El premiado Kenzaburo Oé

Un Nobel en las cenizas
Christian Kupchik

Bastaron apenas dos días. Dos días de agosto y una voz temblorosa terminaron con la imagen que los japoneses habían construido del mundo a lo largo de siglos. El 6 de agosto de 1945, Hiroshima encontró un lugar en la posteridad a partir de su aniquilación. Estaba hecho: el primer ataque atómico contra una comunidad civil ya era una realidad. El 14 de agosto del mismo año, el Emperador renunció por vez primera a su dignidad celestial y dejó que la radio expandiera su luctuoso mensaje. La situación era impensable por partida doble: Hirohito no sólo había accedido a aparecer como un ser humano resolviendo dirigirse personalmente a su pueblo, sino que además comunicaba lo que nadie en Japón quería escuchar. Sí, la capitulación era definitiva.

Aprendizaje juvenil Kenzaburo Oé era entonces un niño de apenas diez años. Nació en 1935 en Shikoku, un pequeño pueblo situado al oeste del país. Creció en una tradicional micro-sociedad japonesa, con un sistema de valores anclado en una curva del tiempo que, entre otras cosas, rendía fidelidad a la representación divina de la familia imperial. En 1954, al abandonar su lugar natal, el campesino Oé haría de esas figura simbólica del Japón un mito. Llegó a la Universidad de Tokio con su fuerte

acento dialectal a cuestas para estudiar a pensadores franceses como Pascal, Camus y Sartre, sobre quien escribirá su tesis doctoral. Tomó al existencialismo como base filosófica y literaria, leyó con inte­rés a autores como Henry Miller y Norman Mailer, pero resoplaba con cierto disgusto por las manías de su compatriota —algo mayor— Yukio Mishima. En mayo de 1957 el joven Kenzaburo debutó con un cuento en la revista literaria de la universidad. Desafiando todos los tabúes que arrastraba de su pudorosa so­ciedad, Oé se ocupó de exhibir en su narrativa un uso del erotismo tan delicado como re­frescante. Para él, el hombre es una criatura sexual con una enorme capacidad de experi­mentación. De hecho, Oé considera al sexo y la política íntimamente ligados.

Cuando contaba 29 años, Kenzaburo Oé debió atravesar una de las pruebas más difíciles de su existencia. Su primer hijo nació con una seria deficiencia mental y, por consejo médico, debió dejar morir al niño. Incluso fue el propio Oé quien tomó a su cargo la responsabilidad.

En el Japón de posguerra chocaron dos cosmovisiones de la realidad con la fuerza de un meteorito: aquella que le era fiel al férreo cerco que imponía el pasado a través de tradiciones milenarias, y el nuevo proyecto de identidad que debía abrirse paso entre las cenizas que dejó la guerra. Con una sensibilidad mayor que la de sus colegas de entonces, Oé intentó fusionar estos dos polos. La dolorosa responsabilidad asumida por el destino de su hijo Hiraki encuentra un paralelo conmovedor con el temor que Kenzaburo alimentó por la amenaza a toda vida humana, y que combatió sobre todo en la acelerada carrera nuclear a la que se lanzaron las principales potencias del planeta.

Como vivir el presente. Las teorías de Mijail Bajtin sobre la novela polifónica, sobre el grotesco, el modo en que la obra decide su momento de definir una línea estilística que, sin renunciar a los aportes de la tradición narrativa japonesa, resultó revolucionaria. El nacimiento y la muerte de su hijo junto a su primera visita a Hiroshima (1963), le propusieron el foco moral. En una entrevista de 1991 declaró: “Siendo joven y rebelde intenté escribir tan claro como me fuese posible, incluso llegué a evitar la utilización de elipsis y por ningún motivo omití las formas pronominales. El idioma japonés utiliza las elipsis de un modo muy efectivo. Mi intención era fracturar el lenguaje a través de una utilización de la sintaxis que no se puede insertar en la lengua japonesa. Me interesa particularmente el ritmo de la poesía, sobre todo de los poetas waka. También leo mucho la Biblia”. Y conociendo la obra de Oé, uno comprueba la certeza de esta afirmación: lee la Biblia, sí, pero a través de Dante y Blake, así como está familiarizado con otros poetas occidentales, entre los que ocupan un lugar especial Yeats, Eliot y Auden. Este interés de Oé por la poesía le hizo concebir un mundo confirmado a través de la duda antes que por la certidumbre de la realidad.

“La ambigüedad es importante para mí, ya que la realidad oculta innumerables significados, puede ser interpretada de múltiples formas. El tema determinante de mi obra se resume en una pregunta: ¿Cómo vivir nuestro presente? ¿Cómo viviremos en el siglo XXI? Mis novelas no son autobiográficas, pero se basan en determinadas experiencias que he vivido ", afirma Oé.

La primera visita de Kenzaburo Oé a Hiroshima lo confrontó tanto con el pasado (colonial) que albergaba desmesurados sueños de grandeza como con un presente abierto a un nuevo tiempo. Llegó al lugar como periodista para cubrir un encuentro antinuclear al celebrarse el decimoctavo aniversario de la caída de la bomba sobre la ciudad. En aquel momento, Oé sintió que entraba en contacto no solamente con el escenario trágico que partió en dos la historia de su país, sino también —al enfrentarse con las víctimas que casi dos décadas después seguían sufriendo las consecuencias del ataque— con el peligro inminente al que se estaba arriesgando el destino humano. El impacto fue profundo. Oé lo recogió en una serie de artículos que revelan un compromiso cargado de tensión y dolor, pero también de una considerable voluntad vital. Estos artículos aparecieron en forma de libro y superaron el medio millón de ejemplares vendidos. Existe también una versión inglesa: Hiroshima Notes (YMCA Press, Tokio, 1981).

La experiencia de su visita a Hiroshima y el contacto con las víctimas tuvo el efecto de una revelación para Kenzaburo Oé, y su manifestación más evidente se tradujo en un abierto compromiso con la causa antinuclear. Pero además, a partir de allí su obra adquirió un peso específico mucho mayor que hasta entonces. Oé creyó ver en el mayor crimen del hombre contra sí mismo una aparente paradoja: ese acto atroz también encerraba su mayor grandeza. La pujante voluntad de renacer, los fuertes códigos de solidaridad entre los supervivientes, la decidida toma de responsabilidades ante el futuro, el optimismo —pese a todo— respecto a la posibilidad de una vida mejor, permitían una cuota de confianza en el género humano.

Soledad y tradición. Será durante la década del ’60 cuando Kenzaburo Oé producirá sus mejores libros. En Un asunto personal (Kojinteki na taiken), 1964, la única obra traducida al castellano bajo el título Una cuestión personal),  Oé pone en primer plano su experiencia más perturbadora: la muerte de su hijo. Un profesor de literatura inglesa, extrañamente pelirrojo y al que todos conocen como Bird, supera una cura de desintoxicación alcohólica a los 26 años, momento en el que ha de contraer matrimonio. No resulta sencillo, ya que a menudo se ve asediado por sus viejos demonios, pero durante algunos años logra mantenerlos bajo control. No obstante, con el nacimiento del primer niño, las fuerzas oscuras vuelven al ataque: los médicos confirman que al pequeño le quedan pocas horas de vida, y en caso de salvarse padecerá una hernia cerebral crónica. La noticia sumerge a Bird en ríos de alcohol que lo llevan a pendular entre el pánico y el dolor. Pero también hay otro plano: la soledad de un individuo enfrentado a la tradición. El clima de la guerra fría, su amistad con un refugiado del Este —culpable de haberse enamorado de una japonesa—, el sueño que lo impulsa a un viaje infinito por África, los reproches de la familia de la esposa, el amor recobrado de Himiko —a quien violara en sus años estudiantiles—, y las obsesiones sexuales intensifican su tragedia. Oé relata el retomo de Bird desde los infiernos sin artificios, con expresiva austeridad, al tiempo que trasciende los aspectos testimoniales y documentales del asunto para hacer de su literatura un reflejo pormenorizado del dolor universal.

Con Tiempo de fútbol  (Man ’en gannen no fottoboru, 1967; existe una versión francesa titulada Le jeu du siecle), Oé logra el reconocimiento de la crítica de su país, que lo sitúa entre los mejores narradors de posguerra junto a Yukio Mishima. Esta obra revoluciona los aspectos formales de la novela japonesa gracias a una particular instrumentalización del tiempo, a la vez que se constituye en un agudo retrato del proceso de modernización del país a partir de la reforma Meiji en 1868. El marco de la historia está ligado al retomo de los hermanos Mitsu y Takashi a un pequeño pueblo en donde se hallan las raíces de su familia. Se intercalan entonces pasajes de la biografía de los hermanos con los elementos que marcaron el desarrollo de Japón a lo largo de un siglo. Las revueltas campesinas, las manifestaciones estudiantiles, el problema de la militarización y desmilitarización, la emigración, las relaciones con los Estados Unidos, se van sucediendo como las hojas de una leyenda que se imprime sobre la saga familiar. Oé identifica su voz narrativa con la de Mitsu, un antiguo profesor universitario, traductor y etnólogo aficionado. Una vez más, sobreviene el drama ron rasgos autobiográficos: el nacimiento de un hijo anormal apresura la debacle de su vida conyugal. Su mujer cae víctima del alcoholismo y se encierra en un silencio neurótico. Por si fuera poco, su mejor amigo se suicida con una puesta en escena grotesca que frecuenta sus sueños: aparece colgado, con un pepino en el ano y el rostro pintado de rojo.

Pero el auténtico héroe de la novela es Taka, quien va a revivir —luego de una desafortunada experiencia teatral en los Estados Unidos— el mismo rol que un tío abuelo desempeñó a finales del siglo pasado en el mismo villorrio. En un Japón ya moderno, con el director del supermercado haciéndose llamar “emperador”, resurgen las reglas del poder y contrapoder en las que se ha debatido el país. Como caricatura de las luchas sociales, un partido de fútbol (americano) y el saqueo al supermercado marcan los momentos fuertes del “eterno retorno de lo mismo”.

El gran acierto de Oé en esta novela radica en unir una visión naturalista a otros momentos oníricos de gran intensidad, signos autobiográficos y ficción, documentación histórica, etnológica y mundo interior. A través de una “reconstrucción de retratos familiares” (título de uno de los capítulos) logra fusionar lo anecdótico con lo alegórico. Esta nueva modalidad estilística, donde el hilo narrativo nunca es sacrificado al servicio de lo simbólico, es profundizada en sus dos novelas siguientes, Díganos como sobrevivir a nuestra locura (1969) y El día en que él se dignó secar mis lágrimas (1971). En esta última obra, el protagonista -que no tiene nombre- no resulta difícil de identificar con el polémico Mishima.

Kenzaburo Oé siguió escribiendo, escarbando, buscando una respuesta a su identidad, a la identidad de su país, la identidad del género humano. Tal vez no haya logrado encontrar una respuesta tranquilizadora. Quizás no la encuentre nunca. Pero la tenacidad y belleza con que planteó sus interrogantes, dolorosos interrogantes, bien vale un premio. Aunque jamás se olviden las cenizas.

La noche era oscura. Los años ’70 continúan en la misma línea pero con un mensaje político más explícito. En El diluvio se escuchó hasta en mi alma tiene un corte netamente ecologista. El personaje central vive con su hijo y “representa” a un grupo de árboles y ballenas hasta que se integra a un “grupo de navegación libre”, anticipándose a las naves de Greenpeace, como una nueva Arca de Noé en la era nuclear. Curiosamente, otro de los grandes narradores japoneses, Kobo Abe, se inspiró en esta novela para escribir El arca de Sakura.  Pero la obra más ambiciosa que concibió en este período fue El juego contemporáneo (1979), una suerte de nueva versión de Tiempo de fútbol aunque en términos más intelectuales, más fríos. La novela se presenta bajo la forma de un largo monólogo en seis cartas que Tsuyumi —alter ego de Oé— le dirige a su hermana gemela, a quien ama incestuosamente.

Ya en los ’80, Kenzaburo Oé se permite una suerte de homenaje y recoge la totalidad de artículos y cuentos que ha escrito desde su juventud. Se convierte en el portavoz de una izquierda “no clásica” en donde se repiten los temas que siempre le han obsesionado: Hiroshima, la lingüística, las culturas minoritarias. Respecto a la ficción, se destacan dos libros de relatos: Las mujeres que escuchan al árbol bajo la lluvia (1982) y Despiértense, jóvenes de la nueva era (1984). El primero recoge algunos textos que recuerdan la obra de Malcolm Lowry y giran en tomo a la figura de un árbol mítico cuyas hojas conservan el agua de la lluvia y tienen el poder de seguir produciéndola. El segundo es sumamente interesante: ya desde el título hay un homenaje implícito a William Blake, dado que está extractado de uno de sus versos.

Son siete relatos escritos en primera persona, de un tono muy intimista y altamente autobiográfico, casi podría decirse que es una suerte de “diario” del escritor. Todos los textos giran sobre el destino de su hijo perdido y una reflexión sobre la obra de Blake. El esquema se repite: la lectura del poeta inglés es minuciosamente descripta a través de comentarios, citas y en algún mo­mento, se recupera un verso (“La noche era oscura, y el padre no estaba allí"), que llevan a Oé a un diálogo con el recuerdo de su hijo.

Sólo un libro

HASTA EL momento, la única obra de Kenzaburo Oé que se conoce en castellano (Un asunto personal) tuvo su bautismo de fuego en Buenos Aires, por Editorial Losada (1971). En verdad, su descubrimiento —así como los de otros grandes autores de la literatura universal que se destacarían a posteriori— se debe a los buenos oficios del crítico Jorge Lafforgue, quien durante aquellos años se desempeñaba como asesor editorial de Losada.

Su natural modestia lleva a Lafforgue a relativizar la magnitud de su “hallazgo”, pero lo cierto es que muchos lectores le deben gran parte del placer de afrontar la aventura de culturas lejanas a su implacable ojo critico. El recuerda su encuentro con la obra de Oé de esta forma: "Siempre me motivó alcanzar una suerte de sapiencia universal, que por supuesto jamás logré ni lograré. A finales de los años '60 trabajé en el Centro Editor y allí me involucré un poco de modo irresponsable con la literatura china, Strindberg, Ibsen, teatro alemán, etc. En el ’69 entro a Losada sucediendo a Edgardo Cozarinsky. Él había hecho una lista con autores desconocidos, entre los que se encontraba Pasos, de Jerzy Kozinski, que se publicó antes que Desde el jardín. En ese paquete había algunos tipos extraños, entre ellos un japonés que me pareció interesante y lo mandé a pedir. Era Kenzaburo Oé. Lo leí en una versión inglesa y me pareció un gran texto, así que decidí su publicación. No obstante, debo reconocer que los tres o cuatro autores extranjeros que nos animamos a editar fueron un rotundo fracaso comercial, aunque dos décadas después terminaran ganando el Nobel".

La moderna literatura japonesa por Kenzaburo Oé


LA LITERATURA contemporánea japonesa comenzó en 1868 con la reforma Meiji, que tuvo como consecuencia la modernización del país a varios niveles. A partir de allí Japón despegó de su tradicional sistema feudal para convertirse en un moderno estado nacional concentrado en tomo a la autoridad absoluta del emperador. La reforma implicó algo más que cambios en la política interna, ya que —entre otras cosas— ayudó a ubicar al país en un contexto internacional. Los intelectuales de aquella época vieron la necesidad de encontrar una narrativa que fuese capaz de dar voz a los japoneses de esta nueva era. El intento por atrapar esta voz es lo que podemos llamar la literatura moderna japonesa.

UN NUEVO ESTADO NACIONAL Quienes asumieron esta empresa eran intelectuales dotados de una particular sensibilidad por la lengua, en parte ayudados por su formación en literatura clásica china. A ella le añadieron los principales aportes de las literaturas occidentales, en particular de la francesa, inglesa y alemana, sin olvidar la importancia de muchos escritores rusos. Tradujeron muchas obras europeas, lo cual les permitió liberarse de las antiguas tradiciones narrativas japonesas. Utilizaron estas traducciones como eslabones para crear la narrativa de los tiempos nuevos. Entre ellos, sobresalieron intelectuales como Shimel Futabatei, que dominaba la literatura rusa, Ogai Morí, que estudió francés y alemán, y Soseki Natsume, experto en literatura inglesa. Es importante observar que en Japón existe una línea narrativa legada desde tiempos inmemoriales y que se vinculó al trabajo de estos maestros Meiji a través de nuestros autores actuales.

Con el paso del tiempo, el moderno estado nacional japonés conoció tres períodos que pueden sintetizarse como Meiji (1868-1912), TaJsho (1912-1926) y Showa (1926-1989). La división de estos períodos coincide con la finalización de cada etapa imperial, lo que tiene un fuerte contenido simbólico. La muerte del emperador Showa, en 1989, fue sentida porel pueblo japonés como la culminación de toda una época. El fin de la era Showa fue especialmente significativo, ya que ha sido la más extensa en el tiempo desde los comienzos del Estado moderno en el siglo XIX y porque además estuvo marcada por las más complejas circunstancias.

El período Showa fue testigo del ascenso del fascismo, la invasión de China (y en consecuencia, la guerra del Pacífico), la derrota que implicó la destrucción total —con la bomba atómica como epicentro—, y la reconstrucción del país hasta llegar al bienestar económico. Hubo quienes compararon el fin de la era Showa con el del posmodemismo.

El período Showa muestra un claro paralelo entre la formación de.un nuevo estado nacional y la moderna literatura japonesa. En este contexto, me parece interesante destacar un hecho que ilustra simbólicamente esto que acabo de advertir: la muerte del escritor Shohei Ooka se produce poco antes de la muerte del emperador Showa. Resulta por demás sugestivo que el último libro que Ooka escribiera poco antes de su muerte haya sido justamente un conjunto de ensayos sobre la obra del autor Meiji Soseki Natsume.

Ooka, quien encamó la literatura japonesa moderna, demostró como Soseki hasta el fin de sus días, y a pesar de una muy mala salud “penduló con intensa velocidad entre Occidente y Japón". La vida de Soseki resulta conmovedora, comprometida con los más extraños fenómenos literarios. A pesar de que Soseki fue un autor Meiji, demoró hasta 1926 (el primer año del período Showa) para dar a conocer algunas líneas de su trabajo en baratas ediciones populares y conseguir así una amplia difusión. A partir de ese momento y hasta el fin de la era Showa, Soseki fue uno de los autores más leídos por el pueblo japonés. Si volvemos nuestra mirada hacia el proceso de modernización del país y formulamos la pregunta sobre la identidad de su escritor más emblemático, la respuesta surgirá de inmediato: Soseki Natsume.

Al igual que muchas de sus novelas posteriores, Sorekara, escrita en 1910, es un retrato de la vida del Tokio burgués. La voz narrativa corre por cuenta del protagonista, un intelectual que como Soseki es un agudo crítico social y cultural, lo que en Japón se denomina un nihonjiron, es decir, un comentarista de la identidad japonesa. A través del contacto con Occidente como producto del proceso de modernización y luego del triunfo en la guerra ruso-japonesa, el pueblo — instado por el mundo exterior—, se sintió absorbido por necesidades materiales al tiempo que disminuyeron las barreras morales. El hecho de que siguiera escribiendo ensayos sobre la obra de su predecesor ochenta años después de producida, tiene que ver con la vigencia de la critica social de Soseki. El retroceso de las exigencias morales unido a los deseos materiales “fomentados” desde el exterior (es sabido que los jóvenes japoneses son los principales consumidores de productos occidentales), constituyen toda una prueba de la continuidad del proceso. Por otra parte, a pesar del ascendente rol de Japón en el escenario económico internacional, la crisis habitacional es aún peor que en los días de Soseki, en particular en las grandes zonas urbanas, como Tokio.

Creo poder afirmar que en los 120 años de desarrollo que lleva la literatura moderna japonesa, desde la reforma Meiji hasta nuestros días, desde Soseki hasta Shohei Ooka, la influencia de Occidente no cambió el carácter de la tradición intelectual. Fue sin embargo durante el período que siguió a la derrota del Pacífico, vinculado a la generación surgida en la posguerra, cuando se hizo más clara la naturaleza narrativa de la modernidad. Por medio de Shohei Ooka y hasta el final de sus días, el espíritu de la literatura de posguerra tuvo una presencia concreta como fuerza activa.

Hacia el fin de la guerra, Tokio y muchas otras ciudades quedaron reducidas a cenizas, un destino que inscribió todo su patetismo en Hiroshima y Nagasaki. Pero el hecho de que por primera vez la libertad exterior estuviese garantizada, hizo que la energía literaria que antes aparecía como latente ahora se hiciera manifiesta. Los conductores de la escena literaria de la posguerra asumieron una posición de fuerte autocrítica ante la catástrofe que trajo aparejada la agresión japonesa en Asia. Es preciso subrayar que en los años comprendidos entre la derrota de 1945 y el crecimiento económico que se da a partir de la década del ’60, las necesidades materiales fueron más difíciles de satisfacer en tanto que las exigencias morales alcanzaron su máxima expresión en la literatura.

UN PUBLICO LECTOR. Muchos de los escritores de posguerra se opusieron a las progresivas medidas políticas que se fueron implementando, lo cual derivó al fuerte movimiento de oposición contra los acuerdos de seguridad entre Estados Unidos y Japón, que terminó por hacer eclosión en varias manifestaciones considerables a mediados de los ’60. Hubo algunas excepciones por cierto. Yukio Mishima —quien perteneció a la misma generación— en reacción contra esta dominante inclinación de los escritores de pos­guerra y de acuerdo a su peculiar personalidad, agitó las antorchas de un exacerbado nacionalismo. Mishima eligió perfilarse en una dirección ideológica proporcionalmente opuesta a la de sus compañeros generacionales, pero todos estaban igualados por la nostalgia de unos valores morales que sentían por encima de las necesidades materiales, lo cual constituyó un rasgo característico de la narrativa de este período, una línea que se conectaba directamente con la tradición sobre la que había trabajado Soseki.

Esta narrativa atrajo, tal cual podía esperarse, a un círculo de lectores de sólida formación intelectual. La literatura japonesa de posguerra sedujo a muchos con su probada libertad de expresión. Las revistas literarias se hicieron eco a menudo de debates entre escritores y politólogos, economistas y científicos que giraban en tomo a temas comunes. Debemos considerar por un momento la situación de la industria editorial que acompañó este proceso. Luego de la posguerra aparecieron cinco revistas literarias de periodicidad mensual. En ellas se intensificó la publicación de cuentos, una forma expresiva de singular importancia dada la naturaleza literaria de Japón, pero también resultó común la publicación de novelas por entregas: en cada número se daba a conocer un capítulo. No obstante, en la actualidad estas publicaciones tienen dificultades para sobrevivir económicamente. Las editoriales buscan cubrir sus pérdidas de dos maneras: a través de la edición de las novelas que fueron publicando en forma de folletín o bien abriendo el juego hacia otros géneros más populares, como por ejemplo los comic-books, conocidos como manga.

Junto al declive crónico de los lectores “serios”, otra tendencia se ha hecho evidente en los últimos tiempos. Este extraño fenómeno, ligado en gran parte a lo económico, ha permitido que escritores jóvenes como Haruki Murakami o Banana Yashimoto tuvieran ediciones de cinco millones de ejemplares.

El boom económico de Japón produjo un paralelo en el mercado literario. En contraste con la literatura de posguerra, basada en una forma literaria que se apoyaba en la experiencia histórica de escritores y lectores, Murakami y Yashi moto retratan la vida de una nueva generación —la que hoy ronda los veinte y treinta años—, desinteresada por la política y que se contenta con vivir la subculture que le propone el presente.

¿Estos nuevos lectores entre quienes se han introducido Yashimoto o Murakami apoyarán la narrativa japonesa en el futuro o desaparecerán junto a sus autores favoritos sin dejar huellas en su propia subcultura? Ese es el enigma a resolver

Extractado de la revista sueca 90-TAL (LOS NOVENTA, 1991).

Japanese Nobel Laureate Kenzaburo Oe on 70th Anniv. of US Atomic Bombings of Hiroshima and Nagasaki

 

Christian Kupchik
El País Cultural Nº 265 - Suplemento del diario "El País", de Montevideo, Uruguay.
14 de octubre de 1994

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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