Pablo Neruda en la pluma de Efraín Huerta

por Raquel Huerta-Nava

 

Pablo Neruda y Efraín Huerta

Los recortes periodísticos que dejó Efraín Huerta guardados en innumerables carpetas, libros, sobres, cajas, etcétera, conforman aún hoy día un laberinto que poco a poco nos va permitiendo develar sus secretos. La mayoría de estos textos son sencillamente recortes pegados en una hoja tamaño carta sin mayor referencia a lugar o fecha de su publicación. Se requiere de tiempo y valor para entrar a esta selva—o manigua la hubiera llamado él— de papeles; también hace falta la suerte y el instinto del investigador. Como todo archivo sin clasificar ofrece sorpresas constantes. Entre los hallazgos más recientes de quien esto escribe, tras reunir algún material disperso, coleccionamos anécdotas que forman parte del inmenso álbum de la memoria —prodigiosa por cierto— de EH.

Uno de los poetas contemporáneos a Efraín Huerta con quien tuvo mayores afinidades fue Pablo Neruda. Su figura aparece delineada con toda precisión en diversos artículos periodísticos de diferentes décadas, donde hemos encontrado múltiples referencias, anécdotas y ensayos literarios. En estas líneas esbozo la crónica de una amistad entre dos grandes escritores de Hispanoamérica, fundamentalmente en el periodo que va del 16 de agosto de 1940 al 27 de agosto de 1943, lapso en el que Neruda desempeñó el cargo de diplomático de Cónsul General de la República de Chile en México. La afinidad se dio fundamentalmente en el ámbito poético en el que Neruda era la influencia más importante y decisiva en todos los poetas de Hispanoamérica, además de la afinidad política, ya que ambos poetas compartían en esos momentos una definida vocación antifascista y su militancia comunista. Todos los que convivimos con mi padre sabemos que uno de los rasgos más brillantes que tuvo fue el de su lúcida y amena conversación. En sus artículos de prensa podemos recrear en alguna medida su calidez acercándonos a su pensamiento.

En un artículo titulado “Poderío de Pablo” escrito en enero de 1972,1 EH nos cuenta que:

Sobre Neruda, debo decir que el primer ensayo que leí sobre su obra apareció —sigo creyendo recordar— en la Revista Hispánica Moderna, y lo firmaba Concha Meléndez. ¿Fue ella, en efecto? ¿Y en qué año? ¿Acaso 1937?

Sí, en efecto fue en la Revista Hispánica Moderna, y el año 1936; el ensayo de Concha Meléndez se titula '"Pablo Neruda en su extremo imperio’'[2]. Neruda despertó un gran entusiasmo entre todos sus contemporáneos, y en este ensayo sobre el Neruda de Residencia en la Tierra, su autora concluye lo siguiente:

Es indudable que Neruda está en su extremo imperio de terrestre poesía; poesía de dos caras, dominadora del surrealismo y la infrarrealidad. Tiene treinta y dos años: aun le quedan posibles imperios de su ansia.

Nadie en Hispanoamérica se expresó antes con igual pasión, más heridamente. Ese adverbio suyo da la calidad definidora de su arte. Nadie mejor que Neruda en la poesía hispánica, podría hacer suyas con más derecho las palabras de Apollinaire: “Piedad para los que combatimos siempre en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir”.

Pero lo más importante del artículo titulado “Poderío de Pablo” es el reconocimiento que hace EH de la influencia directa que tuvo el siguiente postulado de Neruda para confección del poema “Declaración de odio”[3].

Sobre una poesía sin pureza

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.

La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas desde lo interno y lo externo.

Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido, por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las diversas profesiones que ejercen dentro y fuera de la ley.

Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio[4], bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.

La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano sin excluir deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía, manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recuerdo de un magnífico tacto.

Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío’* son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.

Pablo Neruda llego a México en agosto de 1940 como primer secretario de la Embajada de Chile en nuestro país, en compañía de su segunda esposa, Delia del Carril, la Hormiguita, a quien había conocido en 1934. En una de sus columnas periodísticas EH le brinda las cálidas palabras: “¡Bienvenido poeta!”.

Los dos escritores se conocieron gracias a una llamada telefónica de Octavio Paz[5]:

Una noche de verano de 1940, Octavio Paz me llamó por teléfono: “Estamos con Pablo Neruda en el bar Alfonso, en Motolinía y Cinco de Mayo. Te esperamos”.

Después, otros bares y más poetas. Nos regíamos, naturalmente, por el Estatuto del vino. Y hacíamos la revista Taller. Después no hicimos nada, como no fuera entregamos en cuerpo y alma a la causa de las naciones libres. 1943 es la Hora de Stalingrado, y Pablo escribió lo más vibrante sobre la epopeya en las orillas del Volga.

En esa reunión septembrina estuvieron Efraín í Tuerta, José Revueltas, Carlos Pellicer, Delia del Carril, Pablo Neruda, Octavio Paz, Andrés Henestrosa y Alfa, Rodolfo Echeverría, “los cinco españoles”, entres quienes sin duda estuvo Juan Rejano. Esta memorable velada significó para Efraín Huerta conocer a Pablo Neruda y también —lo supo más tarde— fue la última ocasión en que convivió con Silvestre Revueltas a quien recuerda cálidamente: “Silvestre hablaba esa vez de musicalizar algunos poemas de Carlos Pellicer: una parte de las Canciones de Peñíscola. Estaba sentado y sonreía. Nunca le vi más optimista, más dueño de su corazón, de su amargura maravillosa”[6].

Silvestre Revueltas moriría unos cuantos días después fulminado por una pulmonía. En ese mismo verano de 1940; en el panteón Francés, sus amigos se volvieron a reunir para despedir a su hermano. Pablo Neruda, quien también solía ser su anfitrión, leyó su Oratorio Menor:

Cuando un hombre como Silvestre Revueltas

vuelve definitivamente a la tierra,

hay un rumor, una ola

de voz y llanto que prepara y propaga su partida.

Las pequeñas raíces dicen a los cereales: “Murió Silvestre”,

y el trigo ondula su nombre en las laderas

y luego el pan lo sabe.

Todos los árboles de América ya lo saben

y también las flores heladas de nuestra región ártica.

Las gotas de agua lo transmiten,

los ríos indomables de la

                        Araucania ya saben la noticia.

De ventisquero a lago, de lago a planta,

de planta a fuego, de fuego a humo:

todo lo que arde, canta, florece, baila y revive,

todo lo permanente, alto y profundo de nuestra

      América lo acogen:

pianos y pájaros, sueños y sonido, la red palpitante

que une en el aire todos nuestros climas,

tiembla y traslada el coro funeral.

Silvestre ha muerto, Silvestre ha entrado en su música total.

En su silencio sonoro.

 

Hijo de la tierra, niño de la tierra, desde hoy entras en en el tiempo.

Desde hoy tu nombre lleno de música volará

cuando se toque tu patria, como desde una campana,

con un sonido nunca oído, con el sonido de lo que

      fuiste, hermano.

 

Tu corazón de catedral nos cubre en este instante,

      como el firmamento

y tu canto grande y grandioso, tu ternura volcánica,

llena toda la altura como una estatua ardiendo.

¿Por qué has derramado la vida? ¿Por qué has vertido

en cada copa tu sangre? ¿Por qué

has buscado

como un ángel ciego, golpeándose contra las puertas oscuras?

 

Ah, pero de tu nombre sale música

y de tu música, como de un mercado,

salen coronas de laurel fragante

y manzanas de olor y simetría.

 

En este día solemne de despedida eres tú el despedido,

pero tú ya no oyes,

tu noble frente falta y es como si faltara

un gran árbol en medio de la casa del hombre.

Pero la luz que vemos es otra luz desde hoy,

la calle que doblamos es una nueva calle,

la mano que tocamos desde hoy tiene tu fuerza,

todas las cosas toman vigor en tu descanso

y tu pureza subirá desde las piedras

a mostramos la claridad de la esperanza.

 

Reposa, hermano, el día tuyo ha terminado,

con tu alma dulce y poderosa lo llenaste

de luz más alta que la luz del día

y de un sonido azul como la voz del cielo.

Tu hermano y tus amigos me han pedido

que repita tu nombre en el aire de América,

que lo conozca el toro y la pampa, y la nieve,

que lo arrebate el mar, que lo discuta el viento.

 

Ahora son las estrellas de América tu patria

y desde hoy tu casa sin puertas es la Tierra.

Pablo Neruda, como todo gran artista, era frecuentado por los jóvenes poetas mexicanos, con el objeto de pedir su opinión acerca de sus versos. En una ocasión le dijo a un escritor que le llevó su primer cuento: “Te felicito. Eres el único joven mexicano que no escribe versos”.

Conocido mundialmente por su clara vocación antifascista, en diciembre de 1941 recibió una agresión en la ciudad de Cuernavaca por parte de un grupo de nazis mexicanos, recibiendo la solidaridad de escritores y políticos[7].

En abril de 1942 Neruda volvió a la ciudad de México procedente de La Habana a donde había sido invitado por el Ministro de Educación de Cuba a sustentar algunas conferencias de tema literario. Efraín Huerta recuerda:

Regresó Pablo cargado de caracoles que hacen el encanto de Delia y el asombro de los visitantes del consulado chileno en nuestro país. Caracoles de todos los rumbos marinos, de todas las profundidades, de todas las colecciones. Caracoles de insospechados matices y colores, de extrañas arquitecturas que van desde lo simplemente persa hasta lo ruso de San Basilio, pasando por las ojivas góticas y las volutas griegas. Un mundo, un territorio pasmoso, digno del poeta y, ¿por qué no?, de sus amigos. Un mundo al que sólo tiene entrada los iniciados, a los que guía Pablo pacientemente, prohibiéndoles tocar y oler. Sólo él está autorizado para poner las manos en su extraordinaria colección de caracoles de mar y tierra, adquiridos a gran precio unos, cedidos otros por admiradores de Pablo.

 

Justo era que regresara ya. Sus amigos le extrañábamos más de lo natural. El hombre y su compañera [se refiere a Delia del Carril] se han convertido en algo tan nuestro como la Catedral y el Sagrario, como el Bosque y las guitarras tocadas por Gauchita Amador.

 

Otros poetas hay que coleccionan corchos para tapizar las paredes de sus habitaciones; otros coleccionan sus propios libros; otros no coleccionan nada. Pablo tiene debilidad por los caracoles de todos tipos y orígenes. Y realmente, el amor de Pablo hacia los barcos, los viejos balandros arruinados. Los ferry-boats cansados de navegar por los lánguidos ríos americanos, etc., justifica su acercamiento al caracol, alma de música[8].

El 30 de septiembre de 1942 a las ocho de la noche, Neruda realizó la primera lectura del poema “Canto de amor a Stalingrado”, que más tarde, convertido en cartel se pegaría por todos los muros de la ciudad de México que entonces no era tan grande; Efraín Huerta fue el otro poeta de la velada con su “Stalingrado en pie”. Vicente Quirarte nos recuerda que Efraín Huerta y Pablo Neruda se reunieron en el bar La Castellana para corregir el “Canto de amor a Stalingrado” antes de que el chileno lo leyera en el vecino Sindicato Mexicano de Electricistas en Antonio Caso[9].

Ese día, Huerta comentó en su columna de El Popular, el retiro de las librerías de la ciudad de México de los ejemplares de Mi lucha de Hitler, impresos por los nazis en Argentina, y el fallido intento del general von Ribbentrop de minimizar la derrota nazi frente a Stalingrado, echando “una cortina de humo” sobre el asunto.

En octubre de este año se conoció en México la noticia de la muerte de Miguel Hernández, en forma tardía pues ésta tuvo lugar el 28 de marzo de 1942, EH hace un recuento de su obra en un brillante y encendido artículo del que extractamos lo siguiente:

Murieron García Lorca y Machado, a causa de la traición. Los falangistas cantaron, entonces, una victoria sobre la inteligencia y el prestigio. Y, a la derrota de los republicanos, vínose el hambre y la sumisión para la Península, para la recia y venerable piel de toro; y siguieron cerradas las cárceles; y continuaron los fusilamientos. Hambre, cárceles, fusilamientos. Era la victoria para los azules. Y desde luego los poetas permanecieron encerrados. Miguel Hernández, enfermo, agotado, sufrió largos y grises meses la negación de la libertad. Reconocían los azules que liberar a Miguel Hernández, o tan siquiera proporcionarle una reclusión saludable, hubiese significado una concesión. Y ya se sabe que los azules no ofrecen ni dan concesiones. Es la política trazada desde la entronización de Franco: muerte y guerra a los poetas; y muerte y más muerte a los poetas que se atrevieron a recitar poemas a los milicianos, primero, y después a los componentes de los diferentes cuerpos del ejército defensor de la Segunda República. Y algo más de política: persecución de los intelectuales liberales. Y hambre. Más hambre. Ríos de sangre y hambre, ríos de torturas para la España. (...)

Ahora llevamos la tragedia de su muerte grabada en la piel. Miguel Hernández ha muerto en una cárcel de su patria. Ahora somos como los marineros tristes que se tatúan, y apenas el ansia de nuevos rumbos nos alienta. Hay un denso y terrible luto en la hermandad de los poetas. El juramento del verso, y la sangre del verso, han temblado. No ha muerto simplemente un hombre. Ha muerto un creador de extraordinarias virtudes. Su pequeña tierra de Orihuela debe haber tenido sacudimientos, como nosotros, los que tanto le admiramos desde [hace] ocho años, nos hemos sentido mustios y melancólicos[10].

El miércoles 16 de diciembre de 1942 Neruda, al lado de Barreda y de Juan Rejano invitaba a un homenaje a Miguel Hernández. El homenaje fue en la Sala de Conferencias del Palacio de Bellas Artes y estuvo presidido por Enrique González Martínez, Raúl Noriega, Benito Coquet, Carlos Pellicer, Jesús Silva Herzog, Narciso Bassols, Martín Luis Guzmán, Diego Martínez Barrio, Alvaro de Albornoz, José Camer, Enrique Díez-Canedo, Antonio Mije, Antoniorrobles, José Antonio Fernández de Castro, Federico Melchor y Luis Enrique Délano. Hubo tres números musicales a cargo de la Gran Banda Madrid.

Cuenta EH que el lunes 12 de julio de 1943 Neruda celebró su cumpleaños con una amenísima reunión en su casa; en esa ocasión Julián Rodríguez Adame, Secretario General del Departamento Agrario, ofreció una charla a los periodistas chilenos sobre el problema agrario mexicano en relación con nuestra historia."

Tres meses antes de marcharse Pablo Neruda de México, el 12 de mayo de 1943, Efrain Huerta comentó la próxima aparición de la revista literaria La Sangre y la Letra, revista mensual política y poética. Editor: Pablo Neruda. Dirección: Andrés Henestrosa, Juan Rejano y José E. Iturriaga. Redactores: Ermilo Abreu Gómez, José Herrera Petere, Efrain Huerta, Miguel Prieto, Juan de la Cabada, Pedro Garfias, José Revueltas, José Alvarado, Rodolfo Halffter y Luis Córdoba.

Cuando supo Neruda de su pronta partida de México debido a los compromisos políticos con su país, de inmediato avisó a sus amigos. Las páginas de La Sangre y la Letra jamás vieron la luz. EH desborda su admiración al hombre, al amigo, al poeta en esta despedida:

Vuelve a su patria el hombre que descubrió los más entrañables imperios de la poesía, el gran inventor, el solemne y pausado coloso de ojos de niño y voz de océano.

Pero nos deja una prodigiosa estela de mágico barco. Pero nos deja frutas y música de caracoles. Pero nos deja la soberbia enseñanza de su condición de maestro, de hombre, de poeta.

Sacudimiento y vibración, lealtad, honradez, rotunda franqueza. Ésta es la atmósfera en que se mueve el poeta, y en la que hemos estado con él durante años. Y nos la deja, convertida en llama.

Largamente hemos estado con él. Profundamente, escuchándole. Y nos hemos preguntado sobre la gran variedad de todos los elementos que él hizo válidos, aun de aquellos que todavía los gemidores y asustadizos niños que duermen en el quicio de un estúpido sentimentalismo, rechazan con amargo gesto de asnos en derrota.

Su verdad, sus enormes verdades, “la risa del apio”, el amplio y doloroso oscurecer en los corredores, la melancolía que pone estrías en la piel, etc. Y su poesía acechando, siempre, como una madre a muchos hijos.

Gran Pablo: estas palabras, este abrazo mexicano, este brindis, valen por una cariñosa despedida, por un suave “hasta luego”, por un “nos vemos”...[12] 

Pablo Neruda

Dibujo de Efrain Huerta.

El 27 de agosto de 1943 se le ofreció a Pablo Neruda una despedida pública en el Frontón México, donde hubo aproximadamente unas dos mil personas. La invitación decía: “El gran poeta de América Pablo Neruda se dispone a abandonar la tierra de México, para regresar a su patria. Invitamos a sus amigos y admiradores al homenaje que habrá de tributarse a esta destacada figura del espíritu americano, como expresión de simpatía por su labor poética y humana, atenta siempre a la defensa valerosa de las libertades de América y del mundo” La lista de firmantes la encabezaban el General Lázaro Cárdenas y el Licenciado Miguel Alemán. Entre los demás firmantes se encontraban muchos protagonistas del México de entonces. El primero de septiembre Neruda abandona nuestro país de vuelta a Santiago de Chile.

Años más tarde EH escribió: “La vida política y poética de Neruda ha oscilado siempre entre el desgarramiento y la entrega. Poeta totalmente amoroso, su obra nos recuerda en cada línea que somos esencialmente románticos”. Neruda volvería a México en subsecuentes ocasiones. Sus amigos lo siguieron apoyando al paso de las décadas. Su antifascismo se convertiría en antiimperialismo con el tiempo, pero esas anécdotas forman parte de un estudio más extenso.

Notas:

[1] Efraín Huerta, "Poderío de Pablo*’, El Día, México, D. F., martes 25 de septiembre de 1973. Retomado de la Revista de la Universidad de México, México, D. F.. vol. XXVII. mayo de 1973. Las citas del presente artículo fueron tomadas del original en nuestros archivos cuya redacción fue modificada en las publicaciones posteriores.

[2] Concha Meléndez, “Pablo Neruda en su extremo imperio" Revista Hispánica Moderna, tomo III, núm. 1, 1936, pp. 5-16. en: Meléndez, Concha, ‘'Pablo Neruda: residente de la tierra y amador de América”, Sin Nombre, vol. III, núm. 1, julio-septiembre 1972.

[3] Publicado en el fuente citada en la nota 1. Este texto lo publicó Pablo Neruda en su revista Caballo Verde para la Poesía, núm. 1, Madrid, 1935; y fue copiado por EH en uno de sus cuadernillos personales, pues los ejemplares originales pertenecían a Genaro Estrada.

[4] Las cursivas son nuestras.

[5] Véase nota 1.

[6] EH (seud.) El hombre de la esquina, “Silvestre”. México, D.F., El Popular, 1940, s.p.

[7] Jorge Sanhueza, “Cronología de Pablo Neruda”, en Obras completas, 2a ed., Buenos Aires, Editorial Losada, 1962, p.l 1.

[8] EH (seud.) El hombre de la esquina, “El regreso de Pablo”, D.F., El Popular, abril 22, s.a.

[9] Vicente Quirarte, “Nocturno a Nonoalco”, El Cocodrilo Poeta. Revista de Poesía, México D.F., año 4, núm. 11-12. verano/otoño de 1996, p. 106.

[10] EH (scud.), El hombre de la esquina, “Miguel Hernández ha muerto”. El Popular, octubre 28 de 1942.

[11] (seud.), Juan Ruiz, “Las paredes oyen". El Popular; México D.F., 14 de julio de 1943.

[12] EH (seud.), Juan Ruiz, “Las paredes oyen. Este capitán de invariable espada”, El Popular, México, D.F., 16 de agosto de 1943.

 

Ver, además:

Escuela del Rock lleva la palabra a través de los poemas de Huerta, Paz y Revueltas en la FUL 2016

 

Efraín Huerta y la Ciudad de México

Publicado el 8 feb. 2017

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Efraín Huerta

Publicado el 17 may. 2014

La otra aventura: Efraín Huerta

Historias de vida - Efraín Huerta

Publicado el 27 nov. 2014
Uno de los poetas más importantes del siglo XX en América Latina. Huerta, el poeta de la rebeldía, se distinguió por su sana conciencia lírica, por su vitalidad expresiva, por su apasionado interés por la redención del hombre y el destino de las naciones. El “orgullosamente marginado, el proscrito", como se consideraba a sí mismo, recibió el Premio Nacional de Poesía en 1976.

Efraín Huerta: el gran cocodrilo

Publicado el 3 feb. 2016

Twitter: @Canal22 https://www.facebook.com/Canal22Mexico/ Instagram: canal22oficial

 

por Raquel Huerta-Nava

Publicado, originalmente, en Periódico de Poesía, Nueva época No. 18 - verano 1997

Link de este número: http://www.archivopdp.unam.mx/index.php/3486
Periódico de Poesía es una publicación mensual editada por la Universidad Nacional Autónoma de México


 

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