la noche...

ensayo de Virgilio López Lemus

Lanzar un vítor de fe en honor del gran

poeta del misterio,

delicadísimo poeta Luis Cernuda,

para quien hay que hacer otra vez, desde el

siglo XVII,

la palabra divino.

             "En homenaje a Luis Cernuda"

                               Federico García Lorca

 

Serenos vamos bajo los blancos arcos del

futuro.

          "Himno a la tristeza ", Luis Cernuda

 

Le gustaban tan jóvenes, y su poesía lo revela así. Cernuda no vino a creerse un continuador de ritos griegos ni un latinista del amor: él no era Ovidio, sino Luis Cernuda Bidón, sevillano del 21 de septiembre de 1902. Su amor podía decir su nombre y apellidos, pero para qué, ¿era necesario ese ritual de desenmascaramiento? ¿No habría un goce en el secreto?, o quizás basta con aludirlo: “un muchacho andaluz”, o que su sangre desertara de sus venas cuando pasó a su lado una suerte de ángel vivo, terrestre, fulminante en su belleza “en medio de la multitud”. Se sabe que en 1932 tuvo una “experiencia sentimental” que le provocó el conjunto de Donde habite el olvido y que sobre 1949 conoció a “x” (tan difícil de “despejar” como las x del álgebra), y de esta nueva relación amorosa nació Poemas a un cuerpo, importante   jalón en la poesía de la corporalidad de la lengua española. Ya lo dejó dicho García Lorca muy poco antes de la Guerra Civil, cuando todos eran tan jóvenes, y dijo que Cernuda “ha copiado con temblor un torso de Apolo en la agonía de los institutos”[1]

 

Claro que se puede soslayar este principio homoerótico de la poesía cernudiana; cientos de estudios sobre su obra lírica lo hacen así, y van hacia otros temas, hacia otras problemáticas esenciales de su extraordinaria poesía. Porque tal y como ha sido ya reconocido como una de las mayores voces líricas del idioma español en el siglo xx, se advierte que hay fundamentos para las miradas que abarcan múltiples aspectos para el reconocimiento ancho de su palabra de artista. Por ejemplo, tal vez se ha dicho que él es un poeta del nocturno, sin que se subraye bien que en verdad es un poeta que tiende a la luz y por eso lo impresiona poderosamente la noche. La noche y lo que ella representa de temor, encierro en el hogar o “aventura” fuera de sus muros, oscuridad, sombras, incluso tinieblas y lo demoníaco que pueda haber detrás de tal palabra. Desde la noche, siente la nostalgia de la luz. Ya en sus primeros poemas sabía advertir la dicotomía sombra-luz, evidentemente situado del lado luminoso, en tanto las tinieblas llegan como invasoras:

 

Va la sombra invasora

despojando el espacio

y la luz fugitiva

huye a un mundo lejano[2]

 

Cernuda ve en la noche la ocasión del acto poético como sueño: “¿Soñar? / Soñaremos que sueño”. Un mentido sueño es la posesión del ser poético, pero de ello no resulta una actitud sólo contemplativa, porque Cernuda es también el poeta de los cuerpos, de los cuerpos en movimiento, vivos, palpitantes. Y la noche asimismo viene a ser propicia para encuentros de cuerpos, aventura del conocimiento por la sensorialidad, si bien en Cernuda hay detrás de cada texto una emoción tan suya como dominante, en el sentido de imponerle a la mirada su dominio, el dominio de lo emotivo sobre lo sensorial:

 

Existo, bien lo sé,

porque le transparenta

el mundo a mis sentidos

su amorosa presencia.

 

Es por esto que no resulta del todo adecuado señalarlo como un poeta neorromántico inclinado al homoerotismo, que expresaría de manera preferente. Digamos más bien que a través de los sentidos y de las sensaciones del amor, del instinto del sexo, el poeta busca algo más, y en su búsqueda cognoscitiva tanto el amor como la sexualidad o las emociones provenientes de las experiencias táctiles, olfativas, visuales, gustativas, auditivas se conjugan en conocimiento del mundo, aspiración de la poesía a reflexionar sobre él, asunción de la realidad sin misticismo: “Soy memoria de hombre / luego nada”.

 

Como se comportan estos versos iniciales en su magnífica obra, habrían de conformarse textos de aliento más reflexivo, como aquel “Birds in the night” de la muy reflexiva sección xi “Sin título. Inacabada”, de 1956, que es “Desolación de la quimera”. Si en el vi de los “Primeros poemas” (1924-1927) declaraba, preguntaba: “¿Dónde huir?” (en una de las décimas más bellas del idioma), al final de su vida, cuarenta años después, se cuestionaba en “Peregrino”: “¿Volver?”. Y la vida pudo ser eso: dónde huir, si luego no hay un volver... Con tales ansias de escape y voluntad de no regreso, “sin hijo que te busque, como a Ulises”, ¿quizás no valga la pena que un “orbe tan breve” ciña “al soñador en vano”?

 

Entonces, más que un cantor de la noche, de los cuerpos, del eros “prohibido” pero practicado, o del amor constante, hay en el poeta sevillano un todo universal que, pascalianamente, incluso cartesianamente, le sirve de espanto y reflexión, no porque el poeta quiera hacerse filósofo, sino porque una metafísica honda aparece en la base de la aprehensión poética del mundo. La situación es la de una suerte de espantoso ser ante la nada, cuya Nada hay que cubrir, autoengañándonos como querría Pascal, mediante cuerpos apolíneos y noches encantadoras o de miedo profundo y dionisiaco.

 

Entonces vamos a la esencia de la experiencia poética de Cernuda. No es un canto material ad usum neorromántico, si bien hay un fuerte neorromanticismo que “materializa” muchas de sus páginas; no hay un canto espiritual en el que el poeta se desprenda de su cuerpo para navegar en el sueño. Pero si no es material ni espiritual, ¿puede haber un punto intermedio? Claro que sí, aunque ya sería discutible que sea ése el propósito último del cántico corporal cernudiano. Porque el poeta se enfrenta a la existencia, a sus por qué, a un para qué incluso absurdo, a las preguntas básicas, existenciales y a la vez metafísicas u ontológicas del hombre sobre la tierra, mirando en la noche a los astros arder, sintiéndose pequeño y solo aquí y ahora, ardiendo en una soledad que busca una compañía trascendente, que en Cernuda no es Dios, o al menos el Dios fijado en altares de culto por los cristianos, y que “su nombre / más vasto que los templos, los mares, las estrellas, / cabe en el desconsuelo del hombre que está solo” (“Lázaro”). Hay Dios en los poemas de Cernuda, incluso para negarlo, pero su búsqueda radica en un aquí, que pudiera ser paradisíaco: “si un amigo tuviese entre los hombres” (“Elegía anticipada”), y a falta de ese amigo buscado, descubre que: “el reino del poeta tampoco es de este mundo” (“Quetzalcoatl”).

 

Cernuda siente con fuerza el llamado vital del aquí y ahora, y se desprende del sentido de adoración del dios terrestre: “Buscaban un dios nuevo, y dicen que le hallaron. / Yo apenas vi a los hombres; jamás he visto dioses” (“Sobre el tiempo pasado”). Esa sensación tiene algo de otredad, de enfrentamiento con una sabia mismidad que alcanza a saberse como “ser de un mundo perfecto donde el hombre es extraño”; verso clave, al final del bello poema “El árbol”, en que el poeta vuelve a una sensación ya antigua en él, que viene de Jean Arthur Rimbaud:

 

A veces, por los claros

del cielo, la amarilla

luz de un edén perdido

aún baja a las praderas.

 

Este segmento de “Cordura” pareciera eco de aquella frase del adolescente de lasArdenas: “Aveces veo en el cielo playas sin fin cubiertas de blancas naciones jubilosas”[3]. No se sabe bien si ambos poetas tuvieron un grave sentido de ser un “ángel caído”, más nítida idea en el francés, pues en Cernuda hallamos apenas un conocimiento de los hombres, un freno al trascendentalismo espiritualista que halló Rimbaud.

 

Cernuda protagonizaba una problemática búsqueda de la otredad por medio del otro, pero no como alter ego, sino como compañero de vida efímera como la suya y a la vez “trascendente” hacia el olvido. Es una búsqueda ligada a la praxis vital y reflejada en la obra propia; en ella, el poeta debe observar a sus “semejantes” como objetos de búsqueda, lo que conduce al poeta al desvelamiento de una esencia del hombre como un ser ni bueno ni malo, en “A un poeta futuro”:

 

No conozco a los hombres. Años llevo

de buscarles y huirles sin remedio.

¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo

demasiado?

 

Hallazgo éste que nos sorprende en un poema diríase de aliento martiano, como cuando José Martí, con otra intención, dejó magistralmente dicho: “Es ¿quién quiere mi vida? es que a los hombres / palpo, y conozco, y los encuentro malos”[4]. Comprender o conocer adquieren un matiz problemático que Cernuda “resuelve” de diferente modo que Martí: “Es el olvido la verdad más alta” (“Apologíapro vita sua”). En Cernuda domina la batalla entre lo efímero y lo eterno, “el afán de llenar lo que es efímero / de eternidad”. Este otro hallazgo en el poema “Las minas”, hace tomar los ojos del poeta hacia un Dios problemático, no adorable, que subyace en su letra: “Oh Dios. Tú que nos has hecho / para morir, ¿por qué nos infundiste / la sed de eternidad, que hace al poeta?”.

 

Esta vasta declaración: “sed de eternidad”, está en el quid de la adoración de los cuerpos, de la lujuria efímera, ésa que según Cernuda queda en el recuerdo detrás del fuego apagado del amor, del amor visto como un panteísmo ya expresado, años antes de ese poema cogitante, en “El mirlo, la gaviota”, de Los placeres prohibidos, de 1931:

 

Creo en el mundo,

creo en ti que no conozco aún,

creo en mí mismo,

porque algún día yo seré todas las cosas que amo;

el aire, el agua, las plantas, el adolescente.

 

En ese lazo que su obra cierra, se explica la contradicción del individuo debatiéndose entre su ser efímero y su sed de eternidad. Más adelante esa contradicción se pronunciará cuando el poeta se sienta buscado “en el futuro” por otra persona, y exclame: “¿Qué ha de decir un muerto?” (“Un español habla de su tierra”). Esta desgarradora paradoja entre disolverse en lo que ama y luego no poder expresarse, ya disuelto, eleva el tono de la voz de Cernuda y sitúa a su obra lírica más allá de la pasión homoerótica o del canto de la noche. Pero a través de esa pasión y de ese nocturno podemos seguir las huellas hasta la sed de trascendencia, la sed de infinitud, la sed de eternidad, la competencia con Dios, ser Dios, aspiración que ya no dirá directamente el poeta. Esa búsqueda cernudiana compete al hombre como especie, al homo cogitans más que al homo eroticus, porque toca a la esencia y a las preguntas eternas de quién somos, por qué, para qué...

 

La “amorosa agonía encadenada” que viera García Lorca en el poeta aún joven, se toma luego, también con palabras de Lorca,

 

un duelo con sus tristezas, con su tristeza de sevillano profundo, duelo elegantísimo, con espadín de oro y careta de narcisos; pero con miedo y sin esperanza, porque el poeta cree en la muerte total. Este duelo sin esperanza de paraíso, que hace que el poeta quiera fijar eternamente los hombros desnudos de un navegante o una momentánea cabellera, anima todas sus páginas, hasta que al fin cae victoriosamente rendido[5].

 

Ese rendimiento no está precisamente en el poema donde lo halló entonces Lorca, sino con mayor intensidad en “A un poeta futuro”, tras declarar que no comprende a los hombres:

 

No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde que te comprendería, lo mismo que comprendo los animales, las hojas y las piedras, compañeros de siempre silenciosos y fieles.

Todo es cuestión de tiempo en esta vida, un tiempo cuyo ritmo no se acuerda, por largo y vasto, al otro pobre ritmo de nuestro tiempo humano corto y débil.

Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo, unida con la tuya se acordaría en cadencia, no callando sin eco entre el mudo auditorio.

 

Este fragmento citado, es clave en la comprensión del ideario poético de Cemuda, porque allí se expresa con la claridad suficiente, la contradicción entre el presente efímero e intrascendente y el camino hacia el olvido como “trascendencia” temporal. La batalla entre lo efímero y lo eterno se inclina, por voluntad de Cemuda, hacia lo efímero, hacia el goce maravilloso que logra en uno de sus instantes poéticos más elevados en “Si el hombre pudiera decir”:

 

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien

cuyo nombre no puedo oir sin escalofrío;

alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina,

por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,

y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,

como leños perdidos que el mar anega o levanta,

libremente, con la libertad del amor,

la única libertad que me exalta,

la única libertad porque muero.

 

Hay que ser mucho poeta para maridar esta contradicción entre no buscar un paraíso (al menos un paraíso trascendente), y buscarlo en esa “libertad” que ofrecen dos cuerpos enlazados. Hay que ser mucho poeta para, como Martí que veía pasar un niño y se diluía la maldad que hal laba en los hombres, poder decir que no comprende a los hombres, pero comprendería al camarada: “lo mismo que comprendo / los animales, las hojas y las piedras”. Es un “creer en el mundo”, como en “El mirlo, la gaviota” desde el “sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo, / que otros ojos compartan lo que miran los míos” (“A un poeta futuro”), que es un querer problemático porque, como ya se afirmó, va más allá de un alter ego, es una búsqueda trascendente del otro, del paraíso no artificial ni ensoñado que puedan dar los cuerpos.

Y aún seguimos viendo que cuerpo y noche en Cemuda tienen dimensiones más complejas, los cuerpos en la noche rebasan el instante de lujuria y miran hacia los astros. Y allí está el hombre ansiando la eternidad. Y esas ansias se manifiestan en un aquí y ahora condicionantes, que es todo lo que se tiene en verdad.

 

Aquella “libertad” de que él mismo habla, ¿es en el fondo errancia? En “Peregrino” hallamos un resumen de vida donde recalan estos temas, si bien el poeta ha sido un errante, un Odiseo que no ha buscado, aparentemente, regresar a Itaca (España), y que al fin muere sin proponerse ese regreso a la tierra de partida. Entonces parece que la libertad no es el cuerpo y el amor, sino la errancia, la búsqueda constante más allá del amor y de los cuerpos, y la errancia como libertad implica una nueva dicotomía: ¿quedarse en ella y sentirse siempre un exiliado (político, sexual), un ser que vaga en el mundo, un tanto como definía Rimbaud su idea del “ángel caído” aquí y ahora...? ¿El poeta es un condenado a errar, no a la manera de Odiseo, que busca el “paraíso” de la mujer, el hijo y el hogar? No se busque respuesta en las páginas que él escribe. Porque errar no es una condena, sino un júbilo o un fatum, en todo caso una opción de vida, o un mito consumado[6]. O también es una condena y Cernuda siente que la esencia del hombre sobre la tierra es ser un emigrado, un errante. Al menos, es ésa su experiencia.

 

Por eso no podemos quedamos en la piel del verso, en la piel de los poemas emotivos, neorrománticos, o incluso en los reflexivo-cognoscitivos, si no vamos directo a ese sentido de conocimiento, de conocer a través de la errancia, que puebla todas las páginas del poeta. Más que un cántico corporal a contrapelo del “cántico espiritual”, en Cemuda hay ese afán de conocimiento presidiendo sus mejores páginas. Ya lo vio Paz cuando dejó escrito que la obra cernudiana es: “Canto y examen, soliloquio y plegaria, delirio e ironía, confesión y reserva, blasfemia y alabanza, todo presidido por una conciencia que desea transformar la experiencia vivida en saber espiritual”[7]. La lucidez y la conciencia cemudianas implican una asunción de tiempo como un constante aquí y ahora, de modo que la poesía es diálogo entre un yo (de franca tendencia neorromántica por su sentido emotivo, por su expresión a veces egocéntrica) y un que es bien problemático si se toma como alter ego, porque ese muchas veces es yo.8 Y el poeta monologa. Pero quizás esa búsqueda ya la había definido Antonio Machado en sus Nuevas canciones: “No es el yo fundamental / eso que busca el poeta, / sino el esencial”.9 O también la redefine Cemuda en su dicotomía del yo/tú de “Fin de la apariencia”, cuando el otro (que puede ser tú, o ser yo mismo) ni siquiera necesita del diálogo:

 

Morir parece fácil,

la vida es lo difícil:

ya no sé sino usarla

en ti, con este inútil

trabajo de quererte,

que tú no necesitas.

 

Si La realidad y el deseo no sólo es un título, sino polos en los que se debatió el hombre, podemos identificarlos con el día, realidad visible en la luz, y la noche, sueño, transformación de la realidad en deseo. El poeta sale de la luz, de lo real palpable evidente, visualizable, para entrar en el reino de la noche, lo ensoñado, lo que se abruma por las brumas, lo que se ensombrece por las sombras, los deseos. La noche es la compañera de la aventura, la que oculta mejor el deseo (anhelo de luz, de realidad diurna), para a la vez dejarlo expresar plenamente. El día dicta la norma social, es la realidad del día-a-día, lo normado y convencional cotidiano. Pero también el día resulta vida continuada, en tanto en la noche (aventura, errancia) la vida es discontinua, se acerca a la muerte. El día es himno, la noche es elegía. El poeta trabaja en la luz, pero: “Leve es la parte de la vida / que como dioses rescatan los poetas” (“A un poeta muerto”). Al poeta le es dado rescatar una parte consciente de la vida, una iluminación, un momento esencial, que puede ser: “desnudos cuerpos bellos que se llevan / tras de sí los deseos”. La noche no dona cumplimiento en materia de sueños, de deseos, porque el acto es una cosa diferente que el anhelo. “En medio de la multitud” puede estar el deseo, que, no cumplido, implica el embotamiento como muerte, acto frustrado, “Tristeza del recuerdo”:

 

Hermosa era aquella llama, breve

como todo lo hermoso: luz y ocaso.

Vino la noche honda, y sus cenizas

guardaron el desvelo de los astros.

 

La noche marca el precio de la libertad: la libertad que estaba en el placer de los cuerpos, por efímera, es una llama que conduce a la ceniza. Lo dice claramente Cernuda en “Birds in the nigth”: “Pero la libertad no es de este mundo, y los libertos, / en ruptura con todo, tuvieron que pagarla a precio alto”. ¿Y ésa es la libertad de “Si el hombre pudiera decir”: “la tónica libertad porque muero”? Tampoco hay respuesta para tal pregunta, ¿para qué la querríamos?, sería como responder aquella otra del final de “Birds in the night": “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen de ellos?”. Sí, oyen. No, no oyen. Cualquier respuesta puede ser dramática. Y peor el deseo, pues como quería Calígula con los romanos, dice el poeta que la humanidad: “una sola cabeza tuviese, para así cortársela”. Esta declaración es sólo un arranque irreflexivo de furor o una consecuencia de vida, que Cernuda atribuye a “uno”, quizás Rimbaud, quizás Verlaine. ¿Quizás Cernuda?

 

¿Entonces La realidad y el deseo se toma un libro a la manera del título de Gabriela Mistral: Desolación? Bien que la chilena supo sacar de lo telúrico el dolor humano, más allá de la definición sexual de la escritora. Así Cemuda. Su desolación es la del errante perenne, la de la vida en curso que va hacia la noche, y en la noche: “el deseo es una pregunta / cuya respuesta no existe” (“No decía palabras”). Lo que existe es la realidad, y ella está a oscuras: “Si el suplicio con ira pide fiestas / entre las noches más viriles, / no haremos otra cosa que apuñalar la vida” (“Vieja ribera”). ¿La vida, el día, la realidad? ¿La muerte, la noche, el deseo?

 

Entonces, que le gustasen tan jóvenes, y que así lo expresase; que fuese “X” o una verdad invisible, no hacen de Cernuda un poeta maldito. Quizás, si lo fuera al modo francés, el poeta maldito es el errante, el que frota el instinto contra la realidad, el día contra la noche, lo visible contra lo invisible, y de la lámpara frotada, brota el genio. Ese genio es la poesía, tabla de salvación, palabra dicha en la noche para ser leída en el día “Para ti, para nadie”: “Estas líneas escribo, / únicamente para estar contigo”, versos que como el eco, se quedan resonando: únicamente para estar contigo... únicamente para estar contigo...

 

Notas:

 

[1] Palabras en el brindis del homenaje que un grupo de poetas ofreció a Luis Cernuda, tras la salida de la primera edición de La realidad y el deseo, Madrid, Cruz y Raya/ Ediciones del Árbol, 1936. En dicha edición se recogen: Primeras poesías-, Egloga, elegía, oda; Un río, un amor. Los placeres prohibidos', Donde habite el olvido', Invocaciones a las gracias del mundo. El acto se desarrolló el 21 de abril de 1936, en el café de la calle de las Botoneras de Madrid. Cf. Federico García Lorca, “En homenaje a Luis Cernuda”, en de: <www.cernuda.org>.

 

[2] Todas las citas pertenecen a La realidad y el deseo, La Habana, Consejo Nacional de Cultura, 1965.

 

[3] “Quelquefois je vois au ciel plages sans fin couvertes de blanches nations en joie”, Arthur Rimbaud, "Adieu", en Une saison en enfer, en Poesía de Rimbaud, J. Ferrel, trad., La Habana, Arte y Literatura, 1989.

 

[4] “Yo sacaré lo que en el pecho tengo”, donde agrega a verso seguido: “Pero si pasa un niño cuando lloro / Le acaricio el cabello, y lo despido / Como el naviero que a la mar arroja / Con bandera de gala un barco blanco”, José Martí. Poesía mayor. La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1973. p. 227.

 

[5] García Lorca, “En homenaje a Luis Cernuda”, en Obras completas. Prosa.

 

[6] He tomado algunas ideas de Patricio Eufraccio, leídas en su texto “Cemuda entre el regreso y la errancia: análisis del poema Peregrino”, hallado de Internet, DE:<http://www.ucm.es/oTROs/especulo/numero8/cemuda.html>. Agradezco información a la poeta cubana Juana Rosa Pita.

 

[7] Octavio Paz, Fundación y disidencia: dominio hispánico, en Obras completas 3, México, FCE/Círculo de Lectores, 1994, pp. 234-235.

 

[8] Dice Antonio Machado “Con el de mi canción / no te aludo, compañero; / ese soy yo”. La comparación entre las obras de Machado y Cemuda puede ser infinita, o al menos muy provechosa. Recuérdese ahora aquel sentido de errancia que también se advierte en el autor de Campos de Castilla cuando expresa: “Tan pobre me estoy quedando / que ya ni siquiera estoy / conmigo, ni sé si voy / conmigo a solas viajando”, Antonio Machado, Poesía completa. La Habana, Arte y Literatura, 1975.

 

[9]  Ibid. pp. 302 y 304.

Luis Cernuda: La poesía o la vida

Publicado el 27 nov. 2014

"Luis Cernuda: La poesía o la vida" Conferencia a cargo de José Ignacio Díez Fernández, catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, sobre la llegada de Cernuda al canon de la poesía española.

ensayo de Virgilio López Lemus
Publicado, originalmente, en Revista Cuadernos Americanos

Nueva época Año XX Vol. 3 Nº 117 link: http://www.cialc.unam.mx/ca/ne/NE-117.pdf
Julio-Septiembre del 2006

Link del texto: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2091833

 

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