Trascendencia y actualidad de una obra utópica reveladora

M. Sc. Bertha Alicia Guerrero Sáenz

Empezó siendo un ideal y sigue siendo un ideal. América es una utopía[1].

Alfonso Reyes

Para Vasconcelos, América fue una gran utopía, realizable mediante la educación. A pesar que a veces se ve su apriorismo estético como rey Midas[2],  su realismo práctico lo condujo a aterrizar para resolver los problemas candentes de México y América.

La educación, si no pierde su razón utópica realista, tendrá un papel fundamental y una responsabilidad decisiva en este nuevo siglo. Es necesario y urgente religar los saberes y conocimientos separados si queremos enfrentar adecuadamente los problemas que bloquean el avance de la humanidad para construir una nueva civilización acorde con las nuevas realidades. Es evidente que una reforma de los sistemas educativos necesita un nuevo tipo de formación para los formadores, para los enseñantes, conducente a una reforma del pensamiento y las mentalidades[3].

Es preciso dialogar y crear una nueva forma de conciencia en las nuevas generaciones, y esa es la intención de esta visión educativa de transformación.   La vitalidad de la vida intelectual en América Latina y la experiencia de las insuficiencias o de los fracasos de las teorías unilaterales o mutiladoras hacen que este continente haya heredado y enriquecido, con su propia genialidad, las aportaciones del pensamiento europeo y creo que es capaz, a diferencia de la Europa calcificada, de encabezar un nuevo Renacimiento que significa la esperanza de lo posible.

En las condiciones actuales de México, las concepciones filosófico-pedagógicas de Vasconcelos, sin olvidar nuestro contexto real, conservan vigencia y actualidad en cuanto al problema de la enseñanza de la Filosofía y de las ciencias, en general, pues su filosofía educativa marcó nuevas pautas para la formación humana.    Su ideario filosófico–pedagógico, sirve de cauce orientador por los principios en que se funda y las ideas que le sirven de sostén: la unidad conocimiento – valor, visión transdisciplinaria de la educación, la educación como formación humana, fundada en principios y valores, la educación comunitaria, la vinculación del mundo de la escuela con el mundo de la vida y el trabajo,  la relación entre la ciencia y la técnica, entre la teoría y la práctica, entre otros.

Según Pablo Guadarrama: “Vasconcelos le sugiere  a la filosofía en América Latina no sólo reivindicar la filosofía  asiática, abiertamente, sino le plantea una tarea al filosofar en América Latina: “ser una síntesis teórica de todos los sistemas filosóficos hasta ese momento existente, tanto de los europeos como de los orientales, hasta de los africanos”[4]. Considera que hay que estudiar la filosofía de la misma forma en que el músico interpreta sus pasiones, sentimientos, deseos. Por eso sin temor sostiene que la filosofía tiene que basarse en la emoción[5].

La filosofía tiene que ser superior como síntesis estética de toda la comprensión de la realidad. No se puede reducir la filosofía como hizo el positivismo decimonónico al culto a la ciencia, a la utilidad, y a la práctica.  Por supuesto, me refiero al espíritu general que encauza la idea, pues no podemos estar de acuerdo con Vasconcelos que hay que convertir la filosofía en una síntesis estética de toda la comprensión de la realidad, porque pecaríamos de reduccionistas. Lo que no niega su idea premonitoria de la necesidad de estetizar la realidad para hacerla más humana. Una estetización que conduciría a la unidad bondad – verdad – belleza, rectorada por esta última.

Como maestro, misionero del deber, la filosofía educativa de José Vasconcelos, cultivó grandes ideas  que siguen trascendiendo la realidad mexicana actual. Es un paradigma, que lamentablemente no se aprovecha todo lo necesario para dar respuesta a los problemas de hoy.  Se trata de un programa educativo de proyección iberoamericana, en perenne búsqueda del ser de nuestra América y también del mundo. Está convencido que América posee un luminoso porvenir que irradia universalmente. Quiere que el hombre latinoamericano acceda a la cultura   universal desde sus propias raíces.

Hay en Vasconcelos – destaca Guadarrama - un culto a lo latinoamericano, a lo bolivariano, a la integración de esta América, y también hay un interés en la reivindicación de la cultura y en particular de la filosofía latinoamericana. Mantuvo al respecto una posición muy original.

No fue Vasconcelos un defensor de una  “filosofía latinoamericana”  propiamente dicha. Más bien fue un propugnador de la idea de que los filósofos en América Latina tienen que lograr el nivel de madurez intelectual, el nivel de creatividad y de originalidad que produzca el reconocimiento de la producción filosófica de Latinoamérica.

No cayó en la trampa del snob de ser latinoamericana la filosofía por ser regionalmente concebida. Esa es la particularidad que se  aprecia en un texto que llama  "El pensamiento iberoamericano",  publicado en su libro Indología,  en el que afirma: “Se ha dicho con frecuencia  que no existe una filosofía latinoamericana, confieso ser uno de los que han extremado la nota hasta el punto de  afirmar que no sólo no es posible sino que no es deseable que aparezca una filosofía iberoamericana, dado que la filosofía por definición propia debe abarcar no una cultura sino la universalidad de la cultura”[6].   

Con ello podemos disentir, pero sin dejar de reconocer la profundidad de su pensamiento y el aliento utópico que lleva que impregna su discurso.

Hacer emerger el mito de la Atlántida, "cuna de una civilización que hace millares de años floreció en el continente desaparecido y en parte de lo que es hoy América”[7], en el conocido ensayo hispanoamericano La raza cósmica. Misión de la raza iberoamericana (1925), antes que poner en ejercicio una lectura excéntrica o trivial, supone situar en la escena discursiva del texto una seria indagación sobre los móviles ideológicos y culturales que esta referencia imaginaria guarda en relación con el discurso utópico del mestizaje americano.

A través de la idea de que “la raza que hemos convenido en llamar Atlántida prosperó y decayó en América”[8], José Vasconcelos no sólo extiende la historia del mestizaje americano a un tiempo originario y prestigioso de características míticas, paradisíacas, sino que también concibe al mismo espacio, a la geografía física de América, como un continente de utopías, una tierra de “antecedentes misteriosos” que estaría predestinada a ser el lugar de un mestizaje universal futuro de la humanidad.

En un pequeño texto de Roland Barthes dedicado al filme Continente Perdido, habla el semiólogo francés del sentido actual del exotismo. Afirma Barthes: "Se trata de un gran documental sobre el "oriente", cuyo pretexto es una vaga expedición etnográfica, visiblemente falsa por otra parte, realizada en Insulindia por tres o cuatro barbudos italianos. El film es eufórico, allí todo es fácil, inocente"[9] .

Explica Barthes que el exotismo de Insulindia está caracterizado por su irresponsabilidad en el uso del color, las "bellas imágenes", la reducción constante de la diferencia del otro y la poca preocupación por problemas históricos o sociológicos. Insulindia surge, según Barthes, como resultado de las operaciones meta ligüísticas de un lenguaje deformante que deshistoriza y despolitiza la materialidad social de los signos que organizan el filme. Insulindia no es un lugar, sino un lenguaje, un habla despolitizada[10].

No lejos de las modernas mitologías estudiadas por Barthes, los relatos de viajero de Vasconcelos al "Brasil" y la "Argentina", la segunda parte de La raza cósmica, exhiben una narrativa en extremo análoga. Vasconcelos cuenta su experiencia por estos países como si transitara por una tierra edénica, pletórica de lugares naturales sorprendentes; mujeres hermosas y raras; comida y frutas desconocidas; gente buena y trabajadora; gran prosperidad industrial y urbana; pero ante todo, naciones donde la utopía americana está viva y en ascenso. El viajero mexicano afirma: "El Brasil será la potencia mundial del futuro" (La raza, 142); "hoy y quizá por mucho tiempo, la Argentina será el faro en la noche hispanoamericana. De allá se vuelve con esperanza y con fuerza"[11].

Pero si los relatos de Vasconcelos son adjetivantes e hiperbólicos, y los significantes que trazan y construyen su viaje en la textura del discurso –hombres, geografías, comidas, mujeres, ciudades–  están efectivamente mitologizados, esto es, justamente, lo que resulta singular y novedoso en su discurso cultural. Ahora es Nuestra América y no la vieja Europa el destino cultural del escritor americano.

A diferencia de Sarmiento y otros patricios modernizadores del siglo XIX, –como afirma Julio Ramos–, quienes colocaron en el allá europeo o norteamericano el orden de la civilización y la modernidad, ahora Vasconcelos viaja hacia adentro del continente, hacia un aquí americano y profetiza que una nueva civilización y mestizaje universales, fruto de lo mejor de todas las razas y culturas de la humanidad, surgirán en los trópicos[12]. Nuestra América[13] es, para Vasconcelos, el nuevo escenario discursivo de las letras y la geografía imaginada desde la que se ha de organizar los signos de la nueva sociedad posrevolucionaria.

 Las crónicas de viajero de Vasconcelos, en este sentido, pueden ser releídas como una encarnación presente de esa utopía americana futura sobre la que él discurre en la primera parte de su obra. Si la primera parte del ensayo de La raza cósmica presenta un argumento etnológico sobre el mestizaje y una premonición especulativa de la utopía americana; la segunda es su verificación, el testimonio personal de su encuentro.

En el ensayo de Vasconcelos, ambas formas del viaje exótico, la arqueológica o temporal, imaginada como viaje en retrospectiva hacia los orígenes de la Atlántida, que “prosperó y decayó en América”[14]; y la espacial o geográfica, realizada al Brasil y la Argentina, son para Vasconcelos la cara y el anverso de la misma medalla: el advenimiento de una raza cósmica mestiza[15].

Afirma Vasconcelos: “En la América Española ya no repetirá la naturaleza uno de sus ensayos parciales, ya no será la raza de un sólo color, de rasgos particulares, la que en esta vez salga de la olvidada Atlántida; no será la futura, ni una quinta ni una sexta raza, destinada a prevalecer sobre sus antecesoras; lo que de allí va a salir es la raza definitiva, la raza síntesis o raza integral [16].

En El laberinto de la soledad, Octavo Paz ha percibido de manera ejemplar esta conexión profunda entre utopía moderna y búsqueda del origen. La utopía es para Paz, al igual que para Vasconcelos, una manera de restituir un pasado primordial perdido. "La Utopía, y especialmente las modernas utopías, expresan con violencia concentrada, a pesar de los esquemas racionales que las enmascaran, esa tendencia que toda sociedad tiene a imaginar una edad de oro de la que el grupo social fue arrancado y a la que volverán los hombres el Día de Días"[17].

Es en función de esta edad de oro utópica que Vasconcelos mitologiza su propia experiencia de viaje: no descubre ni conoce nada nuevo sino que, como Colón, comprueba y reconoce lo que ya sabía: América es una geografía de mestizajes y utopías. Y es justamente así, recordémoslo, con la afirmación de una utopía del mestizaje americano, como empieza el prólogo del ensayo de La raza cósmica, “(…) Es tesis central del presente libro que las distintas razas del mundo tienden a mezclarse cada vez más, hasta formar un nuevo tipo humano, compuesto con la selección de cada uno de los pueblos existentes[18].

El mito de la Atlántida en el ensayo de Vasconcelos es, hemos sugerido, una marca discursiva, celebratoria, festiva, simbólica, del renacimiento cultural mexicano; una prefiguración utópica de la sociedad feliz prometida por el estado post-revolucionario emergente. Vasconcelos afirma: “¡Cuántos distintos los sones de la formación iberoamericana! Semejan el profundo scherzo de una sinfonía infinita y honda: voces que traen acentos de la Atlántida”[19]

Estos distintos sones, entendidos bajo la forma del humanismo, anti-positivismo, antiimperialismo, clasicismo griego y americanismo, serán para Vasconcelos las coordenadas ideológicas de dicho renacimiento cultural. En realidad, la figuración de la Atlántida aparece en las letras hispanoamericanas de finales del siglo XIX en autores tan notorios como Rubén Darío, Olegario Andrade, Ricardo Rojas, entre otros.

No fue ninguna coincidencia que escritores contemporáneos como José Henríquez Ureña o un poco más tarde, Alfonso Reyes, hayan también dedicado diversos ensayos a esta "utopía griega" de lo americano. En La Utopía de América (1925), Henríquez Ureña afirma que ha llegado el tiempo en que  América afirme la fe en su "destino", su unidad histórica, política e intelectual. "Hay que ennoblecer nuevamente la idea clásica. La utopía no es vano juego de imaginaciones pueriles: es una de las magnas creaciones espirituales del Mediterráneo, nuestro gran mar antecesor"[20]. Además, no se puede olvidar que las grandes realidades siempre están antecedidas por utopías. De ahí, el valor de la utopía. Según el Dr. Pupo: [1]La utopía es parte constitutiva del devenir humano en su siempre creciente afán de superación. Es preludiar lo futuro en lo presente para ascender humanamente y realizar los proyectos del hombre.

¿Quién que es, no es utópico? Todo hombre, en un grado mayor o menor, da riendas sueltas a su razón imaginativa, a sus deseos, fines y objetivos. No se aferra al presente incondicionalmente. Mira al pasado para enriquecer el presente, y a éste para transitar a lo por venir y superarse a sí mismo, trascendiéndolo” [21]   

Por su parte, Reyes escribirá algunos años más tarde que América fue conocida, nombrada y soñada antes de ser descubierta: la presunta existencia de la Atlántida fue una de las importantes motivaciones espirituales que tuvo Colón para su descubrimiento.  Para Reyes, la Atlántida, continente de la utopía primitiva perdida, fue desde siempre la misma América. Reyes afirma: "Hoy por hoy, el Continente se deja abarcar en una esperanza, y se ofrece a Europa como una reserva de humanidad […] Empezó siendo un ideal y sigue siendo un ideal. América es una utopía"[22].

La política de redención racial que Vasconcelos afirma contra la barbarie de las poblaciones indígenas de México engendra una lógica utópica de holocausto que intenta, usando las palabras de Stavrakakis, “purificar la humanidad a través del exterminio de alguna categoría de seres humanos que son concebidos como agentes del desorden, la corrupción y el mal”[23].

Para Vasconcelos, esa humanidad diabólica a exterminar fue la identidad heterogénea irreductible de su propio pueblo, especialmente aquel compuesto de indígenas y campesinos pobres. La tragedia de Vasconcelos, tan notoria después de su derrota electoral para presidente en el año 29, fue acaso la de ser un intelectual todavía apoyado con un pie en el siglo XIX, intentando orientar las fuerzas sociales y culturales de la primera revolución social del siglo XX.

En el comienzo de este nuevo siglo el imperialismo sigue gozando de muy buena salud aunque pretenda cambiar su nombre para ocultarnos su oprobiosa condición. Por lo tanto, constituye un saludable ejercicio visitar a uno de los fundadores de la filosofía latinoamericana[24] para que, por medio de sus visiones, metáforas o imágenes, nos indique nuevos caminos y nos ayude a repensar una construcción social, política y cultural diferente para el mundo y, en particular, para América. Por ello la importancia de la propuesta realizada de estudiar al filósofo mexicano, José Vasconcelos, quien se atrevió a pensar el destino y la misión de la cultura y raza latinoamericana otorgándole un lugar preponderante en la historia universal.

La recuperación de su pensamiento la realiza desde la utopía; enmarcarla en este lugar no significa desvalorizar sus ideas sino todo lo contrario, revalorizar sus intuiciones, conceptos o categorías más importantes para con la libertad de “nuestra América”.  Sobre la utopía hay interesantes trabajos, escritos y polémicas en los que por cuestiones propias del presente estudio no voy a abordar; sino que como hemos venido haciendo, sólo mencionaré una definición provisional aportada por Rubén Dri, quien expresa que la utopía nos ofrece “una gran abertura hacia nuevos horizontes que nunca se alcanzan plenamente, y que continuamente llaman a nuevas realizaciones”[25]; ella nos moviliza, vislumbra nuevos senderos y posibilita nuevas esperanzas.

La filosofía de Vasconcelos tiene rasgos del pensamiento de Hegel, Bergson, la fenomenología y el existencialismo, pero él no asumió ninguna de esas posiciones filosóficas sino que se propuso recorrer su propio camino y pensar desde América; sus ideas ejercieron una influencia importante en la primera mitad del siglo XX en México y Centroamérica.

Aunque su pensamiento se encuentra orientado por un cierto biologicismo y mesianismo, creo que es importante rehabilitar algunos aspectos de la filosofía vasconceliana para repensar nuestro futuro como latinoamericanos sin falsas profecías ni resignación. Y sobre todo su filosofía de la educación, que superando el positivismo, aboga por la unidad de la razón y los sentimientos, y da un excepcional valor a la filosofía en general y a la cultura. Sin embargo, coincido con Feliciano Hernández, que: “(…), más que la letra de la obra estética y filosófica, en general, de Vasconcelos, nos interesa el espíritu que la animó, la anima y la animará en el futuro, es decir, la unidad utopía – realidad[26], en sus despliegues específicos y realizaciones, en su praxis real a través de los grandes ideas y proyectos educativos y culturales que encauzó para bien de México[27], Iberoamérica y el mundo. Toda una obra, devenida orgullo de México, en tanto funda las bases para una profunda aprehensión cultural del hombre y la sociedad en general, así como para la eliminación progresiva de la enajenación, a través de la educación”[28].

En su filosofía, todas las actitudes negativas que  posee el ser humano deben ser sustituidas por la  sabiduría, la bondad, la tolerancia, la justicia, como  resultado de su propio conocimiento y valores. Sólo después de estar en paz con uno mismo se  puede aspirar a alcanzar la madurez espiritual que  da la conciencia de los actos. Una profunda filosofía de la educación que encauza acciones, revela humanidad y despierta semillas dormidas.

Es indiscutible que Vasconcelos fue un gran pensador y maestro que se adelantó a su tiempo, como todo buen reformista revolucionario. Tuvo la sensibilidad de conocer de manera profunda la realidad de su país y de América y elaborar proyectos racionales para bien del hombre, a través de una pedagogía de la acción tomando al alumno como sujeto y principal actor de su propio cambio social.

No cabe duda que su obra trascendió la realidad mexicana y sigue trascendiendo, pues los objetivos que él encauzó aún no se han cumplido en toda sus determinaciones y expresiones humanas. Su filosofía educativa reveladora continúa guiando nuevos caminos para las generaciones actuales y las por venir. Es que las obras magnas, con visión cultural, adecuándose a los nuevos tiempos,  no mueren nunca. Continúan  haciendo y diciendo, porque son espíritu del pueblo, y encarnan sus necesidades e intereses. Por eso, su utopía deviene realidad, y la realidad misma, es germen de nuevas utopías y realizaciones.

Notas: 

[1] Ver Anexo III.

[2] Midas, en la mitología griega, rey de Frigia, en Asia Menor. Por la hospitalidad que le había brindado al sátiro Sileno, Dioniso, el dios del vino, ofreció concederle todo lo que deseara. El rey pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, pero pronto lamentó su elección porque hasta la comida y el agua se transformaban en ese metal. Para liberarse del encantamiento, Midas recibió el consejo de Dioniso de bañarse en el río Pactolo. Se decía que después se descubrió que las arenas del río contenían oro.

Midas fue también uno de los jueces en una disputa musical entre los dioses Apolo y Pan. Cuando Midas prefirió la flauta de Pan a la lira de Apolo, éste transformó las orejas de Midas en otras de asno. Midas era capaz de ocultar sus orejas a todos menos a su barbero, quien escondió el secreto en un agujero hecho en la tierra. Cuando el viento soplaba, las cañas que crecían sobre el agujero repetían la historia. (Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005. © 1993-2004 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos).

[3] “En los tiempos actuales la educación tiene mucho que decir y hacer. La educación como formación humana, como “instrucción del pensamiento… y dirección de los sentimientos”, según la concepción martiana, deviene cauce central ante la necesidad de dar respuesta a los desafíos del siglo XXI. Crear hombres con ciencia y con conciencia, desarrollar una cultura del ser capaz de enfrentar la globalización neoliberal, siendo, como sujeto, es una tarea que la educación no puede soslayar.Sin embargo, caben las siguientes preguntas: ¿Está la educación en condiciones de ser guía espiritual de la formación humana? ¿Los paradigmas en que se funda pueden modelar proyectos reales, en función de la misión que le corresponde cumplir? ¿Ella misma no está contaminada por el pensamiento único, los reduccionismos de corte positivistas, el autoritarismo en la ciencia y en la docencia, la intolerancia, el determinismo absoluto, los fundamentalismos estériles y otros lastres de la modernidad que han quebrado por su ineficacia heurística, metodológica y práctica? ¿Hay racionalidad en  los siete vacíos que Edgar Morin ha revelado en la educación actual y en la propuesta de los siete saberes para revertir o atenuar tal situación?

Este glosario de preguntas, por sí mismo, da cuenta que estamos abocados en una crisis de la educación, que no puede resolverse desde la educación misma. El saber educativo no puede cambiar sin transformaciones profundas en la educación  y ésta resulta infecunda sin una reforma en el pensamiento y en la praxis en que encuentra concreción” ( Pupo, R. Educación y pensamiento complejo. En El ensayo como búsqueda y creación. Hacia un discurso de aprehensión compleja. Universidad Popular de la Chontalpa, TABASCO, México, 2007, p. 43).

[4] Guadarrama, Pablo. Positivismo y antipositivismo en América Latina Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004. p. 97.

[5] Esto se puede ver con minuciosidad en sus obras “La Raza cósmica y en “Filosofía Estética”

[6] Guadarrama, P. Obra citada, p. 272

[7] Hacia finales de la década del veinte, las diferencias entre Vasconcelos y Rivera serán más que notorias; en uno de los últimos murales que Rivera pinta en la Secretaria de Educación Pública, Vasconcelos es representado dando las espaldas a la realidad, desdeñado por el pueblo revolucionario de México.

[8]Según la versión de Reyes, el relato platónico cuenta que "varios millares de años atrás, existía, más allá de las Columnas de Hércules, y frente a la entrada del Mediterráneo, en pleno Atlántico, una enorme isla mayor que el África y la Europa hasta entonces conocidas (...) Aquélla gran isla, la Atlántida, era el centro de un imperio fundado por el dios del mar, Poseidón (...) Gran centro de civilización en sus comienzos, nación donde se admiraban las ciudades más urbanizadas, la distribución más justa de las categorías sociales, la agricultura y la irrigación más perfectas, las industrias mejor organizadas (...) aquélla nación fue degenerando de su primitiva dignidad filosófica hacia el imperialismo militar, y pretendió conquistar todo el Mediterráneo.

El amo de los dioses, Zeus, decidió castigar su orgullo (...) De pronto, sobrevino una convulsión del planeta, la Atlántida desapareció sorbida en el océano, y de toda aquella grandeza apenas sobrevivió al relato novelesco que el filósofo nos ha trasmitido" (La Novela de Platón 419-20).

[9] Barthes, Roland. Mitologías. México: Siglo XXI, 1989. P., 167.

[10] Para Barthes, los mitos de la sociedad burguesa contemporánea funcionan como un metalenguaje, esto es, un lenguaje mítico construido sobre la base de las operaciones lingüísticas de otro lenguaje primero. Este mmetalenguaje no habla del “mundo” o la “realidad”, sino de la manera cómo el lenguaje ordinario, literal, es re-significado.

[11] Vasconcelos, José. La raza cósmica. México: Espasa Calpe Mexicana S.A., 1966., p., 206.

[12] Más allá del determinismo geográfico implícito a esta profecía y su cliché de exotismo tropical, lo que se juega aquí es el interés material en el intercambio industrial con estos países. El propio Vasconcelos declara en una entrevista publicada en el Boletín de la Secretaría de Educación en 1922: “La Embajada que el Gobierno mexicano envía al Brasil no es solamente un acto de cortesía en las fiestas del Centenario de la Independencia de la República del Brasil, sino un medio práctico para conseguir que los sentimientos de afecto que ligan a los dos pueblos se transformen efectivamente en relacioVASCONCELOS O LA BÚSQUEDA DE LA ATLÁNTIDA 343 nes entre la industria y el comercio. Ya pasó la época romántica de las relaciones iberoamericanas y ha llegado la hora de ligar nuestros pueblos por los lazos estrechos y constantes del intercambio de ideas y del intercambio de productos” (Boletín de la SEP, 1922, 502).

[13] Naturalmente, el término Nuestra América es acuñado por vez primera por el cubano José Martí.

[14] Vasconcelos, José. La raza cósmica. México: Espasa Calpe Mexicana S.A., 1966., p., 15.

[15]Afirma Lily Litvak citando a Gautier: “Hay dos tipos de exotismo, el primero da el gusto por el desplazamiento por el espacio, la atracción por América, por las mujeres amarillas o verdes. Pero hay un placer más refinado, una corrupción más suprema, es el exotismo a través del tiempo” (El Sendero del Tigre 193).

[16] Vasconcelos, José. La raza cósmica. México: Espasa Calpe Mexicana S.A., 1966., p., 30.

[17] REVISTA DE CRÍTICA LITERARIA LATINOAMERICANA Año XXX, Nº 60. Lima-Hanover, 2do. Semestre de 2004, p., 230.

[18] En el XI Congreso de Americanistas realizado en México en 1895, Eustaquio Buelna presenta la ponencia titulada “La Atlántida y la UltimaTule”, un estudio etimológico que intenta demostrar no sólo la veracidad del mito sino la raíz azteca del nombre “Atlántida”. Según Buelna, “el nombre de la Atlántida es de filiación netamente nahoa ó azteca, con sólo la desinencia griega” (162). De manera paralela a la publicación de La raza cósmica, el arqueólogo Sylvanus G. Morley realiza en México una investigación financiada por el Instituto Carnegie de Estados Unidos y también avalada por el propio Vasconcelos, en aquel tiempo Ministro de Educación. El Proyecto Chichén Itzá tenía el fin de probar "los orígenes atlánteos de la civilización Maya" (Domínguez Michael 109). En Londres, Lewis Spencer publica Atlantis in América (1925), un estudio etnológico que "trata principalmente con la evidencia de la sobrevivencia de la civilización Atlántida en el continente Americano" (7). Mientras que en España, el ensayo antes mencionado de Ortega y Gasset, Las Atlántidas (1924) pone en circulación la idea de las culturas sumergidas o evaporadas las cuales "representan el fenómeno más sorprendente de la historia" (38).

[19]Vasconcelos, J. La raza, Idem, p., 31.

[20] Véase, por ejemplo, en The National Geographic Magazine: “The home of a forgotten race” de Edward H. Thompson (Junio, 1914); “The foremost intellectual achievement of ancient America” (Febrero, 1922); y “Chichén Itzá, an ancient American Mecca” de Sylvanus Griswold Morley (Enero-Junio, 1925).

[21] Pupo, R. La utopía y sus mediaciones complejas. En El ensayo como búsqueda y creación. Universidad Popular de la Chontalpa, Tabasco, México, 2007,  p. 49.

[22] Reyes, Alfonso. “El presagio de América”; “Capricho de América”; “El sentido de América” en Obras Completas de Alfonso Reyes XI. México: FCE, 1960., p., 60.

[23] Vasconcelos, J. La raza, Idem, p., 102.

[24]Arturo A. Roig y Francisco Romero ubican a Vasconcelos entre los fundadores: Roig señala su vocación antiimperialista y Romero acentúa su posición antipositivista. Cfr. Roig, Arturo Andrés; El pensamiento latinoamericano y su aventura; Bs. As., C.E.A.L., 1994, 2t, p. 136; y Romero, Francisco; Sobre la filosofía en América; Bs. As., Raigal, 1952, p.13-14

[25] Dri, Rubén; Racionalidad, Sujeto y Poder. Irradiaciones de la fenomenología del espíritu; Bs. As., Biblos, 2002, p.135

[26] En La raza cósmica, Vasconcelos realiza un utópico análisis del futuro de la humanidad, y más concretamente de Sudamérica, en el que, frente a la idea de exclusión que representa el concepto de selección natural, concede una vital importancia al argumento de síntesis que protagonizará el mestizaje. Debido a la herencia cultural que Sudamérica tiene en este sentido, será allí donde se producirá el surgimiento de una nueva civilización, una nueva raza, la que denomina “raza cósmica”, superadora, por integración, de las diferencias interraciales. Esa raza cósmica, sobre la que ejercerá un especial patronazgo España y que ubica en una ciudad amazónica a la que bautiza con el nombre de Universópolis, tendría como objetivo esencial la extensión de la enseñanza y la cultura por todo el mundo. Sin duda, este último aspecto es una prolongación de la ‘cruzada nacional’ en favor de la educación que Vasconcelos (secretario de Educación desde 1921 hasta 1924) desarrolló en su país tras cesar en dicho cargo.

[27] Ver de Vasconcelos, J. La Raza Cósmica. Colección Austral Mexicana. Espasa – Calpe, Mexicana, S. A, México, 1997.

[28] Hernández, F. Obra citada, pp. 109 – 110.

Bertha Alicia Guerrero Sáenz

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