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Vallejo y Pessoa: lo poético y lo político
En 1888 nació él portugués. El peruano, en el 92. En 1935 murió el portugués. El peruano, en el 38. Hombres, por lo tanto, de una misma generación. Habitantes, los dos, de esta Tierra por muy pocos años que fueron, además y como queda visto, prácticamente los mismos. Llamativa coincidencia si se atiende al hecho de que Vallejo y Pessoa no se conocieron. Es más: ni siquiera se sospecharon.
La segunda mitad de nuestro siglo consagró a los dos. Ese protagonismo indiscutido tiene su elocuente fundamento. Ambos consumaron una hazaña poética al librar a la idea del Yo de los contenidos con que un rígido pensamiento racionalista la venía ahogando desde el siglo XVII.
Más que en el plano de las violentas transgresiones sintácticas y léxicas, esta tarea expurgadora la cumplió Pessoa a través de la creación de sus conocidas figuras heterónimas. Con ellas contribuyó a reconciliar, en la poesía, dos nociones tradicionalmente enemistadas: la de verdad y la de contradicción. Así logró superar tanto el clásico formalismo lógico oriundo de la tradición aristotélica como la drástica polarización entre sentimiento y razón que, con ahínco, cultivó el romanticismo temprano.
Vallejo, en cambio, optó por un léxico rabiosamente personal, vertebrándolo con inigualada sabiduría. De él se valió para transmitirnos la intensidad de su exasperación y de su ternura. El alto voltaje conflictivo de sus emociones se convierte, mediante la puesta en tela de juicio de la sintaxis lírica tradicional, en reflejo de una emoción nueva: la del hombre al que su tiempo condena a desconocerse.
Se trata, pues, de dos sendas distintas. Sin embargo tanto Pessoa como Vallejo las recorren aspirando al logro de un mismo fin: restituir al Yo una densidad perdida en el transcurso de la Edad Moderna y de la que el Medioevo, como hoy sabemos, tuvo una comprensión menos ingenua. Y digo menos ingenua porque supo reconocer, ante todo, la esencial imponderabilidad de la identidad personal, lo que en ella hay de irreductible al corsét de las definiciones.
Si es cierto que Pessoa juega, habrá que decir que juega a lo que cree. Y él cree, con Wilde, que «es conveniente ser un poco improbable». De tal modo fuerza a reconocer la sinonimia entre lo real y lo imponderable.
Pero si las modalidades poéticas difieren en el procedimiento estilístico para coincidir en el fin buscado, no se podrá decir lo mismo de las sendas político-ideológicas recorridas por Vallejo y Pessoa: ellas coincidirán en el empleo del procedimiento lógico que las sustenta y diferirán, en cambio, en el fin social al que aspiran.
Pessoa simpatizó e incluso exaltó el corporativismo salazarista. ( elebró sin retaceos la dictadura militar. Vio en las tesis represoras y autoritarias vigentes en su país desde 1927, un modelo de organización colectiva apropiado para una sociedad que, según él, había perdido su norte histórico: el imperial. Es decir que, en el plano político, Pessoa se identificó con un modelo de extrema derecha, altamente centralizado en la figura de un líder carismático y apegado al dogma en todos los órdenes de su acción administrativa.
Disuelto el proyecto republicano portugués que siguió a la caída de la monarquía, barridas las libertades públicas, homologadas al delito las iniciativas democráticas, la pequeña nación peninsular se hundió en la letanía del silencio obediente. Y Pessoa la acató. ¡Curiosa, dramática opción política para un hombre que remarcaba, en su tarea vocacional, la insondable verdad del polifacetismo y la inagotable validez de los matices! El vértice opuesto, precisamente, al de la cosmovisión que implica la creación de la heteronomía.
Pienso, desde hace mucho, que la heteronomia pessoana puede interpretarse como una bellísima dramatización en torno al desmembramiento y decadencia del viejo imperio lusitano. Desarticuladas en segmentos territoriales a los que el idioma del amo dio su primera y última unidad, las posesiones portuguesas de ultramar, en los albores de nuestra centuria, sólo eran una sombra de lo que hasta allí habían sido. Y, ante todo, era una sombra, un palidísimo reflejo de su plenitud pasada, la metrópoli de ese imperio agonizante — Lisboa.
Aún así, a principios del siglo XX, Lisboa se aferra a la idea de
preservar, bajo su
herrumbrada corona, todas esas posesiones. En especial, las garras del
extenuado colonialismo luso se hunden en el África. Y hundidas siguieron allí hasta la
«Revolución de los claveles». Pero Portugal, más allá de su presencia en
suelo africano, chino e indio, ha muerto como imperio. Ensimismado, teniendo como interlocutor
dilecto al fascismo de España, Portugal es, a todas luces, más apariencia que realidad
— fragmentos, dispersión, retórica unidad. En cada una de esas partes atomizadas
puede presentirse la evanescente presencia del todo perdido. Sólo presentírsela,
como a una estela
esfumada, porque allí no está ni cabe ya. Totalidad sin centro, diáspora
incesante, el
desestructurado imperio portugués del siglo XX pareciera encontrar en la
heteronomia
pessoana su metáfora perfecta. Si Luiz Vaz de Camóes fue el mágico
cantor del poderío
imperial, Pessoa lo fue de su ruina y su derrumbe. Cada heterónimo es,
al unísono,
todo Pessoa y, sin embargo, no es más que una parte de él; toda la
cultura de Portugal
y sólo una parcela de ella.
Ese desencanto personal, esta solitaria desesperación, intentarán ser revertidas, en Vallejo, mediante otros contenidos pero con idéntico procedimiento. Pareciera responder, el escritor peruano, al mismo afán de trascender, de disolver en lo político, la desesperanza sembrada y recogida en el campo poético. Vallejo creerá, como se dijo, en la redención del hombre por medio de la revolución comunista.
Este último aspecto nos remite a la esperanza de Vallejo, tan agudamente analizada por el escritor mejicano Marco Antonio Campos en sus «Dos notas» sobre nuestro poeta[1]: «Por el 1928, Vallejo encontró la puerta que le dio de algún modo la salvación, y le ayudó a huir de los terrenos de la fatalidad: el marxismo. Allí tomó, en base al sufrimiento propio, el material para comprender el ajeno». Y luego: «César Vallejo, quién no lo sabe, se regodeaba en su pesimismo». Sin embargo, en su último libro, Poemas humanos, opuso algunas veces a este fatalismo un amor sincero a la vida, y en varios poemas y versos se puede advertir un franco o mediano optimismo, o al menos, un llamado al quehacer y a la lucha. Invito al lector a examinar los poemas completos de «Hoy me gusta la vida mucho menos...», «Me viene hay días una gana ubérrima, política...», «Los desgraciados», «La vida, esta vida me placía...» y, sobre todo, ese gran canto a la esperanza que es la sección (o libro) de España aparta de mí este cáliz».
Por su parte, el crítico británico James Higgins nos ofrece sobre el comunismo de Vallejo páginas sumamente elocuentes. En especial, en lo atinente a la sinonimia «familia-felicidad» entendida como instancia del pasado personal del poeta. Esa correspondencia, según Higgins, se convierte, durante la sufrida adultez de Vallejo, en la sinonimia «felicidad-comunidad del futuro»; una felicidad que aparece como disolución final de todas las tensiones y desgarramientos. Escribe Higgins[2]: «La nueva sociedad universal fundada en el amor con que sueña Vallejo es también en parte una proyección de su ideal privado del hogar y la familia. La época más feliz de la vida de Vallejo fue su infancia, que pasó en medio del amor y protección del hogar, cuyo eje era su madre. La muerte de su madre y la disolución del hogar fue quizá la tragedia más grande de su vida, y de aquí en adelante tendió a ver la existencia como una orfandad. Uno de los temas principales de Trilce es la nostalgia del mundo integrado por la familia. Hasta el fin de su vida el hogar había de ser un ideal que constantemente anheló recuperar».
No es la persona, en tanto sujeto singular, la que puede resarcirse, redimiéndose de la enajenación. Es el ciudadano militante, el insolvente Yo propio restañado de su impureza en el Nosotros participante de la acción política comunista. Se produce, pues, en Vallejo lo que podría caracterizarse también como un salto desde el espacio de la conciencia trágica al espacio de la conciencia redencional. Mediante él, la visión vallejiana del hombre termina por encontrar el cauce de una esperanza que se despliega a expensas de la comprensión alcanzada en su poesía sobre el tema de la verdad y del sentimiento humano.
¿Cómo no ver un trasfondo de desesperación en el extremismo político-ideológico de Pessoa y Vallejo? Es ese quemante sedimento el que nos habla de la incomparable autenticidad de sus respectivas obras poéticas y de la necesidad más íntima que alientan sus inflexibles concepciones histórico-sociales. Hay, de hecho, en ambos un ardiente deseo de reencuentro con la esperanza, de poder abrirse un resquicio de luz personal hacia ella; de superar el encierro en el doloroso sentido de la existencia humana y el agobio padecido a manos de la imponderabilidad última de todo lo real. En suma: Vallejo y Pessoa quieren recuperar el sentimiento de pertenencia comunitaria y compromiso social capaz de arrancarlos a la asfixiante soledad personal a la que ambos se sienten igualmente condenados.
En el caso de Vallejo, el propósito fue, como lo subraya el crítico francés André Coyné[4], el de ir «Más allá de las vicisitudes de la lucha, en las que sólo piensan quienes todo lo ven en términos de poder y de desquite, (para) realizar el sueño de una humanización, amén de planetaria, cósmica».
Pelear por todos, y pelear
Tras brindarnos estos elocuentes versos de Vallejo, Coyné prosigue diciéndonos: «Vallejo, negando el tiempo y sus desastres, en un supremo conjuro universal, coloca su poesía en un plano profético, el único que justifica el mito milenarista de una esperanza que la historia persigue sin poder fundar nunca».
Es al respecto también significativa la muy conmovedora reflexión de Pessoa que paso a transcribir:
Cada vez más pienso así. Cada vez más pongo en la esencia anímica de mi sangre el propósito impersonal de engrandecer la patria y contribuir a la evolución de la humanidad. Esta es la forma que en mí tomó el misticismo de nuestra Raza.
Sin embargo, esta necesidad de conversión de la acción personal en fruto
colectivo
aparece con más frecuencia en la poesía de Vallejo (especialmente en la
de los años finales) que en la de Pessoa. Pero ni Pessoa ni Vallejo
supeditaron jamás la calidad estética de sus textos a los requerimientos de sus convicciones ideológicas
o de sus conjeturas políticas. Lo que sí resulta evidente, en uno tanto como en otro, (y
lo reitero por
lo importante que me parece) es que la índole esquemática de sus
opciones políticas
(también naive, si se las compara con el espesor conceptual de sus obras
literarias), acusa
la necesidad de atenuar de alguna manera, la irreductible complejidad de
lo real en
la que se asienta el núcleo de sus respectivas concepciones estéticas.
El dogmatismo,
la fe obstinada y doctrinaria en la que ambos, Pessoa y Valle jo,
parecieron haberse amparado, al menos en un determinado momento de sus vidas, constituyó un
paliativo,
una pausa y, a la vez, una evasión de ese mundo poético donde la verdad,
reconocida
por ellos como un agobiante misterio, induce a concebir al hombre como
un ser esencialmente trágico e inhabilitado para levantar en el dogma su morada. Notas
[1] Marco Antonio Campos, Señales en el camino, págs. 86 y 87, Premia Editora, México, 1983.
[2] James Higgins, Visión del hombre y de la vida en las últimas obras poéticas de César Vallejo, pág. 307, Siglo Veintiuno Editores, México, 1970.
[3] ídem, pág. 314.
[4] André Coyné, «Vallejo y el surrealismo*, en el tomo colectivo El humanismo de César Vallejo, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, págs. 192/193, Argentina, 1971. |
por Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 14 de diciembre de 1942) es un ensayista, poeta, traductor de literatura de lengua portuguesa y autor de relatos para niños argentino. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre el pensamiento de Martín Buber titulada El oyente de Dios. Algunas de sus obras fueron traducidas al hebreo, portugués, alemán, italiano y francés y otras se han difundido por España.
Publicado, originalmente, en: Cuadernos Hispanoamericanos, Núm. 45, septiembre 1953
Cuadernos Hispanoamericanos es una revista de crítica literaria y pensamiento fundada en 1948, editada por la
Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID)
Link del texto: https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmcpv878
Ver, además:
César Vallejo en Letras Uruguay
Fernando Pessoa en Letras Uruguay
Santiago Kovadloff en Letras Uruguay
Editor de Letras Uruguay: Carlos Echinope Arce
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