Fe y razón

Dr. Feliciano Hernández Cruz
felicianoh@gmail.com

A lo largo de la historia de la humanidad el hombre en sus diversas manifestaciones culturales ha tratado de buscar explicaciones emocionales, racionales y de fe, de sus problemas existenciales que tienen que ver con todo su entorno cultural, la relación consigo mismo, con los demás y con Dios.

 

Desde la antigüedad, las culturas de oriente y de occidente, dentro de sus cosmovisiones, han aportado al mundo contemporáneo conocimientos y saberes que vierten elementos que proporcionan explicaciones de su propia existencia.

 

Desde que el hombre apareció en la faz de tierra, en la modalidad de vida  que posee, ha convivido siempre con la fe y la razón, no como se entiende desde la filosofía y la teología de nuestro tiempo, sino como saberes mitológicos, ritos, ceremonias, verdades basadas en costumbres y tradiciones, que proporcionan principios de identidad y pertenencias.  

 

A lo largo de la historia de la humanidad el hombre en sus diversas manifestaciones culturales ha tratado de buscar explicaciones emocionales, racionales y de fe, de sus problemas existenciales que tienen que ver con todo su entorno cultural, la relación consigo mismo, con los demás y con Dios.

 

Desde la antigüedad, las culturas de oriente y de occidente, dentro de sus cosmovisiones, han aportado al mundo contemporáneo conocimientos y saberes que vierten elementos que proporcionan explicaciones de su propia existencia.

 

Desde que el hombre apareció en la faz de tierra, en la modalidad de vida  que posee, ha convivido siempre con la fe y la razón, no como se entiende desde la filosofía y la teología de nuestro tiempo, sino como saberes mitológicos, ritos, ceremonias, verdades basadas en costumbres y tradiciones, que proporcionan principios de identidad y pertenencias.  

 

Nuestros antepasados no se complicaron la vida y la existencia con lo concerniente a la relación de fe y razón, porque no poseían las formaciones doctrinales e ideológicas que la modernidad creó al separar sistemáticamente las unidades de luz y del todo; porque la tendencia de la modernidad positivista se radicalizó sistemáticamente en algunas posturas que dieron origen a otras formas de pensar y de actuar en la vida del hombre; dándole supremacía a lo medible y a lo cuantificable. Todo lo que tuviese principios y fundamentos metafísicos no podrían ser elementos de verdad, por lo tanto deberían ser desechados.  

 

La fe y la razón son luces que iluminan la conciencia de toda persona humana, para ver adecuadamente la realidad donde viven, conviven y transforman, en las diversas circunstancias de su vida. Son elementos que están en función de la búsqueda de la verdad y de la trascendencia de la persona. “son las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”[1]

 

La verdad es el punto esencial de búsqueda de la actividad científica que desarrolla la ciencia en todos sus campos, pero solamente encontrará aspectos de verdad que se complementen de manera armónica y equilibrada. Como aspectos de verdad lo visualizará la inteligencia humana por ser producto de sus procedimientos y métodos utilizados. El método siempre tendrá límites pero la fe como realidad complementará los actos de la inteligencia para descubrir, alcanzar y trascender a la verdad absoluta.

 

Dado a las situaciones y circunstancias de pérdida de sentido de la vida; la descomposición social que ha generado el hombre en sus instituciones y la creación de la cultura de valores globalizantes han convertido la existencia en que todo debe usarse y desecharse cuando no sirva o no se necesite. De esta manera se crea una modalidad de función en la vida social de los pueblos: el reciclaje humano como moda y estilo que le dan utilidad al desarrollo y progreso de los que conducen los destinos de las naciones.

 

De manera oportuna y atinada la Iglesia como institución, Esposa de Cristo, formadora y orientadora de conciencia ha sabido leer, estudiar y analizar críticamente los signos de los tiempos. Signos que se convierten en indicadores vivientes de la fe y de la razón. Ante la importancia de la relación de los dos elementos que nos llevan a la búsqueda de la Verdad, el Papa Juan Pablo II, durante su pontificado crea y ofrece la enciclica Fides et ratio, a la comunidad científica de filósofos y teólogos con la finalidad de orientar e iluminar la gran tarea que tienen para la humanidad.

 

El documento pontificio sobre la relación de Fe y razón tiene como finalidad de ser luz en la mente y en la conciencia de los que hacen ciencia en los campos del saber e indicar que el espíritu humano puede elevarse  a la contemplación de la Verdad[2].    

"La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad", resume a la encíclica y la Verdad es su contenido central. Juan Pablo II defiende la capacidad de la razón humana para conocer la verdad, y pide que la fe y la filosofía vuelvan a encontrar su unidad profunda.

Ante la necesidad de tener puntos de equilibro y de referencia Juan Pablo II plantea el problema que tendrá impacto entre los hombres de cultura: ¿por qué los movimientos filosóficos contemporáneos insisten en puntualizar la debilidad de la razón y la difusión de un escepticismo generalizado? Con la Fides et ratio plantea la verdad misma y su fundamento en relación con la fe. Además considera a la filosofía como una ayuda indispensable para profundizar en la inteligencia de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a cuantos aún no la conocen[3].

Es de vital importancia para los estudiosos de la filosofía y la teología dejarse iluminar de esta fuente del saber que el Sumo Pontífice ha puesto en mano de los creyentes y de la humanidad, por lo cual creo necesario indicar las ideas centrales que aborda los siete capítulos del documento.

El primer capítulo aborda que el conocimiento viene de la fe y la Revelación como conocimiento, es Dios mismo quien ofrece al hombre. El conocimiento propio de la razón humana es capaz, por su naturaleza, de llegar hasta el Creador; existe un conocimiento que es peculiar de la fe. Son dos verdades que no se confunden, ni una hace superflua a la otra.

El segundo capítulo señala que hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. Se demuestra cómo el pensamiento bíblico, basado en esta unidad, había ya descubierto una vía maestra hacia el conocimiento de la verdad.

El tercer capítulo expresa que, en la expresión: hay que entender para creer y parte de la experiencia de que todo hombre desea saber, que la verdad es el objeto propio de ese deseo. El hombre busca la verdad, hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida. La verdad que nos llega por la Revelación es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón, es muy importante el papel de la filosofía.

El capítulo cuarto realiza una síntesis histórica, filosófica y teológica de cómo el cristianismo entró en relación con el pensamiento filosófico antiguo. Presenta el ejemplo de los Padres de la Iglesia, los cuales, con la aportación de la riqueza de la fe. En la Edad Media se pone el esfuerzo en encontrar las razones que permitan a todos entender los contenidos de la fe. La época moderna señala la progresiva separación entre fe y razón, con el consiguiente cambio del papel desempeñado por la filosofía: de sabiduría y saber universal, se fue empequeñeciendo hasta considerarse una más de las tantas parcelas del saber humano.

En el capítulo quinto se dan diversos pronunciamientos del Magisterio sobre la filosofía. Afirma que la Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía particular con menoscabo de otras, pero tiene el deber de indicar lo que en un sistema filosófico puede ser incompatible con su fe. Ninguna forma histórica y sistema filosófico puede legítimamente pretender abarcar toda la verdad, ni ser la explicación plena del ser humano, del mundo y de la relación del hombre con Dios. Además, se recorren las censuras del Magisterio a propósito de doctrinas como el fideísmo, el tradicionalismo radical, el racionalismo. A pesar de que la Iglesia ha animado a la filosofía a recuperar su misión, el Papa que entre teólogos existe un desinterés por el estudio de la filosofía. De ahí que haya querido proponer algunos puntos de referencia para instaurar una relación armoniosa y eficaz entre la filosofía y la teología.

El capítulo sexto está dedicado a que las diversas disciplinas teológicas deben mantener relación con el saber filosófico. La idea central es que sin la aportación de la filosofía no se podrían ilustrar determinados contenidos teológicos. El Papa precisa que, el patrimonio filosófico asumido por la Iglesia tiene valor universal, y ve en el término circularidad la vía que conviene seguir en la relación entre fe y razón: El punto de partida y la fuente original debe ser siempre la palabra de Dios revelada en la historia, mientras que el objetivo final no puede ser otro que la inteligencia de ésta, profundizada progresivamente a través de las generaciones. La gran fecundidad de esta vía se pone de manifiesto en tantos autores cristianos que han combinado una búsqueda filosófica y los datos de la fe. El Papa cita, a título de ejemplo, a J. H. Newman, A. Rosmini, J. Maritain, E. Gilson, E. Stein, V. Solovev, P. A. Florenskij, P.J. Caadaev, V. Losskij.

El capítulo séptimo como tema central aborda la revelación como el punto de referencia y de confrontación entre filosofía y fe. La Sagrada Escritura contiene elementos que permiten obtener una visión del hombre y del mundo de gran valor filosófico. Precisamente la crisis de sentido, es uno de los elementos más importantes del pensamiento actual. La fragmentación del saber hace difícil una búsqueda de sentido. El Papa precisa firmemente la convicción de que el hombre es capaz de llegar a una visión unitaria y orgánica del saber. Este es uno de los cometidos que el pensamiento cristiano deberá afrontar a lo largo del próximo milenio de la era cristiana. Para estar en consonancia con la palabra de Dios es necesario, ante todo, que la filosofía encuentre de nuevo su dimensión sapiencial de búsqueda del sentido último y global de la vida. Una teología sin un horizonte metafísico no conseguirá ir más allá del análisis de la experiencia religiosa y será incapaz de expresar con coherencia el valor universal y trascendente de la verdad revelada.

Fe y razón serán las luces para caminar hacia el encuentro de la Verdad, por lo tanto es necesario estar siempre en una constante búsqueda a lo largo de la vida. No perder la capacidad de asombro que tenemos como seres pensantes porque es la chispa de la inteligencia y de la fe.

Notas: 

[1] Encíclica Fides et ratio de Juan Pablo II. Con esta frase inicia el documento.

[2] Idem; www.almudi.org

[3] Idem

 

Dr. Feliciano Hernández Cruz

 

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