La carta del olvido
Jorge Lemoine y Bosshardt

Amiga mía. No sé ni siquiera cómo decirte querida Graciela.

Ya no te goteo de las manos a la hora de la poesía que tu soledad acomoda.

Y sigues tejiendo pariendo o sangrando

pero ya tu voz no me busca

como un barco

—yo me quedo con el humo y la sirena—

que pone más allá la lejanía

que se va y me hace espalda

que pone más acá la soledad de haber quedado o de haber sido partido

olvidado

o ya no más o peor, ya nunca.

Ahora pierdo tu costado

tu tácita presencia

tu sitio regular.

Ya tus palabras no me hacen casa.

Tu barco parte y me regala un muelle.

¡Qué triste amiga no andarte la poesía!

Qué triste el desembarco o el destierro

la culpa o el olvido porque sí.

He sido vaciado de tus cosas.

Tus ritos me derogan, y en la clausura

tu silencio

la manera final y la más anónima de tus palabras

me asola como la tristeza de no ser

de haber sido y ya no ser.

Ya no doblegamos el imperativo de los astros

los astros nos preceden y ya no nos esperan

para no equivocarse.

Ya somos obligados y libres en nosotros como en una jaula redonda.

Nuestro albedrío no excede nuestras manos

nuestro sueño.

 

Abrimos la reja de los pájaros, como para irnos

y nos quedamos.

Somos peceras y somos los peces de adentro.

Y nuestra libertad redonda o cuadrada

o qué más da si mensurable

está crucificada cuatro veces por cadenas.

Amiga, hicimos una ruta

y éramos testigos.

Ahora nos volvemos y la tierra se quema.

¿Cómo señalar el regreso?

Es cierto

el que encuentra una razón para volver

ya no parte por lo mismo que se fue

y, sin embargo, ¿quién tiene la razón de desandarnos

de evacuarnos el recuerdo

de nombrarnos con olvido como lavando el veneno

o cerrando con tierra por las manos

puñado por puñado el pozo y el abismo?

Ya no será el desierto alrededor.

Ya no hay alrededor.

La arena pierde el cerrojo el vientre o la garganta.

La arena toda.

Ya no somos el agua la fantasía el espejismo

el pozo o el aljibe.

¡Qué raro haber sido! Es como conocerse en otro.

Y aquí hemos sido porque recién se ha sido cuando se fue.

Y yo amigo de verdad amigo

de verdad aunque no tuve la rosa

la fruta, como tuviste la rosa y la fruta y la bandera

te hice mi casa de poesía sin poeta

con la flor por adentro de la tierra

y el hormiguero que te hacía mi garganta

—como el agua en la arena del silencio—

aún te llama

aún te canta o te levanta

con ronquidos, con voz de palo sucia o ensuciada

aunque ya no me espere tu voz que me dejó a la espalda

aunque me haya atrasado a tu costado y tu tristeza.

Hoy te busqué

me busqué por los jardines de tu canto

revisé las tumbas y las cruces como el último muerto que se busca en la tierra ya sin tiempo

en los soldados de la guerra final sin derrotados

y no hallé mi nombre, no hallé mi tumba ni mi muerto.

Como si no me hubiese llamado o no hubiera sido nunca.

Un día hallarás mi carta del olvido

esperando que tú también te vuelvas sobre los jardines.

Tú tienes una flor y una campana con tu nombre

pero no hay tumba ni partida bajo tierra.

Allí me asumirán los siglos

esperando que me halles en la espera

hasta que leas esto o hasta que no vuelvas.

Jorge Lemoine y Bosshardt
De "Te acorralaré hasta matarte"

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