Carta a Jaime Sabines
por Daniel Leyva

Ciudad de México, 25 de marzo de 1996

Querido Jaime:

Hoy cumples setenta años de vida y yo casi treinta de ser tu lector. Veintiocho para ser exactos, pues fue precisamente en ese 1968 que a todos —sin excepción— nos marcó para siempre que yo leí horal y ahora sé que ése fue el día, el de mi primera lectura de horal, en que empezó, semana a semana, mes tras mes, año con año durante estas ya casi tres décadas, mi lenta transformación en este lento, amargo animal que hoy soy y que vive bajo la sombra, no sé, la sombra... Sí, la sombra y por supuesto también bajo la luz de las estrellas convencido, como lo he estado siempre, de que sólo vieja la noche, jamás los cerros... aunque, después de todo, no lo sé de cierto, pero supongo y hoy me atrevo a decirte que nunca me gustó que lloraras, a pesar de que el llanto —y tú lo sabes mejor que nadie— sólo es la sombra del agua. Me atrevo a decirte que la Tovarich, como tantas otras mujeres, no entendió que uno es el hombre y por eso jamás estuvo en tu sitio de amor—situado, en ocasiones, tan cerca del entresuelo—y terminó por ser tan sólo Miss X. Me atrevo a decirte que mi corazón emprende, en cada lectura de tus textos, magníficos recorridos que envidiaría el más perfecto de los marcapasos. Me atrevo a decirte... pero nada. Que no se puede decir nada frente a tu obra que nos mostró el llanto fracasado y —así es— nos enseñó que los amorosos callan no para escuchar mejor la señal sino para que empiece la señal.

Y del corazón del hombre y también de la esperanza y también del dolor y también de la noche y también de la ilusión y también de la muerte y también del adiós y también del mito y, claro está, también de mi convalecencia y también de que allí había una niña y también de que la música de Bach mueve cortinas me surgió la idea de decirme, mirándome frente al espejo, que ya quiero apoyar mi cabeza.

De decirme, mirándome frente al espejo, no lo salves de la tristeza, soledad. De decirme, mirándome frente al espejo, que se puede leer, en los ojos abiertos de los muertos, la transparencia de una tristeza vacía porque no hay más. Sólo mujer. Y entonces, a ella, suavemente, casi murmuradamente, le deslice al oído pequeña del amor, déjame ser tu boca del llanto para que nunca te sientas clausurada, sellada. Deja que piensen de mí ésa es su ventana. Deja que digan de mí en la sombra estaban sus ojos y se los robó el muy malandrín. Déjame ser el más insignificante de tus caprichos. Deja que con la caricia de tus ojos pueda decir qué risueño contacto y saber que en la orilla del aire, como si estuvieras sola, te desnudas igual que si estuvieras conmigo porque, al final de cuentas, si la cojita está embarazada y el diablo y yo nos entendemos fue gracias a ti, Jaime, gracias a que el frío y viento amanecen siempre en concubinato y no se podrá decir, nunca, lo que esa noche sucedió en el lecho del insomnio.

Por eso, Jaime, el mundo, que siempre seguirá igual a pesar de los poetas, las metáforas para una niña ciega que inventa su enamorado para describirle un amanecer e incluso la caída que sufrimos tropezándonos siempre con la misma piedra, me hacen cantar cada mañana qué alegre el día y me pongo, a estas horas, aquí —para afirmar y confirmar que no quiero paz, no hay paz— a escribirte esta carta que, yo sé bien, no es tu carta a Jorge pero me permite recordar que los dos, tú y yo, pudimos decir un día que los he visto en el cine pues desde el principio supimos que entre un hombre una mujer, después de todo —pero después de todo— sólo se trata de lo que siempre ha sido más que evidente y yo sé, en medio de las risas que provocarán estas líneas, que pude haber escrito otra carta y hoy te confieso que la escribí, hace veinte años, a mi tía Margarita —virgen como tu tía Chofi— el día que amanecí triste por su muerte y con ganas de llorar tan semejantes a las tuyas que encontré los días inútiles y me dije no quiero decir nada, no quiero escribir nada porque ya sé que amanece el presagio y sólo es un temor de algo. Un temor. Ese que nos habita desde que nacemos. Desde que alguien nos explica que únicamente sigue la muerte y comprendemos que la vida es sólo un epílogo, jamás un prólogo.

Por eso te escribo y te cuento las cosas que me pasan, como dicen que decía Neruda. Yo vivía allá, en la rué des Canettes, recibiendo noticias tuyas a través de tus libros que me enviaba mi amigo Ariel y escuchándote en un disco que siempre viajó conmigo hasta que calló deshilachado en añicos. En aquellos años me gustaba jugar a Adán y Eva pues me resultaba fácil convencer a todas la mujeres que estábamos en el paraíso. Recuerdo, como si hubiese sido la noche que fue ayer, que a más de una le pregunté: ¿Has visto cómo crecen las plantas? O les afirmé, sin que viniera a ninguna colación: Ayer estuve observando a los animales. Sólo una dio respuesta a la pregunta y pregunta a la afirmación y a ésa le dije: Mira, ésta es nuestra casa. Porque entonces, en la plena y cada día más lejana juventud, el tronco estaba ardiendo y ella podía consultarme: ¿Qué es el canto de los pájaros, Adán? aunque siempre fuese demasiado tarde porque siempre hace tres días salió Adán y porque siempre tuve un pacto secreto con mi memoria que nunca olvidó qué fresca es la sombra del plátano en mi tierra y que de niños, para conocernos mejor, nos fuimos a! mar y fue ahí, en mi memoria no en el mar, que descubrí que me duele el cuerpo, que por quedarme en la supuesta ciudad luz mi corazón es una enorme piedra negra y que Eva ya no está ni estará nunca más disponible para que le murmure al oído ah, tú, guardadora del mundo, tu cuerpo bajo mis manos crece.

Entonces no me quedó más remedio que regresar a México para vivir mi Tarumba y yo, que nunca creí en los inicios, sólo en los finales, tuve mi prólogo con Tarumba y volví, como en aquel tango, a la casa del día, de la infancia, de la abuela que ahí se encuentra todavía y sólo pude decirle ay, Tarumba, ya me olvidé de la mujer gorda y aunque yo nunca tuve un en este pueblo pues siempre he sido un acérrimo citadino, me compré un corcel para que, a caballo, pudiera recorrer las páginas de tus libros y comprobar que en ellos oigo palomas. Por eso me permito sugerirte, querido Jaime, que si alguien te dice, una tarde de luciérnagas y alcohol, ¿qué putas puedo hacer?, le contestes mirándole no a los ojos, sí sobre los ojos, que en estos días de tus setenta anos lo que soñaste anoche es el mismo sueño que tuvo aquel joven de Tuxtla cuando se preguntaba quién sabe en qué rincón del trago pensé que la vida era maravillosa. Porque a pesar de todo, y sin que tú lo supieras, te puse una cabeza sobre el hombro —la mía— y grité ¡Aleluya! y estoy de acuerdo contigo en que esto de vivir... esto es difícil.

Pero los dos sabemos que con el primer poema de la mañana, con el primer ron del atardecer, con la primera lluvia del año descubrimos que no sólo la vida amanece, también amanece la sangre y mejor te sientas, Jaime, en la vereda y la miras pasar y el amor, quebrado como un plato, resurge en cada sonrisa mientras yo me digo que el próximo va a ser varón y descubro, pero solamente de vez en cuando, que aún puedo, que aún las puedo y corriendo de una antorcha a otra, importándome una lechuga o mientras como un rábano, celebro y canto: ¡Qué alegría del cuerpo liberado! ¡Qué alegría, después de leer tantas páginas, después de vivir tantas vidas, sólo en sueños, encontrarme... en qué pausado vértigo! Y entonces siento que ahí viene un galope subterráneo y grito de nuevo cabala bula y aunque esté en medio de los remolinos nunca decir quiero que me socorras, Señor, ya que hace tiempo le vendí al diablo mi alma pues todas las noches de mi infancia, vestido de luz y miel, Luzbel me cantó duérmete, mi niño, con calentura. Por eso decidí escribir mi diario semanario y mis poemas en prosa. Porque así, como este anochecer, me siento y comparto la preocupación de uno bajo la lluvia cuando oigo que dice el radio que los Estados Unidos etcétera etcétera y en particular cuando la tarde del domingo es quieta y aproveché para decirle a la entonces mi mujer te quiero a las diez de la mañana y ella sólo me recordó la procesión del entierro y así terminamos. Ay, Jaime, si uno pudiera encontrar tantas cosas. Si, por ejemplo, uno pudiera decir me alegro de que el sol haya salido o pudiera creer lo que dice Rubén que quiere la eternidad. Pero no, yo no quiero convencer a nadie de nada porque ocurre que la realidad sí es superior a los sueños y leyendo a Tagore me pregunto: ¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas? Y si hubiera de morir, yo, que tanto me gustan los aletazos de la lluvia. Yo, que ya tengo las amígdalas maduras. Yo, que ya no creo que las anginas te tumban. Yo, que ya sé, positiva y ciertamente, que sólo soy mi cuerpo. Por eso me pregunto en qué callejón se escondió mi sombra. Me pregunto por qué en el estadio de la ciudad no me condecoran por mis autogoles. Me pregunto por qué ese invierno el sol no apareció por ningún lado. Me pregunto tiene uno, como la naturaleza, sus insomnios a media noche. Y la respuesta viene cuando recuerdo esa tarde, en la estación de los ferrocarriles, en la que Ariel me enseñó que sí hay un modo para convencerme a mí mismo que dentro de poco vas a ofrecer de nuevo tus poemas con la flor del domingo.

Y mientras tanto mi vida se llenó de poemas sueltos. A muchas mujeres fui enamorando —yo no lo sé de cierto pero supongo que como tú— recitándoles versos de Neruda. A todas les dije: he aquí lo que sucede, simplemente, tu cuerpo está a mi lado.. Y a la buena entendedora pocos poemas, a pesar de que no me entendieran cuando les afirmaba que mi corazón me recuerda porque, desde hoy, me tienes en tus manos y por eso, justamente, vamos a guardar este día en el recuerdo de la sangre y no en el de la memoria. En esos años aprendí que lo primero que hay que decir, cuando estás a solas con una mujer, es tú tienes lo que busco. Después podrás añadir mi codiciada, prohibida mujer y a las que pretendan tener conocimientos literarios, mi casida de la tentadora. Pero nunca hay que cometer el error de decirles no es que muera de amor por ti porque te puedes morir por mentiroso. Siempre hay que recordarles: he aquí que tú estás sola y yo estoy solo y me doy cuenta de que me faltas mujer, mujer-madre, mujer-esposa, mujer-amante, mujer-hija que al pie del día o en el corazón de la noche me enseñaste que para el poeta y la muerte, y también para el paralítico, la salud no existe porque la enfermedad viene de lejos como melancólicas campanas de algodón. Por eso, tal vez, de joven escribí algunos poemas de unas horas místicas. Por eso, tal vez, siempre fui un incondicional de Julito, el que me enseñó a jugar rayuelas y que como tú, Jaime, sabía de memoria las canciones del pozo sin agua. Por eso, tal vez, abro un paréntesis y recuerdo esos doce años parisinos. Viviendo con el cadáver prestado. Respirando con los nervios saliéndome del cuerpo. Diciéndole a mi hermano: Con tu amargura a cuestas no sobreviviremos. Y a un lado de los dioses, en aquel bellísimo París urbano, me pregunté siempre hasta dónde entra el campo, por qué en verano se mecen los árboles y por qué en el Pére Lachaise no están todas las voces sepultadas. Y fue ahí, Jaime, en esas calles aún entonces adoquinadas, que descubrí mi alma mía, sangre mía de mí que no es nada de tu cuerpo ni del cuerpo de ella porque es sólo palabras y no está la ceniza para hornos ni los bollos para comerse porque al final de esas delirantes y alcohólicas noches de pleitos a verso partido entre don César

Vallejo y don Pablo Neruda que mis dos amigos latinoamericanos me propinaban, yo terminaba por gritar he aquí que estamos reunidos los seis igual que la noche y bajo la noche ustedes dos con los suyos y yo con mi don Jaime Sabines y entonces siempre nos interrumpía la sirena de una ambulancia y vociferando por la calles he aquí el patrimonio cultural de la humanidad, salíamos corriendo los que en una novela bauticé como Los Tres Mosqueteros del Beaujolais para escondernos en la boca del incendio aunque yo terminaba siempre en mi cama es de madera pensando que ahora puedo hacer llover o que tal vez pasa el tunes y después o antes, es igual, pasa la ola de Dios porque si César dijo que le pegaban todos duro y duro sin que él les haga nada... a ver... por qué chingaos tú, Jaime, no vas a decir chingaos o yo no voy a joderme a la gramática.

Y así fue como fueron pasando los días, las noches, las semanas, los meses, los años hasta que se me quitó la cruda gracias a los rescoldos de Tarumba. Y entonces, un buen día, en el espejo, descubrí mi verdadera imagen, que estaba escondida en el corazón de la cebolla, y me senté frente a mi entrañable brother charger 11 y le ordené con firmeza: ¡Jala! ¡jálame del brazo! porque de la cabeza me jalan desde hace tiempo y ya quiero olvidar y ya quiero escribir mi piñata llena de memoria y ando buscando a un hombre que acepte tomarse un trago conmigo para recordar al amigo que perdí en el alcohol y que me enseñó, una luminosa madrugada regiomontana, que yo también tengo ojos para ver y que el amor sólo brota desde los cuerpos y que los poemas se escriben igual que los cangrejos caminan: para atrás, de la mano hacia el corazón. Y que sólo vine rodeado de mariposas a este mundo para tu amor, Señor Lenguaje, porque sin ti, Idioma nuestro, Palabra compartida, mi dios es sordo y confieso aquí, alma mía, que por el poder de una palabra, como Paul Éluard, yo nací para escribirte poesía mía y tuya y de él y de nosotros todos que te leemos, Jaime.

Ese día conocí a Yuria y la vi sola y triste. Por eso le presenté a Crispal y creo que hicieron buena pareja. No sé, a estas alturas, si todavía tiene hambre y sed de justicia. No sé si sus hijos se han preguntado: ¿Quién es Fidel? Debo confesarte, Jaime, que con los años ya estoy harto de la palabra revolución aunque sigo creyendo en ella, en la que creímos posible hace treinta años, en la que crece difícilmente, poco a poco, haciéndose su casa, un día en San Andrés, un día en Banagüises, porque si quiero decir que ya estaba Martí debo también decir que ya estaban otros cuyos nombres nunca sabremos y que comprendieron que nunca es demasiado tarde y que nunca es necesario detenerse frente al mar. Mejor la juguetería y canciones. Afuera llueve, llovizna... Y si andar el camino es caminar... ¿andar el mar será marear? Tal vez. Ahora son las once y cuarto y recuerdo que para salvarme, como Pirandello, busqué un personaje. Un personaje que, barriga vacía: corazón ligero, le murmurara a la mujer dormida que dejé en París, espero curarme de ti para que ella me contestara qué costumbre tan salvaje por eso te tendré, a partir de hoy, en el saco de mi corazón y no quedará nada de ayer, nada de mañana. Pero antes de partir, definitivamente, le sugerí a Maya, mi hija mayor, si sobrevives, si persistes, canta, sueña, emborráchate, no caigas en mi error que quise hacer dinero con el sudor de mi frente y cuando tengas ganas de morirte recuerda que no podrás hacerlo mientras yo esté en tu corazón.

Varios años después, una tarde de confusiones, la conocí. Y con inusual pedantería, le afirmé: Digo que no puede decirse el amor mientras no hayas bebido los daikirís del Habana Riviera... ¡Y los había bebido! No me quedó más remedio que aplicarle, cual llave de lucha libre, las palabras: Amor mío, mi amor y me condené a seguir sus pasos hacia arriba, a sus pies, a su muslo, a su costado y me desarmó cuando me reviró con: Tú eres mi marido y yo soy tu mujer y desde entonces ella es la futura abuela de mis nietos porque aunque tú hayas escrito la autonecrología, con ella no hay espacio para cuatro, cinco, seis voces conocidas. Sólo hay un día, entre el domingo y el lunes. Sólo ahora se abren puertas: todas y vivo contento, satisfecho y bien. Con ella, sólo con ella, puedo decir: Te quiero porque tienes las partes de la mujer en el lugar preciso y, además —y como si todo eso fuese poco— tienes el mediodía en la calle. Mis amigos, Jaime, Carlos, Rafael, Miguel Ángel y tantos otros que esta mañana imaginé —o recordé, que en mi caso es lo mismo— se rieron a carcajadas de mi infantil enamoramiento y el Willy Merino —uno de los Tres Mosqueteros del Beaujolais— me hubiese dicho, de estar aquí: Pero Che, si los amores no son más que pétalos quemados y siempre se termina por saber que se ha vuelto llanto este dolor. Y sí, tienes razón Che, pero hace tiempo, cuando estuve en el mar, no aprendí a nadar, sólo a ahogarme en este vuelo de noche en el que me voy a ahogar con ella porque ella me ayudó a confesarle a la pequeña Maya: Me dueles pero un día va a venir, yo sé que vendrá que estarás con nosotros dos y con Daniela y Jimena, tus hermanas, que también serán madres de mis nietos pues ya me puse de acuerdo con quien hay que ponerse de acuerdo para que Dios bendiga a sus hijos.

En aquel año en que todos creímos que había que seguir la consigna: ¡Abajo! Viene el viento furioso, un “supuesto amigo”, ex-Lovaina boy, me trató de convencer al grito de canonicemos a las putas y mejor cantemos al dinero de que me dedicara a una profesión más relacionada con la economía y los neoliberalismos. Pero mi respuesta fue sencilla: Yo ya pagué mi cuota y dejé mi cadáver a la orilla de la carretera. Ahora, que es la hora del atardecer, bien claro verías, si pudieras escarbar en mi pecho, que en mí nunca hubo cabida al maltiempo. Y entonces me busqué un trabajo con Doña Luz, volví a leer juguetería y canciones y una mañana, sobrio y enamorado, me levanté y me dije: Buenos días, memoria terca. Y eso sucedió porque ahora sé que mi corazón nocturno se levanta, desde hace ya casi tres décadas, limpio y reluciente todas las mañanas a pesar del carretón de la basura y de las hormigas y de las cucarachas que nos rodean y tratan de seducirnos todo el tiempo para que nos incorporemos a la suciedad, perdón, Jaime, a la sociedad. Porque al fin de cuentas sólo hay dos clases de poetas modernos'. Tú y los otros. Y aunque piense que aquel muchacho tenía, de verdad, la intención de escribir poesía, sé que no podrá hacerlo pues no me entendería si yo le confesase que si no escuché los pasos del gato, evidentemente que no podía tener los dos utensilios necesarios para hacer funcionar a las estrellas. Los dos utensilios necesarios: palabras y una pinche piedra... y también, por supuesto, que le preocupen a uno las cosas. A mí, por ejemplo, me preocupa el televisor y las conciencias borradas, me preocupan las vidas derramadas sobre el asfalto, me preocupan las sirenas de los barcos que enmudecieron dejando célibes a más de un gallardo marinero, me preocupa que muchos compañeros de mi generación, después de recorrer tanto camino, después de conocer tantos testimonios (porque también estuvieron en Tlatelolco 68 y supieron de tas montañas y escribieron en el Diario oficial) continúen revoloteando como pájaros perdidos en búsqueda de un collage existencial para justificar su aún presencia entre nosotros. Me preocupa también que los jóvenes escritores estén convencidos de que el texto perfecto esté fácilmente al alcance de la mano, próximo, en la noche escondido bajo una botella o una falda porque yo siempre pensé que caminar a oscuras no significa, en lo absoluto, caminar con palabras precisas y me preocupa, por último, que los jóvenes poetas estén convencidos de que el poema perfecto, a veces no siempre, pero a veces— brote de un instante fugaz de inspiración cuasi-mística y no entiendan que satén tos poemas del útero del alma.

Y siempre supe, Jaime, que tú venías de muy tejos. Que si el agua lava todos tos pecados, tus palabras son la pileta bendita que guardo en mi memoria. Que dando respiración mortal de boca a boca, tus páginas, de libro en libro, se me han instalado en la biblioteca de mis pulmones. Que gracias a tus poemas he podido sobrevivir en estas profundas soledades. Ah, Jaime, si me dejas arrancarte los ojos te ofreceré los míos que eché en la bolsa del tiempo cuando, hace muchos años, un viejo sabio catalán y un amigo uruguayo me preguntaron si iría a mi propio funeral y les contesté que yo no tengo ideas preconcebidas ante la muerte y ni siquiera una agenda al respecto pero que eso sí, para mi entierro, quiero una caja de muerto que esté cómoda para ir pasándola lo más confortablemente posible ese que sin duda alguna sólo será un breve maltiempo pues como espléndidos animales simultáneos, tos poetas, reencarnamos y renacemos en las palabras de otros poetas. Ahora me pongo lentes para escribirte y es la hora de la transmigración de las almas. Es la hora, también, de et ruido del calentador en el cuarto vecino y de que me ponga a contarte cosas sin ton ni son: ¿Sabes que desde la muerte de mi amigo Ariel no tengo con quién compartir tu lectura? La música —dice Igor Stravinski— no expresa nada, sólo música. Afortunadamente ni a ti ni a mí nos gusta Stravinski. Hace tres días me volvieron a operar de la rodilla y estoy, en la silla de ruedas, comprendiendo que mi cuerpo gira por su ecuador empobrecido y preguntándome que si la vida es ejercer porque nos impiden, entonces, ejercer nuestro albedrío. Sé que no te preocupa que yo escriba pero a mí sí me preocupa que tú no lo hagas. De una sola cosa tengo la certeza: Estoy seguro de que estos brazos mecerán mañana los frutos de mis mujeres como han mecido los frutos de mi mujer. Et estómago empieza a ronronear y el apetito vuelve tras la operación. Vuelven también la sensatez y la cordura. Recuerdo con nostalgia esa lejana tarde en que fui a la casa de empeños y malbaraté, para poder seguir viviendo, los amores de mi juventud porque así he repartido mi vida y, ya ves, Jaime, sólo lie intentado, en esta carta, contarte cosas sin ton ni son pero permíteme —y disculpa la cacofonía— una triple confesión: Tienes algo, que yo, como escritor, siempre te he envidiado, con envidia de la buena, lechosa y amarga. Tienes algo, que yo, como hijo, no me canso de congratularme, diariamente, que aún a mí no me haya sucedido. Tienes algo, que yo, como lector, comparto contigo, solidariamente. Y ese algo tres veces mencionado no es más que un algo: Algo sobre la muerte del Mayor Sabines. Sí. A la chingada la primera parte y la segunda parte y todas las partes porque a todos nos partiste la madre con ese poema que a ti te partió el padre. El joven escritor que termina leyendo

No vuelve nadie, nada. No retorna

el polvo de oro de la vida.

si después quiere continuar escribiendo algo más que otros poemas sueltos, tiene que descubrir primero, en las mismas páginas de ese poema, escondido entre los sonetos, agazapado entre las palabras, dejándose acaso ver entre dos o tres lágrimas, el inicio del verdadero camino que hay que recorrer cuando se tiene la absurda, tonta, ridícula pretensión de escribir poemas.

Y yo la tuve, Jaime. La tuve, hace casi tres décadas, cuando te leí por primera vez. Entonces era un adolescente, el peatón de todas las calles que, pensándolo bien, caminaba y caminaba sin buscar nada. Ni siquiera a la luna para escribirle un romántico soneto. Ni siquiera era portador de un recado a Rosario Castellanos. Nadie me tomaba en serio y buscaba la receta en los poemarios de cuanta librería de cristal se me atravesaba —metafóricamente, para mi fortuna— y me repetía, sin cesar, como una obsesión... ya veremos, ya veremos. Y vi tu nombre sobre la portada de algún libro que, con toda seguridad, habré regalado a una de esas maravillosas novias de la adolescencia y te leí como se debe leer la poesía, en la cama. Te leí y te releí y te volví a leer y te volví a releer. Ahora, cuando tú cumples setenta años de vida y yo veintiocho de ser tu lector, mi reencuentro con tus palabras es como la droga de la esfinge o de Sisifo, en el supuesto caso de que Sísifo y la esfinge se drogasen, pues desatan un diluvio en mi memoria y descubro, después de tantos años, que tus palabras integran mi familia y que siempre han estado siendo —¡ah, bellísimo gerundio!— mi actualidad.

Jaime, en mi cada día más cercana vejez, nuevos y vigorosos caballos de fuerza me transformarán en el gato loco que, con más experiencia, se podrá permitir el lujo de uno que otro insomnio y, por qué no, acaso un furtivo ¿nocturno? pero sea como fuere, estoy convencido de que cuando esos temas de la vejez y del cansancio me lleguen, Otro Recuento de Poemas —que aquí no escribo en cursivas para respetar el reto— me acompañará como lo ha venido haciendo siempre. Por ahora veo salir el sol y constato que termina el eclipse pues hoy, que te escribo, empiezan las lluvias y empiezan los colores y grito ¡Aleluya, la madre!, ¡Aleluya las hijas!, ¡Aleluya tus poemas! pues gracias a ellos, fabricados con ese material indestructible que sólo tú conoces, las casas duran un poco más y la verdad es que no me acuerdo, no podría decir cuál me gusta más, cuál me llevaría a la isla desierta porque con todos tus poemas todo me lo has dado, Señor don Jaime y deseo, espero, que ese escritor, el que se quedó sin dientes por imitarte, por tratar de escribir a las tres de la mañana en lugar de bailar el famoso danzón, sólo entienda su error. Al fin de cuentas, y al terminar esta carta —pues ya no tienes, por ahora, sólo por ahora, títulos que prestarme— compruebo que afortunadamente no siempre fui mi pene. Que afortunadamente, en todo lo que intenté escribir, siempre me guió una estrecha y misteriosa complicidad con mi corazón y que afortunadamente nunca estuve ni estoy metido en la política porque nunca tuve ni tengo la preocupación de Job.

Jaime, sólo espero pasarme los años de vida que me quedan tratando de conocer la respuesta a la única pregunta que en realidad vale la pena. El enigma, que al resolverlo, nos dará la respuesta total. La respuesta de la vida. La respuesta que tú, desde hace setenta años y yo desde hace cuarenta y seis, venimos buscando: ¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán? Querido Jaime, feliz cumpleaños de tu cómplice lector.

A\A. Todas las cursivas en negritas son los títulos —sin excepción— de los libros y de los poemas en el mismo y riguroso orden en que aparecen en el índice de Otro recuento de poemas, 1950-1991, publicado por Joaquín Mortjz en noviembre de 1991. Cabe aclarar que en algunas excepciones las cursivas en negritas van seguidas del final del verso original del poema en cuestión... aunque esto no se indique pues se trata sólo de una licencia epistolar.

 

por Daniel Leyva

 

Publicado, originalmente, en: Periódico de Poesía Nueva época No. 13 / Primavera Abril 1996

Periódico de Poesía es una publicación editada por la Universidad Nacional Autónoma de México, a través de la Dirección de Lteratura,

Link del texto: https://periodicodepoesia.unam.mx/num-13-primavera-1996-marco-antonio-campos/ 

 

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