Un maestro del cuento norteamericano contemporáneo

Tobías Wolff y el realismo sucio norteamericano
por Aquiles Julián 
biblioteca.digital.aj4@gmail.com
 

A Jerome D. Salinger, recientemente fallecido, autor de una obra de culto: El guardián en el centeno, se le reputa como uno de los inspiradores de esa escuela de la narrativa norteamericana que se conoce como dirty realism, el realismo sucio.

Con nombres tan relevantes como Raymond Carver, John Cheever (Biblioteca Digital 21), Chuck Palahniuk, Richard Ford, Tobias Wolff, Charles Bukowski, y John Fante, el realismo sucio es sin dudas la escuela narrativa de mayor vigor y relevancia en las letras norteamericanas contemporáneas. Sus autores, sobre todo los ya nombrados: Carver, Cheever, Ford, Palahniuk y Wolff son indudables maestros, autores de cuentos y novelas capitales, de una maestría singular, capaces de diseccionar vidas agobiadas por la rutina enajenante, consumidas en actividades sin sentido, estandarizadas y programadas, que no saben cómo escapar al conformismo y a la mediocridad.

Son los cronistas de esa capa social: la clase media norteamericana, estancada en ritos y valores caducos en un mundo que se les desploma a ojos vista, sin que sepan qué hacer, cómo sobrevivir al naufragio.  

Idiotizada por el alcohol, por ese trago en que se refugia para aturdirse y sobrellevar el resto del día, embaucada en rituales urbanos vacíos, ven cómo las expectativas y fantasías de la juventud terminan por colapsar en un mundo en que el guión manoseado y resabido es el mismo: conformarse con una posición, resignarse a la medianía, soñar con una pensión y con que, algún día, amparado en el cheque de retiro, se podrá hacer aquello tan valioso e importante, aquello para lo que se ha nacido.

Pero muchos no llegan al cheque de retiro. Y otros arriban tan achacosos, tan enfermos, tan desconsoladamente impotentes, que añoran la vieja rutina, los viejos horarios, la antigua ruta. Se sienten descartados, repentinamente inútiles, innecesarios. Ven que perdieron sus vidas en nada. Sólo la muerte les liberará de su carga.

Registrar implacablemente esa tragedia individual, retratar esa inanidad, ese vacío, ese vivir que se sabe ajeno a uno, es la tarea que autores como Tobias Wolff acometieron. A nivel estilístico, el realismo sucio de Tobias Wolf y demás (recordemos que Wolff fue amigo cercanísimo de Raymond Carver, uno de los íconos de dicha corriente) es minimalista. Es parco en adjetivos y adverbios. Busca revelar por la acción y la descripción sobria el carácter y la trama.

Los autores emblemáticos de esta escuela exploran el lenguaje de la calle; el tono desconsolado, escéptico, resignado, de los individuos; la procacidad, las imprecaciones, las descaradas blasfemias, ese hervor ácido y agresivo que bulle en las palabras, que transmite la violencia interior, las fuertes emociones destructivas que subyacen bajo la aparentemente tranquila fisonomía exterior, bajo los comportamientos educados y formales, aunque pintorescas, escandalosas, no constituyen la esencia de esa escuela. Autores como Bukowski, con su predilección por temas y lenguaje de contenido altamente sexualizado, casi un echarnos en cara, desafiarnos, nos pueden escandalizar hasta el rechazo. Pero Bukowski es un provocador y por ello no el modelo de esta escuela. Los cuatro autores fundamentales del realismo sucio son Raymond Carver, John Cheever, Richard Ford y Tobias Wolff, aún más que el mismo Bukowski.

Los personajes de los cuentos de Wolff, al igual que los personajes de Ford, Cheever y Carver son anodinos, seres comunes y corrientes que realizan mecánicamente los ritos cotidianos, perdedores consuetudinarios: van a sus empleos, se desempeñan con mediana eficacia en sus tareas, ajustan sus vidas y expectativas a sus salarios y, al final del día, la cerveza, la televisión, el juego o el cotilleo les completan el día.

Las vidas grises de dichos personajes, sus minúsculas tragedias y dramas, los acontecimientos normales que, sin embargo, introducen pequeñas epifanías del absurdo vital en aquellos seres condenados a la nada, son escrupulosamente expuestas por los autores de esta escuela literaria en cuentos y novelas obligados, por la pobreza de los acontecimientos, a fundar la amenidad, el interés y el embrujo no en la anécdota o la trama, sino en la penetración psicológica y en la meticulosa elucidación del infierno en que aquellas almas, sin saber, ya viven.

Aplastados por la desesperanza, condenados a la insulsez vital, en los cuentos y novelas de Wolff, Carver, Cheever, Ford y Bukowski no hay héroes; podrían, como Kafka, nombrar a sus personajes con una inicial: han perdido identidad e individualidad, son simples piezas de un engranaje social que les excede y controla. La economía verbal, la renuncia implícita a recursos intensamente empleados en la narración, la explicitación de la tragedia que subyace en la cotidianidad, en esas vidas vacías y carentes de sentido que llevan personas que renunciaron a ser con tal de asegurarse un puesto de trabajo, un salario y una pensión futura a la que muchos no llegan: el cáncer, el infarto, el accidente cerebro-vascular llegan antes, todo nos muestra un mundo insoportable en su “normalidad”, un infierno secreto.

Disfrutemos a Tobias Wolff, maestro del cuento norteamericano contemporáneo: cronista del naufragio de seres que soñaron ser distintos a estos atribulados personajes que deambulan, sufrientes, por sus páginas.


 

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Aquiles Julián
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Gentileza del blog de Aquiles Julián http://elblogdeaquilesjulian.blogspot.com/

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