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El muerto y el arrimado…
Eduardo Ibarra Aguirre
eduardoibarra@prodigy.net.mx

 
 

Al oriente de la avenida Taxqueña, en el número tres mil y tantos, en una de la veintena de casitas que formaban una especie de campamento, en el Distrito Federal, se encontraba el domicilio de un hombre particularmente metódico y disciplinado.

Valentín se avecindó allí un 27 de julio de 1970, tras abrirse las puertas de Santa Martha Acatitla para que recobraran su libertad Demetrio Vallejo y Campa, los presos de conciencia más antiguos del país.

En el caso del ferrocarrilero regiomontano, la intolerancia hecha sistema y gobierno, lo había conducido a conquistar el nada envidiable récord de que todos los presidentes de la república, desde Plutarco Elías Calles (1924) hasta Luis Echeverría Álvarez (1976), lo confinaran tras las rejas por su forma de pensar y, en consecuencia, de actuar. Para Vale, así le llamaban sus compañeros, o Valen dice aún Pelancha una y otra cosa eran dos caras de la misma moneda, inseparables, indivisibles.

Se escribe tan fácil como harto difícil es vivirlo, conjugarlo.

Este hombre que selló al mundo del trabajo y del comunismo del siglo XX mexicanos, como todos los mortales tenía hábitos, costumbres que se reproducían cuando las manecillas del reloj imponían su marcha en el organismo.

Todos los días, a las 19 horas, cuando los cinco habitantes de la casa, o solamente uno de ellos se encontraba en compañía de Vale, la merienda era infaltable. La leche caliente aparecía en la mesa.

Pese a que Rubén, un sinaloense que devoraba historietas sobre sexo y violencia, era su auxiliar permanente, y lo acompañaba su esposa e hijo, por alguna razón siempre le tocaba hervir la leche al que reporteaba para Oposición en sus ratos libres.

Lo hacía con el antiguo como seguro método de que subiera tres veces al ras del recipiente, sin que se derramara ninguna gota. Nada más desagradable que limpiar las parrillas y quemadores impregnados de leche.

Pues allí estaba el joven soplándole a la leche para que no se derramara.

Nunca conoció otro procedimiento. Sus mayores no se lo enseñaron. O su torpeza culinaria era y es más que elemental, absoluta.

En esas estaba cuando, ¡oh, sorpresa! Valentín lo observó en tal faena sin que se percatara, y entonces escuchó a sus espaldas una voz enérgica:

¡Camarada, quiero tomar leche, no saliva!

Es de suponerse que a los 21 años de edad respondió con alguna frase defensiva o bien con el silencio. Semanas antes, la tarde de un domingo, prometió para sus adentros jamás volver a discutir de frente y sin rodeos con Vale.

El hecho es que declinó a esa elemental obligación de convivencia, en aquellos felices años de vida espartana, a fines de los 60 y principios de los 70.

Entonces aplicó religiosamente la máxima que aprendió en su numerosa familia: El muerto y el arrimado a los tres días apestan.

Para evitar el mal olor, cada uno o dos meses cambiaba de domicilio. De la Roma a la Narvarte, de la Juárez a Peralvillo, de la Avante a la Condesa, de Tlatilco a Villa Coapa...

Y un buen día Vale le anunció:

Hermano, dentro de unos días se vendrá a vivir conmigo el camarada Eduardo Montes, quien acaba de salir de Lecumberri. Tómate el tiempo que necesites para cambiarte.

Fue la primera y única ocasión en el largo y diverso trotar habitacional por los cuatro puntos cardinales del Distrito Federal que escuchó la marcación del límite, de la máxima familiar.

Duele. Pero cada quien su espacio.

Jaime Perches y Alejo Méndez se apiadaron y lo instalaron en la Condesa,

con Aurora, la economista treintañera de buen ver y mejor tocar. La excelente anfitriona, gran conversadora y siempre pegada al televisor después de la jornada académica, le dijo una noche:

Amigo, tus compañeros del partido te dejaron en ésta que es tu casa y que me encanta compartir contigo, pero siento que te están obligando a hacer lo que tú no quieres.

Aurora: yo quiero hacer contigo lo que tú desees pensó turbado. No logró expresarlo sólo por no parecer malagradecido.

Tarde comprendió que existen variadas formas de agradecer la hospitalidad fraterna, y la femenina.

Remembranzas, de Eduardo Ibarra Aguirre
Primera edición digital: Octubre de 2012
© Eduardo Ibarra Aguirre
© Forum Ediciones SA de CV
forum@forumenlinea.com
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Diseño de portada e interiores:
Héctor Quiñonez Hernández

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