Amigos protectores de Letras-Uruguay

Desde siempre, para siempre
Pablo Kaniefsky

Coordina Diego Fornía. Diagramación y fotomontaje: Germán Sayago

Hoy nos toca juntamos en casa de Jorge, así que nos esperan los mejores vinos y la última receta del canal Gourmet. Voy caminando, por gusto y por obligación. No estoy con ganas de ir en bondi y no tengo auto. Voy por la Quiríco Porreca, calle muy arbolada, la más hermosa de la ciudad. Disfruto la nochecita fresca de fines de abril, aunque empiezo a lamentar que el mes más lindo se vaya terminando. Hoy tuve un día de mierda en la Facultad, nada del otro mundo, pero es como la tortura china de la gota de agua en la cabeza, que empieza siendo una tontería y termina taladrando. Los puntos que les faltan a todos para aumentar la dedicación de se mi a exclusiva, los cubículos estrechos, las envidias. La historia de nunca acabar. Pero bueno, ya está, hoy me espera una cena con los amigos de siempre. 


Vengo tan ensimismado que ni cuenta me di de que había doblado por Achalay cuando ya llego a Brasil, la calle donde vive Jorge. Está bien eso. Muchas casas lindas, grandes. Eligió bien, como toda su vida. Ya estoy a una cuadra y veo estacionado el auto de Lucas que seguramente pasó a buscar a Antonio, así que sólo falto yo. Apuro el paso y ya estoy casi en la vereda de la casa de Jorge. La puerta es doble y seguramente de una madera buena. No sé mucho de eso y los detalles se me escapan, pero lo conozco a él y no tengo dudas de que debe ser la más cara que pudo poner. Tiene un alerito encima y la manija brilla mucho, impresiona. Responde a la lógica riocuartense de tener el frente de la casa a gran nivel, aún cuando el interior sea una mierda. Igual no es el caso de Jorge, adentro todo es de la misma clase. Golpeo con el llamador, que es todo un detalle, y Antonio me abre. 

-¿Qué hacés gallina puto? Siempre tarde vos.

Me recibe con el saludo cariñoso de todos los jueves. Le doy un abrazo fuerte y nos reímos. Antonio es un tipo grandote, cabezón, con cara de bueno. Normalmente tiene muy buen humor, sobre todo en esta época en la que Boca gana todo.

Me saco la campera de jean, la dejo sobre la superficie elevada más cercana y me voy para el patio. Atravieso la sala de estar mientras sillas y sillones, lámparas de pie, mesas y mesitas, y vaya a saber qué más, todas cosas grandes y lustrosas, se empeñan en captar mi atención con muy poco éxito. 

Antes de atravesar la última puerta, completamente hecha de vidrio, ya escucho las risotadas que vienen desde el quincho en el fondo del patio. 

El quincho es abierto, pero Jorge dice que apenas pegue una moneda lo va a cerrar para que podamos usarlo en invierno. Por ahora es básicamente un techo que se apoya en la pared del fondo y en dos troncos enormes. El piso ya está, es un estucado de esos que estuvieron de moda, de color rojo oscuro. Hay un asador enorme y una mesa cuadrada, no rectangular, cuadrada como tiene que ser para jugar al truco. Y cuatro sillas, para los únicos amigos de la promoción 91 del colegio San Buenaventura.

Saludo a los chicos con un beso mientras pienso cuándo comenzó esta costumbre. Porque de pibes nos dábamos la mano y decíamos "¿Cómo andás?". Ahora nos besamos en la mejilla y decimos "¿Todo bien?". Pienso eso y lo agendo mentalmente para tirarlo como tema si se hace algún silencio en la velada.

Jorge está asando algo pero no así nomás. Son varios bultos envueltos en papel metalizado. No tengo idea de que podrá ser pero se me hace agua la boca. Agarro la botella de Ruttini que está a la mitad y me lleno el vaso.

-El negro ese dijo que disparó para llamar la atención, para disuadir. No es el verbo que usó, no creo que lo conozca, pero algo así dijo, ¿podés creer?-dice Lucas, provocador, para tirarle la lengua a Jorge, hablando del episodio del traslado de los restos del general Perón a su destino definitivo en la quinta de San Vicente, cuando se produjo el enfrentamiento entre facciones sindicales-.

-Bueno, el tema es complejo -dice Jorge, para ganar tiempo, mientras piensa qué inventar-, no podés analizarlo así, a la ligera, sacándolo del contexto cultural del peronismo. 

-"Contexto cultural" la pinchila! -grita Lucas-, negros pagados por unos, negros pagados por otros, para ver quién se queda con el dulce.

-El General es el símbolo del Poder, ésa es la pelea, si no te das cuenta de eso no entendés de que se trata el peronismo.

-El peronismo se trata de plata, como todo. De quién maneja la caja. Antes Menem, ahora Kirchner. Si sos presidente o gobernador manejás la guita y sos Gardel, si no sos nadie.

Mirá lo que piensa Lucas cuando no entran clientes al negocio y él está detrás del mostrador, ocioso. Se le abre una grieta justo en el medio de sus pensamientos xenófobos, misóginos, cuadrados, y le viene un atisbo, un chispazo de esa verdad estruendosa que está balbuceando.

-Bueno - Jorge siempre arranca con un "Bueno"-, algo de eso hay, la plata importa-, pero los políticos no somos animales, la plata importa -repite-, pero no es necesariamente una mierda, es para poder hacer cosas, llevar adelante proyectos.

-Sí, proyectos. Proyecto uno: hacerse o comprarse varias casas. Proyecto dos: comprarse tremendos autos. Proyecto tres: cogerse algunas modelos.

-¿Cómo va el laburo en la Facultad? -me pregunta Jorge para distender-. 

-Bien, qué se yo, normal. Viste cómo es la Biología, medio aburrida. 

-Te podés distraer viendo a Boquita si estás aburrido -dice Antonio-. 

-Sí claro, muy lindo el esquema táctico nuevo, muy divertido. Para los rivales sobre todo -digo sonriendo y todos nos reímos-.

El Ruttini se termina y Antonio se levanta y trae otro de la mesada. Veo que hay dos más y una botella rara, un botellón más bien, de un litro y medio debe ser. Es una botella esmerilada, de esas que no dejan ver el líquido. Jorge siempre nos sorprende con alguna bebida nueva, exótica, que le regala su suegro. El viejo es embajador en Marruecos y siempre que viene trae regalos que le hacen. Es abstemio así que todas las bebidas alcohólicas pasan a engrosar la bodega de Jorge. 

La comida ya está lista y la charla deriva en esa dirección. 

-Hoy no es una receta copiada de "Utilísima Satelital", chicos. Es un invento. Me inspiré en algo que me contó mi suegro, una cena que le hicieron, pero le agregué algo de sabor argento. Espero que les guste. 

Jorge abre los envoltorios y sale un olor penetrante, promesa de picante y dulzor. Es cordero, en trozos muy sazonados. Comemos como animales y nos embuchamos todas las botellas de vino. Los comentarios elogiosos, que no son gratuitos, se van dando por turno. Lucas se da por satisfecho, pero sólo con la comida, porque vuelve a las andadas con la conversación interrumpida sobre el episodio de la quinta de San Vicente.

-¿Lo escucharon al viejo Cafiero? Ese viejo puto se las sabe todas. Con esa vocecita inmunda que tiene. "¿Mató a alguien el muchacho?" -lo imita-, "No me gorilee", le decía al periodista. Porque no se puede decir nada del peronismo. Cualquier cosa que decís sos un gorila. Y los barrabravas ... 

-No mezclemos los tantos -lo interrumpe Antonio-, esos no son hinchas de fútbol, son delincuentes que laburan para todos esos hijos de mil puta de los dirigentes, los políticos, lo que sea. 

-Che, Jorge, ¿podemos abrir la botella esa? -digo, mientras hago un gesto en dirección al botellón esmerilado-. 

-Sí, abrila y traela para la mesa. Yo busco unas copitas mientras. 

Me levanto de la mesa y me doy cuenta de que estoy algo mareado. Si hubiéramos chupado parejo tendría una botella de vino adentro pero seguro les saqué ventaja. El botellón tiene una etiqueta escrita en lo que parece alfabeto cirílico, una vodka debe ser. Desenrosco la tapa y me acerco la botella a la nariz. No huele a nada así que debe ser vodka nomás. Escucho que Antonio y Lucas siguen la discusión pero no presto atención. Me quedo parado al frente de la mesada, dándoles la espalda, con el botellón en la mano. Enfoco las palabras en ruso, las miro como si fueran dibujos, recorro la botella con un dedo, apreciando la textura ligeramente rugosa.

-Vos Fede que te las sabés todas, ¿no pensás decir nada? -Lucas finalmente me interpela-, decí algo de estos negros peronistas.

-Supongo que les caben las generales de la ley, el signo de la época. No tienen verdad, sólo dan pelea por satisfacer sus apetitos primarios. Como les pasa a los a dirigentes de los clubes, a los políticos, a nosotros. No sé -termino con un "No sé", como casi siempre- 

-¿Qué mierda querés decir? ¿Me comparás con esa basura? -le dice Lucas a mi espalda, porque nunca me di vuelta, le contesté sin soltar la botella, sin dejar de recorrer el vidrio rugoso con el índice de la mano derecha-.

-Yo soy hincha de Boca -dice Antonio lentamente, como si nos revelara un secreto milenario-, me gusta el fútbol. Estos tipos no son como yo. 

Me entristezco. Me pasa seguido, sobre todo cuando ofendo a Antonio. Igual no me dan ganas de explicarme. Aparece Jorge con las copas y me salva. 

-Pensar que nos vamos a tomar un vodka de primera -dice "un vodka" no "una vodka", debe ser así, él es una autoridad en bebidas-, y hace quince años cuando íbamos a Alpa Corral nos clavábamos unos tubos Panquegua blanco tibiecitos. Qué hígados teníamos! 

Es un comentario muy oportuno. Jorge sabe que a los chicos les encantan las anécdotas de nuestras vacaciones en las sierras. Quizás así los distraiga de esta discusión que nos hace desconocernos. Parece funcionar, nos miramos como antes, inocentes. 

-¿Te acordás esa noche en el boliche? ¿Cuándo nos llevamos esa damajuana de vino mezclado con fanta, el gusto que tenía? Kerosen era, pero no "como" kerosen. Era la damajuana que usaba el viejo que nos alquilaba la casa para buscar kerosen, otra que Panquegua blanco caliente, kerosen tomamos -dice Lucas, alegre de nuevo, poniendo esa cara pícara que tenía a los diecisiete, diciendo muchas veces "kerosen", disfrutando la palabra, acentuándola, como si esa palabra simbolizara nuestra juventud rabiosa, rojiza, incendiaria-.

-Igual la tomamos toda -dice Antonio, orgulloso-. Me acuerdo que invitábamos tragos y todos se asqueaban. Pero nosotros no, toda la tomamos. 

-No, yo me acordaba de otra noche -dice Jorge-, cuando Héctor, en uno de esos silencios raros y cortitos, puso cara de hombre grande y dijo con esa voz grave que tenía de chico, "Muchachos, ¿qué sentido tiene la vida?" y Lucas lo miró con cara de orto y le dijo, "¡Callate la boca y pasame el Panquegua!" No sé si los demás se acuerdan, pero yo retengo la escena con lujo de detalles. Lucas siempre fue así, rápido y violento, con una lucidez intuitiva, animal. Yo en aquel momento, como todos, era eterno, perfecto. Recuerdo que reímos mucho, que entendimos en el acto que la pregunta estaba perfectamente respondida por la risa de las chicas a orillas del río mientras nos hacíamos los payasos, por el roce de un pecho incipiente, por el sonrojo de esa mujercita cándida, por los besos detrás de los árboles, por el hígado a prueba de kerosen, por las noches tibias desbordadas de poemas y ojos brillantes adivinados detrás de una caricia torpe. 

Se hace un silencio, acá, ahora, a años luz de ese río transparente. Jorge aprovecha para llenar las copitas con vodka. Lucas traga todo el fuego y se le apaga la sonrisa adolescente. 

-Volviendo a la charlita anterior... ¿Qué quisiste decir con eso del "signo de la época"?

-Quise decir -arranco lentamente-, que hemos perdido el amparo de los grandes relatos, que ya no creemos en el Hombre Nuevo, ni en la Vida Eterna, ni en el Progreso. Que estamos solos y desnudos, a la intemperie. No sé. 

-Termino con mi "No sé" característico, pero me doy cuenta de que es demasiado tarde, que otra vez soné pomposo, pretencioso.

-El gran relato que te amparaba a vos era "River Píate, el más grande" -dice Antonio, buenazo, para que Lucas se distraiga-.

-No hemos perdido nada -sentencia Lucas-. Pura mierda. Siempre hay tipos que creen en algo, uno de miles o de millones, que igual es mierda, es el cuerpo que los manda, pero son grandes esos y tiran del carro y el resto los sigue, perros, animales de manada, siempre ha sido así. El Mariscal Tito sostuvo a Yugoslavia unida, la sostenía con su cuerpo, el tipo se muere y se desconocen, se empiezan a cagar a tiros, a violarles las mujeres a los vecinos, se parten en mil pedazos. 

Lo miro y se me ocurre que Lucas es una versión posmoderna y en bruto del loco de Sila María. Me quedé pensando en las grandes ideas que nos hacían de paraguas metafísico, quizá mentiras enormes, grandiosas, que de tan sentidas y creídas se hicieron mundo. 

-Lo estás simplificando -interviene Jorge-, te olvidás de las diferencias religiosas, étnicas, económicas. 

-Es al revés, la historia es simple, es la mirada del hombre la que la complejiza. Es siempre lo mismo, al menos ahora tenemos el mérito de no ser tan hipócritas. La política como acceso al poder, el poder para dominar, estar en el centro de la escena, cogerse minas, tener plata. Tener plata para tener cosas, cogerse minas, dominar, tener poder. Se muerde la cola. Y si no, mírate para adentro y me vas a dar la razón.

-Me miro para adentro y no veo ningún cartelito que diga "cogerse minas" por ejemplo. ¿No será que estás hablando de vos y nos metés a todos en la misma bolsa? ¿Y si en realidad lo que pasa es que siempre hubo tipos egoístas como vos, agresivos, superficiales, que dicen boludeces pero no son tantos al final? -dice Jorge y el fin de la velada se inicia-.

Me pierdo en la frase de Lucas "la historia es simple, es la mirada del hombre la que la complejiza". Me parece que no acuerdo pero a mi pesar me viene una admiración sorpresiva por el tipo. Lee poco y nada, vende repuestos de máquinas agrícolas, va al cabaret. Pero igual piensa por sí mismo, es original. Me produce una simpatía perversa.

- ... estos perdedores -la palabrita de Lucas me vuelve a la escena-, al menos vos y yo somos tipos fuertes, en cambio estos se refugian en el fútbol y en la Biología, se engañan haciéndose los buenos y son débiles nomás. 

-Te la dejo pasar porque estás borracho sino te cagaría bien a piñas -le dice Antonio-.

- Vos Fede -no hay arreglo, quiere ofender-, que te hacés el buenito y pensás que nosotros somos unos pelotudos, que no entendemos nada. Y me querés hacer creer que tener plata está mal, pero en realidad no tenés huevos para pelearla.

-Muchachos -digo-, no sé cómo llegamos hasta acá, de borrachos supongo, pero la verdad es que yo no sé, nadie sabe, no sabemos nada. Bah, lo que si sé es que a vos Lucas te gusta pelear y tirarle la lengua a Jorge. Y que Antonio y yo terminamos cobrando al pedo. Y que no sabemos nada -repito-. 

Me termino la copita y veo que la botella está vacía. En realidad no lo veo porque es un botellón esmerilado que no deja saber si hay líquido, pero lo que en realidad veo es que Lucas la pone pico para abajo y nada cae. Estamos bien borrachos y bastante enojados. Nos levantamos como podemos y nos encaminamos hacia la puerta. Nos despedimos sin tocarnos, con un "chau" bajito, resentido.

Igual no pasa nada. Mañana volveremos a ser los amigos de siempre.

Pablo Kaniefsky
La ciudad ficcional
Diario Puntal de Río Cuarto
7 de febrero de 2010

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