¿Popular y masivo al mismo tiempo?


Jorge Ángel Hernández
jorgeangelhdez@gmail.com

El paradigma que con mayor fuerza se impone en los ámbitos de manipulación del gusto, responde a la idea de que aquello que se transmite y retransmite con la conformidad de las masas define cuál es la verdadera demanda de recepción. O sea, que no hay nada espurio al concebir un producto cultural ligero, evasivo, que se inserte en determinados patrones previamente probados por la industria del entretenimiento. Si los productores de consenso consiguen hacerlo pertinente, es el que mejor manipula la industria cultural, gracias a la fina línea que acerca, al patrón de gusto generado, a la complacencia del gusto popular. Este paradigma de manipulación masiva se beneficia, además, de la confusión que se crea en los ámbitos de recepción que se definen a sí mismos como de élite, sobre todo cuando generan resistencia a acceder a variables populares como vías auténticas y legítimas de expresión cultural.

Un ejemplo de tipo positivo en este caso es la agrupación Calle 13, tal vez, y en apariencia, elemental en su expresión discursiva, pero profunda en su sentido y, sobre todo, en su relación figurativa, arraigada al propio mundo de marginación social del que surge. La recurrencia a los lugares comunes del filosofar popular no son sino expresión identitaria del lugar donde germinan y del público al que se dirige. El principio de pertinencia coloquial que los hace inmediatamente comunicativos sustenta su calidad en el propio llamado que el receptor masivo recibe más allá del texto. La enunciación desafiante, y los recursos expresivos de las composiciones –que brotan de la inmediatez del habla–, podrían confundir al receptor elitista, dispuesto a admitir solo aquello que exhibe pedigrí de culto y elevado.

Acompaña al precepto del consumo espontáneo, resistente al conflicto, el paradigma que considera limitada y deficiente la posibilidad de recepción de la masa, por lo que es necesario trabajar al margen de la creación artística y generar una amplia marginalidad del gusto. Ejemplos de este tipo abundan en la industria del entretenimiento y contaminan el ámbito de lo cultural. En el caso de la música popular, siempre en la palestra conflictiva del mercado que todo lo depreda, se recurre con frecuencia a figuras que han alcanzado juicios de valor favorables, ya sea por sus composiciones, ya por sus niveles de interpretación. No pocos intérpretes de éxito han hecho antes interpretaciones de valor que en nada se parecen a lo que se lleva a la masa. Al considerar naturales y prácticamente irreversibles las limitaciones del receptor masivo, se entronca la visión elitista de la creación con la reproducción del subproducto cultural. Y se renuncia, de paso, a la educación de la masa, para desarrollar solo el entretenimiento alienante del sujeto.

La historia de la cultura universal no ofrece demasiados ejemplos en los que se haya conseguido que la masa acceda al consumo del arte más sublime, aunque en casos como los del socialismo europeo y la revolución cubana, las puertas de la inmensa mayoría se abrieran a esta posibilidad. No solo desde el punto de vista de la formación artística, con escuelas vocacionales de arte, sino además con un importante apoyo a un movimiento de aficionados que hubiera podido irradiar las variaciones del gusto. Todo a partir de un sistema educacional que apostaba a futuro, como es necesario que ocurra en el ámbito de la cultura.

Acaso por la misma razón, o por el mismo peligro, la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés) apostó tempranamente por garantizar que no se borraran las diferencias marcadas en los ámbitos de recepción cultural. Ello, a partir de un sistema de relaciones sociales garante de sus estatutos: el capitalismo. La CIA financió importantes proyectos culturales, de alto valor artístico, en Europa, privilegiando aquellos que huían del socialismo en el poder. Marcó la palabra “libertad” como su tópico esencial y echó a andar determinados patrones de opinión. No debíamos pasar por alto, sin embargo, que este trabajo de zapa de las aspiraciones revolucionarias y validación del estatus liberal estadounidense focalizó su incidencia en las élites del gusto más que en el desarrollo de una recepción masiva de esos mismos proyectos que gozaban de muy generosos presupuestos financieros. Parecería incoherente a simple vista, pero al seguir la pista a sus proyectos el patrón se evidencia.

Los paradigmas que sirven de sustento ético a la depredación mercantilista en la industria cultural actúan como variables que se legitiman por su propia existencia. El acto de legitimación se corresponde, sin embargo, con lo que Marx llamó fetichismo de la mercancía. Es decir, que la mercancía representa un valor que no sustenta. Este valor fetiche, fantasma, se genera en el ámbito del gusto a partir de la reproducción asistida por la propaganda. No hay espontaneidad en los fenómenos de éxito, aunque numerosas leyendas de prensa afirmen lo contrario. La propia gestión de reportajes, entrevistas y apariciones en medios masivos de comunicación, se prepara con calma, con estudio de marketing y con inclinación de patrones receptivos. Todo, sobre el escenario cómplice de una prensa que aspira a un receptor masivo que acepte sus patrones de juicio y establezca una crítica fetichista y filistea –de nuevo en el decir de Marx– del sistema garante de su propia explotación.

El estatuto ideal entre la preponderancia del mercado y el entramado político se establece en los ámbitos de la colaboración, ya sea porque se predica a partir de beneficios, ya porque se lleva a cabo a causa de forzadas situaciones, como ocurre en tantas naciones del sur donde el capitalismo dependiente marca cada decisión de consumo de la sociedad civil. Cada nación, no obstante, tiene un sistema político que puede verse sacudido por proyectos emancipatorios que pongan frente decisivo a la expansión mercantilista y, con ello, a la dominación cultural. De ahí que también las manifestaciones culturales concebidas para la alienación de la masa se hagan eco de los patrones de descrédito que se transmiten y se retransmiten en contra de estos proyectos emancipatorios. Los programas de entretenimiento que se proclaman apolíticos, o en su defecto, libres de expresar cualquier idea de tipo política, insisten en chistes que dan sentido solo a la deslegitimación de estos gobiernos. Y reaccionan muy duro cuando alguien se aparece con tópicos opuestos a los suyos. A veces, se apropian del discurso de emancipación que se enfrentó al capitalismo en desarrollo para garantizar la permanencia del capitalismo en expansión global. Y es el mercado quien lleva el peso definitivo en esa conformación de una estructura política global. Para crear y asentar esa estructura política global no basta con que el mercado defina las tendencias del mundo del trabajo y el control del empleo; es necesario que controle además el devenir de la cultura.

En apariencia, hay una crítica libre y espontánea en ciertas manifestaciones, sobre todo en los ámbitos de la música urbana, que llama a un receptor más amplio y emergente, muy sensible a la moda transitoria. Sin embargo, no pocos rebeldes sacados de la nada, financiados de golpe por instituciones tapaderas de la CIA, pasan de nuevo a la marginalidad en los ámbitos supuestamente libres del capitalismo. No hay que llamarse a engaño: el mercado potencia la rebeldía cultural solo hasta que sus creaciones no amenazan la estabilidad intocable del mercado mismo. Se vale, eso sí, de la necesidad masiva, de la demanda popular, para formar los pólipos simpáticos a las multitudes. Pero al formar las campañas, esos compositores han de ceder a ciertas exigencias que sustenten tanto el paradigma de complacencia con la reproducción como el de la limitación natural del receptor masivo.

Del mismo modo en que es imposible ganar, bajo las normas del capitalismo, mucho dinero y no ser explotado al mismo tiempo, es imposible, bajo las propias normas del mercado depredador capitalista, ser popular y masivo en un mismo paquete. Entenderlo no es simple, aunque tampoco tan esencialmente recóndito que no pueda llegar a lo masivo. Y el ejercicio de entenderlo puede oponerse a la renuncia de educar a la masa sobre las bases esenciales de lo popular, no de las élites.

Jorge Ángel Hernández
jorgeangelhdez@gmail.com

Publicado, originalmente, en Cuba Literaria http://www.cubaliteraria.cu/ - 15 de marzo de 2018

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