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La heroína de Ayacucho 
por Ramiro Lagos

Resáltese en el verso rima a rima
de Manuelita Sáez con altura
su mágica silueta que fulgura
con su propio esplendor: viese en la cima
de la historia, garbosa: en Quito, en Lima
y en Bogotá, imponente; su escultura
ha de tallarse en bronce, quien la talle,
véala en su corcel, grandiosa la halle.

Doma cuatralbo de color jaspeado
con espolines de oro y pistoleras
al arzón y gualdrapa, ¡si la vieras!,
con el dormán y el pecho levantado,
piafante su corcel, hazaña y grado
de coronela épica, de veras
fue colosal y su valor inspira
nuevo canto de Olmedo y de mi lira.

No fue Bolívar como fiel amante
el que le diera títulos proceros
a Manuelita Sáenz; pregoneros
de su nimbado nombre relevante
fue San Martín, fue Sucre, y que se cante
lo que dirán los fieles romanceros
del testigo juglar, que en verso escucho:
“Ella fue la heroína de Ayacucho”.

Con “La Orden del Sol” condecorada
por San Martín, ya pasa al insurgente
romancero que abarca el continente
la heroína Manuela, idolatrada
por El Libertador de ardiente espada,
que comparte sus lides, e imponente
se hace amante de la bella dama
y desafía a la historia por su fama.

Hija del libre amor, que lo heredara
a la sombra feudal de su ramaje,
libérrima rehúsa el coloniaje
con su entuerto y su cruz y se le encara
al imperio, Manuela, siendo clara
su patriótica voz. Tuvo el coraje
de declararse libre de ataduras
contra el colonialismo y sus posturas.

Intrépida y osada, en su osadía
se libera del yugo y con su amante
levanta la cerviz y va adelante
liberando al amor y desafía
a quien mirra le oficia en sacristía
de casta medieval, y con talante
asume su papel de libertaria,
liberando al amor de faz gregaria.

En sus lides Manuela marca el hito
de rebelarse y su bandera iza;
luchó contra el anillo que esclaviza
de imposición nupcial, como era el rito
patriarcal del amor y puso el grito
en el cielo, en el viento, hasta en la misa,
porque el amor en ella con su anhelo,
fue el natural amor, libre de velo.

Amor renacentista, fue su espejo
Melibea en su lance, y precursora
del libre amor de América, atesora
los atributos del pensar, reflejo
de su libre sentir en su manejo
de gobernar sus actos; fue la aurora
del siglo diecinueve y siglo veinte,
sol del siglo veintiuno sin poniente.

En la mitad del mundo, tricolores
banderas de fervor gran colombiano
aclaman a Bolívar. Blanca mano
desde un balcón se une a los honores
de salvas, serpentinas y de flores,
y le tira un laurel; el juego humano
arde entre Manuelita que lo arroja
y el héroe que prendió la llama roja.

Ocho años de amor, de fuego y lumbre, 
con Bolívar luchando entre laureles.
Ocho años montando los corceles,
tanto montan los dos en su herradumbre
que a la par llega a ella hacia su cumbre
y se queman los dos las mismas pieles,
y en Ayacucho ella, gran Manuela
fue nombrada en su lid “La coronela”.

En la funesta noche septembrina
fue del Libertador libertadora,
y el contragolpe diolo la traidora
élite de puñales asesina
que la golpea en vano: la heroína
que en el Palacio de Bolívar mora,
secretamente le abre la ventana
de salvación hasta sonar la diana.


Bajo el puente escapado, bajo el puente,
piensa en ella y renueva la batalla
contra el conspirador y su canalla,
y sabe quiénes son, y alza la frente
severo como fue y tan contundente
toma el mando saltando toda valla
tísicamente erguido, y sólo anhela
unirse con su pueblo y con Manuela.

En esa negritud del pueblo raso,
dos negras la acompañan en su vida
a Manuelita: Jonatás unida
a la otra, con Nathán del brazo,
se integran militantes paso a paso
a la caterva indígena oprimida,
y ya el romance con las prietas basa
su integración de patria en una raza.

No hay mujer en la historia americana
que compararse pueda con Manuela,
sólo todas en una: Micaela
de Tupac Amarú, mujer peruana,
sólo La Policarpa o La Gaitana,
sólo Fresia de Arauco, que da tela
para tejer la historia femenina
de la prócer, la amante, la heroína.

Doña Manuela, cíñase corona
tan doña fue en Palacio o en la plaza,
en su trinchera de Ayacucho, y pasa
hasta el siglo XXI cual matrona,
y al himno llega, que mi voz lo entona
con su arcabuz en lid y su coraza,
y en su encrespada luz entre cabellos
fue Minerva de rayos y destellos.

“Es mi país el continente”, ella
bolivariana expande el pensamiento,
y reafirma también el sentimiento
popular con que Bolívar sella
la libertad astral: grandiosa estrella
que fulgura en su amplio firmamento
de integración total: Fulge su estela
en cielo, tierra y mar. ¡Viva Manuela!

Ramiro Lagos
Tomado del libro de Alicia Galaz-Vivar Welden, titulado: "Ramiro Lagos, poeta épico de América". Editorial Sic.Biucaramnaga,2007

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