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Una orden
Eduardo Ibarra Aguirre
eduardoibarra@prodigy.net.mx

 
 

El agente de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales se lo dijo al activista, sin preámbulos, en la cafetería más socorrida en mayo de 1970, de lo que hoy se conoce como Centro Histórico de Durango.

Me acaban de ordenar desde México que te chingue.

¡Ah caray! ¿Y por qué? ¿Qué significa eso? Fue la respuesta,

exclamación y preguntas que se le ocurrieron al promotor de la Juventud Comunista, enviado a la capital duranguense en calidad de dirigente de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos, como entonces fue también a varias movilizaciones de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, sin importar que no era formalmente estudiante, aunque por su cuenta estudiara en casa y en los camiones foráneos por los que transitaba por casi todo el país, ni mucho menos campesino.

¡No chingues! No me hagas preguntas que no debo ni te puedo contestar.

Parece que olvidas cual es mi trabajo, cabrón. Desde el principio fui muy claro contigo.

Sí y te lo agradezco, Andrés.

No me agradezcas nada. Primero pélate porque tengo una orden y la debo cumplir, de lo contrario pierdo la chamba y me parten la madre.

El agente de Gobernación era bastante ilustrado en temas políticos aunque bajo el esquema de que toda movilización social o política trascendente, como el movimiento estudiantil y popular por el Cerro del Mercado, era inexplicable sino se le observaba en el contexto de la sucesión presidencial. Y la de Gustavo Díaz Ordaz por Luis Echeverría Álvarez estaba a la vuelta de la esquina.

Te lo digo sólo porque me tuviste confianza para conversar a la luz del día,

mientras los pinches dirigentes del movimiento te critican porque dicen, lo sé muy bien cabrón, aunque tú no me lo digas: “¿Qué van a pensar las masas de tus reuniones con el agente de Gobernación?”. Son clasemedieros como yo, pero hipócritas y sé lo que buscan y lo van a lograr. Mientras tú estás aquí de pinche idealista, arriesgando el pellejo sin deberla ni temerla por tu pendeja militancia comunista, porque sé quien eres, a mí no me engañas, cabrón. Y por eso llegué a estimarte, a respetarte. Pero vete mucho a la chingada porque me vas a obligar a detenerte y después no sé qué pase, amigo. ¡Pero ya!

Gracias, Andrés.

Y se fue el activista, sin voltear, tras un fuerte pero discreto apretón de manos, tenía menos de 20 años de edad que, para su sorpresa, unas semanas antes en uno de los mítines más concurridos del movimiento estudiantil y popular, de enero-mayo de 1970, logró llegar al corazón de 30 mil almas. Lo ovacionó la multitud y los dirigentes lo apapacharon. Tanto que esa noche cenó opíparamente, durmió con aire acondicionado y piso alfombrado en una bien equipada recámara de una hermosa casa de los padres de uno de los dirigentes del movimiento.

Un par de semanas después el organizador de la JCM descubrió el hilo negro. Alejandro Páez Urquidi, el gobernador, no era la causa del atraso del estado, tampoco de que las materias primas extraídas del Cerro del Mercado no se industrializaran en la localidad sino en Monterrey. Finalmente, el país estaba lleno de titulares del Ejecutivo de ese talante.

Lo dijo en un mitin y fue abucheado y no tanto por la torpeza personal para explicar la idea, sino porque en aquella como por desgracia en esta vida es más cómodo explicar a partir de hombres y mujeres buenos y malas, la complejidad de los problemas del subdesarrollo.

Corroborado quedó unos cuantos días antes de su fracaso como orador, después de un debut duranguense apoteósico, cuando el dirigente principal que era más conocido por su apodo que por su nombre, fue ovacionado porque con unos movimientos cadenciosos dio seguimiento a una melodía con la que se calentaba el ambiente para iniciar uno de los mítines que diariamente se realizaban en el edificio central de la Universidad Autónoma de Durango.

Remembranzas, de Eduardo Ibarra Aguirre
Primera edición digital: Octubre de 2012
© Eduardo Ibarra Aguirre
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Diseño de portada e interiores:
Héctor Quiñonez Hernández

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