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"¡Feliz Cumpleaños, María!"
por Oscar Kessel

Comentado por Alberto Marrero

 

Felo, el cantinero, impecablemente vestido de negro y blanco, levantó de un golpe la puerta plegable. Silbaba alegremente porque había dormido bien, y porque sentía a sus espaldas la mañana imponiendo un hermoso día de luz blanco amarilla. Tenía también otras razones para estar alegre, y una de ellas era que difícilmente vinieran tan temprano a molestarle. Se equivocaba. Lo supo cuando sintió sobre sus omóplatos un par de largas y cálidas manos. Se volvió sin dejar de silbar y vio a María, que muy temblorosa, intentaba el primer trago del día.
Felo sonrió sin verdadero fastidio, miró a la mujer de abajo a arriba y dijo sin pensar:

-¡Buenos días, María! ¡De veras que estás muy linda hoy!

En efecto, la alcohólica había vestido para la ocasión una muy rara indumentaria. Se miró a sí misma mientras pasaba las manos temblorosas por su falda negra pespunteada con hilo dorado y plagada de antiquísimas manchas amarillas. Luego retocó los vuelos de su blusa de un azul celeste, inocente y festivo. De veras que era como en un sueño, y se sentía invadida por una presunción como la que hacía años que ni intentaba, como en los días en que la elegancia tenía sentido para ella. Era verdad que estaba alegre aunque no hubiera probado un trago, pero no tenía intención de revelar a nadie el motivo de su alegría matutina. Muy raro en los alcohólicos cuando son acosados por los efectos de la abstinencia. Era una fiesta muy personal la suya; creía.

Cuando María terminó de inspeccionar su atuendo ya Felo estaba tras el mostrador. Silbaba aún la misma melodía y disponía un día más de paliativo. Su buen humor se dejaba traslucir del mismo modo que los niños muestran sus nuevos juguetes; pero Felo no era un niño, sino un hombre transcurrido, duro a menudo, como todo francotirador jubilado, y su buen humor era algo a tener en cuenta. La alcohólica y el cantinero estaban embebidos de la luz blanco-amarilla y se sentían plenos contra la suave brisa  de la mañana que también estaba allí, rondando este bar pequeñito, tan cerca del mar.

María fue a ocupar su lugar en la esquina izquierda del local. Casi al instante llegó un grupito de mecánicos. Los hombres reían y hacían los chistes de rigor mientras Felo les atendía. Era su primer trago del día, el acostumbrado antes de ir a sus quehaceres. Uno de ellos, muy pequeño y discutidor, les llamó la atención sobre María. Sin embargo, un momento después, Felo le llevó a la mesa un vaso lleno de aguardiente. María lo agradeció con una sonrisa de su muy desdentada boca, mas sospechó que aquel hombre podía estar en su secreto. ¿Qué le importaba? Muchos la conocían de una época olvidada hasta por ella misma. Olvidó al hombre y se instaló ante aquel, su primer trago medicinal, y dejó que su mente vagara tras mejores recuerdos.

Entre las nueve y las once llegaron algunos ocasionales que no se fijaron en ella; también algunos habituales y con ellos, la posibilidad de un segundo trago, el necesario y suficiente para colocarla en el umbral de una felicidad suave y azul que siempre precedía a la total embriaguez. Luego seguiría -lo sabía con dolorosa precisión- un estado que fluctuaba entre aquella, la primera felicidad, y el comienzo del malestar y la angustia contra los cuales se había hecho ya de muchos recursos, aunque ninguno pudiera remediar nada. Lo sabía.

Uno de los ocasionales apuró su único trago luego de derramar algunas gotas en el piso, ofrenda por sus muertos o por sus seres perdidos, y al recoger su portafolio reparó en María. Sonrió reflexivamente y le hizo a Felo un comentario del que surgió el ansiado segundo trago que ella había estado esperando. Antes de marcharse definitivamente, el hombre interrumpió por un momento su dignidad de sobrio funcionario para dedicar un gesto amable a la alcohólica. Evidentemente, el encuentro con la mujer había ejercido sobre el hombre la influencia de un buen arcano encontrado en el suelo al comienzo del día...

María sorbió con placer su nuevo y bienvenido trago,  aún no había devuelto el vaso a la mesa cuando fue electrizada por el recuerdo, el motivo de tan extraña elegancia... ¿Cómo podía olvidarlo?... ¡Hoy era su día! Su propio regocijo la sorprendió, pero... ¿Cuántos cumplía? ¿Cuarenta y siete, cuarenta y dos?... No lo sabía. En otro tiempo, como muchas mujeres, había jugado a quitarse los años y quedó confundida, aunque paradójicamente recordaba el día. ¿Qué importaba?. Entonces se levantó y gritó a todo pulmón: “¡Escuchen todos!... ¡Un día como hoy nació María! ¡María! ¡María! ”.

-¡Santo Dios!...-exclamó Felo riendo. De algunas de las mesas surgieron comentarios y chistes alusivos. Un poco después, Felo llevó otro vaso de aguardiente a la mesa de María, que se había quedado esperando una respuesta. Todos sabían que María no habría necesitado una artimaña como esa para conseguir un trago. Una vez frente al vaso, se fue fundiendo paulatinamente con su mesa hasta alcanzar el rango de un objeto en el que nadie reparaba ya; pero el pecho de María había sido roto por una emoción incontrolada. La vieja María ya no sabía estar alegre. Una sustancia límpida empañaba sus ojos de color miel oscura, y el llanto que fuera primero de alegría, iba pasando sin transición a la angustia y al dolor. Ella, María de tanto mundo, María que fuera hermosa y alegre, María la que había rondado por todas las arenas de este mundo sin advertir que un día había caído en un charco de alcohol que ella misma fuera  enriqueciendo día tras día. Ella era María, la que no tenía razones...

Por un momento el dolor punzó su pecho y le hizo aferrarse a la tabla, desesperada... “¡No recuerdes, María!  ¡No recuerdes, niñita!  Hacía mucho que no podía controlar sus emociones, pero no era cierto que estuviera embrutecida, simplemente le hacía daño recordar, le dolía representarse lo que había sido de su vida y su suerte. Le dolía. Y pensó en su madre: “¡Ah, si llegara mamá para ayudarme!...” Tenía que borrar para siempre aquella angustia y aquellos recuerdos y dolores, y el de hoy era el mejor de los días. ¿Su madre?... Sí, eso oía: la voz de su madre. Abrió los ojos desmesuradamente y se paró porque estaba asustada de sus propios fantasmas. La alucinación seguía allí, la voz de su madre estaba allí, llamándole con nitidez, pero suave, insistentemente... Era la voz dulce y lejana de su madre, como en los días en los que la llamaba por haberse alejado demasiado de su regazo. Ella la escuchaba escondida entre los arbustos del patio: “¿María?, ¿María?... ¿Adónde estás hijita?.” La alcohólica se toponeó los oídos con las manos; no obstante, la voz seguía allí, filtrándose entre sus dedos, llegando desde afuera y desde adentro proponiéndole una paz que reencontraba lejana y olvidada, la protección y la ternura deshechas: “¿María? ¿María?...”. Su angustia y su viejo dolor se remitieron momentáneamente.

Felo la vio partir erguida y humanizada como una muchacha que de pronto recuerda una cita. No supo cuando estuvo en la callejuela que conduce al mar, ni sentía el sol implacable que sembraba sus pasos. Sólo sintió la brisa flagelándola como castigo por haberse alejado demasiado del regazo de su madre. Llevaba consigo una emoción dulcísima, como si le llegara por fin la hora del reencuentro.

Era lo que María había estado esperando mucho: el reencuentro consigo misma, con su madre, con el torrente de los días esparcidos por los bares de la ciudad... Alguien, algo, la ayudó a sortear los autos que pasaban veloces por la avenida adyacente al mar. No le fue difícil trepar al muro: el viento la halaba. Una vez sobre el muro, no miró al horizonte, a la línea verde azul que cortaba las nubes. Sus ojos estaban fijos en las olas que se estrellaban contra las rocas, y en las olas, en su persistir, la voz suave y dulce de su madre: “¿María?  ¿María, a dónde estás hijita?”.
Ella escuchaba la voz cada vez más próxima, cada vez más real, superando lo real, clamándola, mientras las olas golpeaban suavemente el dienteperro y formaban surtidores de espuma. El agua tornándose espuma, la espuma jugando a volverse agua, ora azulada, ora blanquísima. Eso veía María, y la voz de su madre acunándola en las olas. Y María quiso ser agua, ser espuma ella misma...

Los curiosos formaban un coro que interrumpía el tráfico. La algarabía de cláxones, sirenas y gritos era infernal. No permitían que se acercaran demasiado al muro. Alguien había telefoneado a los bomberos, y estos, a la policía. A nadie se le ocurrió llamar a la ambulancia. Algunos de los bomberos estaban parados sobre el muro, mientras otros formaban el cordón, y dos de ellos estaban aún en el agua con equipos de buceo. “¡Un ahogado!”. Había dicho quien telefoneó.

-¿Y cómo se las habrá arreglado para trepar al muro?-se preguntaba un joven bombero.

-¡Sí señor!, del diablo son las cosas! – comentaba un viejo curioso, evidentemente aterrado por la cercana posibilidad de la muerte.

-Dicen... que era una alcohólica - afirmaba un tercero.

-¡Los borrachos son así! - le decía el joven bombero al viejo que estaba cerca de él. - Una vez tuvimos que bajar a uno de una luminaria.

Cuando subieron el cuerpo de María era una masa sangrante. Había manchado las elegantes ropas de su aniversario con sangre y agua de mar. De ella emanaba un olor mezcla de sangre y salitre, fatídicamente dulce. La subieron con sumo cuidado, como si estuvieran convencidos de que no sólo estaba muerta, sino también rota. No podía verse ni una porción de su rostro tras la cortina de su pelo estropajoso. Las manos, sin embargo, estaban intactas.

Mientras, allá en el horizonte que María no quiso ver, una cortina de lluvia había empezado a ocultar los barcos.

El infeliz cumpleaños de María

 

Comentario y aporte de Alberto Marrero - marrero@cubarte.cult.cu

María es una alcohólica que frecuenta un bar desde horas tempranas de la mañana. La rutina de un bar a esa hora es la misma de todos lo bares del mundo, con bebedores habituales y ocasionales, adictos que necesitan un impulso para iniciar una nueva jornada. Una que puede ser igual a la anterior o la siguiente, o una muy especial, como es el caso de María, una mujer desgastada por los excesos, atormentada por recuerdos, pero que hoy luce inexplicablemente su mejor vestido cubierto de viejas manchas amarillas.

Nadie sabe por qué María, la borracha y desdentada María viste de esa manera, ni aun el cantinero que quizá la ha visto podrirse durante años sobre la barra, a la caza de clientes que le paguen los sucesivos tragos que la conduzcan como siempre a la embriaguez (un estado que comienza por una felicidad suave y azul). Al principio María no revela el secreto de su vestimenta ni de su alegría. No lo dice porque ni ella misma lo recuerda. Solo tiene la vaga sensación de que es un día distinto y que por alguna razón debe sentirse feliz. Por eso se ha vestido así. Por eso parece fugazmente jubilosa hasta que brotan los recuerdos como lava del fondo de la tierra y todo en su interior se ofusca, se torna en angustia y al final en la más absoluta desesperación. Entonces grita que es su cumpleaños, y los escasos bebedores la felicitan, y ella vuelve a beber otro trago.

El relato no explica la naturaleza del conflicto de María. La historia conmueve no solo por la pericia narrativa y la claridad del lenguaje, sino por lo que oculta, por todo lo que uno supone debe de haber ocurrido en la vida de un mujer que bebe hasta el aturdimiento, que quizás alguna vez fue bella y optimista y ahora es un ser roído por la culpa, la desesperanza y quién sabe qué otras desgracias. El desenlace es de un dramatismo perturbador, descrito con trazos poéticos. María, la borracha María, la desdentada María, toma una decisión drástica que, como de costumbre, no revelaré al lector.

El autor de este excelente relato que hoy les presento es Oscar Kessel (La Habana, 1950), un destacado poeta y narrador cuya obra abarca títulos significativos entre los que menciono De los ríos posibles, A la manera de Tiresias y La isla y la ballena. Algunos de sus libros han sido traducidos al francés y al italiano.

Oscar Kessel
Publicado, originalmente, en Cuba Literaria http://www.cubaliteraria.cu/ , 26 de marzo de 2015

http://www.cubaliteraria.com/articulo.php?idarticulo=18388&idseccion=72

Gentileza de Alberto Marrero, al cual agradecemos.

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